Algunas lecciones del coronavirus



Emilio Salceda
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La crisis sanitaria a la que se ha visto enfrentado el mundo durante las últimas semanas nos ha de jaildo lecciones que haríamos muy mal en ignorar. Al momento de escribir estas líneas, el número de casos confirmados a nivel mundial supera los 26 millones, con casi un millón de decesos, y sumando; las fronteras de muchos países, incluidos los pertenecientes a la Unión Europea, permanecen prácticamente cerradas, y todas las previsiones del impacto económico global provocado por las medidas de contención de la pandemia son pesimistas. Ante este panorama cabe preguntar cómo pudo sucederle algo así a la especie que se ha ufanado tanto y por tanto tiempo de ser el centro y medida de todas las cosas. ¿No estábamos destinados a llenar la Tierra y sojuzgarla; a señorear “en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra?” ¿Y lo mismo con las plantas y con todo cuanto hay de natural en la superficie del planeta? Contra toda evidencia, así lo hemos creído; y de pronto, una minúscula partícula que hace equilibrios en el límite de la definición de lo que es un ser vivo viene a recordarnos que nuestro lugar en el universo es mucho más modesto.

 

A LA NATURALEZA LE IMPORTAMOS MUY POCO…

 

De hecho, no le importamos en absoluto. Desde el punto de vista biológico, nuestra presencia en el planeta no es más relevante que la de una bacteria o, para el caso, la de un virus. Estamos aquí por una serie de accidentes, algunos bastante improbables, si se quiere, pero accidentes al fin. Somos efecto del azar. La naturaleza ya existía cuando llegamos y seguirá existiendo si nos extinguimos. Nuestro surgimiento, como el de todas las demás especies, no obedeció a intención ninguna. No somos producto de ningún “proyecto”. No ocupamos, por tanto, el centro del universo, ni de la creación, ni de nada. Animales entre los animales, somos tan solo una especie más cuya existencia, allende de sí misma, no tiene significado alguno. Estamos solos en un universo indiferente que tampoco tiene finalidad ni sentido. Esta idea puede resultarnos fastidiosa porque aniquila los afanes de trascendencia con que pretendemos paliar nuestro miedo a la muerte. Pero preferir la comodidad de la mentira al fastidio de la verdad nos deja en una posición intelectualmente vulnerable: nos beneficiamos de los productos de la ciencia, esperamos anhelantes la noticia de la vacuna, pero vivimos negando los fundamentos que dan lugar a tales logros. Disonancia cognitiva en estado puro. ¿Cómo conciliar ambas actitudes? Quizá buscando fuentes de consuelo que no impliquen la renuncia al ejercicio de una de las pocas facultades que nos distinguen de los primates: la razón; tal vez entendiendo que por más que una creencia sea capaz de confortarnos, eso no la hace más verdadera.

 

...Y ES QUE NO TIENE MORAL

 

Sorprende la cantidad de dirigentes políticos de estados democráticos que han declarado que estamos en guerra: el virus es el enemigo, los hospitales nuestras trincheras, los trabajadores de la salud el ejército que nos salvará de la invasión, los sobrevivientes unos guerreros. Viniendo de quienes vienen, tales declaraciones podrían pasar tan solo por incongruencias curiosas, porque nada hay menos democrático que la guerra, pero es que no funcionan ni como metáforas. En estos días hemos sido testigos de cómo en algunos lugares del planeta las tentaciones autoritarias han aflorado: declaraciones de estado de excepción sin fecha de caducidad explícita, suspensión de derechos constitucionales, ataques a la libertad de expresión y a la prensa, uso inmoderado de la fuerza pública. En Hungría, el parlamento aprobó una ley que permite al primer ministro gobernar por decreto y por tiempo indefinido (lo primero que hizo fue cancelar las elecciones); en Turquía se ha expulsado a corresponsales extranjeros y se persigue a periodistas que critican las acciones del gobierno relacionadas con la pandemia; en Turkmenistán se arresta a quien pronuncia la palabra coronavirus; en Filipinas se ha disparado contra ciudadanos que violaron la cuarentena. Los ejemplos ya van siendo muchos, algunos dolorosamente cercanos. Las crisis son propicias para materializar anhelos totalitarios, pero si las instituciones democráticas van a salir aminoradas del escollo actual no será por la malevolencia de un fenómeno natural, sino por sus propias debilidades intrínsecas; y si el autoritarismo resulta fortalecido será únicamente porque habrá sabido capitalizar la parálisis de una ciudadanía atemorizada al grado de consentir cualquier vejación a sus derechos, pero no porque un virus tenga especial predilección por las autocracias.

     Equiparar la actual emergencia sanitaria con una guerra es perverso, además, porque al atribuirle a la naturaleza una intencionalidad que no posee, se abona con mentiras a la ignorancia acerca de cómo funciona el cosmos. La principal de esas falacias es la implicación de que el universo no se comporta de acuerdo con leyes naturales que podemos descubrir y entender, sino que lo hace obedeciendo a intenciones que están más allá de nuestra capacidad de comprensión.

     El virus no es nuestro enemigo; para serlo debería tener el propósito de dañarnos, pero la naturaleza no tiene designios ni moral, no es buena ni mala, simplemente es, y no distingue lo bueno de lo malo por la sencilla razón de que esos conceptos carecen de sentido en el mundo natural. Decir que el virus es nuestro enemigo es tanto como afirmar que la naturaleza también lo es, y ese camino solamente conduce a la justificación política de nuestras constantes agresiones al medio ambiente. La naturaleza no tiene moral, pero nuestra especie sí debería tenerla.

 

SALUD Y ECONOMÍA

 

Desde el año 1983, el artículo 4º de la Constitución Política de nuestro país establece que toda persona tiene derecho a la protección de la salud; es decir, reconoce a la salud como un derecho. Tal reconocimiento supone que en esta materia no aplica la lógica del mercado según la cual únicamente tienen acceso a un bien quienes pueden pagar por él. Esto es así porque, en principio, ese servicio del sector público, sus instalaciones, los servicios relacionados y los recursos materiales y humanos que necesita para operar los sostenemos y pagamos todos a través de nuestros impuestos. En la práctica, sin embargo, por razones estructurales que sería largo analizar, México aún está lejos de lograr la cobertura universal en materias sanitaria y de seguridad social, y lejos también de que su sistema de salud tenga la calidad deseable.

     Conforme han pasado los días y las semanas de la pandemia, ha quedado demostrado que no existe una estrategia ecuménica que permita enfrentarla con garantía de éxito, pues no se trata únicamente de tener los recursos. Está visto que a algunos países que tienen sistemas de salud relativamente sólidos no les ha ido bien. Lo contrario también ha ocurrido. Estamos en una circunstancia compleja cuya solución implica tomar decisiones políticas, económico-sociales y sanitarias igualmente complejas, y aplicarlas en entornos culturales muy diversos; además, hay que hacerlo a tiempo. Lo que a estas alturas deja pocas dudas es el hecho de que los habitantes de países con sistemas de salud pública poco robustos están en su mayoría en peor situación que el resto. Países subdesarrollados tienen sistemas de salud subdesarrollados, y solo pueden enfrentar las crisis desde el subdesarrollo. Pretender o exigir otra cosa es poco realista.

     La pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2 ha venido a recordarnos brutalmente algo que ya sabíamos, aunque durante años hemos insistido en mirar hacia otro lado: el valor de los sistemas públicos de atención a la salud. Ha sido necesario que una emergencia sanitaria de esta magnitud golpeara como lo ha hecho a la economía mundial para exhibir, a la vista de todos, el delicado equilibrio que existe entre salud y economía, y los efectos adversos que el negacionismo y el pensamiento dicotómico tienen sobre las vidas de las personas. Por si hubiésemos necesitado una comprobación empírica, el virus ha evidenciado que no puede haber una economía sana si no hay un mínimo de bienestar social. El problema es la propensión a convertir una relación de equilibrio en un falso dilema y a proponer soluciones basadas en esquemas binarios, porque también es cierto que la salud y el bienestar en general dependen en gran medida de una economía que funcione adecuadamente. Pero hay una gran diferencia en la forma en que percibimos ambos elementos: en tanto que la economía puede desmoronarse en el término de unas pocas horas, una salud pública diezmada por años de abusos, malas decisiones y corrupción no puede ser repuesta más que a mediano o largo plazo, y eso poniendo mucha voluntad política y una ingente cantidad de recursos económicos.

     Es bien conocido por los epidemiólogos el hecho de que la enfermedad, la salud y la muerte se distribuyen en las sociedades humanas de forma distinta según el grado de desarrollo socioeconómico de estas. En México, desde 1970, dicha realidad fue claramente expuesta (que no descubierta) por los doctores Alejandro Celis y José Nava, médicos del Hospital General de la entonces llamada Secretaría de Salubridad y Asistencia.1 Celis y Nava mostraron que las principales enfermedades y causas de muerte se distribuían de manera diferente según se tratara de pacientes internados en el Hospital General, o de enfermos pertenecientes a la consulta privada de médicos que también trabajaban en ese centro hospitalario, e incluso de individuos cuyas necesidades de atención a la salud eran cubiertas por compañías de seguros.

     Para finales de mayo, con la curva epidémica en pleno ascenso, ya estaba claro que en Estados Unidos la población latina y afroestadounidense sería la más afectada por el virus, registrando el triple de infecciones y casi el doble de defunciones que la población blanca.2 La gran mayoría (69 %) de los muertos por COVID en Nueva York son latinos, negros, o blancos pobres. Cuando hagamos cuentas, en México esa mayoría seguramente estará conformada por ciudadanos que no pudieron darse el lujo del confinamiento, que dependen del transporte público, que viven en condiciones de hacinamiento y malnutrición y que no tienen acceso a servicios sanitarios de calidad.

     Quien dijo que la COVID-19 es una enfermedad de ricos se equivocó estrepitosamente. En rigor, las enfermedades epidémicas infectocontagiosas no distinguen clase social, pero es indudable que aquellos que tienen medios para acceder a una atención de calidad tendrán mayores probabilidades de salir adelante. Esta no será la última pandemia que sufra la humanidad, y si las circunstancias actuales no nos han enseñado que la salud de la población no debe ser tratada como una mercancía, y que depauperar los servicios públicos de atención de la salud es un camino seguro hacia el debilitamiento de la economía, entonces estaremos muy pobremente preparados para enfrentar la pandemia que vendrá.

 

EL VIRUS ES EL OTRO

 

Somos enfermos en potencia, víctimas contingentes de un peligro que no podemos ver y al que, por tanto, nos es imposible identificar. Nos angustiamos (la angustia suele ser la antesala del miedo), y como no lo podemos reconocer, optamos por representarlo: el peligro ya no viene de un poco de material genético metido en un envoltorio de proteína; el peligro es el transeúnte que estornuda, el vecino que no usa mascarilla, la mujer vestida de blanco que entra en el mismo supermercado que nosotros, luego de pasar la noche atendiendo enfermos. El miedo se instala y eventualmente deviene en pánico. El miedo, aun si resulta de la ignorancia, puede protegernos ante una amenaza. El pánico, en cambio, hace que dejemos de pensar. Nos convierte en autómatas obedientes y acríticos, pero también en vigilantes obsesivos, en delatores y jueces de nuestros conciudadanos.

       Y en sus verdugos, porque del miedo al odio el sendero es tan corto como el que hay entre el odio y la violencia. El virus es el otro. Y el otro nunca es como nosotros, siempre es más pobre o más rico, tiene otro color de piel, diferente orientación sexual, habla un idioma distinto, adora a un dios extraño, vota por otro partido... El otro siempre es diferente a nosotros, pero nunca es mejor, por eso es tan fácil atribuirle la culpa de nuestros males.

     Durante la pandemia de peste negra que asoló Eurasia en el siglo XIV, los cristianos de muchas ciudades europeas acusaron a los judíos de envenenar los pozos con la intención de transmitir la enfermedad. La mitad de los individuos pertenecientes a comunidades judías fueron asesinados o expulsados como resultado de ese rumor.3  Lamentablemente, la humanidad no ha cambiado mucho durante los últimos 700 años; sucedió con la lepra, la viruela, el cólera, la influenza, el SIDA, el ébola... En todos esos casos nunca faltó a quien estigmatizar, y siempre hubo un chivo expiatorio a la mano. ¿Anécdotas de la historia? ¿Incidencias del subdesarrollo? No: hoy, uno de cada cinco ingleses adultos está de acuerdo con la afirmación de que el coronavirus ha sido propagado por los musulmanes como una forma de ataque a los valores occidentales; una proporción semejante piensa que el virus fue creado por los judíos para provocar el colapso de la economía y obtener así ganancias financieras.4 En Occidente, en general, se culpa a los asiáticos (“el virus chino”, lo ha apodado Donald Trump); en Asia, a minorías religiosas; en Italia, a inmigrantes africanos; en la India, a los musulmanes. Da igual la nacionalidad, el grupo étnico o la comunidad religiosa a los que se atribuya el origen del mal, en tanto no sean los propios nos sentiremos cómodos.

 

ORGULLO Y PREJUICIO

 

Los seres humanos tenemos líneas de defensa muy sólidas contra todo aquello que desafíe la propia forma de mirar el mundo. Nuestra ideología, nuestros intereses, nuestros valores, nuestras creencias y hasta nuestros deseos constituyen un filtro que no somos propensos a remover en aras de interpretar críticamente la información que recibimos. Desconfiamos de quienes no piensan como nosotros, recelamos de quienes creen en lo que nosotros no, sospechamos del otro únicamente porque es distinto. Por otra parte, estimamos la opinión que refuerza nuestras convicciones, aceptamos sin cuestionar los argumentos de aquellos que comparten nuestras posiciones políticas, prestamos la máxima atención a quienes alimentan nuestros prejuicios, somos complacientes con quien nos complace. En este juego de autosatisfacción la verdad suele importarnos muy poco. De hecho, estamos dispuestos a hacer lo que sea con tal de que la realidad no estropee nuestras creencias; incluso, dejar de pensar. A cambio, obtenemos un falso sentido de identidad y autoestima.

     El prejuicio ha sido definido como “una actitud o sentimiento hostil hacia una persona únicamente porque pertenece a un grupo al que se le han asignado cualidades objetables”, y también como “la antipatía basada en una generalización inflexible y errónea, la cual puede ser sentida o expresada y que está dirigida hacia un grupo como totalidad o hacia un individuo por ser miembro del grupo.”5 La crisis del coronavirus ha demostrado, como pocas veces antes, que hay un prejuicio cortado a la medida de cada persona, y que en no pocas ocasiones quien ejerce de sastre es un político o un medio de comunicación. Ambos saben que del prejuicio a la credulidad más cándida solamente hay un paso. Y es así como terminamos creyendo que el virus fue creado por Bill Gates con el objetivo de inyectar chips usando la vacuna como vehículo, o que es una creación de la Big Pharma para lucrarse con el tratamiento, o que fue diseñado y construido por un consorcio de gobiernos para limitar las libertades civiles, o que el dióxido de cloro puede curar la enfermedad...

     ¿Cómo, entonces, debemos prevenirnos contra el prejuicio y sus consecuencias? Ya que en su origen hay atavismos muy arraigados, y que quien tiene un prejuicio suele no saberlo, la respuesta puede no ser tan sencilla, pero un buen inicio sería, tal vez, dejar a un lado el orgullo y poner a prueba nuestros juicios: ¿por qué creemos lo que creemos?, ¿qué evidencias apoyan esas creencias?, ¿estamos confundiendo esperanzas con hechos, creencia con verdad?, ¿aceptamos un argumento solo porque así lo hace la mayoría?, ¿suscribimos un razonamiento únicamente porque corrobora nuestras ideas preconcebidas?

 

¿EN QUÉ CONFIAR?

 

En este estado de cosas, ¿queda algo o alguien en quien podamos confiar? No parece que los líderes políticos sean buenos candidatos. Con poquísimas excepciones, les hemos perdido el respeto. Los sacerdotes y predicadores tienen poco que ofrecer. Los medios de comunicación en tiempos de crisis suelen convertirse en fuentes de polarización y en pasto para los prejuicios ajenos. Las redes sociales y su nube de picapleitos y mercachifles de la opinión son simples cazadoras de incautos, coleccionistas de clics convertibles en papel moneda.

     Queda la ciencia. Y sin embargo, para la mayoría de nosotros, depositar nuestra confianza en las afirmaciones de los científicos es un acto de fe, porque no tenemos los medios para comprobar por nuestra cuenta sus aseveraciones. En ese caso, ¿no estaríamos acatando el principio de autoridad que la propia ciencia desautoriza?

     Habrá que aceptar que esto es así, con dos importantes matices: el primero es que no se trata de la autoridad de un individuo, sino la de un grupo, porque el conocimiento científico se crea en el consenso de conjuntos de expertos, colectivos a los que resulta muy difícil convencer de que algo es cierto. Pero, además, el científico sabe que su conocimiento de la naturaleza es incompleto y, a diferencia del común de los políticos, reconoce que puede estar equivocado, que por muy cuidadosas que sean sus mediciones siempre habrá un margen de error que no podrá controlar. Y no solo lo sabe, sino que intenta cuantificarlo y lo hace explícito.

     El segundo es que la ciencia no es un arcano y su método no es un secreto. Cualquiera que esté dispuesto a invertir su tiempo y su energía puede adquirir el conocimiento que le permitirá poner a prueba los dichos de otros.

     Confiar en la ciencia no es lo mismo que creer en ella. La ciencia no sirve para creer, sino para dudar. Los científicos no solo deben decir lo que saben, sino que están obligados a explicar cómo lo saben y a hacer públicos los métodos que emplearon para llegar a ese conocimiento. La ciencia nos ayuda a entender que la clave para la comprensión de la naturaleza no radica en nuestros deseos, y que debemos aceptar los hechos, se adapten o no a nuestras ideas preconcebidas. No es una herramienta perfecta, pero es la mejor que tenemos para aminorar nuestra ignorancia. Y eso, en tiempos de apremio, no es poco decir.

 

NOTAS

 

1 Celis AS y Nava JN (1970). La patología de la pobreza. Revista Médica del Hospital General 33: 371. Este trabajo ha sido ampliamente reseñado (y criticado) por diversos autores; ver, por ejemplo, el artículo de Ruy Pérez Tamayo (Nexos, agosto de 1983), disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=4215.

2 Datos obtenidos por The New York Times luego de llevar ante los tribunales a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos: https://www.nytimes.com/es/interactive/2020/07/09/espanol/mundo/coronavirus-latinos-africanoamericanos-datos.html.

3 Un interesante análisis de cómo cundió el antisemitismo durante la epidemia de peste negra del siglo XIV puede encontrarse en el artículo de Mark Koyama, Rémi Jedwab y Noel Johnson “Las pandemias y la persecución de las minorías”, cuya traducción al español publicó la revista Letras Libreshttps://www.letraslibres.com/espana-mexico/historia/las-pandemias-y-la-persecucion-las-minorias.

4 Los datos provienen del estudio publicado por el profesor de la Universidad de Oxford Daniel Freeman y sus colaboradores: Freeman D, Waite F, Rosebrock L and Petit A (2020). Coronavirus conspiracy beliefs, mistrust, and compliance with government guidelines in England. Psychological Medicine 1-13. https://doi.org/10.1017/S0033291720001890.

5 Ambas definiciones son de Gordon Allport: Allport G (1954). The nature of prejudice. Reading, Massachusetts: Addison-Wesley.

 

Emilio Salceda
Revista Elementos
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

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