Los procesos artesanales para la elaboración de Talavera de Puebla y Tlaxcala en México



Luz de Lourdes Velázquez Thierry
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En la región poblano-tlaxcalteca se elabora la destacada cerámica artesanal conocida por lo menos desde el siglo XVIII como talavera (Velázquez Thierry 1993), cuya tradición y fama se remonta al siglo XVI, llegando a ser admirada como un ícono de nuestro país por su delicada manufactura, alta calidad, brillo, colorido, gran belleza, y por guardar fielmente en su realización las técnicas de producción utilizadas durante la época colonial, introducidas al virreinato novohispano por los loceros españoles, que hoy es orgullo de México y Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

     Después de la conquista, alfareros procedentes de Talavera y Andalucía migraron a Nueva España; muchos de ellos se establecieron en la Puebla de los Ángeles e iniciaron la producción de cerámica utilizando la técnica de la loza estannífera para satisfacer las necesidades de la población. Sin embargo, en un principio la elaboración de esas piezas no fue fácil, pues si bien las culturas prehispánicas contaban con buena alfarería, no conocían esa técnica. Los loceros españoles tuvieron que buscar la materia prima requerida para su elaboración, importar aquella no disponible en la Nueva España, así como experimentar con diversos ingredientes hasta obtener piezas de buena calidad. Por fortuna encontraron en los alrededores de la Puebla de los Ángeles abundantes bancos de arcilla y arena, pudieron adquirir y producir materia prima necesaria para la elaboración de “loza blanca” (término con el que se designaba a este tipo de cerámica durante la mayor parte del periodo virreinal), y hallaron condiciones propicias que contribuyeron a que hubiera un desarrollo y perfeccionamiento en su producción.

     La elaboración de piezas de talavera tuvo un desarrollo importante, alcanzando su esplendor en los siglos XVII y XVIII, hasta llegar a producir tanto loza utilitaria, piezas decorativas, esculturas y una gran cantidad de azulejos. Desde el siglo XVI se elaboraron piezas de talavera en los alfares poblanos, que surtieron pedidos incluso para diversas ciudades novohispanas y, con el tiempo, también para su exportación al extranjero (Cervantes, 1939).

 

© Enrique Soto. Proceso del repisado del barro, Taller de talavera de “Santa Catarina” Puebla, 2021.

 

     Los loceros se unen para formar un gremio con el fin de proteger su oficio e implementar la ayuda mutua entre sus integrantes, mismo que queda oficialmente conformado cuando las ordenanzas, redactadas por sus representantes en 1653, son aprobadas en 1659 por el duque de Alburquerque, Virrey de Nueva España, y pregonadas en la Puebla de los Ángeles en 1676 (cfr. Cervantes, 1939; Lugo Olguín, 1971), siendo estas las normas que rigen la tecnología utilizada en la elaboración de loza estannífera en esa ciudad, que solo se podía elaborar en los talleres de los maestros examinados pertenecientes al gremio. De acuerdo con esas ordenanzas, se autoriza fabricar en las locerías agremiadas tres tipos de piezas: la común (también nombrada como entrefina), la fina (incluyendo a la conocida como refina) y la amarilla, siendo esta última la corriente y no considerada como talavera por ser de una calidad inferior a las otras dos. A las citadas ordenanzas se les efectúan ciertas ampliaciones y modificaciones entre los años de 1682 y 1762 (Cervantes, 1939); muchos de sus apartados se refieren a aspectos técnicos y decorativos en la fabricación de la loza de talavera, medidas que se siguieron durante el periodo colonial. Con la independencia de México se abolieron los gremios, sin embargo, se continúa produciendo cerámica estannífera en talleres, y se guardan y transmiten los secretos de la técnica de generación en generación de alfareros, y se enfrentan dificultades dadas por un sentimiento antiespañol y por la preferencia de la sociedad en adquirir y consumir porcelana de importación fabricada de manera industrial. A finales del siglo XIX y primeras décadas del XX hubo un repunte en la elaboración de este tipo de loza, subsistiendo durante dicha centuria hasta nuestros días.

     Los alfareros han guardado y transmitido a través de la tradición oral los conocimientos y secretos técnicos del oficio. Lo primero que se da a conocer respecto a los procesos de elaboración se debe a las indagaciones efectuadas por Luis Enrique Ventosa, alfarero catalán que impulsa en Puebla la producción de talavera a finales del siglo XIX y principios del XX, conservando los diseños coloniales, mezclándolos con los motivos mexicanos (cfr. Peón Soler y Cortina Ortega, 1973; Ventosa, 1971); así como por lo publicado por Enrique A. Cervantes (1939), Luz de Lourdes Velázquez Thierry (1981) y Emma Yanes Rizo (2013).

 

 

     Los procesos de elaboración artesanales de las piezas de talavera han variado poco hasta nuestros días, utilizando técnicas milenarias carentes del uso de métodos industriales, que consisten en un largo, arduo y laborioso trabajo lleno de dificultades técnicas que los artesanos tienen que solucionar día con día y en cuyas piezas dejan huella de su gran amor por dicha producción. El proceso1 se inicia con la adquisición de dos barros diferentes en la región de Puebla-Tlaxcala, uno negro y otro blanco, los cuales se trituran y limpian de impurezas, se mezclan y ponen a podrir o apestar en depósitos con agua, por lo menos durante dos meses antes de ser usados, proceso realizado con el fin de hidratarlos, obtener una arcilla plástica y maleable, de buena calidad. Pasado ese tiempo, para poder utilizar la arcilla, el alfarero saca la mezcla y la coloca sobre pisos de ladrillo con el propósito de eliminar el exceso de humedad, a la vez que inicia con el largo proceso de amasado conocido como repisar, por efectuarse con los pies: camina sobre el barro con los pies desnudos hasta obtener una masa uniforme y de buena consistencia.

     El amasado termina a mano, formándose bloques llamados “tallos”, de los cuales se obtiene la cantidad requerida para elaborar las distintas piezas; estas pueden ser de diversos tipos y tamaños, de formas sencillas o elaboradas, objetos suntuarios, esculturas y azulejos; su formación se realiza en el torno o con moldes. Para el primer caso, la porción de arcilla requerida se coloca en el torno, mesa giratoria que el diestro artesano impulsa con sus pies, mientras que con sus dedos humedecidos, con gran habilidad va moldeando, alargando, hundiendo, adelgazando o expandiendo el barro para obtener el objeto deseado. Para las piezas moldeadas, la arcilla se deposita en moldes haciendo que quede bien distribuida y se deja secar; luego se desprende de ellos.

     Obtenidas las piezas mediante cualquiera de las dos técnicas, se dejan secar por una larga temporada (de uno a seis meses, dependiendo del tamaño) en habitaciones sin ventilación para que la pérdida de humedad sea uniforme y queden protegidas de las corrientes de aire. Ahí permanecen hasta que se encuentren totalmente secas; luego se colocan en el horno para cocerlas alrededor de ocho horas a temperaturas que alcanzan los 800?C. Las piezas así trabajadas presentan un color naranja y se les denomina “jahuete”. Estas se suenan, lavan y, cuando están perfectamente secas, se puede proceder a decorarlas. Para realizar esto último debe aplicárseles un barniz lechoso o esmalte elaborado en el mismo taller mediante métodos complejos cuya factura se inicia amalgamando el plomo y el estaño para obtener la alarca en un horno de fuego directo llamado padilla. A continuación, la alarca se muele junto con la arenilla; luego la mezcla se coloca en una tina y se revuelve con agua, formando así el esmalte. Como se puede observar, los dos primeros metales y el silicio son los ingredientes principales de este barniz de recubrimiento, siendo este el que le proporciona a cada pieza su vidriado, el color blanquecino y el brillo característico de la talavera. Cabe señalar que el contenido máximo de esas sustancias se establece en la Norma Oficial Mexicana NOM-132-SCFI 1998 (Procesos de elaboración de la Talavera, s.f.).

 

© Enrique Soto. Taller de talavera de “Santa Catarina”, abril de 2021.

 

     Dependiendo del tamaño y tipo de pieza se efectúa el esmaltado de los objetos de jahuete, ya sea por inmersión o por escurrimiento; posteriormente, con el fin de evitar que se peguen en los anaqueles de secado, se limpia la base o relez de cada uno de ellos y se dejan secar por unos días hasta quedar listos para el siguiente proceso. En el taller, para el decorado de las piezas, los loceros hacen sus propios pinceles de distintos grosores, y con diversos minerales preparan los colores tradicionales que utilizan para el decorado de las piezas, siendo estos el azul gordo, azul fino, verde, amarillo, naranja y negro, cuya apariencia opaca y pastosa en ese momento difiere de la tonalidad del brillante color que tendrán después de la segunda cocción. Existen dos maneras de decorar las piezas: la primera se usa para diseños únicos mediante pincelada libre, utilizando la técnica del plumeado y el borroneado establecido en las ordenanzas coloniales; la segunda se utiliza cuando se va a repetir un modelo en varias piezas, por ejemplo en las vajillas, por lo que se requiere de una plantilla, del estarcido y posterior delineado del dibujo en negro, para luego aplicar los colores por turno, sin limitar la creatividad para replicar diseños; en ambos casos el decorado se pinta a mano, aplicando el color sobre el esmalte seco de cada pieza. El decorado es una tarea delicada y requiere de gran habilidad, en la que no puede haber equívocos, pues una vez aplicado el color no se puede borrar; el intentar remendar el error echaría a perder la pieza.

 

© Enrique Soto. Pintado de una pieza de talavera con la técnica del aborronado, talavera de “Santa Catarina”, abril de 2021.

 

     Una vez decoradas las piezas se dejan secar y luego se someten a la segunda cocción en un horno de alta temperatura, a unos 1,000?C, por espacio mínimo de diez horas; posteriormente, para evitar que el choque térmico rompa los objetos cerámicos, el horno se deja enfriar unas cinco horas antes de abrirlo y proceder a sacar las diversas piezas, pudiendo admirar el resultado final de las talaveras. Cabe señalar que el arduo, largo y laborioso proceso de elaboración de piezas de talavera, desde el repisado hasta la obtención del producto final, requiere de un tiempo mínimo aproximado de seis meses, en el que la preparación de la arcilla, el esmalte, los colores, la elaboración de cada pieza, su decoración, así como el manejo del horno, requieren de conocimientos, habilidad y experiencia relacionada con la práctica cultural ancestral, siendo una artesanía icónica tradicional que se ha preservado de generación en generación.

     El proceso de elaboración ha variado poco desde el periodo virreinal hasta nuestros días; se han perfeccionado algunos aspectos, pero se mantienen los procesos artesanales tradicionales. Entre los cambios están la eliminación de tricotes para separar las piezas durante el horneado y en algunos talleres la introducción de tornos eléctricos (aunque estos limitan al alfarero al tener una velocidad constante), y la sustitución de los hornos de leña por los de gas, con los cuales se puede controlar y regular las temperaturas. Sin embargo, el tipo de producción y el decorado utilizados en su elaboración hacen que cada pieza de talavera sea única e irrepetible, a pesar de estar elaborada por las mismas manos. Debido al surgimiento acelerado de una gran variedad de imitaciones de la talavera poblana en el decorado de alfarería efectuada tanto en México como en el extranjero, haciéndolas pasar por verdaderas, cuando en realidad son objetos cerámicos de baja calidad en cuya fabricación se usan materiales comerciales, sobre todo pinturas procesadas industrialmente sin que el artesano se involucre en la elaboración de las mismas, así como procedimientos industriales de costo menor, en la década de 1990 las casas y talleres poblanos, apegados a la creación de piezas usando las técnicas tradicionales, inician una lucha para defender y preservar la producción artesanal fidedigna en la elaboración de piezas cerámicas de talavera a la manera ancestral, tomando como base las ordenanzas coloniales de los loceros de la Puebla de los Ángeles. En 1995 logran se lleve a cabo la declaración de la Zona Talavera, que comprende los municipios poblanos de Atlixco, Cholula, Puebla y Tecali, lugares geográficos en los que se produce talavera auténtica, y de donde proceden principalmente las materias primas para su producción. Unos años después, en 2003, se incluye al municipio de San Pablo del Monte, Tlaxcala, zonas todas que son reconocidas por el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial como responsables de la producción, protección y venta de talavera certificada (cfr. Tolentino Martínez y Rosales Ortega, 2011-2012).

     La asociación de esas casas y talleres ve sus esfuerzos hechos realidad el 11 de septiembre de 1997, fecha en la que el Diario Oficial de la Federación publica la declaratoria de protección de origen de la talavera para la cerámica producida, utilizando los métodos y técnica de la tradicional loza estannífera virreinal. Con la ayuda de la Facultad de Ciencias Químicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla se elaboraron las normas que regulan la producción, y en 1998 se obtuvo la Norma Oficial Mexicana de Talavera NOM 132-SCFI-1998, expedida por la entonces Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, la cual establece los lineamientos de producción y calidad de dicha artesanía (Diario Oficial de la Federación, 1998) protege los principios de elaboración de las piezas de talavera y establece:

 

 [...] debe ser cerámica 100 % hecha a mano elaborada con materiales y técnicas artesanales tradicionales, y con el compromiso del Gobierno Federal para la preservación de este patrimonio se encomienda a un organismo la vigilancia y evaluación de la norma oficial. (Consejo Regulador de Talavera A.C. s.f.)

 

     El 1 de diciembre de 1998 nace el Consejo Regulador de Talavera, A.C. –aprobado por la Entidad Mexicana de Acreditación y la Dirección General de Normas el 1 de junio de 1999–, con la finalidad de regular, vigilar y certificar el cumplimiento de la citada norma.

 

Este consejo, a similitud del gremio de loceros del siglo XVII, tuvo la finalidad de regular el cumplimiento de las pruebas que exige la norma 132 para impedir, principalmente, la producción en serie y el vaciado del barro líquido en moldes. (Martínez y Rosales Ortega, 2011-2012)

 

e impulsar la fabricación de piezas con la técnica de la talavera que corre grave peligro de extinción.

     El Consejo, para llevar a cabo su objetivo, evalúa periódicamente a los talleres productores de esta artesanía, sometiendo sus piezas a análisis de laboratorio y, si los resultados se apegan a la normatividad, emite a los talleres y casas productoras de talavera un certificado de autenticidad, mismo que cuenta con las siglas DO4 –que significa Denominación de Origen–, con vigencia de un año, mismo que renueva si se continúa cumpliendo con lo establecido respecto al proceso de producción para la mencionada cerámica en la Norma 132. (Martínez y Rosales Ortega, 2011-2012). Cabe señalar que la denominación de origen es

 

[...] un reconocimiento que otorga el Estado mexicano a los productos originarios de una región geográfica específica y cuya calidad se debe a la misma. [...] es la ratificación de los elementos y condiciones que garantizan la producción de un producto autóctono [en este caso la cerámica de talavera], único en el mundo y de una larga historia y tradición. (La talavera y su denominación de origen, 2020)