Entre los laberintos de Eugenia



Paul Rosas Santiago, Luz Noyola Méndez
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El rostro humano retrata muchos semblantes, su salud, su condición mental. Emociones como el disgusto, la tristeza y la felicidad se enmarcan en gestos faciales que subyacen en fenómenos biológicos invisibles a nuestros ojos. Eugenia experimenta sensaciones, crea pensamientos, actúa y se adapta. La piel que recubre su rostro es el órgano más extenso de su cuerpo, le hace sentir y advertir su entorno, le hace temblar con el frío del invierno, refresca su rostro con agua ante el calor del verano y lo acaricia rememorando un momento en el pasado que aún desea (Imagen).

 

Imagen 1. Ilustración de Malú Méndez Lavielle.

 

Su cuerpo se expresa a través de múltiples vías nerviosas desde y hacia su sistema nervioso central; así ella vive todo tipo de percepciones, desde las más placenteras hasta las más desagradables. Eugenia está en cuarentena a causa de la pandemia ocasionada por el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo severo (SARS-CoV2), que produce la llamada enfermedad del coronavirus 2019 (COVID-19). La manera en que este virus ha afectado su vida diaria tiene que ver con el hecho de que, para evadir el contagio, se ha confinado en su casa y este encierro ha generado desconocidas incertidumbres laborales, desempleo y falta de recursos para su mínimo bienestar, ocasionando alteraciones a su cotidianidad. Al verse al espejo, observa su humor y mide su temple ante la situación y se da cuenta, en su rostro y su expresión facial, de las emociones de hartazgo, ansias y desesperación, que le llevan a preguntarse: ¿saldré de esta? El virus SARS-CoV2 le ha generado la necesidad de informarse para entender cómo actúa su organismo y cómo enfrentar esta pandemia. Para ella las palabras virus, patógeno, inmunología, ahora son parte de su interés personal. Eugenia ha indagado cómo funciona su cuerpo; ahora sabe que está formado por células organizadas para formar tejidos, órganos y sistemas que le permiten percibir, experimentar su entorno, reaccionar ante él; y que, a la vez, están expuestos a los patógenos de su medio ambiente. Su sistema inmunológico está integrado por varios tipos de célula que trabajan día y noche para mantenerla a salvo de virus y bacterias que interfieran con su salud, y todo esto sin que ella tenga que darse cuenta de ello. Sabe que el virus SARS-CoV2 se puede alojar en las células epiteliales de su pulmón (Barton y cols., 2020) a través de una llave denominada “espiga”, que reconoce la cerradura de entrada a las células denominada “ACE2” (Yuan y cols., 2020). Para ella el virus se asemeja a un ladrón experimentado. A partir de la entrada del virus a las células de Eugenia, comienza una lucha por evitar la replicación del mismo y, al mismo tiempo, desintegrarlo para evitar su propagación. En sus lecturas ha encontrado que dentro de sus células existe un órgano subcelular denominado retículo endoplásmico, en cuyo interior son alojados pequeños pedacitos del virus (Anaya y Cols., 2013).

Ella se representa al retículo endoplásmico en forma de laberintos y sabe que este organelo, debido a su gran extensión y abundancia, está distribuido por toda la célula de tal manera que su disposición se trasluce como la piel del camarón sobre otros organelos subcelulares. Ya dentro de los laberintos del retículo endoplásmico, las partículas víricas se mueven a través de varios pasajes donde distintas máquinas moleculares realizan procesos celulares que expulsarán estas partículas fuera del organelo. Ella se figura que el destierro de las partículas tiene un efecto sanador como aquel que le genera el canto, ya que los sonidos expulsados en forma de palabras calman sus alteraciones y a la vez comunican sus sentires, mismo proceso que cumplen estas partículas víricas ya que su expulsión del retículo endoplásmico permite la comunicación con los linfocitos T CD8+ y CD4+ (Grifoni y cols., 2020) que, al activarse por el reconocimiento del virus, evocan una respuesta en contra de SARS-CoV2 que la protegerá de la infección.

Sin darse cuenta, Eugenia está confrontando la invasión vírica que podría generarle algunas molestias leves como dolor de cuerpo, fiebre o tos, y en casos más severos, una insuficiencia respiratoria debido a una tardía respuesta inmune y a una exacerbada respuesta inflamatoria. Aunque la respuesta del sistema inmune está regulada por procesos bioquímicos y moleculares, el estado de ánimo de ella influye dependiendo de cómo actúe su cuerpo contra el patógeno, ya que el estrés, la tristeza y la depresión afectan de manera negativa y pueden generar lo que se conoce como inmunodepresión. La inmunodepresión es un funcionamiento inadecuado de la respuesta inmune que puede ser temporal o permanente y que incrementa la susceptibilidad a contraer enfermedades (Schat y Skinner, 2008).

Por lo tanto, su lucha no solo es contra el virus que la aqueja, sino contra su propia mente, evitando deprimir su sistema inmune, cuestión complicada porque ella se siente vulnerable por sentir fiebre, por sentirse mal, por el miedo a la muerte. Estas experiencias sensoriales se ostentan en su semblante de varias maneras, revelando una lucha por la vida que ocurre de manera microscópica y se manifiesta de manera macroscópica en las expresiones de su rostro, ese rostro que es parte de un cuerpo que se aferra a permanecer en una tierra que tiembla pero que a la vez le ofrece un delicioso café con pan en las mañanas y que se asusta ante las fumarolas de “Don Goyo”, pero al mismo tiempo se hipnotiza con el asombroso paisaje que le convida; que llora la pérdida de sus seres queridos, pero que se alegra con su visita cada día de muertos. Sabe que el porvenir está en los escombros del pasado, un pasado que la motiva a construir su futuro.

Y en este circuito del pasado, del presente y del futuro que gira constantemente como los laberintos del retículo, entiende que ella misma es sus células luchando contra la inmunodepresión, contra un virus que ha provocado una pandemia. En su realidad, alucinación y ensoñación, realiza sus quehaceres moleculares y bioquímicos, su cara se convierte en una célula asimilando sus motivos inciertos para encarar la infección. Una cara-célula con laberintos en sus retículos endoplásmicos que se integran a un vórtice infinito que la mantiene girando, porque solo girando sabe que encontrará una salida. Toda su biología, con su sistema inmunológico, con sus células, con sus genes que responden a su medio ambiente y le permiten vivir la existencia de laberinto, llena de emociones, percepciones, padecimientos y alegrías. Ella vive eterna al darse cuenta que dentro de sí misma hay muchas Eugenias, sus pequeñas células que luchan y se adaptan. Y ella sola es un laberinto, un rostro, una célula sumergida en un mundo “covidiano” perpetuo de vida y muerte.

 

REFERENCIAS

 

Anaya JM, Shoenfeld Y, Rojas-Villarraga A, Levy RA y Cervera R (2013). Autoimmunity. From bench to bedside. Editorial Universidad del Rosario.

Barton LM, Duval EJ, Stroberg E, Ghosh S y Mukhopadhyay S (2020). COVID-19 Autopsies, Oklahoma, USA. Am J Clin Pathol. 153:725-733.

Grifoni A, Weiskopf D, Ramirez SI, Mateus J, Dan JM, Moderbacher CR, Rawlings SA, Sutherland A, Premkumar L, Jadi RS, Marrama D, de Silva AM, Frazier A, Carlin AF, Greenbaum JA, Peters B, Krammer F, Smith DM y Sette A (2020). Targets of T Cell Responses to SARS-CoV-2 Coronavirus in Humans with COVID-19 Disease and Unexposed Individuals. Cell 181:1489-1501.

Schat K & Skinner M (2008). Avian immunosuppressive diseases and immune evasion. Avian Immunology 299-322.

Yuan M, Wu NC, Zhu X, Lee C-C D, So RTY, Lv H, Mok CKP, y Wilson IA (2020). A highly conserved cryptic epitope in the receptor binding domains of SARS-CoV-2 and SARS-CoV. Science 368:630-633.

 

Paul Rosas Santiago
Luz Noyola Méndez
Instituto de Biotecnología
Universidad Nacional Autónoma de México

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