El efecto Kuleshov: la integración del contexto y la expresión facial en la percepción de las emociones
Fernando Gordillo León, Lilia Mestas Hernández, Miguel Ángel Pérez
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En los años 20 el efecto Kuleshov puso de manifiesto un fenómeno del montaje cinematográfico, que fue demostrado por el cineasta ruso Lev Kuleshov. El procedimiento consistía en intercalar una toma de la cara del actor Iván Mozzhukhin con las imágenes de un plato de sopa, una niña en un ataúd y una mujer recostada en un diván. De esa forma, ante la imagen del plato de comida la percepción generada era la de un hombre hambriento, mientras que la presencia de un ataúd favorecía la percepción de un hombre apesadumbrado por la pérdida. Por último, cuando se mostraba la imagen de una mujer recostada sensualmente en un diván, se percibía un gesto de deseo; sin embargo, en las tres condiciones la expresión facial había sido la misma y Mozzhukhin no había tenido conocimiento de las imágenes presentadas de manera previa. Este efecto puede conseguirse igualmente con la combinación de otras imágenes y rostros, evidenciándose así el papel activo que juegan los espectadores en la construcción de la película; pero más allá de este ámbito y dentro de la psicología, también fue una de las primeras evidencias que mostraban el papel que juegan el contexto que rodea a una expresión facial (p. ej., plato de comida, perrito durmiendo, paisaje apacible) en la interpretación de quien lo percibe (véase Figura 1).
Figura 1. Ejemplo del efecto Kuleshov. Fuente: elaboración propia.
Trabajos posteriores confirmaron el importante papel de los estímulos que rodean un rostro (contexto) en la percepción e interpretación de la emoción que expresa (p. ej., Carroll y Russell, 1996; Goldberg, 1951; Talcott, 1988); sin embargo, este planteamiento parecía incompatible con los enfoques clásicos en el estudio de la emoción, donde los movimientos musculares de la cara (Ekman y Friesen, 1978; UA: Unidades de Acción) jugaban un papel determinante a la hora de establecer la categoría emocional –alegría, tristeza, miedo, ira, asco, sorpresa– (Ekman, 1993; Izard, 1994). Este enfoque no contemplaba que el contexto que rodea a un rostro pudiera modular de manera determinante la percepción de las emociones que expresa. Otra perspectiva teórica surgida de las abundantes evidencias experimentales sí permitía explicar en mayor grado el efecto Kuleshov. Estas teorías planteaban que la configuración de la musculatura facial en el momento de definir una categoría emocional resulta ambigua y que el contexto podría llegar a producir cambios cuantitativos respecto a la intensidad emocional percibida, pero también cualitativos; es decir, en la categoría emocional (Hassin y cols., 2013). Esto era congruente con los resultados encontrado por Kuleshov, donde la misma expresión ambigua podía ser interpretada como una emoción de hambre, tristeza o deseo. Por lo tanto, desde esta perspectiva teórica, los movimientos musculares del rostro no se entenderían solo como un medio para representar los estados afectivos internos, también serían parte de un proceso adaptativo en continua interacción con el ambiente (Parkinson, 2013), donde difícilmente se podría entender la presencia de un rostro sin un contexto que le diera sentido. En este trabajo se analizan los diferentes contextos que están presentes en los ámbitos naturales de interacción de los seres humanos, y que modularían el procesamiento de la información emocional que transmiten los rostros.
El contexto en el momento de percibir una expresión facial puede estar constituido por estímu-los ambientales (imágenes, sonidos, olores) (p. ej., Barret y Kensinger, 2010); información verbal relacionada con la emoción expresada (Lindquist y Gendron, 2013); gestos o posturas corporales (p. ej., Aviezar y cols., 2008; Meeren y cols., 2005), la presencia de otras caras (p.ej., Masuda y cols., 2008), la dirección de la mirada (p.ej., Adams y Kleck, 2005) o la prosodia afectiva (de Gelder y Vroomen, 2000). Respecto al contexto visual, como pueden ser escenas, Barret y Kensinger (2010) encontraron que eran codificadas de manera automática junto a la expresión facial. Además, cuando la escena era congruente con el tipo de expresión facial presentada tenía un efecto facilitador sobre los juicios realizados por los perceptores (Mobbs y cols., 2006; Righart y Gelder, 2008; Wieser y Brosch, 2012). Por ejemplo, la escena de un accidente junto a la expresión de miedo, o la escena de un cumpleaños junto a la expresión de alegría daría lugar a un incremento en la tasa de reconocimiento de la emoción expresada.
Por otro lado, los olores, como parte ineludible del contexto en el que se desarrollan los seres humanos, también pueden modular la interpretación que realizamos de una expresión facial. Se ha encontrado una correlación significativa y positiva entre la capacidad de discriminar olores y el reconocimiento de expresiones faciales de alegría y miedo (Wilkinson y cols., 2016). Además, la contextualización a través del olor en el reconocimiento de las expresiones faciales se ha mostrado relevante, en interacción con el contexto verbal, en tareas de categorización, de forma que cuando se presentaba un olor congruente con la expresión facial (olor agradable junto a una expresión facial de alegría y un olor desagradable junto a expresiones de asco o ira), se incrementaba la tasa de reconocimiento del tipo de emoción expresada (Leleu y cols., 2015).
Otro de los aspectos que afectan al reconocimiento de las expresiones faciales de la emoción es la dirección de la mirada. Algunos estudios han encontrado que la mirada directa al perceptor genera un beneficio en el reconocimiento de la expresión de ira, por el contrario, la desviación de la mirada mientras se expresa miedo beneficiaría su reconocimiento (Adams y Franklin, 2009; Benton, 2010). Estos resultados se podrían explicar dentro de las teorías emocionales de la valoración, donde las emociones surgirían por las evaluaciones realizadas de las distintas situaciones y eventos (Roseman y Smith, 2001). Desde esta perspectiva, la mirada desviada mientras se expresa miedo sería valorada como la evidencia de un posible peligro en el ambiente, mientras que la mirada directa de quien expresa ira sería valorada como amenazante, alertando de una posible e inminente agresión por parte de quien la emite (véase revisión de Grahamand y Labar, 2012).
Por otro lado, el contexto verbal y su papel en la determinación de la categoría emocional de una expresión facial, ha sido un tema de investigación recurrente en los últimos años (véase Lindquist y Gendron, 2013). En la categorización de una emoción, las personas se valen no solo de los datos obtenidos de la expresión facial, también de la información que se asocia a dicha expresión (Barret y Kensinger, 2010; Carroll y Russell, 1996; Wallbott, 1988). El efecto del contexto verbal en el reconocimiento de la expresión facial se fundamenta en el modelo conceptual constructivista de la emoción (Barrett, 2006). Este modelo plantea que los movimientos musculares de la cara proporcionan una información simple de las propiedades estáticas y dinámicas de la expresión facial (p. ej., Kamachi y cols., 2013), importantes para el reconocimiento de la emoción que refleja. Sin embargo, son las palabras relativas a la expresión que se percibe, las que incrementarían la accesibilidad del conocimiento conceptual en la interpretación de dicha emoción (Barret y cols., 2007).
En la mayoría de los estudios que han trabajado sobre este tema, el conocimiento conceptual se activaba a partir de una palabra (p. ej., suciedad), que estaría relacionada con alguna de las emociones básicas y que se presentaban de manera previa a la expresión facial (expresión de asco). Sin embargo, probablemente el procesamiento conceptual provenga de estímulos más elaborados, referidos a información relevante sobre los diferentes tipos de emociones, pero también sobre la experiencia y conocimiento que el perceptor tenga de la vida de la persona que expresa la emoción. Este conocimiento puede derivar de muchas fuentes, pero en último término activaría un esquema mental que podría sesgar el procesamiento de la información proveniente de la expresión facial. Utilizando este tipo de información como contexto verbal se han encontrado efectos significativos sobre la discriminación de las emociones de alegría y tristeza (Gordillo y cols., 2016), y sobre otros aspectos como la valoración de la personalidad (Gordillo y Mestas, 2015).
Por último, mencionaremos otros elementos contextuales más como son los gestos corporales, la prosodia verbal y la presencia de otras caras. Respecto al primero, es evidente que no podemos pensar en una expresión facial sin un gesto corporal que la acompañe. La mayoría de los estudios han encontrado que la congruencia entre la expresión facial y la corporal beneficia el reconocimiento de las emociones (Meeren y cols., 2005; Van den Stock y cols., 2007). Este mismo efecto facilitador de la congruencia sobre el reconocimiento se ha comprobado respecto a la prosodia emocional; por ejemplo, se ha evidenciado que las expresiones de miedo se reconocen mejor cuando vienen acompañadas de sonidos de chillidos (Müller y cols., 2011), y de igual manera las de alegría cuando se presentan junto a risas (Sherman y cols., 2012).
Respecto al contexto formado por otras caras, sin duda son estímulos que están presentes de manera continua en nuestras interacciones sociales, y cabe pensar que cuando fijamos el foco de atención en la cara de una persona en concreto, los rostros que rodean a esta persona también tengan un efecto modulador importante sobre la interpretación que hagamos de la emoción expresada. Esto será especialmente relevante con expresiones faciales ambiguas como la sorpresa, en tanto sería interpretada en mayor grado como positiva o negativa dependiendo de la emoción expresada por las caras que se presentaban como contexto; es decir, la sorpresa se valoraba como positiva cuando aparecía junto a rostros de alegría, y como negativa cuando lo hacía junto a rostros expresando emociones como el miedo, el asco o la ira (Neta y cols., 2011).
Todos estos trabajos nos advierten de la importancia del contexto que rodea a un rostro, en tanto podría estar determinando cambios en la tasa de discriminación o en los tiempos de respuesta de la emoción que expresa; quizá no al punto de modificar la categoría emocional percibida; sin embargo, que pueda darse o no un cambio de este tipo dependerá de la ambigüedad de la expresión facial valorada (p. ej., sorpresa, neutra), como quedó de manifiesto en el mencionado efecto Kuleshov, donde la ambigüedad de la expresión realizada por el actor incrementaba el valor del contexto en la determinación de la categoría emocional. También hemos visto cómo la congruencia entre el contexto y la expresión facial es determinante. En este sentido, trabajos recientes indagan sobre este aspecto en ámbitos como el de la detección de la mentira, en concreto analizando si la incongruencia entre la expresión facial y la información verbal podría considerarse un buen indicio en la detección de la mentira (Wojciechowski y cols., 2014).
Para concluir, cabe decir que la información que trasmitimos a través del rostro tiene una doble vía de comunicación, de ida y vuelta; la primera cuando experimentamos una emoción y de manera automática la expresamos a través del rostro, enviado el mensaje adecuado a todos aquellos que nos estén viendo, y siendo esto, sin duda, un proceso con un alto valor adaptativo tanto para el individuo como para el grupo social al que pertenece, porque preactivaría al organismo para una posible respuesta defensiva, y al mismo tiempo avisaría al resto del grupo, iniciando procesos de preactivación orgánica en todos sus componentes. Por otro lado, la vía de vuelta proviene de la propia expresión facial, ya que la activación de los músculos faciales que determinan las expresiones faciales primarias, por ejemplo la emoción de tristeza, estaría enviado señales de vuelta a determinadas regiones cerebrales y modulando la intensidad emocional que experimenta el sujeto (Hipótesis del feedback facial: Tomkins, 1962; Izard, 1971), de ahí el consejo muy certero que nos dan cuando estamos tristes y nos dicen que sonriamos, porque en algún grado estaremos contribuyendo a un cambio en nuestro estado de ánimo.
R E F E R E N C I A S
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