Mínima Moralia. Un recuerdo de José María Pérez Gay
Juan Carlos Canales
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La crítica literaria no es especialidad sino vocación individual que arma pacientemente la pedacería de la cultura. El 26 de mayo pasado murió José María Pérez Gay (D.F., 1943). La noticia de su muerte me conmovió profundamente, incluso, mucho más que la del propio Carlos Fuentes, de quien José María fue amigo. Aduzco varias razones personales e intelectuales para marcar esa diferencia; la primera, se debe a que el único contacto que tuve con Carlos Fuentes fue verdaderamente ríspido; otra que, desde la década de los noventa, su obra novelística perdió lo que me parece había sido su mayor grandeza: la apuesta formal que históricamente la había definido como uno de los proyectos literarios más importantes de Hispanoamérica en pro de la dimensión psicológica del personaje. Políticamente, la postura de Fuentes también me pareció cada vez más desdibujada y aséptica: lo que decía, podía caber en la izquierda, en el centro, en la derecha o en ninguna parte. Su intento por reconciliar el indigenismo con la modernidad en México, a partir del movimiento zapatista de 1994 me pareció no solo ingenuo sino engañoso, aunque ante la candidatura de Peña Nieto fue claro y contundente. De los últimos 20 años de la producción de Fuentes rescato, singularmente, su producción ensayística en materia literaria. [...] porque la lengua en que tal vez me estaría dado no solo escribir, sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni una sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido. (p. 31) Esa Viena fue el laboratorio en el que se encontraron los componentes más explosivos que moverían al siglo XX, en conjunto. La Viena de fin de siglo no fue solo un lugar, sino un estado de ánimo y una forma de entender y autocomprender el espíritu humano desde el propio malestar en la cultura de los hombres que vivieron ese trozo de la historia contemporánea; el punto de inflexión de la tradición crítica de la Ilustración. Dos acontecimientos bastan para ejemplificar la efervescencia de aquel momento: el nacimiento simultáneo del sionismo y del totalitarismo, o la radicalización especular del liberalismo y del marxismo. Recurriendo a una metáfora psicoanalítica, en Viena se llevó a cabo una verdadera revolución edípica. En los últimos dos siglos y medio más de 350 millones de personas han abandonado su país de origen y se han convertido en inmigrantes... Pero la dimensión de estos movimientos migratorios, así como sus ritmos ha cambiado. Si entre 1750 y 1940 en todo el mundo migraron 127 millones de personas, solo en el periodo entre 1945 y 1990 abandonaron sus países unos 220 millones de personas. (The age of migration) Junto a este fenómeno migratorio, y tras la crisis del socialismo real, resurgen desde las ruinas del “Imperio” problemas como el de la pluralidad cultural, la lucha por las autonomías, los conflictos religiosos, etcétera. El Imperio austro-húngaro desapareció, pero supo sobrevivir a su destrucción. En el productivo exilio de muchas de sus víctimas; en las contradicciones de aquel mundo, no del todo ajenas a las del nuestro de hoy; en los descendientes de quienes las padecieron directamente, sus dudas y conflictos no resueltos. Y sobre todo en las obras que nos dejaron aquellos autores excepcionales, en la trayectoria del pensamiento y la literatura. (El imperio perdido, p. 15) Por, supuesto, había leído con pasión El imperio perdido de Pérez Gay que me sirvió como guión para nuestra charla. Hay que decir de este libro, único en su género que, a caballo entre la historia, la sociología, y la literatura, pero articulando todas esas disciplinas desde el canon biográfico, es uno de los ejemplos más admirables de la producción ensayística mexicana contemporánea, alrededor de las figuras de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elías Canetti, y como tal, Pérez Gay siempre “subrayó que las visiones individuales en la literatura son las que en verdad cuentan”: Mi idea fija y secreta –dice José María Pérez Gay– era escribir un libro de ensayos sobre cuatro escritores austriacos. Mi propósito: unir la tensión finísima y poderosa de la novela, el amor a la biografía y el rigor de la historia social y literaria. Si lograba salir adelante de esta encrucijada rara y dichosa escribiría una suerte de mosaico biográfico durante el crepúsculo del Imperio. (La profecía de la memoria, p. 232) José María Pérez Gay no solo poseía una admirable cultura libresca; haber sido un paseante incansable –como Walter Benjamin, o como el mismísimo Montaigne, a quienes tanto admiraba– lo dotó, además, de una sensibilidad singular permitiéndole, a su vez, abrevar allí donde otros no se detenían, o señalar los pasadizos secretos entre dos obras, dos mundos, o dos hombres. Uno viaja siempre con el mismo equipaje, vale decir –contesta Sebald en una entrevista–: sus ideas y resentimientos, sus angustias y obsesiones. Pero inexplicablemente no lo busqué. Después supe que había enfermado y no me atreví a invadir su intimidad. Sin embargo, su estado de salud no le impidió abrazar, incondicionalmente, el proyecto político en el que creyó; ser –dijo G. Steiner en su Gramáticas de la creación– es un compromiso. El año pasado leí La profecía de la memoria; me queda la alegría de que este libro es para mí la continuación de ese diálogo con José María, interrumpido hace años. Cuando en la mañana del 13 de agosto de 1961, escuchó por la radio Berlín Libre que el ejército de la República Democrática Alemana había comenzado a levantar un muro que dividiría a la ciudad, la pelirroja se trasladó de inmediato a la plaza Potsdamer y observó durante tres horas a los tanques estadounidenses colocarse en la línea de demarcación y enfrentarse a los tanques soviéticos. Al atardecer se dio cuenta de que, a pesar de la presencia de los soldados estadounidenses, los Vo Pos, los soldados de la milicia popular comunista, tendían un cerco de alambre de púas, levantaban paredes de cemento armado y cerraban el acceso a Berlín Oriental. (Tu nombre en el silencio, p. 151) En contraste, La supremacía de los abismos es un viaje dantesco, a través de la crónica –ese género fronterizo entre la literatura y el periodismo–, a los acontecimientos más dramáticos de la centuria anterior. Pero no se vaya a pensar que la tarea de Pérez Gay se resuelve en la enumeración tan erudita como exhaustiva de los sucesos que le han dado un rostro a la centuria pasada; por el contrario, dueño de un bagaje teórico riquísimo, Pérez Gay pudo bucear en la cifra que permitió esos acontecimientos y lo que implican para la “condición humana”, como es el caso del universo atómico o el de la discusión que emprende en torno a las consecuencias jurídicas y morales del genocidio.
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