El racismo en las novelas mexicanas del siglo XIX



Adán Martínez Medina
Ver en el PDF

El racismo es tan actual que incluso quienes lo negaron han reconocido su existencia y buscado formas de combatirlo. Aludo a ello para subrayar la permanencia y arraigo de un modo de percibir racista, que fundamenta la identidad nacional de los mexicanos (Gómez Izquierdo y Sánchez, 2012). Se trata de un fenómeno de larga data y que, en mi investigación, he encontrado de manera manifiesta en el análisis de enunciados de las novelas mexicanas del siglo XIX. Dichos enunciados se asocian directamente a ese modo de percibir las diferencias humanas, y ha producido en México subjetividades dóciles a la autoridad y obedientes al canon de belleza occidental, con sus degradantes efectos sobre la autoestima.El racismo es tan actual que incluso quienes lo negaron han reconocido su existencia y buscado formas de combatirlo. Aludo a ello para subrayar la permanencia y arraigo de un modo de percibir racista, que fundamenta la identidad nacional de los mexicanos (Gómez Izquierdo y Sánchez, 2012). Se trata de un fenómeno de larga data y que, en mi investigación, he encontrado de manera manifiesta en el análisis de enunciados de las novelas mexicanas del siglo XIX. Dichos enunciados se asocian directamente a ese modo de percibir las diferencias humanas, y ha producido en México subjetividades dóciles a la autoridad y obedientes al canon de belleza occidental, con sus degradantes efectos sobre la autoestima. Tomando en cuenta ciertos aspectos de la metodología de Michel Foucault (1970/2010), mi objetivo es demostrar por qué esos enunciados que he descubierto en las novelas son racistas, indicando la manera en que impactan en la conformación de una subjetividad racial. Dichos enunciados se han organizado de acuerdo a tres ejes: la sexualidad, el mestizaje y la fisonomía, lo cual me permitirá enlazarlos con un concepto amplio y multidimensional del racismo (Mosse, 1978). A partir de ejemplos muy precisos intentaré mostrar la continuidad de este modo de percepción.

SEXUALIDAD


La sexualidad ha sido un ámbito privilegiado para los novelistas del siglo XIX. Sus relatos reflejan una preocupación biopolítica del Estado (Foucault, 2006) por implantarse como garante de la vida y en la regulación de matrimonios favorables, cuyo objetivo sería producir un mexicano ideal en términos de belleza y moralidad. El racismo, en esta formación histórica, se enlaza fuertemente con la sexualidad, la cual se manifiesta en el color de la piel de los personajes descritos, como se verá en el siguiente ejemplo en el que Altamirano (1869/1904) describe a dos amigas, distinguiendo entre belleza casta y belleza sensual:

Las dos rivalizaban en hermosura y encantos. La una era blanca y rubia como una inglesa. La otra morena y pálida como una española. Los ojos azules de Isabel inspiraban una afección pura y tierna. Los ojos negros de Clemencia hacían estremecer de deleite. La boca encarnada de la primera sonreía, con una sonrisa de ángel. La boca sensual de la segunda tenía la sonrisa de las huríes, sonrisa en que se adivinan el desmayo y la sed. El cuello de alabastro de la rubia se inclinaba, como el de una virgen orando. El cuello de la morena se erguía, como el de una reina. (p. 59).

     El autor busca marcar las diferencias físicas y morales de estas dos jóvenes. El hecho de que una parezca inglesa y la otra española, no descarta una percepción racial. Recordemos que el racismo surgió en Europa buscando marcar las diferencias entre los distintos grupos étnicos de esta región. A partir de la descripción que hace Altamirano se deduce que el color de la piel y la forma de los labios, así como el desarrollo del cuerpo, permitiría, visualmente, ubicar al personaje en ciertas coordenadas sexuales-raciales. Esta impresión queda explicitada un poco más adelante, cuando el autor opina que frecuentemente el aspecto exterior de una persona refleja sus características morales: 

...solo las viejas escogen primero lo útil y lo anteponen a lo bello. Las jóvenes creen que en lo bello se encierra siempre lo bueno, y a fe que muchas veces tienen razón. (p. 26)

     Otros autores se esfuerzan por mostrar que la manera de vestir permitiría situar al personaje de acuerdo a un esquema de moral sexual y racial.  De acuerdo con Riva Palacio (1868/2011) las mujeres decentes se distinguen de aquellas que no lo son, como es el caso de las mulatas, por su manera de vestir. De ahí se deduce que una mujer que viste como aquellas, es una perdida, es decir, una prostituta:

A pesar de que entonces los trajes de las señoras les cubrían generalmente hasta el cuello, doña Catalina, por hacer ostentación de sus bellas formas, llevaba un vestido escotado y casi flotante sobre los hombros, y sus mangas enteramente abiertas colgaban a los lados, dejando ver los brazos hermosamente contorneados.  [...] había adoptado aquel traje casi de fantasía, que llevaban entonces nomás las mulatas y las mujeres de costumbres perdidas. Quería estar no solo hermosa, sino seductora y provocativa, y lo había conseguido. (T. II, p. 84)

     Es evidente que para el autor la decencia y las buenas costumbres se relacionaban con la clase social y la casta a la que pertenecían. En ese sentido, las “mulatas y las mujeres de costumbres perdidas” son ubicadas en un mismo escalón de moralidad sexual, y el modo de vestir no haría más que corroborarlo. Se vislumbra el carácter multidimensional del racismo, que puede apreciarse en las asociaciones entre la manera de vestir y el recato con el aspecto físico y la calidad moral de las personas.

     Si el color más o menos oscuro de la piel genera desconfianza porque se lo ha asociado con fealdad, inmoralidad e incapacidad de dominar las pasiones, resulta comprensible que los padres buscaran, para sus hijas, jóvenes blancos y  bellos. Así se comprende el enojo de don Domingo al enterarse de que un muchacho de origen indígena se ha enamorado de su hija y la visita con frecuencia en su casa:

Al cabo de tantos años de cuidados, después de procurar infundir en la señorita sentimientos de verdadera nobleza, venimos a salir con que ¡un maquinista! ¡Un herrero! ¡Un indio en fin, venga a mi propia casa a dar que decir a los murmuradores contra la honra de un Diez de Dávila! (Pizarro Suárez, 1861, p. 20)

     El padre no consiente en lo absoluto que su hija se roce con gente morena y de ninguna manera aceptaría tenerlo como yerno. Porque ser indio significa ser pobre, inculto y físicamente desagradable.

 

MESTIZAJE

 

Desde el siglo XIX se ha enarbolado en México la bandera del mestizaje, que en términos idílicos proponía unir lo indígena con lo español, lo cual homogeneizaría a la nación y crearía al ciudadano prototípico. El mestizo recogería biológicamente lo positivo de ambos, y espiritualmente, el amor a su país que no sienten sus progenitores. Hilarión Frías y Soto  se hace eco de este principio al describir a uno de sus personajes:

La fisonomía de la joven mendiga me hizo una impresión profunda (...) Era rubia: quizás contaba en su progenie algunos de esos europeos que atraviesan nuestro suelo explotándolo, sin duda para ilustrarnos, y que alguna vez se dignan cruzar nuestra raza, acaso con el filantrópico fin de mejorarla. (p. 89)

     En torno a la idealización del mestizaje, se expresaba asimismo Vicente Riva Palacio (1868/2011) con respecto al hijo de Guatimotzin y de la española Isabel:

Aquel joven parecía pertenecer a la raza indígena pura, y sin embargo, los hombres inteligentes de aquella época descubrían que en sus venas había también sangre española, porque su pelo se rizaba y su negro bigote era algo más espeso de lo que correspondía a un indígena de sangre pura. De todos modos, aquel joven era el galán de moda de la ciudad [...] Las jóvenes estaban locas por él, y todo el mundo murmuraba por lo bajo que aquél joven era hijo del infortunado emperador Guatimotzin. (T. I, p. 176-177)

     El mestizo representaba la unión nacional en una raza que mejoraría tanto a una como a la otra. Porfirio Parra, por su parte, resalta la búsqueda del mestizaje aportando una visión ideal que busca sensibilizar a la población sobre este tema. (T. I, p. 176-177)

¡Qué hermoso contraste formaban la tez morena del estudiante y la blanquísima de Amalia, la oscura y desarreglada cabellera del uno con el cabello rubio y sencillamente peinado de la otra; el desorden y descuido de Paco con el pulcro atavío del traje y persona de Amalia! (p. 94)

     Y Eligio Ancona (1891), asimismo, abona en esta imagen idealizada de la mestiza, en la figura de Dolores, personaje principal de la novela.

Dolores era una bellísima criatura. Figúrese el lector una joven de diez y ocho primaveras con esa pequeña estatura y esa complexión delicada que parecen tan esenciales a la belleza de la mujer. El color de su semblante más claro que el que generalmente tienen las mestizas [...] su cabello, del color de sus ojos, y lustroso y suave como la seda, estaba sencillamente atado y recogido... (p. 4)

     Como vemos, en tal descripción sobresale el hecho de que Dolores tuviera la piel más clara que el resto de las mestizas, lo que podría interpretarse como un elemento que la hace ver diferente y más bonita que el resto. Esta característica también se presenta en una novela de Manuel José Othón (1895/2014), al describir a Alejandra como una joven hermosa, la más bella del pueblo: “No era trigueña oscura como la gente de su clase: caliente y moreno tono extendíase por su faz tersa y carnosa...” (p. 476). 

     Esta belleza mestiza aparece asimismo en El Zarco (Altamirano, 1901/2000). El autor describe a Pilar, como una joven hermosa: “...morena, con ese tono suave y delicado de las criollas que se alejan del tipo español sin confundirse con el indio...” (p. 111). 

     Sin embargo, en un importante número de novelas, las mestizas representan, a lo sumo, bellezas autóctonas, y esto se visibiliza en el momento en que el autor hace aparecer en la historia a otras mujeres cuya fisonomía se encuentra acorde a los estándares de belleza de la época, y que se relacionan con el arte de la Grecia Antigua (Winkelman, 1755/1959). 

     En La mestiza, ese lugar lo ocupa la esposa de Don Pablo:

...una joven bellísima, de cabello rubio, ojos a-zules y sonrosadas mejillas que contrastaban graciosamente con la blancura de su cutis (...) Dolores contemplaba con avidez estos encantos y sin duda habría corrido a postrarse a sus pies para adorarla como a un ángel, si no hubiera adivinado en la expresión de su semblante el placer con que veía y escuchaba a Pablo. (p. 207)

     Dolores se siente imposibilitada de competir con esta mujer blanca y rubia como un ángel. De ahí se deduce su desesperación y frustración, porque si bien ella, la mestiza, ha tenido un hijo con Pablo, este solo la ve como un desfogue sexual. En El Zarco, asimismo, la muchacha hermosa no es Pilar, sino Manuela: 

“...como de veinte años, blanca, con esa blancura un poco pálida de las tierras calientes, de ojos oscuros y vivaces y de boca encarnada y risueña (...). Diríase que era una aristócrata disfrazada y oculta en aquel huerto de la tierra caliente. (p. 110)

     Manuela es la representación de la belleza, aquella joven atractiva que deja a todos boquiabiertos con una simple mirada. Lo bello está determinado de antemano y nos marca de manera contundente. De ahí la frustración de algunos personajes por no verse como ellos quisieran, y el desprecio a sí mismos que ha generado a lo largo del tiempo este modo de percibir racial.

 

FISONOMÍA Y DESPRECIO DE UNO MISMO

 

Me parece que una de las consecuencias más terribles de este modo de percepción racista es el autodesprecio, producto de esta jerarquía racial que ha ubicado a la población, a partir de su supuesta raza y su color de piel, en una escala de inferioridad-superioridad.

     Quisiera mostrar cómo el mestizaje, que en términos idílicos proponía unificar la nación, forma un discurso endeble, fácil de manipular y que atenta contra lo que pretende defender. Porque, si por una parte se habla en términos idílicos sobre el buen mestizaje, por otra parte y al mismo tiempo se desprecia el color más o menos oscuro de la piel.

     En Los mariditos (1890a), por ejemplo, José Tomás de Cuéllar relata cómo algunas mujeres buscaban, con distintos productos, verse más blancas. Marianita Quijada, uno de sus personajes:

Se había limpiado con una toalla el polvo de arroz que había servido también para hacerla figurar algunos grados más alta en la escala de las epidermis, cuyos tonos varían desde el negro abisinio, hasta el blanco caucásico. (p. 43)

     Tal como se aprecia en la cita, el color de la piel determinaría la “clase social-epidérmica” a la cual pertenecería cada uno. 

     En El diablo en México (Díaz Covarrubias, 1858/2014) el autor dice de Concha:

No era hermosa sino bonita simplemente, gracias a unos lindos ojos negros, a un par de cejas graciosamente arqueadas, a una barba con un hoyito, a un cutis terso, aunque algo moreno... (p. 145)

     Y agrega a continuación:

Su tez un poco morena, estaba ahora casi blanca merced a la “toalla de Venus” que en un frasco se veía sobre el tocador confundido entre los botes de pomadas y esencias. 

     Sin embargo, estos trucos no lograban engañar a una mirada astuta. Clara, de acuerdo a la descripción que se hace de ella en Los fuereños (Cuéllar, 1890b): 

...no era precisamente una belleza [...] Su color, no obstante los afeites, tenía esa palidez amarillenta de la raza mestiza [...] Tenía los ojos muy negros y el pelo lacio y negro azabache como el de la raza indígena... (p. 154).

     La preocupación por blanquear la piel muestra, por lo tanto, la angustia que provocaba el color. El problema que plantean los autores antes citados se refiere a los complejos de inferioridad que se van creando a lo largo de la conformación de la nación mexicana.

     En la famosa novela Los bandidos de Río Frío (Payno, 1889-91/1983), hallamos otro ejemplo. Marianita, hija de un conde, se enamora de Juan Robreño, militar, hijo del encargado de la hacienda del padre de aquella. Su padre, no permitía que su hija se casara con este joven. En una carta, la muchacha le dice a su enamorado: 

...y todo porque no hemos nacido iguales. ¿Qué igualdad es esa? Yo te veo a ti, joven bien hecho, te diría hasta hermoso, con tu gran bigote y con tus patillas negras. Menos blanco que yo, es la única diferencia; pero puede ser que esto sea porque estás quemado por el sol. (p. 38)

     Marianita tiene necesidad de justificar el color más oscuro de la piel de su enamorado, y esta justificación no es para nada casual. El color se asocia a una serie de características morales, psicológicas, intelectuales y, por supuesto, de belleza. Marianita quiere creer que el color oscuro es causado por el sol, pero justo por ello no puede llamarlo “hermoso”, sino que tímidamente se atreve a decir: “te diría hasta hermoso”, y esto porque el personaje no cumple con las características del modelo de belleza racista establecido y socialmente aceptado.

     Las facciones, las formas y el color de la piel, ubican a la población en ciertas coordenadas mentales que se construyen a partir de una mirada racista. Todo ello denota no solo la belleza o la fealdad, sino también la inteligencia o, por el contrario, la incapacidad de comprensión, el dominio de las pasiones o la imposibilidad de gobernarse a uno mismo. Fijan al individuo a ciertas funciones sociales, lo atan a comportamientos que lo determinan de acuerdo a la supuesta raza a la que pertenece, tal como se observa en la novela El cuarto poder (Rabasa, 1888/2010). El personaje principal, Juan Quiñones, sale de su casa y nota que alguien lo sigue. Efectivamente iba tras de él una vecina, Jacinta, mujer morena, pasional y vulgar a los ojos del personaje: 

...me había parecido notar dos veces que una mujer me seguía. Parecía una criada por sus perfiles que, a la escasa luz del alumbrado de la calle, pude ver de lejos. (p. 174)

     La mujer, de acuerdo al personaje, parecía una criada por su color, por sus formas poco gratas y por su manera de actuar, tan desenvuelta, tan poco femenina.

    Asimismo, en la novela Chucho el ninfo (Cuéllar, 1871/2004), el autor hace decir a Pérez, un hombre con todas las características indígenas: 

...así soy yo para mis citas, porque no me dé usted persona de esas a quienes usted cita a las cinco y vienen a las 10: yo no, yo soy inglés, aunque mi color me agravia. (p. 110)

     El personaje se ve en la necesidad de aclarar que las virtudes que él ha adquirido a lo largo de su vida no son características de la raza a la que pertenece, sino que por el contrario, él sería una excepción a esta. Pérez es una muestra de los efectos autodegradantes del sujeto que ha asumido como propios los discursos que lo denigran. También lo es Fernando Henkel, el personaje de la novela El Monedero (Pizarro Suárez, 1861). Su apellido se debe a que fue adoptado por un alemán. Sin embargo, él es indígena y se enamora de Rosita, una joven proveniente de una familia acomodada y de origen español. El autor explica que dadas sus características positivas, la joven “...le perdonaba su color un tanto trigueño” (p. 12), es decir, estaba dispuesta a hacer la concesión de no prestar atención a su color, lo que no obstante causaba malestar entre los demás participantes de las reuniones familiares. Pero lo interesante de este ejemplo es el hecho de que el desprecio no viene solo de los otros. El propio Henkel, en una demostración de repulsión hacia sí mismo, le dice a la joven: “...yo no la culpo de que me desprecie; ¿es responsable acaso de que sea yo pobre, y de que el color de mi cara revele mi origen?” (p. 64). El personaje representa a un indio de excepción porque ha estudiado, se ha educado con un alemán. Es decir, el autor lo presenta como un hombre serio, responsable, moralmente correcto, y que ha encontrado en la educación una salida al dilema racial. Aun así, él no deja de percibirse como un individuo desagradable a la vista e imposibilitado de relacionarse con la población blanca de México. La consecuencia más peligrosa del racismo es el desprecio de uno mismo, de lo que uno es.

 

A MODO DE CONCLUSIÓN

 

La novela decimonónica retomó las preocupaciones propias de su formación histórica, apropiándoselas y visibilizándolas, al mismo tiempo que planteando salidas a los problemas raciales. Podemos apreciar en el análisis de los ejemplos citados que el racismo es un fenómeno multidimensional que se engancha fuertemente en la sexualidad, el mestizaje y la fisonomía. Se trata de un saber afincado en relaciones de poder, que encuentra expresión en el cuerpo de cada individuo. 

     En resumen, los saberes racistas tuvieron efectos en el cuerpo de los sujetos, en su manera de percibirse a sí mismos y a los demás. Estos saberes permitieron, por medio de la mirada, reconocer aquello que no podía ser visto. Con esto me refiero a que la belleza de una persona visibilizaría sus cualidades morales, su nivel social y su potencial peligro para la sociedad. Como consecuencia tenemos una población que se denigra a sí misma y que desprecia lo que es porque ha asumido su inferioridad. Me parece que debemos intentar hallar formas de resistencia que nos permitan trascender estos modos de ser sujetos, modos de percibir racista de los que todos somos parte, porque así hemos sido constituidos desde hace más de un siglo. Repensar, por lo tanto, una manera diferente de relacionarse, con uno mismo y con los demás.

 

REFERENCIAS


Altamirano IM (1869/1904). Clemencia. México D.F.: Librería de la Vda. de C. Bouret.
Altamirano IM (1901/2000).  El Zarco. Xalapa: Universidad Veracruzana.
Ancona E (1891). La mestiza. Mérida: Ed. José V. Castillo.
Cuéllar JT (1871/2004). Chucho el ninfo. México D. F.: Porrúa.
Cuéllar JT (1890a). Los mariditos. Barcelona: Tipo-litografía de Hermenegildo Miralles.
Cuéllar JT (1890b). Los fuereños. La Linterna Mágica, T. VII, Santander: Imprenta de El Atlántico.
Díaz Covarrubias J (1858/2014). El Diablo en México. En La novela corta mexicana. De la Independencia a la Revolución. México D. F.: Conaculta (pp. 109-169).
Foucault M (1970/2010). La arqueología del saber. México D.F.: Siglo XXI.
Foucault M (2006). Defender la Sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976), México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
Frías y Soto Hilarión (1861/2014). Vulcano. En La novela corta mexicana. De la Independencia a la Revolución. México D.F.: Conaculta (pp. 85-108).
Gómez Izquierdo J y Sánchez Díaz de Rivera ME (2012). La ideología mestizante, el guadalupanismo y sus repercusiones sociales. Una revisión crítica de la “identidad nacional”. México: Lupus Inquisidor.
Mosse GL (1978/1994). Die Geschichte des Rassismus in Europa. Geschichte Fischer, Frankfurt am Main.
Othón MJ (1895/2014). El pastor Corydón. En La novela corta mexicana. De la independencia a la Revolución. México D.F.: Conaculta (pp. 469-498).
Parra P (1900). Pacotillas. Novela mexicana. Barcelona: Tip. Salvat e hijo.
Payno M (1889-91/1983). Los bandidos de Río Frío. México D. F.: Porrúa.  
Pizarro Suárez N (1861). El monedero. México D.F.: Imprenta de Nicolás Pizarro.
Rabasa E (1888/2010). El cuarto poder y Moneda falsa. México D.F.: Porrúa.
Riva Palacio V (1868/2011). Martín Garatuza. T. I y II, México D. F.: Porrúa.
Winckelman JJ (1755/1959). Ideas sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura. En De la belleza en el arte clásico. México D.F.: UNAM (63-109).
 
Sol Tiverovsky Scheines
Facultad de Filosofía y Letras
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

Número actual

Elementos {{num_act.numero}}
{{num_act.trimestre}} / {{num_act.fecha}}
ISSN: {{num_act.issn}}