La espiritualidad en el espacio



Vicente de Haro Romo
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El primer reto de este texto estriba en definir “espiritualidad”. Intentemos al menos una aproximación, que será necesariamente breve y relativa. Espiritualidad es la condición de lo espiritual, dice el diccionario de la RAE, y lo espiritual remite a un ser inmaterial dotado de razón, a un alma racional, a un principio generador, un carácter íntimo, esencia o sustancia de algo; pero también al vigor, el ánimo, la vivacidad, el ingenio... e incluso a los vapores que exhalan ciertos licores y a ciertos fluidos sutiles que en la Edad Media se asumía que determinaban los movimientos del cuerpo (Cf. RAE, 2011).

     Evidentemente, con tantas y tan diversas acepciones, el diccionario no nos resulta de especial ayuda en este caso. Y es que la palabra espíritu, procedente del latín spiritus y equivalente al griego pneuma, tiene una historia de transformaciones interesantes; historia en la cual por distintos motivos el término pasó de referir a algo material (un “vapor formado de aire y fuego”, decían los antiguos estoicos, por ejemplo) a denotar lo más inmaterial y divino (en las escrituras judeocristianas, cruciales en la resignificación del término, pneuma es “el principio de la vida superior según Dios”, en oposición a las pasiones del cuerpo; Dios mismo es espíritu que está sobre las aguas en Génesis 1, 2 y espíritu de libertad en la segunda carta a los corintios de Pablo, entre otras menciones importantes, como la muy destacada sobre el Espíritu Santo, agios pneuma) (Cf. Fabro, 1982).

 

LO ESPIRITUAL EN FILOSOFÍA

 

Recogeremos algunos elementos de esta acepción de “espíritu” cuando tratemos de la experiencia extrema que se ofrece a los astronautas y en alguna medida también a otros participantes de la exploración espacial. Pero acerquémonos a ello paulatinamente. También podríamos aprovechar la mediación que ofrecen algunos de los grandes filósofos de la historia que han utilizado el concepto de espíritu. Seguramente el que lo ha hecho de modo más sistemático y notorio es el célebre pensador alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (que vivió de 1770 a 1831), autor de uno de los libros más importantes y más obscuros en la historia de la filosofía: la Fenomenología del espíritu, de 1807. Sin pretender agotar el tema, lo cual sería llanamente imposible, quiero dejar anotado que, para Hegel, el espíritu es Dios, pero es también la esencia misma del universo considerada tanto en su dinamismo como en su unidad y también –y esto quiero subrayarlo– el espíritu en Hegel es la comunidad de los seres humanos, la humanidad en sí. Dejemos de lado el debate sobre el discutido panteísmo de Hegel. Quiero más bien con esto enmarcar una de sus frases más bellas, aquella donde afirma que el espíritu es ”el yo que es el nosotros y el nosotros que es el yo”. (PG 147) Espíritu, para este gran filósofo, significa al mismo tiempo a Dios y lo divino en el ser humano y también a la comunidad humana.

 

LO ESPIRITUAL EN LA EXPLORACIÓN ESPACIAL

 

¿Qué tiene qué ver todo esto con los viajes al espacio y con la exploración espacial? Frank White, en un influyente texto del 2014, The Overview Effect: Space Exploration and Human Evolution, publicado por el American Institute of Aeronautics and Astronautics, afirmó que ver el planeta Tierra desde el espacio genera usualmente un sentimiento de conexión con Dios y con la Humanidad que él bautizó precisamente como overview effect (suele traducirse como “efecto perspectiva”).

     El astronauta experimenta, según lo que White pudo aprender de una serie de entrevistas, de manera acentuada su conexión con la vida del planeta; aprecia especialmente la belleza de la esfera azul y su carácter único y se siente comprometido a protegerla. Igualmente, sugiere este autor (que se autodenomina, por cierto, un “filósofo del espacio”) el astronauta percibe como absurdas las divisiones y conflictos entre nacionalidades y grupos humanos y tiene una particular apreciación de la humanidad como un todo (Cf. White, 2014). Desde el espacio no se ven fronteras ni banderas, como es sabido que admitió el coronel Worden cuando se le dio una bienvenida oficial gubernamental como parte de la tripulación del Apolo XV.

     La primera relación que quiero establecer es ahora evidente: lo que en la tradición religiosa central de Occidente –y por tanto también en Hegel– quiere decir “espíritu” (conexión con la divinidad, con el cosmos y entre los seres humanos) no queda nada lejos del efecto señalado por White. Que el espíritu es un yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo es particularmente cierto en la persona del astronauta, que viaja al espacio en nombre de la humanidad y a la vez percibe la unidad de esta misma humanidad de una manera extraordinaria.

     En esta misma línea de pensamiento, Mahdu Thangavelu, director del Space Exploration Architecture Concept Synthesis Studio en la Universidad del Sur de California, ha escrito que

 

[...] la actividad humana en el espacio ofrece un lugar importante para explorar el potencial de las relaciones significativas entre la ciencia y la religión –o al menos la ciencia y la espiritualidad. (Thangavelu, 2011)

 

     y agrega que puede llamarse espiritualidad con pleno derecho el asombro que los exploradores espaciales “sienten cuando se exponen a los secretos de la naturaleza y a nuevas dimensiones de la experiencia humana”. Thangavelu se refiere reiteradamente de la experiencia en el espacio como “un despertar espiritual” (Thangavelu, 2011).

     Esta dimensión de la experiencia espacial es tan interesante y tan fecunda que hoy existen organismos como The Overview Institute, institución dedicada a tratar de transmitir ese sentimiento de unidad generado por los viajes al espacio para mejorar las relaciones sociales. Este instituto está particularmente inspirado por el testimonio de Jake Garn, que orbitó la Tierra en el transbordador Discovery en 1985 y ha insistido en los cambios espirituales que le suscitó mirar el planeta entero suspendido en el espacio.

     En este sentido existen también testimonios de Edgar Mitchell (tripulante del Apolo), Rusty Schweickart (que orbitó la Luna), Gene Cernan (undécimo hombre en la Luna) y el particularmente enfático de James Irwin (octavo hombre en la Luna), entre otros. Todos ellos hablan de conversiones espirituales a partir de la experiencia espacial. Como es comprensible y esperable, algunos de ellos interpretaron la experiencia desde sus creencias religiosas previas y han dirigido sus discursos y activismo en ese sentido; algunos incluso se han radicalizado. Todos, sin embargo, han afirmado que la experiencia en el espacio les ha hecho más humildes y reflexivos.

     Es en busca de esta clase de testimonios que, más recientemente, la antropóloga social Deana L. Weibel emprendió una serie de entrevistas: sostuvo 14 con nueve astronautas, y 37 más con diversos participantes en el programa espacial, todo ello entre 2004 y 2020. A partir de este trabajo, Weibel confirmó el “efecto perspectiva” del que había tratado White: ella lo relaciona con el hecho de que el espacio mismo, las estrellas y los planetas, forman parte de lo que Timothy Morton ha llamado “hiperobjetos”, objetos de percepción que por sus dimensiones y rasgos espaciotemporales se presentan como inabarcables, indomeñables, ante el juicio del ser humano (Cf. Weibel, Deana L., 2020). Weibel también recoge la idea de Valerie Olson de que, de alguna manera, el ambiente del espacio exterior es no-natural para el ser humano; es, incluso, en cierto sentido sobrenatural y por ello la connotación de lo sagrado es inevitable (Cf. Olson, Valerie, 2018).

     Weibel evoca finalmente a los lingüistas George Lakoff y Mark Johnson, que en su célebre trabajo Metaphors We Live by (el libro se publicó en castellano como Metáforas de la vida cotidiana) (Cf. Lakoff, George and Mark Johnson, 1981), explican como insuperable la relación metonímica entre, por un lado, lo sagrado y divino, y por otro, el espacio exterior, metonimia fundada en el concepto mismo del “cielo”.

     Todo ello, argumenta Weibel, consolida la dimensión espiritual del overview effect. Pero ella incluso se atreve a proponer que debemos distinguir otro efecto espiritual de la experiencia espacial: ella habla del ultraview effect, que se distingue del anterior porque este suscita ante todo un sentimiento de limitación, de incomprensión e incluso de autodisminución ante la vastedad del universo. (Cf. Weibel, Deana L., 2020).

     Podríamos relacionar esto, agrego yo, con lo que en la tradición filosófica llamamos “ignorancia socrática”, que es a la vez una forma de “sabiduría socrática”: la sabiduría que consiste en reconocer que no se sabe casi nada. Weibel sugiere que, si el efecto perspectiva se da usualmente ante la mirada del planeta Tierra suspendido en el espacio, el efecto de “ultravista” es más común ante el espectáculo de conglomerados de estrellas, sin la distorsión y titilación que provoca la atmósfera terrestre, como cuando se mira la Vía Láctea desde la órbita de la Luna. Weibel dice que, en las condiciones adecuadas, se pueden mirar desde el espacio diez veces más estrellas con colores diez veces más brillantes (Cf. Weibel, Deana L., 2020), y que es esto lo que genera esa reacción de incomprensión, de anonadamiento, que ella propone distinguir del efecto espiritual antes tematizado por White.

     Me pregunto si no contamos en la tradición filosófica y científica con algún concepto que pueda resumir lo que pasa espiritualmente en los astronautas en ambos contextos –el del overview effect y el del ultraview effect. Quiero sugerir que sí, y que se trata del concepto filosófico de lo sublime.

 

LO SUBLIME EN EL ESPACIO

 

El concepto de lo sublime se remonta a un tratado del retórico griego Longino, en el que refiere más bien a un cierto estilo elevado en el lenguaje. Obsérvese que un lenguaje muy elevado puede ser bello, pero al mismo tiempo es doloroso, en tanto genera incomprensión. Después, el concepto de lo sublime pasaría por una asimilación mística en la tradición posterior. Hacia el siglo XVIII, en el empirismo, se retomó con particular profundidad el concepto, se separó de la belleza y se aplicó el apelativo de sublime de modo muy particular a la infinitud de la naturaleza.

     Esto nos lleva hasta Immanuel Kant (1724-1804), que es en quien quiero detenerme por unos momentos, porque es el que más luz puede arrojarnos para estos efectos. La especial referencia a Kant puede quedar también justificada si recordamos que, además de ser el mayor filósofo de la Edad Moderna, este autor hizo también aportes a la astronomía, en cuanto en su libro de juventud de 1755 titulado Historia general de la naturaleza y teoría del cielo propuso la teoría explicativa de la formación de sistemas planetarios a partir de nebulosas que después confirmarían Herschel y Laplace. Se trata de un autor, pues, que fue capaz de aportar al conocimiento astronómico.

     Para Kant, lo sublime se distingue claramente de lo bello, pues si lo bello es aquello armónico que suscita en nosotros un libre juego de nuestras facultades, una particular sensación de la plenitud de la propia vida, en cambio el sentimiento de lo sublime implica una disarmonía, una desproporción, un contraste o incomodidad inevitable.

     Ante un espectáculo natural sublime (como una tormenta en el mar, una montaña enorme, un gran acantilado) la imaginación se constata incapaz de abarcar la grandeza en magnitud y en poder de la naturaleza, que por tanto resulta abrumadora, y ello choca con el alcance de la razón, que nos permite a pesar de todo pensar y tematizar la naturaleza y experimentarnos libres y únicos ante ella. El sentimiento de lo sublime es, para Kant, un sentimiento complejo, pues implica a la vez el displacer de la inadecuación entre la naturaleza y nuestras facultades cognoscitivas y, por otro lado, el placer de ser una criatura dotada de una razón que se hace cargo de esa inadecuación como ninguna otra fuerza de la naturaleza misma puede hacerlo (Cf. Kant, Immanuel, 2011).

     Por ese contraste o carácter doble de lo sublime, que suscita a la vez dolor y placer, lo sublime es también estructuralmente análogo del respeto, que para Kant es el sentimiento moral que debe regir sobre las relaciones entre los seres humanos. El respeto también complejo y ambivalente: la dignidad de las personas tiene un efecto elevador, en tanto somos capaces de determinarnos autónomamente a respetarla, y a la vez uno doloroso, en tanto humilla nuestras inclinaciones egoístas (Cf. Kant, Immanuel, 2005a). Así, el sentimiento de lo sublime no es solo lo correspondiente a la vastedad del universo material, sino también una referencia indirecta a nuestro universo moral.

     Pienso que el sentimiento de lo sublime, así explicado, resume lo que Weibel proponía desglosar en dos efectos distintos. Por un lado, decir que el espectáculo del espacio exterior es sublime refleja nuestra incomprensión y limitación ante la infinitud y el misterio del universo (ahí el ultraview effect), y por otro, esa experiencia de sublimidad también hace justicia a nuestra capacidad racional, a través de la cual nos sentimos conectados con el cosmos, con nuestra propia especie, con nuestro propio planeta y también usualmente con una dimensión trascendente o divina (ahí tenemos el overview effect). Esta relación que propongo entre los efectos ultraview y overview y el sentimiento de lo sublime enlaza otras experiencias (como las ya mencionadas ante una tormenta o una majestuosa montaña) con las de mirar el planeta o la galaxia desde el espacio, sin perder lo específico de estas últimas, que mantienen un carácter extraordinario, no solo a nivel emocional, sino en cuanto al contenido que ofrecen a la reflexión.

 

EL CIELO ESTRELLADO SOBRE MÍ

 

Quizá el pasaje más bello y más citado del extenso corpus filosófico de Kant (de hecho, de este pasaje hay una frase transcrita en su epitafio) se refiere a la experiencia de lo sublime haciendo alusión precisamente a la visión del cielo estrellado. Se trata de las primeras líneas de las conclusiones de la Crítica de la razón práctica, de 1788.

     Cito algunas líneas para comentarlas brevemente:

 

Dos cosas llenan el ánimo de admiración y veneración siempre nuevas y crecientes, cuan mayor es la frecuencia y persistencia con que reflexionamos en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí [...] La primera comienza en el lugar que ocupo en el mundo externo de los sentidos y extiende la conexión en que me encuentro hacia dimensiones inmensas con mundos sobre mundos y de sistemas de sistemas, y además hacia los tiempos ilimitados de su movimiento periódico y de su comienzo y duración. La segunda comienza en mi yo invisible, en mi personalidad y me exhibe en un mundo que tiene verdadera infinitud pero que sólo el entendimiento puede percibir y con el cual (y por tanto también con todos esos mundos visibles) me reconozco en una conexión no sólo accidental, como en aquel, sino universal y necesaria.” (Kant, Immanuel, 2005; la referencia canónica de este texto, según la numeración de la Academia Alemana de las Ciencias, es KpV 161-162).

 

     Acá aparece la relación entre los sentimientos de, por un lado, lo sublime (generado por el cielo estrellado sobre mí) y por el otro, del respeto (por la ley moral en mí). Y puede entenderse cómo Kant contempla que las dimensiones y conexión interna del Universo, el carácter que hoy llamamos de “hiperobjetos” de los astros y las magnitudes del espacio y el tiempo anonadan al individuo humano, que se siente en una conexión solo accidental y contingente en semejante escenario, pero a la vez, en este ser humano se reconoce un valor especial porque él puede pensar ese cosmos.

     Sigo citando:

 

El primer espectáculo de una cantidad incontable de mundos anula, por así decirlo, mi importancia como criatura animal que tiene que restituir al planeta (un mero punto en el universo) la materia de la que se formó, después de haber estado provista por un breve tiempo (no se sabe cómo) de fuerza vital. El segundo espectáculo, en cambio, eleva infinitamente mi valor como inteligencia mediante mi personalidad [...] (Kant, Immanuel, 2005b; KpV 161-162).

 

     Me parece que el contraste que se describe en estas líneas es precisamente el marco de la experiencia espiritual que ofrecen la contemplación del universo y, concretamente y de modo intensificado, las experiencias en el espacio exterior de aquellos representantes de la humanidad que pueden acceder a ellas. El astronauta puede, como diría otro filósofo destacado de la modernidad, Blaise Pascal, experimentar al máximo la miseria y la grandeza del ser humano, que es tan solo una caña, pero una caña pensante. Cito brevemente a Pascal: “En cuanto al espacio, el universo me comprende y devora como un punto. Pero, por el pensamiento, yo comprendo al universo.” (Pascal, Blaise, 2015, No. 348).

     Creo que no es exagerado afirmar que esta experiencia de contraste es al menos una de las puertas de acceso a lo que conocemos como espiritualidad humana. Ciencia y espiritualidad no están, pues, divorciadas; de hecho, nunca lo han estado en las mentes de los grandes pensadores o científicos. El impulso a la exploración espacial puede mostrarse, así como humanamente enriquecedor en múltiples sentidos, y entre ellos están sin duda también el sentido espiritual y otros que el sentido espiritual necesariamente abarca e interpela, como el psicológico, el moral y el social.

 

NOTAS

 

1      Este artículo surge de una ponencia que el autor impartió en el 8º. Congreso Internacional de Medicina y Salud Espacial, organizado por la Facultad de Medicina de la UNAM, la Academia Nacional de Medicina y la Agencia Espacial Mexicana.

 

REFERENCIAS

 

Dallas K (2019). Astronaut Jake Garn and the Spiritual Effects of Viewing Earth from Outer Space. Recuperado de: https://www.deseret.com/2015/7/24/20568940/jake-garn-sutherland-institute-space-astronauts#last-monday-nasa-released-its-newest-photo-of-the-earth-from-outer-space-taken-july-6-by-the-dscovr-spacecraft-which-is-located-1-million-miles-away-from-our-planet.

Esch M (1972). Spiritual Impacts of the Space Program on the World. Recuperado de: https://ntrs.nasa.gov/citations/19730005109.

Fabro C (1982). Introducción al problema del hombre (la realidad del alma). Madrid: Rialp.

Hegel GWF (2017). Fenomenología del espíritu. Traducción de W. Roces, reeditada por Gustavo Leyva. México: FCE.

Kant I (2005). Crítica de la razón práctica. Traducción de Dulce Ma. Granja. México: FCE-UAM-UNAM.

Kant I (2007). Crítica del Juicio. Traducción de Manuel García Morente. Madrid: Tecnos.

Kant I (2011). Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. Traducción de Dulce Ma. Granja. México: FCE-UAM-UNAM.

Real Academia Española (2011). Espíritu. Recuperado de: https://dle.rae.es/esp%C3%ADritu, consultado el 17 de octubre de 2022.

Lakoff G and Johnson M (1981). Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press.

Olson V (2018). Into the Extreme U.S. Environmental Systems and Politics beyond Earth. Minneapolis: University of Minnesota Press.

O’Neill I (2008). The Human Brain in Space: Euphoria and the “Overview Effect” Experienced by Astronauts. Recuperado de: https://www.universetoday.com/14455/the-human-brain-in-space-euphoria-and-the-overview-effect-experienced-by-astronauts/.

Pascal B (2015). Pensamientos. México: Porrúa, No. 348.

Thangavelu M (2011). Opinión: Los viajes al espacio son una experiencia espiritual. Recuperado de: https://expansion.mx/opinion/2011/07/07/opinion-los-viajes-al-espacio-son-una-experiencia-espiritual.

Weibel DL (2020). “The Overview Effect and the Ultraview Effect: How Extreme Experiences in/of Outer Space Influence Religious Beliefs in Astronauts”, Religions 11(8):418.

White F (2014). The Overview Effect: Space Exploration and Human Evolution. Reston: American Institute of Aeronautics and Astronautics.

 

Vicente de Haro Romo
Universidad Panamericana, campus México

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