La patrimonialización de la Ciudad Histórica de Mazatlán, Sinaloa



Erika Cruz Coria
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LA CONFIGURACIÓN DE LA CIUDAD HISTÓRICA 

 

Mazatlán es una ciudad ubicada en la costa oeste de México, en la parte sur del estado de Sinaloa. La amplia riqueza natural de sus costas la colocan como uno de los siete destinos a nivel nacional con mayor número de visitantes extranjeros (Secretaría de Turismo, 2019). También se suma a la lista de ciudades que, además de estar catalogadas como destinos de sol y playa, cuentan con un centro histórico que ha sido declarado por decreto presidencial “Zona de Monumentos Históricos” (2001).  

Esta ciudad ha sido testigo de las historias de vida, las relaciones, los conflictos y de las muchas dinámicas sociales, económicas y políticas que se han suscitado a lo largo del tiempo. Su auge como puerto comercial se remonta a principios del XIX. Por su ubicación geográfica fue considerada por piratas, comerciantes de origen nacional e internacional y autoridades como un puerto intermedio de embarco y recepción de mercancías legales e ilegales. Su cercanía con los principales centros mineros de las Sierra Madre Occidental, con las Californias y los mercados asiáticos, la convirtieron en el espacio económico central de la región sur del noroeste del México (Mendieta, 2010).  

Son diversos los factores que contribuyeron a la configuración del paisaje urbano y cultural de esta ciudad. Uno de ellos, son las características naturales de territorio costero –tales como cerros, lagunas o la propia costa– que impidieron el poblamiento homogéneo del territorio ocupado por la ciudad. Estos accidentes topográficos propiciaron que su trazo responda a una forma octagonal imperfecta, cuyas calles son curvas cóncavas determinadas por las mareas en la costa. Igualmente, hay quienes afirman que la configuración de la ciudad se atribuye a la ausencia de instituciones gubernamentales y eclesiásticas encargadas de disponer el ordenamiento urbano de este espacio costero (Aguilar, 2014; Alvarado, 2012). 

Finalmente, las rutas terrestres comerciales por donde se transportaban las mercancías que se subían y bajaban de los barcos, fueron factores importantes a partir de los cuales los comerciantes ubicaron las bodegas, los almacenes y las casas particulares que dieron forma al centro de la ciudad (Alvarado, 2012).  

El arribo a este puerto de representantes de importantes casas comerciales dio lugar al poblamiento y edificación de una ciudad-puerto con características bastante similares a las que surgieron en otras partes de Latinoamérica, como parte de la expansión del comercio capitalista moderno (López, 1982; Mendieta, 2010).  

Estos son quizá los referentes más importantes para la comprensión e interpretación de las calles, las plazas y, en general, del patrimonio edificado e intangible de la ciudad. A razón del amplio patrimonio cultural y urbano que se deriva de la configuración histórica, ha comenzado a consolidarse una oferta de turismo cultural que sirve de complemento a la de turismo de “sol y playa”.  

No obstante, la incorporación al turismo del paisaje urbano y cultural, ha conllevado una serie de procesos de patrimonialización1 que reducen la experiencia de “visitar” la ciudad al conocimiento de solo algunos monumentos, calles, plazas y edificios. La configuración de una ciudad histórico-turística ha sido continuamente reforzada por las acciones, principalmente de empresarios y actores gubernamentales interesados en la consolidación del turismo cultural. 

 

LAS PRIMERAS INICIATIVAS DE PATRIMONIALIZACIÓN 

 

Aunque los procesos de patrimonialización emprendidos antes y después de la declaración oficial del centro de la ciudad como “Zona de Monumentos Históricos” (2001) han facilitado la integración del patrimonio urbano y cultural a la oferta de turismo cultural, no necesariamente estos procesos han considerado la integración coherente, integral y respetuosa de la gama de manifestaciones culturales que alberga este espacio histórico.  

Las primeras iniciativas de patrimonialización del centro histórico tuvieron lugar a partir de 1972, cuando los agremiados de la Cámara Nacional de Comercio solicitan a instancias municipales la restauración del Teatro Ángela Peralta bajo dos objetivos: el primero, la conservación de una de las obras arquitectónicas más antiguas e importantes de la ciudad y, el segundo, tuvo que ver con la diversificación de la oferta turística del destino, el centro histórico se visualizó como oferta complementaria al disfrute del turismo de sol y playa que desde la década de los sesenta se desarrollaba en la parte costera de la ciudad (Santamaria, 2007). Aunque algunas de estas acciones se caracterizaron por poner en el centro la restauración del Teatro Angela Peralta, constituyeron la antesala para la posterior declaración del centro de la ciudad como “Zona de Monumentos Históricos” en el año de 2001 (Secretaría de Gobernación, 2001).  

Es a partir de esta declaración cuando los procesos de patrimonialización se hacen más evidentes. 

 

LA CIUDAD HISTÓRICO-TURÍSTICA: LA PATRIMONIALIZACIÓN DE LA CIUDAD 

 

Para Ashworth (1990), la patrimonialización comienza con la selección de aquellos elementos culturales y –añadiría yo– urbanos de todo el conjunto de recursos que ha recibido una ciudad como herencia. La declaración de “Zona de Monumentos Históricos” de la ciudad de Mazatlán es, presisamente, esta selección inicial a la que se refiere el autor.  

La declaración incluyó 180 manzanas, las cuales comprenden 479 edificios con valor histórico, construidos durante los siglos XIX y el primer cuarto del XX. Como parte del patrimonio urbano y edificado, esta delimitación considera cinco plazas públicas (Plazuela Machado, Plazuela República, Plazuela de los Leones, Plazuela Zaragoza y Plazuela Venustiano Carranza), importantes avenidas comerciales Aquiles Serdán, Benito Juárez, Teniente Azueta, Ángel Flores y Melchor Ocampo; el Paseo panorámico Olas Altas-Paseo Claussen y los inmuebles más antiguos de la ciudad (Alvarado, 2012). 

Esta selección es obra de los especialistas del pasado (historiadores, antropológos e incluso arquitectos) y sin duda es, en parte, un proceso que lejos de pretender fragmentar la ciudad procura integrarla; aunque, seguramente ante la mirada de la población local, este proceso ha resultado en un caso más de valoración selectiva de los espacios históricos. Aunque esta declaratoria ha facilitado la concentración espacial y selectiva de los recursos culturales, para la dinámica turística esta delimitación resulta poco funcional: al turista posmoderno le importan solo los “momentos y espacios” culminantes de la historia de la ciudad, pues su visita está condicionada por tiempo limitado, sus posibilidades de movilidad y su grado de conocimiento de la ciudad (Romero, 1994).  

Aunque esta ciudad histórica podría ofrecer al turista la contemplación de una amplia diversidad de manifestaciones culturales y recursos arquitectónicos, el impulso de una incipiente oferta de turismo cultural –gestionada por operadores turísticos, gobierno y empresarios–, ha reducido la vivencia de la ciudad histórica a unas cuadras aledañas a la Catedral Basílíca Inmaculada de la Concepción, en donde aparentemente se encuentran los “recursos y espacios icónicos” de la ciudad, tales como: el Teatro Ángela Peralta, el conjunto arquitectónico de la Plazuela Machado, Plaza República y el mercado José María Pino Suárez. 

El consumo de esta ciudad histórico-turística ha sido reforzado desde diferentes flancos; por un lado, la intervención que no es otra cosa que el tratamiento urbano especial que las administraciones gubernamentales –gobierno estatal y municipal– le han dado a estos “recursos y espacios icónicos”: pavimentación, homogeneización de la imagen urbana, alumbrado público, mobiliario urbano, instalación de pavimento táctil para invidentes y mantenimiento de banquetas son solo algunas de las acciones derivadas del Plan Parcial Centro Histórico de Mazatlán en el año 2014 (Instituto Municipal de Planeación, 2017). 

La intervención no ha alcanzado a la totalidad del centro histórico, pero sí a la ciudad histórico-turística, y ha sido factor no solo para reforzar el desplazamiento de los turistas en esta zona de la ciudad, sino también para el surgimiento de bares, restaurantes y otros establecimientos de entretenimiento para el consumo y disfrute de quienes visitan el puerto de Mazatlán. De esta forma, el entorno urbano también se ha convertido en el atractivo turístico. Para Meethan (1996), el patrimonio de las ciudades histórico-turísticas es una condición necesaria; sin embargo, la experiencia turística también se extiende a un consumo de tipo visual. Por haber sido declarada como “Zona de Monumentos Históricos”, las administraciones municipales, con el apoyo de otras instancias, han realizado algunas acciones relacionadas con la zonificación, el reordenamiento de la estructura vial, la creación de normas de conservación de los inmuebles artísticos e históricos y el fomento cultural, entre otras acciones (Instituto Municipal de Planeación, 2017), que han contribuido a consolidar el sector de la ciudad misma, que en este trabajo ha sido denominado como ciudad histórico-turística.  

Seguramente desde la mirada de los encargados de la promoción turística oficial y de los empresarios, la Plazuela Machado y el conjunto de edificios que la conforman (Teatró Ángela Peralta, Los Portales de Canobbio) es el espacio que constituye “el corazón de la ciudad” (Alvarado, 2012). Sea porque es el lugar que “mejor” representa la historia de la ciudad, por su estado de conservación, por su importancia como espacio social o por haberse constituido como uno de los espacios turístico-recreativos más importantes, debido a la inversión para el surgimiento de restaurantes, bares y otros establecimientos; este conjunto se ha colocado como el emblema de la exposición de la ciudad para el turismo. 

La selección de los patrimonios, la intervención y la exposición son procesos de patrimonialización que han convergido para hacer de este espacio de la ciudad un patrimonio ampliamente comercializable. Desde la mirada turística, la ciudad histórica de Mazatlán ha quedado reducida a un espacio que, aparentemente, logra reunir los “momentos culminantes” de la historia de la ciudad y que –en términos urbanísticos– refleja el estilo arquitectónico neoclásico promovido por las casas comerciales extranjeras que contribuyeron a la conformación de la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, desde la vivencia del poblador local esta forma de configurar la ciudad podría ser ampliamente cuestionable.  

 

NOTAS

 

1 La discusión en torno a las implicaciones de reducir la gama de las manifestaciones culturales a la categoría conceptual de patrimonio es amplia; algunos autores sugieren que tratar las expresiones culturales bajo este concepto es promover una visión taxonómica y estática de las mismas. Sin embargo, este trabajo parte de la idea de revelar algunas maneras o procesos que contribuyen a llegitimar “...el valor asociado a las prácticas culturales para que estas sean reconocidas como patrimonio” (Prats, 2009, 74). Existen diversas formas de patrimonialización que incluyen iniciativas “macro”, provenientes de organismos incluso internacionales, y “micro” que pueden ser acciones locales o comunitarias (Villaseñor y Zolla, 2012); particularmente, en este documento se identifica la selección del patrimonio, la intervención y la exposición (Ashworth, 1990) como algunos procesos de patrimonialización presentes en el centro histórico de Mazatlán.

 

REFERENCIAS

 

Alvarado L (2012). El viejo Mazatlán...donde todo comienza. Identidad, representaciones e historia. Barcelona: Editorial Académica Española. 

Ashworth G (1990). The Historic Cities of Groningen: Which is Sold to Whom? En Ashworth G y B. Goodall (Coord.). Marketing Tourism Places (pp. 138-155). Routledge, London. 

Instituto Municipal de Planeación (2017). Plan Parcial Centro Histórico. Obtenido de IMPLAN Mazatlán: http://www.implanmazatlan.mx/planes/

López F (1982). La estructura económica y social de México en la época de la reforma. México: Siglo XXI Editores. 

Meethan K (1996). Consuming (in) the civilized city. Annals of Tourism Research 23(2), 322-340. 

Mendieta R (2010). Las casas comerciales extranjeras del puerto de Mazatlán y las nuevas formas de sociabilidad moderno en el Sinaloa independiente. En Mendieta R y F. Rodelo, Repercusiones Socioculturales de la Independencia y la Revolución Mexicana en Sinaloa: Nuevas Miradas (pp. 409-430). Gobierno del Estado de Sinaloa/Instituto Sinaloense de Cultura, Sinaloa. 

Nava M y Valenzuela B (2014). Acción colectiva y gobernanza del Centro Histórico de Mazatlán, México. Recuperación y conversión a espacio turístico. Ánfora 21(36), 125-148. 

Romero C (1994). Patrimonio, turismo y ciudad. Boletín Informativo del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico 2(9), 16-21. 

Santamaría A (2007). El Centro Histórico de Mazatlán como oferta turística. En Lizárraga A (Coord.), Nací de aquí muy lejos. Actores locales y turistas en el centro histórico (pp. 61-120). Universidad Autónoma de Sinaloa, México. 

Secretaría de Gobernación (12 de marzo de 2001). Diario Oficial de la Federación Obtenido de Diario Oficial de la Federación: http://dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=4914314&fecha=12/05/2006

Secretaría de Turismo. (09 de febrero de 2019). Resultados de la Actividad Turística febrero 2019. Recuperado el 9 de junio de 2021, de: Secretaría de Turismo: http://www.datatur.sectur.gob.mx/RAT/RAT-2019-02(ES).pdf

Villaseñor I y Zolla E (2012). Del patrimonio cultural inmaterial o la patrimonialización de la cultura. Cultura y representaciones sociales 6(12):75-101.

 

Erika Cruz Coria 
Universidad Autónoma de Occidente 

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