Fotografiar en Egipto



Enrique Soto Eguibar
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© Enrique Soto. Kom Ombo, 2018.

 

© Enrique Soto. El Cairo, 2018.

 

Fascinación, esa es la palabra que mejor describe el pensamiento occidental sobre Egipto. Según la RAE, fascinación (del latín fascinatio, -ōnis) significa: 1. Engaño o alucinación. 2. Atracción irresistible. Es probable que los mayores tesoros de Egipto permanezcan ocultos al visitante. Los egipcios por un lado, y el Nilo por el otro, son dos de los grandes tesoros que muchas miradas no logran ver. El Nilo tiene una inmensidad y atractivo irresistible. Navegarlo es una experiencia de paz y reveladora.

     Fotografiar desde la cubierta de un barco que navega por el Nilo es como un traveling de tres o cuatro días. Una escenografía que lenta y suavemente se va desplegando ante nosotros. El Nilo que fluye lentamente, como la historia que uno imagina ha transcurrido alrededor del río que todo lo conecta en Egipto. Parece una verdad de Perogrullo, pero Egipto es el Nilo y si desaparece el Nilo, Egipto se esfuma.

 

© Enrique Soto. Río Nilo, 2018.

© Enrique Soto. Río Nilo, 2018.

 

 

     Me preguntaba navegando por el Nilo acerca de las relaciones de los egipcios modernos con sus antepasados. ¿Cuántos de ellos son descendientes directos de algún faraón, o de los arquitectos de las pirámides? Puede uno pensar entonces que ocasionalmente está tratando con Akenaton o cuando son autoritarios, cosa que se les da con facilidad, puede uno imaginarse cara a cara con Ramsés II, el gran constructor, en cuya tumba solo cabe la admiración atónita ante la decoración más intrincada la cual, entiendo, debe leerse como una celebración de la vida –contrario a la opinión de múltiples guías, que insisten en la muerte–. Todas las inconcebibles tumbas del Valle de los Reyes, todos los monumentos, estatuas, inscripciones, tienen finalmente un único propósito común: celebrar la vida. Es en la tumba de Ramsés II donde esto resulta más evidente. Creo que más que la historia de vida de un sujeto y su paso al otro mundo, lo que se celebra es la vida.

 

© Enrique Soto. Abu Simbel, 2018.

© Enrique Soto. Valle de los Reyes, 2018.

     Las mujeres son las grandes ausentes. Con ello, el 50 % de la población egipcia permanece, para fines prácticos, oculta al visitante. En las calles los hombres departen alegres, chacotean entre amigos, toman té, se relajan y miran al turista de manera a veces desafiante. Por su parte, las mujeres caminan siempre con prisa, la mayoría de las veces mirando al piso, cubiertas, veladas. Se las ve en los cafés y restaurantes con su familia, y en los mercados realizando compras. Poco o nada se exponen al contacto con el extranjero. Y si, por caso, las miradas se cruzan, siempre desvían rápidamente los ojos y rehúyen el contacto visual. Creo que esta situación queda representada en la foto que aparece en la página 2 de este número de Elementos, que retrata a la mujer a medias, velada y de mirada huidiza que no alcanzó a escapar del disparo de la cámara.

 

© Enrique Soto. El Cairo, 2018.

 

     Lamentablemente, el turismo masivo de nuestro mundo moderno da al traste en gran medida con el sentido mismo de los templos egipcios. Con su barullo, sandeces, infinidad de explicaciones vacuas, cuando no francamente estúpidas, el turista irrumpe en los templos, tumbas y todo tipo de construcciones desacralizando los espacios y convirtiéndoles en parte del espectáculo del gran teatro de la decadencia humana. Por otra parte, las relaciones con el visitante extranjero están todas mediadas por el dinero. El binomio dinero-necesidad, nubla toda posibilidad de acercamiento amistoso, honesto y desinteresado. Se requeriría habitar en Egipto durante meses para poder levantar el velo del dinero, para eliminar la etiquete de turista y poder entonces atisbar en la vida cotidiana de los egipcios.

 

 
© Enrique Soto. Asuán, 2018.
© Enrique Soto. El Cairo, 2018.
© Enrique Soto. Río Nilo, 2018.
© Enrique Soto. Kom Ombo, 2018.
© Enrique Soto. Edfu, 2018.

 

     En muchas de las fotos que forman la base de datos de este proyecto, la perspectiva la define la presencia de las masas de turistas. La necesidad de levantar el encuadre y hacer la toma hacia arriba, evitando el gentío. Fotografiar en Egipto es doblemente complicado sobre todo por la abundancia de personas: a donde sea que se oriente la cámara aparece un turista con pantalones azules, camisa lila y sombrero verde, que se roba la mirada; incluso puede ser que él o ella te estén retratando. Hay entonces que buscar los rincones, los horarios extremos, arribar de madruga a los sitios arqueológicos y, en algunos casos, ni así. Por fortuna, en uno de los sitios más congestionados como lo es Abu-Simbel, logré ser el primero en entrar por la mañana y detener a un grupo que presuroso se me abalanzó, para poder entonces tomar una única foto sin gente en el interior del templo (ver foto de la página 19). A pesar de estos problemas queda lo fundamental: la luz, la luminosidad extraordinaria que, fuera del Cairo, permite fotografiar en muy diversas condiciones, muchas de ellas óptimas. A este aspecto favorable se añade la bonhomía de los egipcios, a quienes poco o nada les perturba la cámara y la mirada inquisitiva del fotógrafo. Exceptuando, claro, a las mujeres, que como ya mencioné huyen presurosas escondiendo lo que haya de visible de su rostro.

     Total, sea de tal o cual forma, se encuentran siempre enormes posibilidades para fotografiar, sobre todo en las calles y mercados, donde transcurre la cotidianeidad de los egipcios modernos que viven ineludiblemente inmersos en un pasado que se hace presente en todos los rincones de sus ciudades y en sus vidas, como pretendo que testimonien las fotos que aparecen en este número de Elementos.

 

© Enrique Soto. El Cairo, 2018.

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