De-Colón-izando a Malintzin



Geoffrey G. McCafferty
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El periodo colonial en las Américas se inició con el arribo de Cristóbal Colón. No he podido dar con la relación etimológica entre “Colón” y “colonialismo”, pero el título de este ensayo alude a una propuesta que busca editar el prejuicio colonial y español en la interpretación de la princesa indígena que tuvo un lugar tan preeminente en la conquista de México. Y como tal representa una perspectiva poscolonial de la conquista al empoderar las voces de autores subalternos y no dominantes con la intención de argumentar una historia alternativa nativa y feminista (Gosden, 2001).

     Doña Marina, con otras 19 mujeres, fue bautizada poco después de ser entregada por el cacique de Potonchan, de la región del Golfo sur de México, al ejército de Hernán Cortés (Díaz del Castillo, 1963; Karttunen, 1997). Al conocerse su manejo de varias lenguas, mostrándose bilingüe por lo menos en dialectos mayenses y náhuatl, Cortés la toma para sí y ella se convierte en su traductora, consejera y amante. La mayor parte de la información que se conoce de fuentes históricas proviene de cronistas coloniales: Bernal Díaz del Castillo (1963) y Fernando López de Gómara (1964). Cortés (1986) alude a doña Marina como una mujer nativa que acompañaba al ejército en una reveladora descripción de su sentir hacia la madre del heredero de su imperio.

     Con base mayormente en estas crónicas históricas, alimentadas por un fervor nacionalista y antiespañol, durante los siglos XIX y XX, doña Marina ha sido repudiada como la Malinche, la traidora que vendió a su pueblo por amor a Cortés (Cypess, 1991). Por ejemplo, esta perspectiva, trasciende en el libro cuasi histórico de Octavio Paz (1961) El Laberinto de la Soledad. Paz escribe que en la cultura popular mexicana la Malinche es vista como el prototipo de la mujer “mala”, una esclava de sus emociones, pasiva y estúpida e instrumentada en el gran escenario de la conquista. Este contraste entre “buena” y “mala” es paralelo a las descripciones de Bernardino de Sahagún (1950, 82, Libro VI) en su crónica Historia de las Cosas de la Nueva España, del siglo XVI. La caracterización de la Malinche como traidora está profundamente arraigada en la cultura mexicana y el calificativo “malinchista” describe a alguien que prefiere lo extranjero (actualmente lo norteamericano) por encima de valores culturales tradicionales de México.

     En contraste con esta perspectiva histórica y popular, en México existen múltiples imágenes en fuentes indígenas, especialmente el Lienzo de Tlaxcala (1979), que corresponde al primer periodo después de la conquista. En estas imágenes la mujer Malitntzin, cuyo nombre significa “hierba preciosa”, probablemente basado en la fecha calendárica malinalli, se muestra consistentemente en una posición preeminente (si no dominante) en relación con Cortés, y es con toda claridad un participante activo en los eventos que se desarrollan en el lienzo (Petersen, 1994). Ella negocia con los más importantes caciques del valle, porta armamento de guerra en las batallas e incluso dirige el asalto a la pirámide de Quetzalcóatl en Cholula (Figura 1). En lo que sigue intentaré desarrollar el contexto cultural de Malintzin recurriendo a “voces” indígenas en códices nativos y basándome en evidencia etnohistórica y arqueológica de estructuras de género en tiempos precolombinos.

 

LA HISTORIA DE MALINTZIN

 

Según crónicas coloniales, Malintzin perteneció a un linaje noble del sur del Golfo de México y fue heredera al trono de la ciudad-estado Painala (Díaz del Castillo, 1963), por lo cual es razonable inferir que fue educada de manera similar a los jóvenes nobles aztecas de los calmécac en Tenochtitlán en temas relacionados con el ritual, las estrategias militares y de gobernación (Calnek, 1988). Además, debido a que el Golfo sur fue suelo de los pueblos olmeca-xicalanca, culturas de comerciantes relacionados con los chontal-maya conocidos por sus extensas rutas comerciales, Malintzin muy probablemente fue entrenada en el arte de la negociación, así como en múltiples lenguas (Karttunen, 1994) Como se comprobará en los hechos de la conquista, estos serán atributos esenciales que ella pondrá al servicio de los invasores españoles.

     A medida que maduraba, su padre murió, su madre se volvió a casar y dio vida a un hijo con su nuevo marido. En ese tiempo, despejando los derechos de sucesión al trono para el hijo, Malintzin fue desterrada a la ciudad costera Potonchan. En la mayoría de las crónicas se sugiere que fue vendida como esclava, aunque las evidencias en este sentido son débiles (Karttunen, 1997). Lo más probable en el caso de la hija de una familia noble es que ella fuese enviada a un entrenamiento religioso para ocupar una función en servicio a las deidades. Este era el destino de las jóvenes de la nobleza europea enviadas a conventos, y en el temprano periodo colonial mujeres nobles cumplían este mismo destino.

     Si Malintzin fue enviada a un templo habría recibido adicionalmente un extenso entrenamiento religioso. Si se trató de un templo exclusivo para mujeres, similar a los dedicados a la diosa Tlazoltéotl (una deidad importante en la costa del Golfo), su entrenamiento probablemente incluyó el de partera, curandera, y también el oficio asociado a la prostitución ritual (McCafferty and McCafferty, 1999; Sullivan, 1982). Esto es obviamente una especulación, pero hace sentido en el contexto de lo que sabemos sobre la organización y las enseñanzas en templos durante el Posclásico. Sahagún (Libro X) y Diego de Durán (1971) proveen información sobre las sacerdotisas en los templos, incluyendo datos vagos sobre su rol de acompañantes de guerreros en las batallas, en las danzas con guerreros victoriosos e incluso sobre el costo por llevar a una sacerdotisa a la casa por una noche (McCafferty y McCafferty, 1999). Un complejo religioso ha sido excavado en El Zapotal, Veracruz, al norte de Potonchan, que rindió esculturas de sacerdotisas y varios entierros de jóvenes mujeres. Xochitécatl, adyacente a Cacaxtla en la Meseta Central de México, también exhibe un templo femenino, la Pirámide de las Flores, donde cientos de esculturas de figuras femeninas muestran a mujeres de variados oficios y edades (Serra Puche, 2001). Yo propongo este precedente para comprender la situación de la joven Malintzin en Potonchan.

     Durante el convulsionado arribo de Cortés a Potonchan (Figura 2), Cortés y su pequeña banda de mercenarios españoles recibieron regalos, probablemente pensados como sobornos con el objetivo de evitar que avanzaran hacia el norte en busca del oro azteca. Los regalos incluyeron a veinte mujeres y entre ellas a Malintzin (Díaz del Castillo, 1963). Estas mujeres debían cocinar para los soldados, pero también prestar otros “servicios”. Obviamente, los conocimientos de una curandera serían de ventaja para los soldados y muy probablemente las mujeres se escogieron con estas habilidades. Una pregunta permanece: ¿quiénes eran estas mujeres?, ¿el cacique de Potonchan seleccionó arbitrariamente esposas e hijas de sus súbditos como acompañantes de estos salvajes para que cayeran en los brazos del poderoso ejército de guerreros aztecas? Esto pareciera una opción que tendría poco consenso entre la población. Seguramente, mucho más dispensables fueron las mujeres del templo, incluyendo a Malintzin, que no pertenecían a ningún grupo familiar local y que pudieran, como Malinztin, provenir de reinos distantes.

     Cuando sucedió el arribo a lo que hoy es Veracruz, Cortés se dio cuenta de un problema: hasta ese momento, el náufrago español de nombre Aguilar, rescatado cerca de Cozumel, servía como traductor del maya, pero los dialectos maya no se hablaban en la costa del Golfo, por lo cual la utilidad de Aguilar como traductor se anuló. Al descubrir las habilidades de Malintzin para “hacer hablar a los locales”, Cortés la reclamó para que la cadena de comunicación del náhuatl al maya al español no se interrumpiera. Frances Karttunen (1994, 1997) ha investigado extensamente esta situación y los retos en esta cadena de comunicación notando que, entre los nobles locales, especialmente entre aztecas, se hablaba un lenguaje distinto que incorporaba metáforas complejas con la intención de volver la comunicación incomprensible para el pueblo común. Existe la posibilidad de que Malinztin tuviera conocimiento de este dialecto entre nobles (Figura 3). Probablemente el eslabón débil en esta cadena de comunicación fue el español Aguilar, que había sido un esclavo en la costa caribeña de la península de Yucatán donde aprendió algo de maya, pero carecía de conocimientos fluidos y, con seguridad, no tenía acceso al lenguaje entre nobles. Es muy probable, aunque especulativo, que Malinztin pudo aprender rápidamente suficiente español como para comunicarse directamente con Cortés. Que ella le diera heredero a Cortés sugiere que Aguilar no siempre fue un mediador entre ella y Cortés.

     El lugar de Malinztin en la conquista rebasa el simple papel de traductora en un suceso crítico acaecido poco después de que ella quedara asociada a Cortés, cuando entra a la ciudad de Cempoala donde son recibidos por el gobernante totonaco conocido como el “Cacique Gordo” (Cortés, 1986; Díaz del Castillo, 1963). Es de importancia notar que el totonaco no es un dialecto nahua ni maya, lo que sugiere que Malintzin pudo haber conocido otras lenguas. El reino de Cempoala era tributario del imperio azteca, pero inconforme con el relativamente reciente acuerdo tributario. Al poco tiempo de la entrada de los españoles a la ciudad arribaron recolectores del tributo azteca. Por instigación de Cortés, al menos de acuerdo con su versión, los aztecas fueron retenidos con la promesa de que los españoles protegerían a los cempoalas de represalias. Cortés, sin embargo, procedió a liberar a los aztecas y los envió a Tenochtitlán con la noticia de que se dirigía allí y quizás también con la encubierta intención de sembrar inconformidades en las relaciones políticas locales. Es descabellado suponer que los españoles reconocían entonces los matices de la cultura y la lengua local como para idear esta complicada estrategia. Mucho más probable, en mi opinión, es el papel central que Malintzin jugaba en esta intriga ya que ella sí debió conocer la política étnica, la tensión por la imposición tributaria y la oportunidad para ampliar la disensión. Una vez que se descubre la ausencia de los recolectores del tributo azteca alguien debía convencer al Cacique Gordo de que su única salvación residía en una alianza con los españoles.

 

LA MATANZA EN CHOLULA

 

Más evidencia de la complicidad de Malintzin, de su propia agenda, se encuentra en los sucesos que llevan a la matanza en Cholula (McCafferty, 2000). El ejército español y sus aliados de Cempoala arriban al reino tlaxcalteca en la meseta central, libran una batalla y casi son derrotados, pero finalmente logran una alianza tentativa (Díaz del Castillo, 1963). Cortés insiste en continuar hacia la capital azteca, Tenochtitlán, pero para apaciguar los ánimos entre sus nuevos aliados su ejército (aumentado por tlaxcaltecas además de cempoalas) se desvía hacia Cholula, la gran ciudad del valle de Puebla, al sur de Tlaxcala. Los cholultecas habían sido tradicionales aliados de los tlaxcaltecas en el ritual de las “guerras floridas” en contra de la Triple Alianza azteca, pero al parecer traicionaron a los tlaxcaltecas justo antes del arribo de los españoles (Muñoz Camargo 1966). Los tlaxcaltecas querían vengarse y los españoles eliminar un enemigo potencial en la ruta de retirada, por lo cual entraron a Cholula en octubre de 1519 (Peterson y Green, 1987).

     Después de un inicial recibimiento cordial, los conquistadores empezaron a notar resistencias: dejaron de recibir comida y leña, se elevaron barricadas y los utensilios de cocina se preparaban (Díaz del Castillo,1963) para hacer lo que con humor podríamos denominar “mole de gachupín”. A medida que las tensiones crecían, una “vieja mujer noble” del pueblo se acercó a Malintzin y le advirtió que una emboscada era inminente y que ella debía ponerse a salvo. Malintzin, en cambio, advirtió a Cortés y esa fue la decisión que tradicionalmente se identifica como su momento de traición a los pueblos originarios de México. Cortés reunió al pueblo de Cholula en la gran explanada enfrente de la pirámide de Quetzalcoátl y dio la orden que inició la matanza; miles murieron mientras la ciudad fue saqueada (Figura 4).

     Varios aspectos de esta matanza son notables. En primer lugar que Cholula era una ciudad multiétnica y suelo de los olmeca-xicalanca, mercaderes cuyos orígenes étnicos se encontraban en la zona costera del Golfo Sur (McCafferty, 2007; Olivera y Reyes, 1969). Siendo una mujer noble, seguramente Malinztin fue reconocida por la nobleza local, y esa “vieja mujer noble” pudo haber sido de su línea de parentesco. Segundo, como un esfuerzo por minimizar el “fuego amigo”, los tlaxcaltecas y cempoalas aliados de Cortés se despojaron de su indumentaria guerrera tradicional y se identificaron con diademas de hierba trenzada o malinalli (León Portilla, 1963). Esto permite la interpretación de que se identificaron como soldados de la señora Malintzin, “Hierba Preciosa”. Finalmente, Díaz del Castillo (1963) observó que unos días después de la matanza, nobles de otra facción llegaron a ofrecer a Cortés la bienvenida a sus ciudades y se disculparon por los acontecimientos desagradables con sus rivales políticos. Es posible que, debido a que Cholula había sido un antiguo aliado de Tlaxcala, las rivalidades entre etnias tolteca-chichimeca (afiliados con los nahuas de México central, incluyendo los aztecas) y los olmeca-xicalanca (del Golfo y posiblemente afiliados a Tlaxcala) provocaran serias divisiones en la comunidad y el liderazgo político hubiera cambiado de bando. Además, en la advertencia de Malintzin a los españoles pudo haber primado una advertencia dirigida hacia su linaje, olmeca-xicalanca, con la intención de que se resguardaran en los cerros hasta que el fuego se apaciguara.

     En la imagen de la matanza de Cholula que muestra el Lienzo de Tlaxcala (1979, placa número 9) la misma Malinztin dirige el ataque con los españoles y guerreros aliados que se muestran bajo su mando al atacar a los que se defendían en la pirámide de la Serpiente Emplumada. Interesantemente, se muestra un grupo de nobles nativos que observan el ataque desde la aparente seguridad de un edificio adjunto, quizás referenciando la fracción amiga a la que alude Díaz del Castillo.

     Los eventos que conducen a la matanza en Cholula demuestran la agenda propia de Malintzin, ya que su información pudo haber precipitado la emboscada a los nobles cholultecas. Un giro más siniestro podría sugerirse también si, después de que posiblemente la facción olmeca-xicalanca fue puesto a salvo, Malintzin orquestó el derrocamiento del grupo dominante mediante la manipulación del miedo de los españoles. De acuerdo con Cortés, un ejército de 50,000 guerreros aztecas aguardaba en las afueras de la ciudad; pero sorpresivamente, sin embargo, ningún guerrero azteca se involucró en la matanza y ese ejército pudo haber sido un peligro inventado e introducido por Malinztin para contribuir a las tensiones y precipitar el ataque de Cortés.

     A pesar de todo, el mercado de Cholula volvió a funcionar pocos días después de la matanza; bienes exóticos traídos desde todos los confines de Mesoamérica volvieron a ser comerciados por el sector pochteca, probablemente de ascendencia étnica olmeca-xicalanca y asociado con el templo de Quetzalcóatl.

     La confianza que Cortés depositó en sus aliados es demostrada por el hecho de que guerreros cholultecas, al lado de tlaxcaltecas y cempoalas, fueron incorporados a su ejército español durante el asalto final a Tenochtitlán. Esto pareciera un sinsentido si fueran guerreros de la misma facción que acababa de masacrar en Cholula.

     Otro resultado notable de la matanza en Cholula se muestra en el Códice de Cholula (Simons, 1968 a, b) que es más bien un lienzo que comprende un gran mapa de la ciudad ilustrado con imágenes históricas de la matanza. Rodeada de escenas de violencia, Malinztin se hinca ante una mujer (identificada como doña María Ilamatecuhtli) en la base de la gran pirámide, Tlachihualtépetl, mientras que Cortés se muestra detrás (Figura 5). Ilamatecuhtli es el nombre de un complejo de deidades de la tierra y la fertilidad, sinónimo con la diosa azteca Toci (Sullivan, 1982). Ilamatecuhtli literalmente quiere decir “vieja mujer noble”, precisamente el mismo término que utiliza Díaz del Castillo para describir a la mujer que se supone advierte a Malinztin sobre la inminente emboscada en Cholula. Si doña María Ilamatecuhtli es la misma mujer que previamente se encuentra con Malintzin, es muy probable que en la ciudad sagrada de Cholula haya existido la institución de un templo femenino comparable a aquel en el cual ella fue sacerdotisa en Potonchan. Más tarde, durante el avance final sobre Tenochtitlán, a Malintzin se le muestra enfrente del templo dedicado a Toci cuando ella se prepara para dirigir a los españoles en la batalla (Figura 6).

     Al ejército español se le concedió permiso para entrar a Tenochtitlán y ocupar palacios del centro ceremonial. El tlatoani Moctecuhzoma, el individuo más poderoso hasta entonces en la historia del Nuevo Mundo, fue convencido de aceptar la custodia protectora de los españoles (Figura 7). Esta debió ser otra actuación virtuosa y resultado del lenguaje noble que dominaba Malintzin. Poco después, el imperio azteca sucumbió a un final violento.

 

CONCLUSIÓN

 

El poscolonialismo es un proceso complejo que cuestiona interpretaciones colonialistas del pasado vistas como continuidad del colonialismo. Acercamientos poscoloniales pretenden romper el ciclo al considerar voces de miembros no dominantes de una sociedad abriendo así la posibilidad de múltiples historias. La historia colonial de México está dominada por recuentos históricos creados por los vencedores y, consecuentemente, pocas veces estas narrativas se detienen en grupos subalternos; así, las interpretaciones resultan, en la mayoría de los casos, en narrativas altamente eurocéntricas. Un buen ejemplo de ello son las caracterizaciones del estatus de las mujeres en la sociedad azteca como sujetos abyectos subordinados a hombres dominantes. Esta perspectiva solo se justifica desde una lectura no crítica de fuentes coloniales y se realiza desde una disposición contemporánea de las jerarquías de género en la que predomina la superioridad masculina (Rodriguez Shadow, 1989; pero véase también McCafferty and McCafferty, 1999).

     Este ensayo se redactó en el marco de un paradigma feminista que supone complementariedad entre los géneros masculinos y femeninos, así como géneros alternativos (Kellogg, 1988). He intentado reconocer fuentes alternativas, no-colón-izadas, pintadas por tlacuilos nativos que describen sus mundos antes del arribo de los españoles. Esto implica mucha lectura entre líneas y eso obviamente abre un camino para acomodar mis propias inclinaciones sobre el tema de géneros. Con todo, la “historia de ella” (“her-story”, en vez de “his-story”) que he construido, creo yo, es tan rigurosa como cualquier otra narrativa de Malintzin e incorpora información contextual sobre los roles de las mujeres en el Posclásico y sobre el faccionalismo étnico que fue el mosaico político mesoamericano cuando arribó Cortés.

     Malintzin fue una mujer inteligente, con educación y habilidades, que asistió en la conquista de los aztecas y finalmente contribuyó al advenimiento del periodo colonial. Sin embargo, fue una mujer noble privada de derechos en la zona costera del Golfo y que no consideraba a los aztecas como de “su pueblo”; según indican los sucesos que conducen a la matanza de Cholula, ella pudo haber actuado en función de los intereses políticos de su pueblo olmeca-xicalanca. Además, como agente de sus propios intereses, fue formidablemente efectiva. Su hijo, Martín Cortés, fue designado heredero de la Nueva España y eventualmente fue un caballero de la corte de St. James (Karttunen, 1997; Lanyon, 1999). Malintzin se casó con un noble español y se le concedió a su nombre una gran encomienda en las montañas entre los estados de Veracruz y Puebla. En una escena reveladora registrada por Díaz del Castillo (1963), Malintzin se encontró con su madre y medio hermano después de la caída de Tenochtitlán y se reporta que ella les dijo que no les guardaba animosidad porque había conseguido mucho, después de haber sido desterrada de su hogar. Y realmente así sucedió.

 

R E F E R E N C I A S

 

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Geoffrey McCafferty
Departamento de Arqueología
Universidad de Calgary de Alberta, Canadá
 
Traducción: Anamaría Ashwell

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