Los literatos progresistas como preceptores ético-políticos de sus sociedades en el siglo XX



H. C. F. Mansilla
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De los libros de los escritores progresistas en el siglo XX se desprende un aire de anacronismo y dogmatismo que probablemente se parezca a la atmósfera intelectual cuando en el próximo siglo se recuerde a los regímenes populistas de nuestro tiempo. Sus obras están llenas de un maniqueísmo ingenuo, pero muy seguro de sí mismo. En la primera mitad de aquel siglo los autores progresistas, los grandes poetas y pensadores de aquel momento, celebraban las glorias del régimen estalinista, sin percibir sus lados monstruosos. Posteriormente repetirían con sincera admiración e incansable liturgia la consigna del régimen cubano: “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”. Esto concordaba con la renuncia a todo tipo de cuestionamiento, con la condena del escepticismo como actitud y la prohibición de toda duda con respecto a las verdades oficiales.

     Después de la Revolución Cubana, muchos autores progresistas decían sentirse mal por no ser guerrilleros en medio de la lucha armada, pero todos compartían la astuta argumentación del famoso escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum (1926-2009), quien dijo:

     Me consuela, simplemente, decirme que acaso nos está reservada la honrosa tarea que el Che Guevara asignó a Régis Debray: explicarle al mundo el combate de nuestros pueblos.

     Así, lejos del campo de batalla y de peligros inmediatos, los intelectuales podían, con la conciencia limpia, consagrarse a la noble y elitaria ocupación de enseñar a los pueblos desde la cátedra o desde los medios de comunicación cuál era el contenido y la meta de la acción revolucionaria. Y, como el mismo Adoum dice, había que explicar al pueblo estas verdades hasta que este último las comprenda y las acepte como propias. Los autores izquierdistas del siglo XX, casi sin excepciones, querían pertenecer a la vanguardia de un partido revolucionario para cargar sobre sus espaldas “la pesada cruz de la dirección” del movimiento respectivo.

     Para comprender a los literatos “progresistas” en su función de preceptores ético-políticos, menciono el contraste entre dos lumbreras hoy olvidadas del realismo socialista en el siglo XX: Fadeiev y Aragon.

     Alexandr A. Fadeiev (1901-1956) fue el autor de una de las obras más famosas de ese estilo que los partidos comunistas trataron de imponer a toda la producción literaria y artística.

     Su novela La joven guardia (1946, reescrita en 1951), hoy totalmente olvidada, fue uno de los libros más leídos en la época estalinista y también entre jóvenes radicales a nivel mundial. Hoy no nos podemos hacer una imagen clara del enorme éxito literario y de la elevada autoridad moral que acompañaron a Fadeiev entre los partidarios y entusiastas del comunismo y, en general, entre la gente de buena voluntad durante una buena parte del siglo XX.

     En su juventud Fadeiev se integró al Ejército Rojo; posteriormente fue miembro del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Recibió todos los premios y las condecoraciones importantes de ese país.

     También fue presidente de la poderosa e influyente Unión de Escritores Soviéticos. En febrero de 1956 tuvo lugar el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, durante el cual el Secretario General del mismo, Nikita S. Jrushchëv, reconoció y criticó los crímenes masivos cometidos bajo Stalin.

     En la época estalinista Fadeiev había denunciado a varios escritores, sabiendo que eran inocentes, lo que entonces significaba el envío a un campo de concentración y a la muerte.

     Fadeiev no pudo soportar esta nueva constelación, que probablemente le quitaba sentido a su vida, a su pasado y a sus creencias íntimas, y se suicidó a las pocas semanas. Fue la acción más digna de toda su vida. Se puede decir muchas cosas negativas de Fadeiev, pero no fue ni un oportunista ni un impostor.

     En contraposición aludo aquí brevemente a Louis Aragon (1897-1982), una de las glorias literarias más ilustres de Francia. Este notable poeta, novelista y político militó primeramente en las filas del surrealismo, donde escribió sus mejores obras. Bajo la influencia de su esposa, Elsa Triolet, quien trabajó para los servicios secretos de la Unión Soviética, se convirtió al marxismo convencional propalado por el Partido Comunista Francés (PCF), al cual fue disciplinadamente fiel hasta su muerte. Ahí fue el gran representante del realismo socialista. Se puede comprender la fascinación que Elsa ejercía sobre Aragon, pues fue una mujer excepcionalmente bella, sensual, talentosa y enigmática. Todo lo que emprendía, por ejemplo en el campo literario, le resultaba exitoso.

     En forma vehemente Aragon defendió la razón de Estado soviética; justificó la “necesaria crueldad” que se utilizó contra los disidentes. Propició –por suerte sin resultado positivo– la instauración de una severa policía secreta en Francia para controlar las esferas del pensamiento, las publicaciones, las universidades y la enseñanza pública. Todavía en vida de Stalin publicó su oda El más grande filósofo de todos los tiempos, en la cual celebra al dictador como el “jefe de los pueblos”, que “fecundó la Tierra”, “rejuveneció los siglos”, hizo “florecer la primavera” y “vibrar las cuerdas musicales”. No hay un ápice de ironía o de distancia en este panegírico, del cual Aragon jamás se distanció. Posiblemente le cayó mal el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Pero al contrario de Fadeiev no sufrió ni la más mínima sacudida ética. Continuó perteneciendo a la jefatura superior del PCF y, sobre todo, prosiguió con un tren de vida consagrado al lujo, a la publicidad y al hedonismo.

     Pablo Neruda (1904-1973), el poeta de la esperanza y la alegría, percibió el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética del siguiente modo. En sus memorias Confieso que he vivido dice a la letra:

     Algunos sentimos nacer, de la angustia engendrada por aquellas duras revelaciones, el sentimiento de que nacíamos de nuevo. Renacíamos limpios de tinieblas y del terror, dispuestos a continuar el camino con la verdad en la mano.

     La “verdad en la mano” es, por supuesto, una bella ilusión o algo más prosaico. Neruda registró cuidadosamente todos los actos de discriminación y censura que le tocaron a él, así haya sido tangencialmente, pero no dijo ni una sílaba en torno a la censura, la cárcel y cosas aún peores –las tinieblas y el terror– que sufrieron los bardos en la Unión Soviética y en Cuba.

     En sus memorias Neruda incurre en un infantilismo –que se repite insidiosamente a lo largo de toda la obra– al describir a los grandes líderes comunistas. De Mao Tse-Tung solo señala los ojos sonrientes y los cálidos apretones de manos. De Stalin dice que era un “gran tímido, un hombre prisionero de sí mismo”, y sin ironía lo compara con Jehová: impredecible y terrible, pero era la voz de la justicia histórica y divina. Y agrega:

     Esta ha sido mi posición: por sobre las tinieblas, desconocidas para mí, de la época staliniana, surgía ante mis ojos el primer Stalin, un hombre principista y bonachón, sobrio como un anacoreta, defensor titánico de la revolución rusa. [...] La muerte del cíclope del Kremlin tuvo una resonancia cósmica. Se estremeció la selva humana.

 

Y EN OTRO LUGAR AFIRMA:

 

Yo había aportado mi dosis de culto a la personalidad en el caso de Stalin. Pero en aquellos tiempos Stalin se nos aparecía como el vencedor avasallante de los ejércitos de Hitler, como el salvador del humanismo mundial. La degeneración de su personalidad fue un proceso misterioso, hasta ahora enigmático para muchos de nosotros.

     Anteriormente, en su celebrada Oda a Stalin, Neruda había cantado: “Stalin es el mediodía, / la madurez del hombre y de los pueblos”. [...] “Era más sabio que todos los hombres juntos”. Y en el Canto general dijo: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, / preserva, mira, protege, alimenta, / pero también castiga. / Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: / hace falta el castigo”.

     Intercalo estas citas porque las opiniones de Neruda frente al estalinismo y, en general, ante el desarrollo fáctico del socialismo en la vida cotidiana de las sociedades sometidas a su mandato, representan la posición de muchos intelectuales progresistas de América Latina (y de gran parte del mundo) con respecto a los regímenes comunistas en la realidad. Conocí y conozco a mucha gente inteligente que comparte esta idea. Casi todos aducen lo mismo: desconocimiento de la represión bajo Stalin y sus sucesores, el rol heroico de Stalin en la construcción y defensa del socialismo, su carácter presuntamente sobrio, bonachón y principista, su fallecimiento como suceso cósmico. Casi todos ellos sostienen lo que decía Neruda sobre la función histórica de la Unión Soviética: “una lección moral para todos los rincones de la existencia humana”, la “gigantesca verdad” que se elaboró bajo ese régimen para toda la humanidad y otras lindezas que llenan varias páginas de sus memorias.

     Neruda, un poeta excelso, pero un espíritu bastante convencional con respecto a asuntos políticos, estaba encandilado por la retórica de tonos revolucionarios y ademanes enérgicos de los líderes comunistas que conoció: los gestos autoritarios y decididos y la lógica de la acción violenta le parecían cualidades positivas que encumbraban a estos líderes por encima de los políticos rutinarios. Como muchos bardos revolucionarios, Neruda estaba también fascinado por los agasajos de que fue objeto en los países comunistas: los manjares escogidos, los vinos exquisitos y las mujeres deslumbrantes que experimentó, le impidieron avizorar la vida de privaciones de los trabajadores, las restricciones a las libertades más elementales y los campos de concentración. Para evitar un malentendido quiero aclarar que Pablo Neruda fue uno de los poetas más eminentes que han producido América Latina y el mundo entero.

     Hay en sus memorias trozos luminosos sobre la existencia humana, como el hermoso párrafo donde reconoce que muchos izquierdistas cultivan la “voracidad por el lujo y el dinero”.

     Acentuando el contraste, aquí aludo brevemente a Kafka y Chejov. Franz Kafka (1883-1924) previó la extrema perversidad de los regímenes totalitarios en el siglo XX, que estuvo unida a la máxima perfección técnica. Y lo hizo en un lenguaje brillante, en una de las prosas más hermosas en toda la historia de la literatura. El proceso ha resultado su novela más conocida, que yo recuerdo aquí como una descripción maestra de la burocracia latinoamericana en muchos países.

     Esta última no puede ser comprendida empleando categorías racionales, pues esta maquinaria infernal tiene un funcionamiento grotesco y está manejada por un personal extremadamente arrogante y corrupto que, además, no posee ninguna calificación jurídica o técnica para ejercer un puesto. Es un miniuniverso kafkiano, concebido para dificultar la vida de los mortales.

     Pero lo más grave es que la población latinoamericana –con poquísimas y honorables excepciones– no siente la necesidad de protestar contra una institución tan mediocre.

     Admito que me gustan los temas tristes y deprimentes. Por ello me acuerdo aquí de Anton P. Chejov (1860-1904). Él nos dejó una obra fulgurante antes de morir a los cuarenta y cuatro años. Lo que me atrajo del teatro y de las narraciones de Chejov es la representación de la frustración, el aburrimiento y el sinsentido como factores decisivos de la vida de sus protagonistas.

     En sus obras no aparecen figuras positivas; todos los protagonistas son tediosos, fracasados, mentirosos y sin ideales. Y, sin embargo, Chejov creía en un futuro mejor para la humanidad. Él tenía solo una sonrisa irónica para la buena reputación; dudaba del valor de su propia obra. Esto es signo de grandeza silenciosa. Trabajó hasta el último instante, sabiendo que no hay respuestas claras acerca de las grandes cuestiones, como el sentido de la existencia. Solo tenía la confianza de que la búsqueda de la verdad y el buen humor nos acercarían a una vida mejor, pero era evidentemente una esperanza precaria.

     De algunos escritores se puede aprender cómo no hay que comportarse. Aquí menciono en lugar preferente a Bertolt Brecht (1898-1956), de quien se dice que combinaba formas avanzadas de cinismo con un oportunismo ramplón y también, sin duda alguna, con una maestría rara vez igualada en la composición de textos poéticos de gran musicalidad. Él fue uno de los primeros en postular abiertamente que la imagen es más importante y lucrativa que los valores morales. Una cosa es constatar la relevancia de la impresión exterior que producimos y su posible significación monetaria –asunto conocido ampliamente desde la más remota antigüedad–, pero otra cosa diferente y muy deplorable es enaltecer ese hecho a la categoría de un comportamiento ejemplar y de una virtud socialista y revolucionaria.

     El contenido didáctico de sus dramas La medida y La vida de Galileo es simplemente inaceptable: una visión estrecha y dogmática de situaciones muy complejas, visión congruente con el estalinismo de su época, del cual este autor nunca se distanció seriamente. Brecht era, además, un egocéntrico enfermizo, un egoísta confeso, un manipulador sin piedad de la conciencia de aquellos que lo rodeaban, sobre todo de sus admiradoras. Como muchos intelectuales izquierdistas exhibía hacia afuera una radicalidad fríamente estudiada, que contrastaba con una marcada cobardía en la praxis.

     Un lector progresista encontrará estas aseveraciones totalmente injustas y aun falsas y me recordará que Hannah Arendt celebró las cualidades inigualadas de este poeta. Y me reprochará que ignoro los hermosos y elocuentes versos autocríticos en sus poemas An die Nachgeborenen (“A los nacidos con posterioridad”) y Die Lösung (“La solución”). No dudo de la eximia calidad literaria de Brecht, que se trasluce justamente en “La solución”: un poema breve, casi lacónico, gracioso, irónico y punzante, en el cual este autor critica al gobierno de la República Democrática Alemana (1953), donde él residía como escritor aclamado y protegido por ese mismo Estado. La propia Hannah Arendt, citando al poeta W. H. Auden, especula acerca de la gloria que podría haber alcanzado Brecht si su vida hubiera sido la de un hombre bueno. En el Día del Juicio Final, ¿lo salvarán sus muchos libros, presuponiendo que Dios, el intelectual por antonomasia, los habría leído y aclamado?

     La literatura tiene –o debería tener– una función trascendente que la acercaría a la genuina religiosidad: que el olvido no tenga la última palabra, que la injusticia y la impunidad no resulten lo definitivo y que los seres humanos no sean únicamente medios para fines ulteriores. Aprendí esta hermosa enseñanza leyendo a Anna Ajmatova (1889-1966), la eximia poeta, cuya vida fue un ejemplo trágico de la desesperanza que caracterizó a la Santa Rusia en la primera mitad del siglo XX. Ajmatova nos dice que la memoria brinda sentido al sinsentido por excelencia, que es la historia. Me impresionó mucho su “Réquiem”, escrito en un estilo elegante y lacónico y por ello doblemente emotivo y persuasivo. En esta obra Ajmatova relata un encuentro fugaz con otra prisionera en los sótanos de una cárcel. Esta última, una mujer al borde de la muerte por el maltrato y las dolencias, le preguntó si podía describir esa terrible constelación y así salvarla para la posteridad, es decir, para evitar que el olvido eterno y las sombras de la historia eliminaran definitivamente la memoria del sufrimiento y del abandono en que se hallaba una buena parte de la población bajo el régimen estalinista. Cuando Ajmatova asintió, una leve sonrisa iluminó lo que quedaba del rostro de la pobre mujer, que murió débilmente consolada.

     Se puede preservar un sentido de la vida humana si alguien deja un testimonio fehaciente del dolor de toda una generación, como lo hizo Ajmatova al cantar lo que sucedía durante la noche del terror y la inhumanidad, que las crónicas oficiales tratan hasta hoy de encubrir y omitir.

     La gran poetisa tuvo el valor de recordar e inmortalizar literariamente aquel tiempo del desprecio por el individuo, cuando se quebraron las “rutinas de la civilización” y cuando unas “sombras burocráticas” decidían arbitrariamente sobre la vida y la muerte de las personas en los oscuros e inaccesibles corredores del poder supremo.

     En la Rusia del siglo XX Anna Ajmatova pensó que su producción poética serviría para evitar el olvido de las víctimas del estalinismo, pero creo que fue un esfuerzo vano. ¿Quién se acuerda hoy de los innumerables prisioneros obligados a trabajar en condiciones infrahumanas en el norte de Siberia? ¿O de los millones de víctimas de los experimentos radicales en Cambodia y en China? Y todo ello ocurrió en nombre de un modelo que pretendía ser la culminación racional de toda la evolución humana, basado en la infalible interpretación racionalista de la historia universal, un modelo que debería haber traído la paz perpetua, el paraíso terrenal de los trabajadores y la prosperidad general a sus habitantes.

 

H. C. F. Mansilla
Miembro de número de la Academia
de Ciencias de Bolivia

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