El riesgo de la desinformación en tiempos de COVID-19



Elena Soto Vega
Ver en el PDF

En diciembre de 2019 los medios de información masivos hablan de un nuevo virus asociado a casos de neumonía atípica en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei en China. El 30 de enero de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró un estado de emergencia internacional, la enfermedad fue expandiéndose por el mundo, y junto con ella una necesidad nunca antes vista de búsqueda de información sobre esta enfermedad. Esto incrementó en el uso de Internet como herramienta de búsqueda relacionada obviamente con el incremento en los últimos años de usuarios del internet, el cual coloca a los usuarios a un clic de lo que busquen, pero con el riesgo de que no existe una manera de juzgar la calidad de la información que se obtiene.

     El 15 de febrero el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró en la conferencia de seguridad en Múnich que: “No estamos solo peleando con una pandemia; estamos peleando con una infodemia”, refiriéndose al hecho de que hay una enorme cantidad de información falsa y de teorías conspirativas que, usando el lenguaje de la ciencia, aprovechan para hacerse pasar como verificadas. Finalmente, el 11 de marzo, la OMS declaró oficialmente al COVID-19 como una pandemia. Desde la OMS se ha pedido a todos los gobiernos que se haga frente a la infodemia generada por el COVID-19. En enero de 2021 la pandemia no ha sido controlada, la cifra de muertos en la tercera semana de enero supera los dos millones y la infodemia también continúa su curso.

     Se calculaba que antes de la pandemia aproximadamente el 4.5 % de las búsquedas totales que se hacían en Google en todo el mundo estaba relacionado con temas de salud (Eysenbach y Köhler, 2003). Esta búsqueda de información relacionada con salud se intensificó sobre todo en el mes de marzo de 2020, cuando según la página Google Trends, la búsqueda exclusivamente del término COVID fue el 89 % del total de las búsquedas en Internet en los Estados Unidos (www.google.com/trends). El 56.4 % de los enlaces mostrados por Google en marzo pertenecían a noticias; al realizar un análisis de la calidad de la información en los meses iniciales de la pandemia (febrero-marzo) usando herramientas desarrolladas para el análisis de la información en salud (HON code, DISCERN, JAMA benchmarks), se encontró que menos del 2 % de la información era de calidad, ya que el resto carecía de sustento científico, no tenía referencias o presentaba interpretaciones personales de información que aparecía en otros medios de difusión (Cuan-Baltazar y cols., 2020). Un análisis de los videos más vistos en YouTube sobre COVID-19 muestra que alrededor de 25 % de los videos tiene información engañosa y ha sido visitado 62 millones de veces (Li y cols., 2020).

 

 

     Debido al COVID-19, muchos países decretaron periodos de cuarentena que han tenido diversos efectos sobre ciudadanos, política y economía. Con las medidas de distanciamiento social y los cierres de empresas, las personas se han visto forzadas a cambiar sus rutinas laborales y sociales, y las redes sociales se han vuelto el escenario en el que se mantiene la vida social, por lo que es en ellas en donde esta infodemia que tanto preocupa a los gobiernos y a la OMS se ha propagado y mantenido.

     El término infodemia fue acuñado por Eysenbach en el año 2002 y se utiliza para referirse a una abundancia de información sobre un tema en concreto, en un tiempo muy corto y sin importar la calidad de la información; es uno de los términos que ha sido tendencia en Google junto con el COVID-19.

     La palabra infodemia deriva de las palabras información y epidemia (Artigas y Flores, 2020). La información en una infodemia puede ser verdadera o falsa, y al igual que la enfermedad en la epidemia, se extiende entre los humanos a través de diferentes medios de comunicación.           

     Un fenómeno mundial que ha caracterizado esta pandemia es que, como resultado del acceso generalizado al Internet, gran parte de la población se volvió “experta” en virología, inmunología y epidemiología sin contar con los conocimientos básicos que respaldan estas ciencias. En las etapas iniciales de la pandemia esta desinformación estaba asociada a la falta de información organizada proporcionada por científicos, pero conforme el conocimiento avanza, la desinformación puede tener incluso intenciones políticas.

     La información errónea asociada a temas de salud no es un fenómeno único del COVID-19; ha ocurrido también, por ejemplo, en el caso de las inmunizaciones, en que el activismo de los grupos antivacunas ha tenido un papel fundamental en el resurgimiento de enfermedades prevenibles que estaban prácticamente erradicadas, como es el caso del sarampión o la poliomielitis, convirtiéndolas de nuevo en un problema de salud pública.

 

 

 

     Durante la infodemia por COVID-19, la generación de información se ha incrementado exponencialmente, pero la calidad de la información es altamente variable y en algunos casos la información que se presenta es falsa, o bien se desvirtúan los datos científicos confiables, lo que origina desinformación. Los principales problemas que presenta la desinformación son, entre otros, que se propaga sin restricciones, que no implica revisión por pares, no requiere verificación alguna por ningún profesional, y por el tipo de lenguaje que maneja es ideal para difundirse en las redes sociales; es precisamente en estos sitios en donde se autoamplifica, y los momentos de crisis como la pandemia de COVID-19 son ideales para expandir socialmente ideas falsas, incluyendo teorías de conspiración.

     La infodemia es extremadamente riesgosa ya que pone en cuestión la credibilidad de las instituciones y los programas de salud, creando confusión y desconfianza. Algunos medios de comunicación han llenado sus páginas de recomendaciones e instrucciones sin fundamento científico, rumores, información manipulada y teorías de la conspiración. Dentro de esta infodemia los temas que más polémica han generado son el origen del virus, sus mecanismos de transmisión, su cuadro clínico, tratamiento y estadística de la epidemia.

     En México se ha agredido al personal de salud a raíz de la desinformación distribuida en las redes sociales, además de que han circulado informaciones falsas como la referente a la supuesta extracción del líquido de las rodillas de los pacientes con COVID, los termómetros mata-neuronas, el oxímetro roba-huellas, entre muchos otros rumores que se propagaron en las redes sociales y que complican el manejo de los programas de salud y prevención de la pandemia.

     Las revistas científicas se han sometido a una gran presión para poder publicar información sobre COVID-19 lo más rápido posible, liberando artículos que no han sido revisados por pares, lo cual puede convertirse en una arma de dos filos en un periodo en que los médicos e investigadores del mundo han ido aprendiendo sobre el virus y la enfermedad en un proceso dinámico en que el conocimiento se ha ido ajustando conforme se va conociendo más acerca del virus y sus manifestaciones clínicas tan camaleónicas. El conocimiento generado sobre la pandemia por el sector salud y científico del mundo tiene repercusiones políticas en la toma de decisiones de los gobiernos por lo que, en la carrera por publicar durante la pandemia, se han malinterpretado resultados o se ha llegado a falsas conclusiones en los estudios, y al acelerar el tiempo de publicación no se está cumpliendo con la calidad requerida en las publicaciones en el área de la salud. Tal es el caso de los estudios relativos al uso terapéutico de la hidroxicloroquina, medicamento que fue retirado de los protocolos de tratamiento para COVID después de que un grupo de investigadores escribió a la revista The Lancet señalando diversas anomalías en un artículo previamente publicado en esa revista en que se concluía que los pacientes tratados con este fármaco tenían un mayor riesgo de morir y experimentar arritmias cardiacas.

     Entre las irregularidades señaladas estaba el uso de datos que parecían no legítimos obtenidos a través de una empresa llamada Surgisphere la cual, además, se negó a liberar los datos que solicitaba un grupo de científicos para validar el estudio publicado. Algunos de los autores del trabajo publicado en The Lancet habían publicado otro artículo, también sobre COVID-19, en la revista The New England Journal of Medicine. Tanto esta última como The Lancet son tal vez las revistas más prestigiosas en el área médica; ambas se retractaron de las publicaciones y los autores de los artículos que no estaban vinculados a la empresa Surgisphere escribieron que “no podían dar fe de la veracidad de las fuentes de datos primarias”. La empresa Surgisphere no aceptó liberar los datos solicitados argumentando que violaría la confidencialidad de sus clientes. Días después, la OMS reinició los protocolos con hidroxicloroquina.