El pequeño país donde no hay nada que un hombre no le haría a otro: El Salvador entre 1980-1992



Anamaría Ashwell
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WHAT YOU HAVE HEARD IS TRUE:
A MEMOIR OF WITNESS AND RESISTANCE
FORCHÉ, CAROLYN
Penguin Press-New York, 2019
 
 
 

ASSASSINATION OF A SAINT:
THE PLOT TO MURDER ÓSCAR ROMERO AND
THE QUEST TO BRING HIS KILLERS TO JUSTICE
EISENBRANDT, MATT
University of California Press
 
 

 “…estaba escrito/que vosotros haríais la luz

entornando/con la muerte vuestros ojos…

César Vallejo


I

 

En el año 1977 Leonel Gómez Vides subió a su camioneta a sus dos pequeñas hijas, Teresa y Margarita, y durante tres días manejó los aproximadamente cuatro mil kilómetros desde San Salvador hasta San Diego, en el sur de California. Se dirigieron a la casa de una joven poeta llamada Carolyn Forché cuyo único libro de poemas Leonel Gómez había recibido de regalo de Maya, hija de su prima, la poeta centroamericana y expatriada en Mallorca, Claribel Alegría. 

     En su libro de memorias Forché describió ese encuentro y la honda amistad que se inauguraba entre ambos, dando testimonio también de las consecuencias que su acercamiento al convulsionado El Salvador entre 1978 y 1980 tuvo en su vida y poesía. Pero lo que domina en su libro es la voz entrañable del arrojado y carismático salvadoreño Leonel Gómez, que ese día llegó a su casa para extenderle una singular y excepcional invitación.   

     Leonel Gómez invitó a Forché a abandonar su apacible entorno para atestiguar en un suelo exótico todos los rostros de la pobreza y la injusticia, porque estaba convencido que solo un poeta podría escribir y describir ante la sociedad norteamericana la opresión y la explotación que en su pequeño país se mostraba enorme en la vida y en el sufrimiento de los campesinos. La represión política y militar del gobierno salvadoreño, con financiamiento norteamericano, solo avecinaba desgracias inimaginables, le explicó a Forché, mientras que los “americanos no están prestando atención”. “Somos muchos en tan poco suelo”, le dijo también y “los campesinos no tienen tierras para sembrar milpas y dar de comer a sus hijos”. “Un niño de cada cinco muere antes de los cinco años y el 80 % de las familias no tiene agua potable, electricidad ni sanitarios”. Y con un tono a la vez urgente y cargado de extraña certeza, agregó: “Vendrá la guerra en tres años o quizás a lo más en cinco años…y costará miles de vidas, quizás cientos de miles de vidas”. Ella podría entonces explicar, denunciar, testimoniar ante los norteamericanos las injusticias que hicieron inevitable esa guerra. Cuando Forché le quiso explicar que en EE. UU. los poetas son vistos como bohemios, románticos o locos y son los menos indicados para servir de expertos o publicitar denuncias de crímenes de lesa humanidad, Leonel Gómez le dijo:

“En mi país, y en el resto de América Latina, a los poetas se les toma en serio. Se les asignan puestos diplomáticos, o son asesinados, o son encarcelados, pero de una u otra forma son tomados en serio”. 

     Ese año de 1977, el del encuentro entre Forché y Leonel Gómez, hacía poco más de cinco años que mi familia había abandonado una residencia de alrededor de tres años en San Salvador. A diferencia de 1977, esos fueron tiempos de aparente paz social en El Salvador; o más bien, en palabras de Leonel Gómez, del “silencio de una miseria insoportable”.1  Entonces, mi padre, resultado de una amistad con el jesuita Ignacio Ellacuría, fue invitado a dictar una cátedra de economía en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Y yo misma iniciaba una aleccionadora y amistosa conversación con otro sabio y generoso jesuita de la UCA, el padre Ignacio Martin-Baró.2

     Al poco tiempo, en gran parte por esa relación con los jesuitas de la UCA, nuestra familia empezó a reconocer la presencia del “otro El Salvador” que las altas bardas de las casas en las colonias residenciales en San Salvador ocultaban. Ese “otro Salvador” no solo exhibía una realidad social de aguda inequidad, sino las mismas prácticas corruptas y de terror del gobierno militar que mi padre conoció en su país natal.3 El país se presentaba ante el extranjero, además, sin rubor, como el patio trasero de 14 familias (en realidad eran alrededor de cien e incluían a cafetaleros, algodoneros, azucareros, banqueros y empresarios de varios ramos afines) que dominaban la vida social, política y económica en El Salvador.

     En esos tiempos de aparente paz solo corrían rumores de que algunos se habían ido al monte y que se gestaba una resistencia guerrillera, porque la inconformidad social se mostraba más bien con el reclamo pacífico que expresaban uniones sindicales u organizaciones estudiantiles, y sobre todo, por las voces campesinas que reclamaban una reforma agraria desde las llamadas “comunidades eclesiásticas de base” organizadas por un sector de la Iglesia católica entre el empobrecido y explotado sector rural salvadoreño. No se puede comprender la guerra que Leonel Gómez vaticinaba para 1977 (y efectivamente vino), en tres años, si no se toma en cuenta lo que se llamaría el aggiornamento, la renovación y modernización de algunas de las posturas de las Iglesia católica después del Concilio Vaticano II (1962-65), que impulsaría a los jesuitas en El Salvador (y no solo en El Salvador) a lo que después se denominaría como “la opción preferencial en favor de los pobres”.

    La oligarquía salvadoreña decidía el nombramiento de obispos y arzobispos en el Salvador. Incluso Oscar Arnulfo Romero fue nombrado arzobispo en julio de 1977 mediante el beneplácito previo de los militares y “los 14”, después de valorar sus antecedentes conservadores que consideraron afines a sus intereses políticos y de clase.4 Pero los sacerdotes, que largo tiempo construían el empoderamiento de los campesinos y los desposeídos en las comunidades eclesiásticas de base, no estaban entonces en el Consejo de Obispos ni el arzobispado, sino que eran mayormente jesuitas asociados de una u otra forma con la UCA y con el liderazgo teológico de Ignacio Ellacuría. Eran tiempos generacionales esperanzados y plenos de idealismo revolucionario, además. Y la postura de Ellacuría y los jesuitas de la UCA reclamando justicia social para los desposeídos resonaba en amplios sectores sociales salvadoreños. 

     Ellacuría predicaba que con “fortaleza de espíritu podemos todos, con los pobres y oprimidos del mundo”, subvertir y revertir la historia, dirigiéndola en una “dirección diferente” hasta lograr el bien común. Demandas de salarios justos y tierras para sembrar, por un Estado de derecho, así como respeto a derechos humanos se volvieron consignas grafiteadas en los muros de la Universidad Nacional. En El Salvador la resistencia al corrupto gobierno militar que asesinaba para preservar los intereses de una pequeña oligarquía terrateniente, condenando a miles de campesinos a una pobreza extrema, se expresaban entonces más bien mediante pacíficas movilizaciones y manifestaciones callejeras.

     Pero todo eso habría de cambiar el 12 de marzo de 1977 cuando un escuadrón de la muerte se dirigió hacia Aguilares, a corta distancia al norte de San Salvador y asesinó al Padre Rutilo Grande, el pastor jesuita que presidía la parroquia en esa zona de plantaciones azucareras. El Padre Grande era la voz más reconocida y valiente que reclamaba en nombre de campesinos desposeídos una justa y urgente reforma agraria. Con él murieron acribillados un viejo y un joven acompañantes. Se salvaron milagrosamente tres niños que iban sentados en el asiento trasero del vehículo emboscado del padre, cuando se dirigía a dar misa, porque salieron corriendo y se refugiaron en El Paisnal. Ese día toda la región azucarera atestiguó lo que sería el comienzo de una cacería inmisericorde de jesuitas5 y otros religiosos y religiosas, perpetrados por escuadrones de la muerte y militares. “En el campo”, como le dijo a Leonel Gómez a Forché,

“los campesinos se ganan la vida en las cosechas de café, algodón o caña de azúcar y se movilizan de finca en finca en tiempos de cosechas…por un salario en promedio del equivalente a un dólar diario”.

     La Guardia Nacional asesinaba impunemente a aquellos señalados como “comunistas” o “subversivos” que reclamaban mejores salarios y condiciones de trabajo, como sucedió en Tres Calles en junio de 1975. Pero la noticia del asesinato del Padre Grande, la ocupación militar de su iglesia y del pueblo de Aguilares, la aprehensión, tortura y expulsión de otros tres jesuitas de su parroquia, corrió ese día como pólvora entre todas las comunidades campesinas, y ese día a todos les cayó el veinte: nadie estaba ya a salvo. En la misa del domingo del 20 de marzo de 1977 en la catedral, ante miles de salvadoreños que abarrotaron la iglesia y el atrio exterior, Monseñor Romero nombró a su amigo asesinado, Rutilio Grande, comprometiendo su vida a la defensa y denuncia de todos los perseguidos, desaparecidos y asesinados. “Aquellos que tocan uno de mis sacerdotes me tocan a mí”, dijo también, en un claro y valiente mensaje que no estaba dirigido al clero sino al gobierno.

     La urgencia que movilizó a Leonel Gómez en busca de un poeta americano en 1977 tenía que ver con que él mismo comprendió ese día del asesinato del padre Grande: que ya no quedaban caminos pacíficos para negociar con el gobierno militar una sociedad más justa en El Salvador, y que a los campesinos solo les quedaba organizarse en una resistencia armada o morir hambreados por los terratenientes o masacrados por la Guardia Nacional y los escuadrones de la muerte. 

     A Forché Leonel Gómez le explicó que la inequidad extrema que en 1932 llevó al levantamiento armado de los campesinos seguía vigente, pero también la política de exterminio que entonces el General Maximiliano Hernández y la oligarquía cafetalera llevaron a cabo en un tiempo que historiadores y salvadoreños refieren simplemente como “La matanza”. El escuadrón de la muerte del siniestro Roberto D´Aubuisson, financiado por oligarcas salvadoreños, que el 24 de marzo de 1980 asesinaría al Monseñor Romero mientras dirigía la misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia en San Salvador, portaba su nombre. 

     “Si los campesinos luchan”, le dijo Leonel a Forché, “están obligados a triunfar. Si no triunfan sufrirán otros doscientos años. Pero para triunfar tienen que derrotar a los militares salvadoreños, y si en ese combate ellos son percibidos como comunistas, los militares salvadoreños tendrán el apoyo del más poderoso ejército del mundo”. Leonel Gómez en 1977, después del asesinato del padre Grande, sabía que la guerra en El Salvador ya se había iniciado.

 

II

 

A su regreso a El Salvador Leonel Gómez se dedicó a recaudar información, ansioso y desesperado en su fuero interno, contando y acosado por el corto tiempo que quedaba después del asesinato de monseñor Romero, para la ofensiva guerrillera. Tocó puertas, se mostró visiblemente en residencias y lugares públicos frecuentados por acaudalados terratenientes cafetaleros, buscó a militares en activo y retirados, y entraba y salía de la embajada norteamericana recabando información de todas las personas a la izquierda y la derecha que serían actores, activos o pasivos, en la guerra. Esa información la trasmitía a su vez a personas de la confianza del comandante guerrillero de la facción “Resistencia Nacional” del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). “Hablaría con cualquiera…con el diablo mismo” le dijo a Forché “si creyera que significaría una diferencia”. 

      Al inicio de 1981 Leonel Gómez fungía como colaborador del director Rodolfo Viera en el Instituto para la Transformación Agraria (ISTA) y ambos se habían salvado ya de ocho atentados a sus vidas. El 3 de enero de 1981, reunido Viera con dos expertos en cuestiones laborales del Instituto para el Desarrollo del Trabajo6 en una cafetería concurrida del Hotel Sheraton de San Salvador, tres hombres trajeados y enmascarados acabaron con sus vidas. Leonel Gómez salvó la vida  porque había llegado tarde a esa cita, pero diez días después fue arrestado, aunque después de un interrogatorio fue dejado en libertad. Poco después sesenta soldados allanaron su vivienda. Leonel recibió aviso que los militares iban por él y logró escapar. Buscó y logró asiló en la embajada norteamericana y se trasladó con su familia a Washington D.C., desde donde continuó trabajando por la paz y la justicia para El Salvador.

     El libro de Matt Eisenbrandt, que narra y documenta el valiente y solidario juicio llevado a cabo por un grupo de abogados del Centro por la Justicia y Responsabilidad7 en la corte de Fresno California en 2004, es el testimonio de hombres y mujeres comprometidos con no dejar impunes crímenes de lesa humanidad como los que en El Salvador se perpetraron en contra del Monseñor Romero y los jesuitas de la UCA en 1989. Es un testimonio estremecedor, redactado cuidadosamente por juristas que no se atreven siquiera a nombrar a los oligarcas que hoy sabemos, desde Miami y sus mansiones en San Salvador, financiaron los escuadrones de la muerte. Pero es también un libro que recoge entrevistas, deposiciones y opiniones injustas que cuestionan las lealtades de Leonel Gómez en esa guerra que duró doce años y que dejó más de cien mil muertos, alrededor de ocho mil desaparecidos y cientos de miles de desplazados (hasta el día de hoy), y que Leonel ayudó a pacificar en 1992. Un comandante guerrillero de una facción del FMLN había decidido que Leonel Gómez era un agente de la CIA igual que sucedió con Roque Dalton años antes y ese rumor se propagó sin que Leonel Gómez pudiera o le conviniera desmentirlo. “Quiero que la gente no sepa quien soy”, le dijo a Forché, “y que se hagan todo tipo de conjeturas sobre mi persona. Esa es mi única protección, esa y mis trofeos por puntería. Sin estos yo ya estaría muerto hace tiempo”. 

     Los abogados del Centro por la Justicia se cuestionan todavía en 2004, en varios momentos de la investigación y el juicio contra uno de los responsables del asesinato del Monseñor Romero, sobre si podían o no confiar en Leonel Gómez y sus contactos. ¿Era un peón de los gringos o un defensor de los derechos humanos? se preguntaron. El Dr. Felix Kury, amigo y cercano colaborador de mi admirado padre Ignacio Martín-Baró, opinaba, por ejemplo, que Leonel Gómez sería un aliado “contraproducente e incluso peligroso” del Centro de Justicia. ¿Le trasmitió esa opinión de Leonel Gómez el padre Nacho? Leonel se reunía frecuentemente con el Monseñor Romero y guardaba una relación amorosa con las monjas carmelitas que se encargan de su cotidianidad. Pero él no debió sentir prudente avecinarse por la UCA durante la ofensiva guerrillera porque como cafetalero visitaba con frecuencia los pueblos rurales organizados en comunidades de base por los jesuitas.

     Tampoco debieron sentir prudente el padre Ellacuría y el padre Nacho, según se desprende del libro de Forché, mantener alguna cercanía personal con él. Para ellos Leonel Gómez debió ser un lobo solitario embarcado en su propia y peligrosa misión salvadora.

     El libro de Carolyn Forché tardó quince años en escribirse y sus memorias finalmente dilucidan quién fue ese extraordinario salvadoreño llamado Leonel. Forché en su libro, además, hace justicia a su sacrificio y compromiso con los campesinos salvadoreños, antes y durante la guerra. 

     Leonel fue un hombre complejo que le dijo a Forché que no se sentía ni “puro ni especial”, pero que fue “puro salvadoreño” y muy muy especial.  Un salvadoreño que solo un poeta podría traducirnos o solo un poeta a quien primero él le obligó atravesar un horrífico paisaje de sangre para que ella pudiera acercarnos a él.

 

NOTAS

 

1The silence of misery endured”, le dice Leonel a Forché en su impecable inglés. Ver Forché, C. What you have heard... Pág. 52. Todas las citas en este texto son a partir de mis traducciones.
2 En la madrugada del 16 de noviembre de 1989 un comando militar irrumpió en la residencia de los jesuitas en la UCA y cobardemente asesinó al padre Ignacio Ellacuría, a Ignacio Martín Baró, a Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Armando López y Joaquín López y López, así como a la señora Elba Ramos y su hija Celina de 16 años. Hasta el día de hoy la mayoría de los que dispararon, los que dieron la orden y los que financiaron sus armas no han sido castigados por ese crimen.
3 El dictador y militar paraguayo Alfredo Stroessner inició en 1954 una purga de opositores en el Partido Colorado por lo cual mi padre optó por el exilio y trasladó su familia a Washington DC en 1960.
4 El 1 de julio de 1977, mediante otra elección fraudulenta, el militar y ministro de la defensa Carlos Humberto Romero (1924-2017) asumió la presidencia en El Salvador. “Dos días después el Vaticano nombró a Oscar Arnulfo Romero arzobispo de San Salvador en sustitución del Monseñor Luis Chávez… en la decisión del nombramiento, siguiendo la tradición, el nuncio papal, el embajador del Vaticano en El Salvador, previamente consultó a alrededor de 40 miembros de la oligarquía y el gobierno…”. Ver Eisenbrandt, M. op. cit. Pag.45.
5 En junio, tres meses después del asesinato del Padre Grande, un escuadrón de la muerte denominado “Unión Guerrera Blanca” distribuyó entre sacerdotes y prensa el comunicado “Orden de Guerra no. 6”. En este se proclamaba que “Todos los jesuitas sin excepción debían abandonar por siempre el país en 30 días a partir de esta fecha… Vamos a proceder a ejecutar a todos los jesuitas que permanezcan en el país hasta aniquilarlos a todos”. Los jesuitas mediante apoyos internacionales que presionaron al gobierno rehusaron abandonar El Salvador.
6 Michael P. Hammer y Mark D. Perlman eran asesores del American Institute for Free Labor Development, organismo afiliado al AFL-CIO. La cita en la cafetería del hotel Sheraton era para avisarles que ambos, Viera y Gómez, se retiraban del ISTA y cesaban su colaboración con el gobierno de José Napoleón Duarte, frustrados por no lograr nada en cuestiones de distribución de tierras y amenazados de muerte por denunciar el robo millonario que militares hicieron de los fondos destinados a ISTA para la reforma agraria. Dos prominentes miembros de la oligarquía salvadoreña, los concuños Ricardo Sol Meza y Hans Christ, reconocidos opositores a cualquier reforma agraria, fueron inicialmente involucrados, pero el crimen fue finalmente atribuido solo a miembros de la Guardia Nacional. Ver, “The Sheraton Murder Case” en The New York Times Magazine. September 6, 1981.
7 Center for Justice and Accountability.
8 El título alude a una línea del poema The Visitor (El Visitante) de Carolyn Forché que textual dice: “...It is a small country/ There is nothing one man will not do to another.” Agradezco la colaboración de Margarita Ashwell, que no solo contribuyó a este ensayo con una investigación hemerográfica sino que en primer lugar me dio aviso del libro de Forché sobre su experiencia en El Salvador. Ella fue amiga y colaboradora de Leonel Gómez durante el tiempo de su exilio en Washington D.C.
 
Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com

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