La dependencia alimentaria: un síntoma de la crisis estructural del actual sistema mundo



Edwin Alberto Fernández Sarabia
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Durante la década de los setentas el sistema capitalista entró en recesión profunda, producto de la caída de los precios del petróleo. La “crisis”, ocurrida a escala mundial en la década de 1970, trajo consigo la debacle del modelo keynesiano de economía mundial, que planteaba la imposibilidad del mercado para regirse por sí mismo y con ello la necesidad de intervención estatal en el proceso económico de la sociedad, por ello los gobiernos se ocupaban de regular y subsidiar procesos para el mantenimiento de sus ciudadanos.

Esta “crisis” del sistema mundial encontró en el neoliberalismo su válvula de escape que desde esos años se ha establecido como doctrina económica dominante, tanto en el substrato de la política económica de los países así como en las concepciones que rigen la economía internacional (Montes, 1996).

Desde mediados de los sesenta se venía discutiendo la poca plausibilidad del Estado keynesiano y la necesidad de un nuevo modelo que proponía que la tasa de crecimiento es determinada fundamentalmente por la oferta y cuyo móvil es la ganancia (Gallego, 2002). Sin embargo, es hasta principios de los ochenta que este modelo, conocido como neoclásico, logra situarse con posibilidades concretas ante la crisis fiscal del Estado keynesiano.

La caída del keynesianismo supuso que las concepciones neoliberales se impusieran rotundamente a lo largo de la década de 1980 como resultado del fracaso de los intentos por resolver la crisis mundial y la recuperación de la tasa de ganancia que fueron fuertemente disminuidas en la década anterior. También fue considerada primordial para esta recuperación la existencia de una competencia en mercados plenamente abiertos (Hirsch, 2001).

El modelo económico neoclásico, en su fase neoliberal, plantea la libertad absoluta de los mercados y su escasa regulación. Prácticamente deja el proceso económico a una especie de “azar” controlado que se supone será ajustado de manera homeostática por el mercado. Esto, en el contexto de una apertura externa encaminada a la integración de mercados a nivel global. La teoría neoclásica, núcleo duro del sistema neoliberal, plantea como solución económica una política de oferta y demanda cuyos rasgos esenciales son el predominio del mercado, la desregulación del mercado laboral, la reducción de los salarios y el desmantelamiento del estado de bienestar o keynesiano.

Esta política de oferta busca que la producción sea llevada en las mejores condiciones competitivas sin prestar atención a lo individual y social. Todo con el objetivo de aumentar la tasa de ganancia. Se supone que por esta vía se alcanzará el mayor nivel de actividad que reactive la economía y con ello mayor empleo y bienestar (Montes, 1996). Sin embargo, esta idea, cuando es trasladada a la realidad no funciona tal y como se plantea, pues no presta atención a los aspectos sociales, menos a la individualidad. Desde esta perspectiva, el modelo neoliberal en acción opera en “aguas” seguras en lo macroeconómico, donde los grupos poderosos obtienen tasas de ganancia de gran magnitud, pero también con gran inequidad. Al no existir regulación, se presenta un terreno fértil para que se lleven a cabo abusos de poder, manejo de salarios excesivamente bajos, poca seguridad social de los trabajadores etc. Además, que los países poderosos encuentran en este sistema neoliberal una moneda de cambio para obtener control político mediante coerciones económicas principalmente.

 

El modelo neoliberal y el mercado

de producción de alimentos

 

Este modelo neoliberal ha sometido a las clases subalternas a una escena desfavorable (Rubio, 2001). Sus estragos han permeado todas las esferas de la economía y política de una manera constante a escala mundial. Uno de los escenarios que fue transgredido por el establecimiento del neoliberalismo como modelo económico mundial dominante ha sido el mercado agrícola de producción de alimentos. Los últimos 30 años han evidenciado la consolidación de una agricultura con rasgos y particularidades que son excluyentes y con carácter polarizador (Rubio, 2001). El mercado agrícola de los últimos tres decenios ha dejado a los pobres fuera del mercado económico, más bien como sujetos de dominación, pero con poco poder de decisión para mantenerse de manera activa en este mercado. Los desposeídos y atrasados son excluidos y condenados a seguir sobreviviendo en un modelo económico donde no se les ha tomado en cuenta para el funcionamiento de la economía.1 El mercado de alimentos a escala mundial se redujo a un pequeño grupo de países desarrollados y se convirtió en un elemento de dominación económica y política.2 Existen unas cuantas megacompañías alimentarias que se posicionaron de manera dominante frente a los grupos de productores locales o pequeñas empresas familiares.

Blanca Rubio (2001) comenta que desde la década de los ochenta se instituyó un nuevo orden agrícola internacional, donde un grupo de países desarrollados centralizó la producción tanto de los mercados como de los canales de comercialización. La agricultura ha sido monopolizada y con ello se logró vulnerar la soberanía alimentaria de la mayoría de países subdesarrollados que entraron al “juego” del neoliberalismo. En el caso de Latinoamérica estas compañías monopólicas tomaron una estrategia que consiste en el sabotaje de los productos locales. Estas corporaciones han aprovechado la situación del libre mercado teniendo al “mundo” como su protectorado (Mc Michael, 1999).

Esto se logró, en parte, porque a partir de la década de los ochenta ascendieron al poder en Latinoamérica gobernantes con orientación neoliberal que privilegiaron la obtención de bienes baratos, de importación, aun cuando esto genere una dependencia alimentaria de exportación de insumos básicos para la población. Las grandes transnacionales han rebasado la política económica de los Estados Nacionales y se instauraron como empresas corporativas que actúan más allá de estas fronteras. Así, las transnacionales mantienen un control político de los lugares donde se hallan insertos. Tal como afirma Mc Michael existe un imperialismo monopolizado para el control de la agricultura y con ello los flujos alimentarios (Mc Michael, 1999).

Blanca Rubio también comenta que en Latinoamérica las transnacionales excluyen a la agricultura, productora de alimentos básicos, de sus mecanismos de reproducción. Con ello la condenan a la decadencia. Este dominio excluyente, tal como lo llama la autora, tiene una de sus bases en los aparatos de explotación que han sido impulsadas por las agroempresas multinacionales sobre los productores de insumos agrarios locales. Esto se logra imponiendo bajos precios a los productos agrícolas básicos sin un soporte de subsidios oficiales, hecho que acaba disminuyendo los ingresos de los productores y, con ello, su capacidad productiva que deriva por lo tanto en su exclusión del mercado4 (Rubio, 2001). La desregulación que han impulsado los países desarrollados sobre las economías latinoamericanas, en el marco de la política económica neoliberal, ha logrado la apertura de sus fronteras. Con ello las agroempresas se han podido abastecer de insumos importados a bajos precios.

Resulta este hecho un contrasentido. En muchas ocasiones las trasnacionales compran insumos baratos en países latinoamericanos, para empacarlos en sus países hegemónicos, y exportarlos de nuevo a Latinoamérica y el mundo a precios exorbitantes creando, así, no solo dependencia alimentaria, sino ampliando más la brecha económica. Este es el aspecto más voraz de la actual economía mundo con sus redes de dominación.5

Wallerstein (1983), propone que las constantes crisis a las que se ha enfrentado el sistema capitalista son producto del fallecimiento de la economía mundo. Acontece desde los años setenta una crisis sistémica histórica que se agudizó con la implementación del modelo neoliberal. Según este autor, el sistema capitalista se ha enfrentado en varias ocasiones a colapsos económicos que se solucionan con estrategias que a su vez acentúan con gravedad las propias contradicciones del sistema capitalista de acumulación. Esta crisis estructural del sistema se produce como un proceso prolongado y de alcance mundial. Las constantes depresiones económicas que vienen sucediendo desde los años veinte son producto de un sistema que entra en contradicción consigo mismo.

Debemos entender que el actual régimen de la agricultura mundial, que ha desencadenado en una gran dependencia alimentaria por parte de los países subdesarrollados y también de un estancamiento de la agricultura de pequeños productores, fue el resultado de la profunda crisis que sucedió en los años setenta y con ello la implementación del modelo neoliberal para recuperar las tasas de ganancia. Estas crisis son concebidas por Wallerstein como una forma de transición hacia otros estadios del capitalismo, con fases más despiadadas, monopólicas y dominantes, en búsqueda de continuar con esta acumulación y el aumento de las tasas de ganancia. Wallerstein (2010) comenta que la depresión en la que ha caído el mundo continuará todavía un buen tiempo y será aún más profunda. “Nos acercamos a una paralización del sistema del cual el mundo difícilmente podrá sustraerse (Wallerstein, 2010).

La monopolización de la agricultura y la dependencia alimentaria a la cual están sujetos los países subdesarrollados, gran parte de ellos latinoamericanos, forma parte de un proceso histórico que viene desencadenándose desde los años veinte del siglo pasado, con caídas y reveses del capitalismo y con recuperaciones, como ejemplos más característicos: el estado keynesiano y modelo neoliberal, para el mantenimiento de este sistema capitalista de acumulación.6

Blanca Rubio (2001) comenta al respecto:

 

Los ajustes en el capitalismo se realizan a través de violentas crisis financieras que en el actual modelo se han vuelto recurrentes y tienen impacto en los mercados mundiales. Mientras el modelo neoliberal continúe existiendo, dichas crisis van a seguir desestabilizando los mercados y afectando con ello la esfera productiva hasta que se produzca la crisis definitiva en la cual se ponga de manifiesto el agotamiento del régimen de acumulación.

 

Wallerstein denomina esta problemática que refiere Rubio como crisis estructural, una situación en la cual un sistema histórico debido a su desarrollo interno ha acentuado sus contradicciones hasta el punto en que no puede continuar con la misma estructura (Wallerstein, 1982). Esta crisis estructural es la resultante de un macroproceso histórico que va concatenado procesos de mediano alcance como podrían ser las crisis financieras. Sin embargo, la crisis estructural no está circunscrita a un periodo específico y sus consecuencias no son claras, ni cuantificables. Pero amenaza con realizar un cambio de dimensiones en lo que hoy conocemos como sistema económico, político y social del mundo.

 

Conclusiones

 

La monopolización de la agricultura es parte de la descomposición de clases que se ha exacerbado en este modelo capitalista en fase neoliberal. La existencia de una dependencia alimentaria, es una de los síntomas de esta crisis estructural de la que hablan autores como Rubio, Wallerstein y André Gunder Frank.

Este hecho, el monopolio de la alimentación y la seguridad alimentaria de los países, y con ello a su vez de las poblaciones que ahí habitan, podría ser uno de los elementos determinantes en lo que Wallerstein llama: la búsqueda de un sistema sucesor, del actual en el que nos encontramos. La dominación de los alimentos en unas cuantas “manos” a nivel mundial, que ponen en aprietos la suficiencia alimentaria de la población que habita los países subdesarrollados, es un elemento que podría ser básico en la reestructuración del sistema mundo.

Por último, existe al parecer una tendencia romántica en esta búsqueda del cambio de sistema mundo, hacia una transición a un sistema más democrático, pero existe una carencia de propuestas en la construcción de una economía mundial diferente a la que ahora conocemos.

Lamentablemente la historia es ciega, y tal vez dentro de un siglo nuestros descendientes lamenten todo lo que hicimos. En el mejor de los casos, explica el autor, tenemos un cincuenta por ciento de probabilidades de crear un mejor sistema mundo que este en el cual vivimos, pero también un cincuenta por ciento de que creemos un “Frankestein económico mundial” peor del que hoy conocemos.

 

notas

 

1 García Pascual expone: “El modelo de desarrollo elegido, han constatado que la abrumadora mayoría de los agricultores no se han beneficiado significativamente del neoliberalismo, antes al contrario, la mayoría de los agricultores familiares y en gran parte agricultores asalariados siguen estando bajo los parámetros de una actividad infracapitalizada, poco productiva, nada rentable y casi sin ningún apoyo de la administración, lo que los conduce al empobrecimiento generalizado” (García Pascual, 2003).

2 Auspiciado por las grandes trasnacionales de producción de alimentos que mantienen un monopolio mundial en estos productos.

3 Se calculaba que en 1997 la Unión Europea concedía 526 dólares de subsidio por Hectárea, Estados Unidos otorgaba 59 y México solamente 26. Además existe una desigualdad en el costo del

dinero según un estudio realizado por el Consejo Nacional Agro-

pecuario, mientras que en EEUU las tasas de interés fueron del

4.5%, en México alcanzaron 19.1% en el año 1999 (Rubio, 2001).

4 Acciones fetichizadas que se nos presentan en la realidad como relaciones de producción “equitativas” por el discurso dominante. Tal como lo plantea Holloway: “Vivimos en un mundo rodeado de mercancías, de objetos fuera de nosotros que hemos producido pero que no controlamos ni reconocemos. (Holloway, 1990).

5 La crisis obliga a una restructuración del capital: Por medio de la destrucción de los capitales poco eficientes. La crisis es al mismo tiempo un rompimiento y una reestructuración (Holloway, 1999).

 

REFERENCIAS

 

García Pacual F (2003), La agricultura Latinoamericana en la era de la globalización y de las póliticas neoliberales: un primer balance. En Revista de Geografía 2.

Gunder Frank A (1983). Crisis de ideología e ideología de la crisis. En Amín, Samir, Arrighi, Giovanni, Gunder Frank, André y Wallerstein, Immanuel, Dinámica de la crisis Global, Siglo XXI, México.

Hirsch J (2001). El Estado Nacional de competencia. Estado, democracia y política en el capitalismo global, Universidad Autónoma de Metropolitana, México.

Holloway J (1990). Crisis, Fetichismo y composición de clase. En revista Relaciones 3, Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Mc Michael P (1999). La política alimentaria global (Traducción de Roberto Diego). En Cuadernos Agrarios 17-18.

Montes P (1996). El desorden neoliberal, Editorial Trotta, España.

Rubio B (s/f). La agricultura mundial de fin de siglo: hacia un nuevo orden agrícola internacional.

Rubio B (2001). La agricultura latinoamericana. Una década de subordinación excluyente. En revista Nueva Sociedad 174.

Wallerstein I (1983). La crisis como transición. En Amín, Samir, Arrighi, Giovanni, Gunder Frank, André y Wallerstein, Immanuel, Dinámica de la crisis Global, Siglo XXI, México.

Wallerstein I (2010). ¿Crisis, cuál crisis? En La crisis Sistémica y las nuevas condiciones de legitimación. Gandasegui, Marco y Castillo, Didimo (Coord.). Estados Unidos.

 

Edwin Alberto Fernández Sarabia

Doctorado en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable

El Colegio de la Frontera Sur, Unidad San Cristóbal

CONACyT

eafernandez@ecosur.edu.mx

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