La actualidad de la teoría. El papel de la filosofía en una sociedad del rendimiento



Ángel Xolocotzi Yáñez
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I. SOCIEDAD DISCIPLINAR Y SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO

 

Desde hace algunos años el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han ha cobrado relevancia por los análisis que realiza sobre el modo contemporáneo de vivir. En la actualidad, el uso de la tecnología y los modos de relacionarnos con el mundo forman parte de la charla cotidiana. Su descripción ha sido plasmada en el ámbito literario, en donde la ciencia ficción cada día se identifica más con la realidad. Sin embargo, una tematización filosófica de las transformaciones fundamentales que se llevan a cabo remite a una serie de aristas que ocasionan la pérdida del hilo conductor para quedarse solamente en descripciones aisladas. Quizás un elemento importante que logra mantener en vilo el núcleo de la relación contemporánea con el mundo es la posibilidad de remitir a un sustrato que permita congregar de forma sistemática o histórica los diversos puntos de contraste en donde se revelen los presupuestos del mundo técnico contemporáneo.

     Una de las tesis centrales que discute Han es aquella planteada por Foucault en torno a la sociedad disciplinaria. Como se sabe, Foucault lleva a cabo estudios minuciosos en torno a los mecanismos de control que se establecen socialmente y se concretan en instituciones, como lo son el hospital psiquiátrico, la cárcel, los cuarteles y las fábricas (1984). Han se pregunta si acaso la sociedad actual corresponde a tal estructura. Lo que encontramos hoy día son más bien gimnasios, torres de oficinas, centros comerciales, etc. En este sentido dice Han: “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento” (2012, p. 25). Si esto es así, entonces deberían cambiar también los miembros de tal sociedad, los cuales pasarían de ser sujetos de obediencia a sujetos de rendimiento. El punto central para Han es que los análisis foucaultianos en torno al poder ya no dan cuenta de los “cambios psíquicos y topológicos” que se presentan en la sociedad contemporánea.

     De acuerdo con Han, la sociedad disciplinaria sería una sociedad de la negatividad expresada como prohibición. Por ello, el control se plantea ahí en términos de un “no debes”. Sin embargo, la sociedad del rendimiento ya no depende de la negatividad del “no debes”, sino que se desprende de ello para estar determinada positivamente por el “poder sin límites”. Así, dice Han, “los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplaza la prohibición, el mandato y la ley” (2012, p. 27). Los resultados de los mecanismos en ambas sociedades son diferentes: mientras que por la negatividad disciplinar se generan locos y criminales, de la positividad del rendimiento surgen depresivos y fracasados.

 

II. POSITIVIDAD Y VOLUNTAD DE PRODUCCIÓN

 

El paso de una sociedad a otra se enmarca en el proceso que ya había vislumbrado Martin Heidegger en sus análisis en torno a la técnica (1954). Para el filósofo de Friburgo, la época contemporánea podía entenderse solo a partir del carácter histórico de los diversos modos de apertura del mundo. No obstante, este carácter es determinado desde el inicio de la metafísica con Platón, por la téchne (técnica o arte) como modo de apertura de la poiésis, es decir, de la producción. Así, las manifestaciones históricas de los modos de relacionarnos con las cosas en todos los ámbitos, incluido el social, estarían determinadas por la producción. En este sentido, Han hace suya la tesis heideggeriana y la usa para dar razón del paso de la sociedad del siglo XX a la del XXI: “con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el de rendimiento” (2012, p. 27). La voluntad de producción exige el incremento de la misma de modo incesante, más la negatividad pasa a ser un freno en el proceso productivo. Eso lleva entonces a descubrir que “la positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber” (2012, p. 27).

     Pudiese parecer que el paso del deber al poder es un quiebre, pero en el fondo es una continuidad. Heidegger había anticipado esto al señalar que la época técnica contemporánea lleva al extremo las posibilidades abiertas en la modernidad (1990, p. 149). En ella se muestra la negatividad en la oposición sujeto-objeto, donde la resistencia del objeto da un margen de manejabilidad al sujeto. Si la resistencia muestra negatividad e impide el avance exponencial de la productividad, entonces en la época contemporánea, como bien señala Han, se da un predominio de la positividad (2013, p. 11-ss.). A saber, ya no hay resistencia porque en el fondo los objetos y el sujeto han alcanzado su máxima posibilidad productiva en tanto que “consistencias”.1 Es decir, ya no hay oposición ni resistencia, sino una exigencia de ser “traídos a presencia” en cualquier momento. Por eso tampoco se da ya un apego a las cosas, estas son más bien desechables y sustituibles.

     El carácter ontológico de ser consistentes muestra el libre paso de la positividad. El ser capaz de todo es la guía de la producción y hace que el comportamiento humano no permita una intromisión desde alguna instancia externa. Ya no hay objetualidad ajena que me obligue, sino que ahora eso que era externo se interioriza para convertirse en presión a través del rendimiento. El problema en ello, como bien señala Han, no es un exceso de responsabilidad, sino el imperativo de rendimiento que causa ansiedad y depresión. Esta última se ha convertido en la enfermedad característica de una sociedad que “sufre bajo el exceso de positividad” (2012, p. 31). Si la negatividad obligaba de cierta forma y en su fracaso ocasionaba neurosis y locura, ahora, la positividad somete internamente y provoca depresión.

     Evidentemente este modo de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con las cosas, pasa de largo y es explicado solo en términos de cambios historiográficos. En muchas ocasiones la eficiencia productiva actual es contrastada con la nostalgia del apego a las cosas de antaño. Actualmente eso se deja ver en el resurgimiento de lo “retro”. Sin embargo, el afán de productividad positiva en la sociedad del rendimiento hace que la tecnología sea, justamente, parte de la cotidianidad, a tal grado, que se busca impedir la confrontación con alguna experiencia negativa que altere o retrase la cadena productiva. Eso puede ocurrir cuando el modo de ser del aparecer de las cosas es la presencia. En la sociedad disciplinaria se mantenía una relación presencial que marcaba el ritmo de la producción. Si no estaban las cosas o las personas, no se podían dar los procesos, ya fuese esto un documento o un trabajador. La negación de la presencia, la cual podía darse en diversas formas como son la ausencia, el estar fuera de lugar o la incapacidad, por mencionar algunas, rompía la cadena productiva con sus respectivas consecuencias. Así, la falta o la descompostura se convertían en retos para ser superados. Tal superación no se lograba en tanto éxito del ser humano, sino en tanto cambio del modo de ser de las personas y las cosas. Así, la época técnica contemporánea posee como determinación central el haber desplazado la presencia a un lugar secundario. Ahora esta ya no impulsa u obstaculiza el proceso productivo en la medida en que la producción no se deja afectar por la negatividad como modo de control presencial.

     La mera positividad de los procesos contemporáneos, al haber soterrado a la presencia como mecanismo de control, permite el libre despliegue de la producción en sus múltiples manifestaciones: producción de saber, producción de capital, producción de recursos humanos, etcétera. Es decir, se trata de otro modo de ser que domina a la presencia misma. Por eso, como indicamos previamente, ahora las cosas pueden ser “traídas a presencia”, como ordenar algo desde un catálogo vía internet, por ejemplo.

     Las cosas o los seres humanos no están ya presentes. Esa era la interpretación metafísica del mundo desde la propia historia de Occidente y especialmente en la modernidad. Mas ya anticipamos que lo que acaece en la sociedad contemporánea no significa un quiebre que anuncie la escisión más radical en la historia del ser humano mediante la técnica. Más bien, en la actualidad se llevan al extremo las posibilidades con las que inició la metafísica en tanto interpretación general del mundo.

 

III. LA POSIBILIDAD DE LA TEORÍA

 

Si nos preguntamos por una vía de salida respecto de la sociedad del rendimiento, tendríamos que abrir la posibilidad de mantener un cierto carácter de negatividad frente a la hegemonía de la positividad contemporánea. Se trataría de introducir en la consistencia una cierta negatividad que permita abrir un espacio o un quiebre en donde se dé la tematización del proceso. No obstante, a la positividad de la consistencia corresponde la imposibilidad misma de la negatividad. El contraste así entre negatividad y positividad que se atribuye a la presencia, no se daba en términos absolutos como ocurre en la productividad plena. Si ya indicamos que la positividad de los procesos técnicos contemporáneos desde sí impide toda negatividad, debemos señalar que esta se mantenía oculta en la “positividad” de la presencia. Y si la positividad de la productividad no conoce lo negativo, ¿cómo podría introducirse una dimensión negativa como posible perspectiva?

     La sociedad del rendimiento no ha llegado a su despliegue final. Nos encontramos en el tránsito a partir de una sociedad disciplinar en donde la negatividad presencial todavía desempeña un papel determinante. En tal tránsito es en donde se puede abrigar la esperanza de mantener un rasgo negativo que permita el quiebre.

     Pero tal quiebre tampoco puede insertarse como plena anarquía. Los propios mecanismos de la sociedad disciplinar evitan eso mediante dispositivos de reclusión o de represión. Así, el quiebre tendría que ser de tal modo que por un lado rompa la cadena de positividad y, por otro, permita que continúe la relación con los entes de una u otra forma. El quiebre no podría ser tampoco una huida del mundo, sino más bien un proceso que permita “ver más”. Con los griegos, con quienes surgió la autonomía del pensar, a esto se le dio el nombre de “teoría”.

     El “theorein” griego nombra un modo de ver; aquel que irrumpe en la dispersión de las actividades y opiniones heredadas para dirigir la mirada hacia el horizonte en el que se actúa y produce.2 La época contemporánea, en su transición de la negatividad oculta a la absoluta positividad de la consistencia en la técnica actual podría hallar un espacio de apertura en la teoría como salida ante la posibilidad de ser absorbidos por la positividad en su máximo nivel.

     Anteriormente indicamos que la sociedad disciplinar, al estar marcada por la presencia como guía de relación con las cosas y con los otros, expresaba su positividad como una negatividad oculta; mientras que la sociedad del rendimiento, al estar determinada por la consistencia, exige la plena positividad en todas sus dimensiones. Lo que significa que el cambio de la presencia a la consistencia se constituye a partir de que la negatividad deja de estar oculta y pasa a ser absorbida por la positividad, debido al carácter absoluto de esta.

     La negatividad oculta es lo que permitía la teoría misma. De hecho, el ejercicio del theorein consiste precisamente en la ejecución de la posibilidad del quiebre en todo acto productivo. Sin embargo, este pertenecía como posibilidad a todo quehacer humano. La sociedad del rendimiento, mediante la anulación de la negatividad, no alcanza a divisar ya la posibilidad, y mucho menos la necesidad, del theorein en tanto quiebre que “hace ver” eso en lo que estamos. Eso se refleja cotidianamente en esta transición cuando escuchamos decir que “cada vez se piensa menos”. El dominio de la positividad hace creer que la “teoría” y el pensar no son otra cosa que aquellos resultados que lanza la ciencia técnico-científica. Cualquier otra perspectiva es de entrada superflua precisamente por su carácter improductivo.

     El tránsito de la época permite todavía escuchar el lamento de los cambios. Los comentarios que leemos y oímos de forma cotidiana expresan nuestra desesperación e incapacidad para modificar el rumbo. La magnitud de la problemática no yace en cuestiones locales o parciales, sino en una transición que la tradición filosófica llamaría “ontológica”, ya que se trata de un cambio en las formas de ser tanto del mundo como del ser humano. No es pues solo un cambio de paradigma regional, sino de la “esencia” de nuestro estar-en-el-mundo que permea todas las capas de nuestras relaciones. A eso nos hemos referidos al hablar de presencia y consistencia. Lo que es, ya no está presente, sino consiste en la mayor positividad. Por ello ya no hay espacio para el ocultamiento y por ende tampoco para la verdad. La verdad, en su término original alétheia, expresaba un “estar desocultado”; es decir, se trataba de un proceso que provenía de lo oculto y se mostraba en lo abierto. Ahora la positividad de lo consistente, como decíamos, no permite la negatividad en ninguna de sus formas, entre ellas el ocultamiento. Claramente se deja ver eso en la imposibilidad de lo íntimo, como las redes sociales, por ejemplo, que impiden la intimidad como una forma de lo oculto.

     Ante esta desnudez de la positividad, la teoría como quiebre puede significar quizás el último espacio que, en esta transición inevitable hacia una sociedad del rendimiento, logre cambiar la configuración histórica en aras de hacer habitable el mundo.

 

IV. EL SENTIDO DE LA FILOSOFÍA EN LA ACTUALIDAD

 

Ahora bien, hasta el momento se ha hablado de teoría o theorein simplemente como aquel quiebre que propicia un hueco en la positividad productiva; sin embargo, la propia positividad que, como ya indicamos, tiende a ser de carácter absoluto impidiendo siquiera una alternativa a su proceso, se apropiaría del carácter negativo e irruptor de la teoría para hacer de ella simplemente un saber técnico-científico determinado por la positividad productiva. Por ello, en la propia tradición, la teoría ha tenido un ámbito de resguardo y protección cuya transmisión ha mantenido en todas las épocas la posibilidad de trascender lo que aparece.

     A ese ámbito de resguardo se le conoce como filosofía. Ante la pregunta por el sentido actual de esta se puede destacar, quizás ahora más que en otras épocas, la necesidad de resguardar la teoría.

     Pero ¿de quién es la responsabilidad de mantener viva la posibilidad del theorein? ¿Se trata de una determinación del propio ser humano, como anunció Aristóteles al inicio de su Metafísica? ¿O es más bien responsabilidad de la filosofía y de las instancias en donde se ejerce?

     Efectivamente, gran parte de la tradición filosófica occidental, de Aristóteles a Heidegger, ha enfatizado que la filosofía es una tendencia o modo de ser del ser humano; pero, como ya señalamos, la época técnica contemporánea se caracteriza por tender a una absolutización de la positividad en donde la posibilidad improductiva misma quedaría anulada. La filosofía no encaja en el esquema productivo, ni siquiera en tanto “saber”. Por ende quedaría soterrada y más bien estigmatizada como un impedimento para la producción. Eso ya lo hemos escuchado cuando se dice que “la filosofía no sirve para nada”, como si esta debiera hacerlo a las marchas que la productividad dispone.

     El sentido actual de la filosofía se concentra, pues, en lograr un espacio de apertura en el cual los procesos de producción, incluyendo al conocimiento mismo, den pie a una configuración de otro tipo. De esa forma se irá al fondo del asunto, el cual, como ya anticipamos, es más bien de carácter ontológico. Si se transforma el modo de relacionarnos con el ser de las cosas y con los otros, también se transforma la idea de ser humano y la idea de mundo. Así, las cuestiones de carácter ecológico, de violencia y deshumanización se entienden en su raíz a partir de la positividad productiva imperante en la sociedad de rendimiento. Si queremos cambiar algo, debemos entonces comenzar por defender y preservar la teoría.

 

R E F E R E N C I A S

 

Foucault M (1984). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo XXI, México D.F.

Han BC (2012). La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona.

Han BC (2013). La sociedad de la transparencia. Herder, Barcelona.

Heidegger M (1954). Die Frage nach der Technik. En Heidegger, M. Vorträge und Aufsätze (pp. 9-40). Neske, Stuttgart.

Heidegger M (1954b). Wissenschaft und Besinnung. En Heidegger, M. Vorträge und Aufsätze (pp. 41-66). Neske, Suttgart.

Heidegger M (1990). Gesamtausgabe vol. 50: Nietzsches Metaphysik/Einleitung in die Philosophie-Denken und Dichten. Klostermann, Frankfurt del Meno.

Xolocotzi A (2011). Técnica, verdad e historia del ser. En Xolocotzi, A y Godina, C (coords.) La técnica ¿orden o desmesura? (pp. 51-63). Los libros de Homero, México D.F.

 

N O T A S

 

1   Como se verá más adelante, este término busca traducir la palabra que designó Heidegger para hablar del modo de ser en el que aparecen las cosas en la época técnica contemporánea y que contrasta con los “objetos”, determinados por el modo de ser de la presencia en la modernidad.

2   El término “theorein” proviene de “thea”, cara o aspecto, y del verbo “horao”, mirar algo. “Theorein” sería pues mirar el aspecto en el que algo aparece (Cf. Heidegger, 1954b, p. 48).

 

Ángel Xolocotzi Yáñez
Facultad de Filosofía y Letras
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

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