Salud mental, factores de riesgo e intervención psicológica en la pandemia COVID-19



Citlalli Gamboa, Aída J. Ortega Cambranis, Juana Maza Navarro, Isabel Stange Espínola
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El 31 de diciembre de 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció la presencia de un nuevo virus relacionado con enfermedades respiratorias graves en humanos, emergente en la ciudad de Wuhan, Hubei, provincia de China (Zhu, y cols., 2020). A más de un año de la noticia, el virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que causa, COVID-19, se han extendido por casi todo el planeta. La OMS reporta más de 180 países afectados y más de 100 millones de casos acumulados (WHO, 2021). A medida que se incrementa el número de contagios y de fallecimientos a causa de este virus (especialmente a partir del mes de octubre de 2020), la vida cotidiana de todos los seres humanos se transforma social, económica, emocional y psicológicamente en forma rápida y sin precedentes (Lee y cols., 2020; Xiong y cols., 2020).

     Ante este escenario, que refiere un virus nuevo, altamente contagioso y que se propaga rápidamente con una tasa de mortalidad entre 2 % y 10 % (dependiendo del país), no es sorpresivo observar miedo e incertidumbre asociados con estrés, ansiedad, depresión y trastornos obsesivos-compulsivos (Lee y cols., 2020; Mazza y cols., 2020; Pedrosa y cols., 2020; Xiang y cols., 2020).

     En el caso particular de México, la población en general se torna cada vez más sensible a las recomendaciones sugeridas por las instituciones de salud: lavado frecuente de manos con agua y jabón o con algún desinfectante que tenga alcohol etílico; mantener una distancia entre personas de por lo menos 1.5 a 2 m, especialmente si se estornuda o se tose; uso adecuado de cubrebocas y/o mascarilla, particularmente cuando no sea posible mantener distancia; no tocarse la cara (ojos, nariz, boca); evitar reuniones y quedarse en casa (Gobierno de México, 2020a). Sin embargo, junto con esta sensibilidad, se incrementan los casos que requieren atención especial a la salud emocional y/o mental (Nicolini, 2020; Who, 2020).

     Es indiscutible que los protocolos para identificar a las personas infectadas con el virus, así como los fármacos para tratar la enfermedad, han recibido un amplio y continuo esfuerzo por parte de científicos, investigadores y personal de salud a nivel mundial. No obstante, no es habitual observar la misma tenacidad en el terreno de la salud mental, aunque de manera paulatina se ha reportado la apremiante necesidad de apoyo y promoción del autocuidado de la salud mental (Nicolini, 2020; WHO, 2020; Xiangy cols., 2020).

 

SALUD MENTAL: UN AÑO DE PANDEMIA

 

La 2020 reconoce que la salud mental es parte integral de la respuesta COVID-18 (WHO, 2020). De hecho, se estima que el número de personas que presentan trastornos emocionales, conductuales y psiquiátricos, relacionados con la pandemia, rebasa a los afectados por COVID-19, lo cual puede atribuirse, en parte, a que, además vivimos una pandemia de ansiedad (Pedrosa y cols., 2020; Xiang y cols., 2020).

     La información sobre las necesidades de apoyo a la salud mental para los pacientes que tienen la enfermedad o para los que ya la han padecido, aunque no surge de manera paralela junto con las principales recomendaciones para evitar la propagación del virus, se ha incrementado de manera gradual y acorde con los aspectos psicosociales que se revelan entre la población en general y, especialmente, entre el personal de clínicas y hospitales: médicos, enfermeras, estomatólogos, fisioterapeutas, psiquiátras, psicoterapeutas, administradores y trabajadores de la limpieza (Xiang y cols., 2020; WHO, 2020). Las publicaciones científicas sobre el tema de salud mental procedentes de las otras pandemias que anteceden a la de COVID-19, sugieren que los coronavirus son potencialmente neurotrópicos, pueden inducir lesiones neuronales y causar síntomas psiquiátricos al precipitar la neuroinflamación durante y después de la infección. Las evidencias sobre inflamación sugieren que las alteraciones inmunológicas podrían vincularse con psicopatologías como delirios y confusiones, aunadas con el estrés de soportar una infección potencialmente mortal en los pacientes con COVID-19 (Mazza y cols., 2020).

     En este contexto es importante destacar que en el esquema médico-farmacológico dirigido a pacientes con y post COVID-19, no es común considerar la intervención psicoterapéutica como parte del tratamiento; incluso, no es frecuente incluirla para tratar cualquier otro padecimiento, a menos que se declare un trastorno psiquiátrico. La misma situación se presenta con respecto a la atención de la salud mental de las personas que cuidan de los enfermos en casa y en los hospitales (Lee y cols., 2020; Nicolini, 2020; Sher, 2020; Xiong y cols., 2020).

     Lo cierto es que las cifras de individuos que declaran diversos grados de deterioro en su salud mental van en aumento desde el inicio de la pandemia. En el mes de enero de 2021, la Asociación Americana de Psicología (APA) reportó el índice más alto de estrés entre la población estadounidense. Los encuestados refieren haber tenido por lo menos alguna emoción relacionada con el estrés prolongado debido a la pandemia: ansiedad (47 %), tristeza (44 %) e ira (39 %) (APA, 2021). En un estudio con sobrevivientes de COVID-19, se encontró que los pacientes que recibieron atención en su casa mostraron mayores señales de ansiedad y depresión después de la remisión que los pacientes hospitalizados. Los autores sugieren que una menor atención clínica podría haber aumentado la

soledad y el aislamiento, contribuyendo así a la psicopatología después de la remisión. En este mismo estudio, reportan que los pacientes más jóvenes son los que presentan niveles más altos de depresión y alteraciones del sueño, acorde con estudios previos que describen un mayor impacto psicológico de la pandemia de COVID-19 en ese sector de la población (Mazza y cols., 2020).

 

FACTORES ANSIOGÉNICOS Y ESTRESANTES

 

A casi un año y medio de pandemia, la mayoría de los seres humanos hemos vivido por lo menos uno de los siguientes factores desencadenantes de angustia, ansiedad o estrés: aislamiento social, familiares enfermos en casa o internados, fallecimiento de seres queridos o de amistades, pérdida de empleo, recesión económica, miedo a ser contagiado, miedo a contagiar, miedo a salir en transporte público, violencia doméstica, interpretación catastrófica de la información mediática (Xiong y cols., 2020; Sher, 2020).

     Las evidencias científicas, aunque limitadas hasta el momento, señalan que las consecuencias sociales y psicológicas derivadas de estos factores pueden exacerbar, en la población en general, desórdenes relacionados con el estrés, la ansiedad y la depresión. Entre los individuos especialmente vulnerables a los factores ansiogénicos y estresantes se incluye al personal de salud, ancianos, niños, estudiantes, pueblos originarios, personas con bajos recursos, sin hogar, reos, comunidades de diversas orientaciones sexuales y pacientes con antecedentes psiquiátricos (con o sin tratamiento para su salud mental) (Pedrosa y cols., 2020; Sher, 2020a). Entre este último grupo, la ansiedad y el estrés emocional pueden agravar las condiciones psiquiátricas previas, o bien, pueden precipitar la sintomatología, por ejemplo, en los pacientes con desórdenes mentales severos, cuya comorbilidad puede implicar también problemas cardiovasculares, respiratorios, hipertensión y obesidad (Yao y cols., 2020).

     Un problema alarmante es la interrupción de los servicios de promoción y de atención a la salud mental, ya sea para asistencia terapéutica individual o grupal. Se calcula que alrededor del 60 % de las terapias se han suspendido debido al distanciamiento social (WHO, 2020). De acuerdo con la OMS, el 70 % de los países ha resuelto esta problemática mediante videoconferencias y/o telemedicina (WHO, 2020); sin embargo, en México, aproximadamente el 50 % de la población no tiene acceso a medios electrónicos (INEGI, 2020).

 

ESTRÉS, ANSIEDAD Y CORONAFOBIA

 

El estrés y ansiedad están relacionados con reacciones emocionales acompañadas de cambios ?siológicos y conductuales que surgen ante una situación que es percibida como una amenaza. Las sensaciones desagradables, en el curso de estas emociones, derivan principalmente de pensamientos negativos, exagerados o catastróficos sobre la situación amenazante (Nicolini, 2020; Pedrosa y cols., 2020).

     El problema principal es que la exposición prolongada a este tipo de emociones y la elaboración de pensamientos (muchas veces no racionales y repetitivos), pueden generar trastornos por ansiedad caracterizados principalmente por estrés y miedo. Estos trastornos pueden agravar los síntomas de COVID-19 y afectar el sistema inmunológico; incluso, pacientes con diagnóstico negativo para SARS-CoV-2 pueden presentar dificultad respiratoria, tos, dolor de cabeza, fiebre, que pueden confundirse con el cuadro clínico de la COVID-19 (Pedrosa y cols., 2020; Mazza y cols., 2020; Sher, 2020).

     Asmunson y Taylor sugieren el término “coronafobia” para referirse al miedo y a la ansiedad relacionadas con la pandemia. Las investigaciones al respecto, aunque en aumento, aún están en sus etapas preliminares en varios países, incluyendo México (Gobierno de México, 2020b). No obstante, en China, país donde se describe la presencia del virus SARS-CoV-2 por primera vez, se reporta, en el mes de julio de 2020, una prevalencia de estrés postraumático de 73.4 %, de depresión de 50.7 %, de ansiedad generalizada de 44.7 % y de 36.1 % de insomnio, entre el personal de salud, de acuerdo con los instrumentos de medición psicosocial (Lee y cols., 2020).

     La aplicación confiable de escalas de medición diseñadas especialmente para estimar la ansiedad (y otros trastornos) asociada a la pandemia, depende de varios factores: el país donde se aplica, la edad de los individuos, el número de preguntas seleccionadas y, fundamentalmente, su validez. Lee y colaboradores proponen un instrumento para medir la ansiedad asociada al coronavirus, diseñado por el método de análisis de regresión jerárquica múltiple, en el cual se comparan dos o más instrumentos previos al agregar o eliminar variables de acuerdo con su valor estadísticamente significativo. El estudio revela que los individuos que desarrollan miedo y ansiedad con respecto a la pandemia tienden a incrementar sus pensamientos negativos con el riesgo de agravar su sintomatología en caso de estar infectados con el virus, además de presentar depresión, ansiedad generalizada, desesperanza e ideación suicida (Lee y cols., 2020), hallazgos que instan para atender la salud mental de las personas que padecen o que han padecido de la COVID-19 (Nicolini, 2020).

 

SUICIDIO 

 

El antecedente histórico comparable con esta pandemia de SARS-CoV-2 es la llamada influenza española de 1918-1919, causada por el virus H1N1 de origen aviar. Se estima que ocurrieron alrededor de 50 millones de fallecimientos por influenza a nivel mundial, algunos asociados con suicidio (Sher, 2020). La epidemia de SARS en el año 2003 también tuvo reportes relacionados con suicidio (Yip y cols., 2020). 

     La información sobre los índices de suicidio asociados con la pandemia aún no es concluyente. Sin embargo, puesto que el aislamiento social, la incertidumbre económica, los problemas para conciliar el sueño, la violencia doméstica, el consumo de estupefacientes y la depresión son factores de riesgo que contribuyen de manera importante al desarrollo de psicopatologías y de comportamientos suicidas (Pedrosa y cols., 2020; Yip y cols., 2020), se infiere que los sobrevivientes de COVID-19, especialmente las personas que desarrollaron la forma grave de la enfermedad, podrían tener mayor riesgo de desarrollar comportamientos suicidas (Sher, 2020).

     Son pocos los países que reportan casos de suicidio relacionados con COVID-19: India, Bangladesh, Pakistán, Japón (Pedrosa y cols., 2020), Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia (Xiong y cols., 2020). Otros países reportan una tasa de suicidios sin cambios, o bien, una disminución durante el primer semestre de 2020: Noruega, Alemania, Grecia, Japón, Australia, Inglaterra, Perú (John y cols., 2020). En Japón, un estudio reciente encuentra un incremento en la tasa de suicidios durante el período de julio a octubre de 2020, especialmente entre la población femenina, niños y adolescentes (Tanaka y Okamoto, 2021).

     La mayoría de las investigaciones, especialmente de la India, reportan como causal de suicidio el miedo a ser contagiado, a contagiar, al aislamiento social, la pérdida de poder adquisitivo (Pedrosa y cols., 2020) y, en Japón, la violencia doméstica (Tanaka y Okamoto 2021).

     En México aún no existen estudios serios sobre el comportamiento suicida o el número de suicidios asociados con la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2. La búsqueda sobre el tema en Internet y en las redes sociales arroja hechos aislados, sin que esto implique, hasta el momento, una asociación con la pandemia. No obstante, existen líneas de apoyo telefónico o en línea para el público en general, así como instrumentos de medición en línea con ítems similares a los asociados con coronafobia (Gobierno de México, 2020b; Lee y cols., 2020).

     Se ha sugerido que, para recopilar información confiable, los estudios sobre suicidios asociados con la pandemia deben incluir muestras realmente representativas y suficientemente grandes, así como la comparación entre la información antes y durante la pandemia (Tanaka y Okamoto, 2021).

 

MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y DETERIORO DE LA SALUD MENTAL  

 

Los medios de comunicación juegan un papel importante en la interpretación de la información, e incluyen, en gran medida, noticias falsas, incompletas o confusas. Los algoritmos computacionales en los que se basa el funcionamiento de las redes sociales y las páginas de Internet, están diseñados para conocer los temas que buscan los usuarios con el fin de incitar su permanencia en la plataforma y, de esta manera, ganar un mercado competitivo. Una forma de lograr que los usuarios se queden buscando en las redes sociales y páginas de Internet es estimulando la imaginación más con noticias espectaculares, simplistas, confabulatorias y mitos, que con información científica. La información mitómana tiende a crear un “imaginario social” que se sustenta en creencias y opiniones sin un fundamento científico. Entre más se busquen y se propaguen estas falsas noticias, más se generan, al grado de fomentar un círculo vicioso donde se refuerzan puntos de vista personales y conceptos preconcebidos y, en consecuencia, un miedo continuo junto con estrés y ansiedad que pueden perjudicar la salud en general de los pacientes con o post COVID-19 (Mejía y cols., 2020; Ng y Kemp, 2020; Soto-Vega, 2021).

 

AUTOCUIDADO DURANTE LA PANDEMIA

 

A partir de la necesidad de apoyo emocional para sobrellevar el estrés y la ansiedad durante esta pandemia, y otras futuras, la mayoría de los países integrantes de la OMS han difundido entre su población las siguientes recomendaciones: 1) En primera instancia, sugieren evitar las noticias sobre el coronavirus y la pandemia, particularmente aquellas que provengan de redes sociales o de fuentes con intereses económicos (incluidos los noticieros que son una actividad esencialmente con fines de lucro), ya que escucharlas de manera constante puede conducir a episodios angustiantes. 2) Buscar fuentes de información confiables, ya sean gubernamentales o universitarias. 3) Se recomienda hacer ejercicios de respiración profunda, de estiramiento, caminar y meditación. 4) Mantenerse en contacto con los familiares, amigos y seres queridos por medio de medios electrónicos, teléfono, videollamada, etcétera. 5) Mantener la actividad laboral lo más limitada posible, y si se trabaja en casa, impedir que el horario de trabajo se haga interminable o difuso. 6) Alimentarse sanamente y vigilar la dieta, así como beber agua y mantenerse hidratado. 7) Establecer rutinas durante el día que involucren actividades agradables y sencillas. 8) Dormir lo mejor posible. 9) Evitar el consumo de alcohol, tabaco y drogas. 10) Buscar ayuda profesional si se tienen dificultades para sobrellevar el estrés (WHO, 2020).

 

CONCLUSIONES

 

Después de más de un año de pandemia los casos de estrés, ansiedad, miedo y depresión han aumentado a nivel mundial. Aunque los resultados de las encuestas e instrumentos para estimar el impacto de la coronafobia aún están por concretarse, se reconocen diversos factores de riesgo e indicadores de problemas de salud mental que pueden incidir negativamente en la sintomatología por COVID-19 y en la vida de los pacientes y del personal de salud. Es necesario vigilar el estado de salud tanto de los pacientes con COVID-19, de los sobrevivientes y del personal intrahospitalario para evitar agravar o confundir la sintomatología por la enfermedad. La intervención psicológica y la promoción del autocuidado pueden fomentarse mediante videoconferencias o llamadas telefónicas. La actividad física, la rutina y los ejercicios respiratorios, entre otras recomendaciones, pueden ayudar a mejorar la salud mental.

 

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Citlalli Gamboa Esteves
Aída Ortega Cambranis
Instituto de Fisiología
 
Juana Maza Navarro
Facultad de Ciencias de la Electrónica
 
Isabel Stange Espínola
Facultad de Psicología
 
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

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