Sobre el toro de lidia



Raúl Dorra
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Entre las ofertas del portal de la revista Elementos se encuentra el artículo de Marcelino Cereijido “El uso de animales en experimentación científica”. Aunque tal artículo tiene ya diecinueve años de haber sido publicado (en el número 36 de 1999-2000), la dirección de la revista sin duda lo consideró de suficiente actualidad como para sugerir su relectura. Y vaya que la tiene. Pero yo señalo esta fecha haciendo hincapié en los años que pasaron desde entonces para indicar que debo dialogar con la figura del autor que permanece en el texto antes que con la persona del autor de carne y hueso –un reconocido biólogo y un autor de obras de difusión científica– que está fuera del texto y que quizá ya modificó sus opiniones por el tiempo que ha pasado.

     Aclaro también que mi diálogo se centrará no sobre el tema principal –el señalado en el título y que ocupa la mayor parte del texto– sino sobre un tema complementario al que el autor recurre para hacer un contraste que dé mayor claridad a su exposición. El interés principal del artículo es mostrar los avances que se han hecho en la búsqueda de una atenuación –cuando no de una supresión– del dolor en los animales que se usan para la experimentación científica. Los motivos de esta búsqueda no son muchos pero son contundentes y se refieren básicamente al deber del hombre de no hacer sufrir a los animales por ignorancia, insensibilidad o por prácticas bárbaras. Al respecto, el autor cita un irrebatible

consejo de Jeremy Benthan quien, en 1780, tras asociar la caza con los derechos de los animales y también con la esclavitud, puntualizó que no se debe preguntar si pueden hablar o si pueden razonar, sino si pueden sufrir.

     Sensibilizados por conminaciones como estas, los científicos que necesitan sacrificar animales en sus laboratorios lo fueron haciendo con más y más cuidado, empleando anestésicos y procurando un ambiente confortable que reduzca el dolor. Su propósito es hacer sufrir lo menos posible al animal y entender el valor que este ha tenido en el desarrollo de la experimentación científica y la necesidad de cuidarlo. Porque servirse de los animales para lograr a través de ellos un conocimiento exhaustivo del organismo humano es, según el autor, un imperativo tanto científico como ético. Un imperativo científico porque no se puede avanzar sino recurriendo a la observación de los órganos de animales, y un imperativo ético porque negarse a hacerlo supone negar a muchos enfermos el alivio de sus males. Es necesario ocasionarles a los animales el menor sufrimiento posible, pero es claro también que si hay que elegir entre hacer sufrir a estos o al hombre, no queda sino elegir a los animales. Y este es un detalle de consideración cuando hay que pensar la relación entre el hombre y el animal. Se trata, como veremos, de que la confrontación con el animal siempre en algún sentido resulta insoportable para el hombre y por ello en los laboratorios se ha preferido recurrir, en lo posible, a animales con los que el hombre tiene un menor compromiso afectivo. Por esta razón, a lo largo del tiempo, “en vez de usar monos se usan perros, en vez de usar perros se usan gatos, y así hasta llegar a ratas, ratones e invertebrados”. Incluso para ciertas investigaciones se recurre al uso de cultivos celulares que no pueden sufrir. Leyendo estas cosas yo me pregunto si en el futuro las computadoras no podrán simular los órganos humanos tan completamente como para ya no recurrir a los órganos de animales. Y supongo que incluso la ciencia tendrá ya alguna respuesta para esa pregunta.

      Este avance racional y al mismo tiempo ético de la ciencia experimental en su búsqueda de mejorar las condiciones en que usa los animales en el laboratorio contrasta abruptamente, según el autor, con otras formas de relación con los animales que son resabios de culturas primitivas y de prácticas bárbaras: caza deportiva, toreo, riña de gallos, peleas de perros, cetrería, etcétera. Las culturas de las que provendrían tales prácticas se caracterizan por tener una visión circular del acontecer humano y por lo tanto se basan en la creencia de que, como los hombres “comen animales y vegetales, luego acaban por ser ingeridos por animales feroces o gusanos”. Estos animales, por su parte, “fertilizan la tierra en la que crecen plantas que a su vez alimentarán a los herbívoros, que acabarán siendo devorados por animales o personas.” Así, todo se va y todo regresa, según tales culturas, y esto incluye no solo al cuerpo sino también al espíritu, pues cuando hacen ceremonias religiosas para honrar “al oso y al gamo que cazan” o para la cosecha, “están reconociendo que esa presa y ese fruto mañana será parte de ellos mismos”. Eso por no hablar de las culturas que cultivan la creencia en la reencarnación.

      Manteniéndose lejos de la forma en que los científicos modernos tratan al animal, y al tipo de cuidados que les dedican, los actuales representantes de aquellas culturas bárbaras no les ocasionan –según nuestro autor– sino crueles sufrimientos. El artículo insiste en mostrar el contraste. Pero buscando el contraste como método, por desgracia avanza en una propuesta en mi opinión demasiado simplificadora. Según ello, la ciencia moderna aporta su luminosidad mientras las persistentes culturas primitivas –alimentadas por una oscura teología judeocristiana– promueven las pasiones más condenables. Esta propuesta resulta también confusa sobre todo cuando parece responsabilizar al pensamiento cartesiano (que separa la materia extensa –lo corpóreo– de la materia pensante –lo intelectual–) en cosas tan atroces como las peleas de perros. Pienso que el autor, atento a los puntos centrales de su argumentación, ha ido demasiado rápidamente en su desarrollo, ha metido cosas muy dispares en un mismo saco. O al menos debió explicar mejor por qué hacía eso. Me resulta difícil asociar, sin transición, a Descartes con aquellas culturas bárbaras en las que piensa el autor.

     Pero lo que me ha movilizado para redactar estas notas no es exactamente esto que acabo de decir sino algo más puntual y en lo que me he sentido personalmente aludido. Dentro del repertorio de usos de animales para prácticas bárbaras, Marcelino Cereijido selecciona la corrida de toros como blanco preferido de su violencia verbal. Los hombres que defienden la corrida de toros padecen, según él, de un “antropocentrismo oligofrénico” y muestran una “ignorancia supina” cuando no la conducta de un “imbécil”. Y, como para corroborarlo, la primera de las figuras que ilustran el artículo nos muestra al nuncio apostólico Gerónimo Prigione y al vicepresidente de Televisa Aurelio Pérez, ambos sosteniéndose la cara con su mano izquierda y mirando con toda seriedad una corrida de toros. Yo me sentí un poco incluido junto a esos dos fanáticos no por lo encumbrado de sus respectivas investiduras sino porque también he defendido la corrida de toros.

      En el año 2017, Horacio Reiba me hizo llegar el original de su libro Ofensa y defensa de la tauromaquia para que yo le diera una opinión. Se la di en una carta en la que le decía que lamentaba el hecho de que de las dos aficiones que él cultiva –el toreo y el futbol– yo solo pudiera acompañarlo en la segunda cuando, puesto a elegir, yo hubiera preferido que antes de haber sido formado para apreciar las incidencias de un partido lo hubiera sido para apreciar en sus debidos términos esa fiesta ritual que reúne la formidable belleza del toro con los coreográficos movimientos del torero. Y le manifesté también que me parecía extraño que en una cultura fundada –quiérase o no–sobre el sacrificio del hijo, hubiera gente, y aun gente comulgante que ponga, como se dice, el grito en el cielo por las corridas de toros. Los que no vamos a misa somos, de cualquier modo, cristianos cautivos. Y aquellos que van, obligadamente han de creer –porque es verdad de fe– que al comer la hostia comen el cuerpo del Cristo vivo. ¿O es que esa fe verdaderamente está de salida? El gran historiador del cristianismo Charles Guignebert –nacido en 1867– en la agonía del siglo XIX pronosticó que el siglo XX vería arder los últimos vestigios de esa religión. Tal cosa no ocurrió y pensar ahora que el siglo XXI cumplirá ese pronóstico es algo por lo que nadie apostaría, aunque no se ve cómo esa religión sobrevivirá. La tauromaquia es mucho más antigua que el cristianismo. Se remonta, dicen, a la edad de bronce. ¿La veremos desaparecer? De cualquier manera resulta extraño que sea publicitada como el torpe asesinato de un animal para júbilo de una muchedumbre de hombres zafios.

     Así va esto. Algo que merece particularmente el desprecio de Cereijido es la idea tonta o perversa de que “los toros se sienten honrados de morir peleando como guerreros”. Es claro que no se puede defender el toreo diciendo esas cosas porque es casi como reconocer que no se está en condiciones de mostrar argumentos con verdadero peso. Y sin embargo la muerte del toro, la relación del toro con la muerte tiene un sentido que poetas y pintores han sabido interpretar. Extraña que esta muerte provoque tantos escándalos y tan sospechosa militancia. Y que otras muertes de animales, silenciosas y sórdidas, a través de la publicidad puedan ostentarse como un motivo para la euforia. Una conocida cadena de pollos a la leña se llama con todo desparpajo El pollo feliz. Una broma terrible, bien mirada. ¿Pero alguien se alebresta, alguien va y baja el cartel, rompe un cristal, vocifera? “Pos naides”. Sin contar veganos. El pollo feliz tiene una carne dorada, crocante, lo suficientemente sabrosa como para que, con ella en la boca, uno olvide su triste vida y su más triste muerte. Una muerte y otra, la del toro y la del pollo, cubren funciones diferenciadas en la economía de la vida social. Ahora no iremos más allá en ese tema aunque uno podría imaginar que si los animales fueran conscientes de su vida y de su muerte un toro tendría más motivos para sentirse honrado que un pollo para sentirse feliz. Como dice el dicho, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.

     La vida y la muerte del toro son, claro está, otra cosa. Aunque uno no sea ni de lejos un experto en materia tan delicada como la crianza de toros de lidia, fácilmente puede imaginar que no serán “confinados en jaulas exageradamente estrechas” para que su carne se mantenga blanda. Por el contrario, el toro ha de tener una carne tensa, nerviosa, una carne que reaccione, súbita, al menor contacto con un cuerpo extraño. Cada toro, único, de seguro recibirá tempranamente un nombre, la crianza se orientará según sus rasgos genéticos, su temperamento, su modo de pisar el suelo o de alzar la cabeza. Será pues, como se diría ahora, una crianza “personalizada”. En la crianza del toro, imagino, cada hora tendrá su valor y cada día su afán. Aunque el diseño de la crianza valga para todos, seguramente tal diseño se reconfigurará para cada uno. Pero para todos, cada cual a su modo, se buscará lo mismo: proporción, fuerza, carácter, envergadura, estampa, paso firme, todo eso que designa la palabra “trapío”. Sin duda aquella crianza estará destinada a conseguir un animal adulto que no sea precisamente un guerrero pero sí un toro hermoso y bravo, un toro que lleve al límite al torero y que hasta lo pueda levantar entre sus cuernos; o que se defienda con tal gallardía que el público lo ovacione y el torero lo indulte. En el ruedo el toro está enfrentado con la muerte. La corrida es un rito singular pues no tiene oficiante y el riesgo de algún modo se comparte. Retador, garboso, temerario, el torero está, sin embargo, trabajado por el miedo: en un instante su cuerpo insolente puede volverse un guiñapo entre los cuernos del toro. Es la lucha del hombre con el animal, de la cultura con la naturaleza. El cuerpo del toro, formidable, frontal, resoplando ante esa capa, ante los giros y la falsa pedrería del torero. El torero es la capa y es la espada. La capa ofrece, engaña; la espada mata. Cuesta entender que esta liturgia de gestos y de símbolos pueda ser el motivo de atolondrados improperios.

 

EL HOMBRE Y EL ANIMAL

 

Lo que está en la base de estas reflexiones es lo que también está en la base del artículo que estoy comentando: la relación del hombre con el animal. Es un tema que ocupa toda la atención. El animal precede al hombre pero está en el hombre y uno carga con él. Todo induce a creer que el hombre siempre ha visto en los animales sobre los que ejerce su dominio una proyección y un reflejo de sí mismo. El animal interpela al hombre, le muestra una imagen en la que no puede terminar de reconocerse porque ignora cuánto de sí hay en ese otro, cuánto de ese otro hay en él. Dicha relación con el animal ha sido necesariamente conflictiva –“¿Yo? ¿Este animal soy yo?”– y es seguramente la responsable de aquellas pasiones oscuras y persistentes, pasiones que van desde el extremo del culto a la animalidad (el tótem) al de la demonización (el hombre-lobo, la mulánima) pasando por la identificación (nahuales) en las culturas ancestrales. Al comer la carne del animal el hombre come en cierto modo su propia carne y ese sentimiento está en el fondo de los ritos sacrificiales. Sabemos por otra parte que en las culturas antiguas el sacrificio ritual de animales reemplazó al sacrificio de seres humanos. En el libro del Génesis Yaveh, para poner a prueba a Abraham, le ordena que sacrifique a su hijo Isaac; esta orden nos indica que entre los antiguos hebreos el sacrificio humano era una práctica conocida. Pero en este caso cuando Abraham se dispone a obedecer la orden, Yaveh sustituye a Isaac por un cordero con lo cual recurre al sacrificio animal, cosa que era frecuente entre los hebreos, siempre según el Génesis. Los testimonios de estos ritos sacrificiales se repiten en diferentes culturas. En la Ciudad de México el Templo Mayor ofrece las muestras de la cultura azteca, sacrificadora de hombres. Y según la mitología griega, el rey Agamenón se internó en un bosque consagrado a la diosa Artemisa y allí, para mostrar su habilidad como cazador, mata a un ciervo. Luego se embarca rumbo a Troya con toda su flota, pero en medio del viaje Artemisa manda que el viento deje de soplar y las naves quedan varadas en Áulide hasta que el adivino Calcas, intérprete del oráculo, le revela a Agamenón que para calmar la ira de la diosa debe sacrificar a su hija Ifigenia. Este mito muestra de modo suficiente no solo la relación del sacrificio animal con el sacrificio humano sino también la relación del sacrificio con la caza. Agamenón, rey cazador, por cazar a una cierva se ve en la obligación de sacrificar a su hija. El relato inicial de este mito se prolonga en versiones que aseguran que Agamenón efectivamente sacrificó a Ifigenia y en otras que sostienen que la diosa Artemisa se apiadó de la muchacha y la reemplazó por una corza. Así, las prácticas que ahora llegan a resultar intolerables para nuestra sensibilidad están en los cimientos de nuestras tradiciones y nada ganamos con ignorar su origen y su vigencia. Aquel judío que durante una cena pascual pidió a sus discípulos que coman su carne y beban su sangre ha dado lugar a una poderosa cultura que sigue siendo la nuestra. Ofreció su carne sustituyendo así la carne del cordero que los judíos cenaban en la pascua.

      El tiempo mítico es, como sabemos, un tiempo primordial, un tiempo fuera del tiempo. Pero la cultura de Occidente ha optado por el tiempo histórico, un tiempo lineal que evoluciona hacia el futuro alejándose del pasado. En su artículo, Cereijido se refiere a un tiempo circular, lento, que correspondería a las culturas primitivas, y a un tiempo lineal, rápido, que correspondería a la cultura moderna. En la Teogonía, Hesíodo, contemporáneo de Homero, muestra que los griegos creían que la Edad de Oro se situaba en el pasado y que la historia humana es la historia de una progresiva degradación. En sentido contrario, una fuerte tradición cristiana basada en otra historia sagrada postula que el hombre, arrojado del Paraíso a causa del pecado, fue redimido por el sacrificio del Hijo. Según este otro relato, el hombre se mueve de la culpa a la salvación y por ello la historia sería progresiva. Pero seguramente ambas visiones no deben adoptarse como únicas pues en toda cultura están presentes distintas formas del tiempo, distintos tiempos aunque sea uno, por ejemplo el lineal, el que prevalezca sobre los otros. Los hombres y mujeres que en México se suben a las pirámides en actitud de recogimiento espiritual y ahí viven la experiencia de una vibración cósmica, sin duda se instalan fuera del tiempo histórico.

      De cualquier modo, el tiempo que organiza nuestra vida en común como seres sociales es el tiempo del calendario, o sea, el que el gran lingüista francés Émile Benveniste ha llamado el “tiempo crónico”, para diferenciarlo del “tiempo lingüístico” que a él le interesaba estudiar. El calendario está atado a la revolución de los astros. Nuestro calendario es solar, y un año es el tiempo que tarda la Tierra para dar una vuelta completa alrededor del Sol. El año calendario se inicia en el solsticio de invierno y toda esa organización que es dependiente del movimiento del Sol y de la rotación de la Tierra supone que más bien el tiempo en el que fechamos los eventos es, precisamente, circular. Las horas, los días y los meses, la luz y la sombra se desplazan y retornan. El avance lineal, medible se hace en el interior de estas circularidades. Tiempo histórico versus tiempo mítico. El avance lineal está regulado por la cultura y la circularidad por la naturaleza. Un día trae acontecimientos diferentes del día anterior, pero ambos equivalen a una rotación completa de la tierra. Por ello las culturas para las cuales el tiempo es predominantemente circular se atienen a las leyes de la naturaleza y aquellas que optan por instalarse predominantemente en lo lineal del tiempo crónico se atienen más bien a la cultura. Las culturas ancestrales, más o menos indiferentes al progreso, organizaban su vida en común de acuerdo a la circularidad de los ciclos naturales. Pero una y otra forma del tiempo están presentes en ambas. A lo largo del año se suceden las estaciones que son fenómenos naturales, pero hay otros eventos periódicos que reúnen lo natural y lo cultural como las ferias y las temporadas. Las ferias y las temporadas, por su parte, no son acontecimientos universales como las estaciones, sino regionales y tienen características diversas en cada región. La temporada del carnaval, por ejemplo –que es una celebración pagana–, modifica sus características en cada región dependiendo por un lado del clima y por otro de factores culturales como el culto a la Pachamama o las guerras de independencia.

      Estas celebraciones de temporada, cuando tienen un carácter religioso, suelen incorporar o evocar otro tiempo en su interior: el tiempo sagrado. La pasión de un dios o un semidiós, el martirio de un santo o de una virgen ocurrieron en ese tiempo que se recupera. También se recupera la lucha mitológica del hombre con el animal. Las corridas de toros son celebraciones de temporada, celebraciones asociadas a festividades religiosas y contagiadas de ese mismo impulso por recuperar el tiempo mítico o sagrado. No creo que alguien que haya asistido a una corrida de toros haya dejado de sentir esa vertiginosa experiencia, esa súbita descarga de la adrenalina que se produce cuando el toro sale al ruedo. Ese adviento. El toro sale de la oscuridad, tremendo, enceguecido, y todo se suspende: ha ocurrido lo que se esperaba y lo que se temía, lo que siempre desborda. Ese súbito acontecer nos instala en el tiempo sagrado, o en lo que debió de haber sido el tiempo sagrado.

      Las corridas de toros están señaladas en el calendario como eventos de temporada. Y las temporadas taurinas se organizan con apego a fechas celebratorias como el día de un santo o una fecha conmemorativa de algún acontecimiento patriótico. Así, mientras el uso de animales en los laboratorios se dispone en el tiempo lineal, un tiempo acelerado donde el acontecimiento de hoy deja atrás para siempre al de ayer, el uso de animales en el ruedo se dispone en el tiempo circular, un tiempo retardado donde el acontecimiento de hoy restaura el acontecimiento de ayer, pero en lo posible lo mejora, lo reproduce y lo corrige aunque también lo desgasta. Un uso y otro se sitúan fuera de la cotidianidad: el primero despegándose hacia adelante, sugiriendo que lo mejor todavía no ocurrió; el segundo mirando hacia otro lugar, sugiriendo que todo –la epifanía del dios o la piedad del santo, la hazaña del héroe– ya ha ocurrido y que lo que ahora hacemos es recuperarlo o tratar de recuperarlo.

      Digamos entonces, parafraseando al dicho popular: un tiempo es un tiempo y otro tiempo es otro tiempo. Algo parecido ocurre con el espacio, lo que queda adentro, lo que permanece afuera. No quisiera fastidiar al lector formulando consideraciones sobre el espacio que alarguen este texto, pero no podría dejar de hacer, al menos, estas preguntas: ¿cuál es el espacio del toro de lidia? ¿Cuál el de los animales de laboratorio? Entre los animales de adentro, los que viven en la casa (el perro, el gato) y los que se mueven afuera, en la indómita pradera donde viven las fieras, el toro de lidia ocupa un lugar intermedio: no es un animal doméstico pero no podría decirse de él que es un animal salvaje. Sus fuerzas, su belicosidad, su capacidad homicida están evaluadas y hasta cierto punto programadas por sus criadores. Un toro bravo no es un toro salvaje, es un toro bien criado. El espacio propio del toro es el ruedo, un espacio que lo contiene pero no lo limita. Por el contrario: un toro bravo es la amenaza de una quiebra del límite, es un desborde latente. El torero no domestica al toro ni se propone hacerlo. Solo trata de motivarlo para que acepte al ruedo, que lo acepte como su espacio propio; el torero lo lleva hacia él, hacia el centro. La capa del torero lo atrae, lo molesta, lo perturba: la tiene ante sus ojos, la tiene a sus costados, va contra ella y se equivoca, vuelve a mirarla, embiste una vez más. Por momentos el torero está casi detenido ante sus ojos, dando cortos pasitos; una mano estirada, inmóvil, deteniendo la capa, y la otra posada en su cintura. Es un momento extraño donde el torero se demora concentrado y el público suele expresar su admiración con gritos o con aplausos.

      El ruedo es circular pero móvil, incesante. Un espacio de lucimientos pero sobre todo de lucha. Sin el toro, ese ruedo sería un espacio yermo, de seguro, una espera impotente. Embistiendo, el toro lo habita, le da su sentido, lo convierte en una catedral. La misión del torero es, mediante su danza arriesgada, precisa y al cabo trágica, llevarlo al lugar y al momento en que, extenuado, dueño por fin del territorio que le estaba destinado, sea un cuerpo propicio para el lance de la espada. Y aquí, como tantas otras veces, ocurre la paradoja: el toro se apropia plenamente de su espacio cuando muere. Si durante la lidia el toro mata al torero se produce una deslimitación: es que el ruedo no lo contuvo. Si el toro recibe el indulto deja de ser un toro bravo. Ovacionado, indultado, el toro pasa a convertirse, ahora sí, en un animal doméstico. Unos hombres se lo llevarán como si se tratara de un cuerpo manso.

      Imaginando cómo se aleja el toro del ruedo, me pregunto cómo ha llegado a él. Más de una vez me he preguntado cómo es que llega el toro desde su lugar de crianza hasta su lugar de lidia; hasta la plaza de toros. Debido a que no tengo respuestas inmediatas porque no frecuento los lugares en que se mueven los aficionados al toreo, solo me queda seguir imaginando. Imagino que el traslado de un lugar a otro se hará con estricta planeación: duración del viaje, administración de la dieta, vigilancia médica. Se hará en un vehículo que se zangolotee poco, en lo posible nada, en un vehículo sereno y sobre todo que proteja a su huésped de la luz solar. El toro viajará entre desorientado y malhumorado, viajará bajo protesta. Don Luis de Góngora y Argote, brillante poeta del barroco español y modestísimo clérigo a quien las autoridades eclesiásticas solían reprender porque más que la misa parecían gustarle las corridas de toros, describió de esta manera el momento en que los halcones de caza eran trasladados de un lugar a otro con los ojos cubiertos por una capucha:

Quejándose venían sobre el guante
los raudos torbellinos de Noruega

     Esto es: obligados a aquietarse, los buenos halcones (los adquiridos en ese país célebre por sus aves de caza) protestaban en la oscuridad aferrados al guante en el que el príncipe lo llevaba al patio del castillo, donde por fin le quitaría la capucha. No sé si Góngora habrá pensado también en el toro al hacer esta descripción. Pero yo sí. Yo me lo he imaginado al toro en ese traslado quejándose y pateando como si llevara tapados los ojos con una capucha. Me lo he imaginado en la espera impaciente de ese momento amplio y abierto en que podrá correr con furia, con espuma en la boca, ese decisivo momento en que vuelve a ser un toro de bravura salvaje, o por primera vez un toro de bravura salvaje, un toro natural que embiste y embiste, que mata o muere.

      Se me dirá que idealizo la corrida de toros porque no soy un aficionado a los toros, no soy una de esas personas que ven la corrida desde la tribuna. Justamente, digo yo a mi vez; se trata de ir en busca de la idea –en el sentido platónico– que estructura en lo profundo la corrida; se trata de observar el modelo que cada evento taurino actualiza. Tal vez para ello alguna ventaja tiene el que observa las cosas desde cierta distancia. Yo creo que estamos hablando de la lucha del hombre con el animal, de ese conflicto constitutivo, estructural, pues el hombre no parece ser otra cosa sino una transición, un espacio en el que convergen sin redención fuerzas opuestas. Creo que es la lucha cuerpo a cuerpo contra el animal que está frente a uno, soberbio y fuerte y amenazante. Así como es la lucha del hombre con el animal que siempre carga, el que lo angustia. “Tengo un miedo terrible de ser un animal” decía el gran poeta peruano César Vallejo. Es que, por ser el animal, por serlo, el toro es terriblemente real, no el torero. ¿Es de algún modo la lucha de la inteligencia oblicua contra la pasión espesa? Pero en la lucha contra el animal que se escenifica a pleno sol es el hombre el que mata casi siempre: un dato a tener en cuenta. Es el hombre el que está destinado a matar. Y el toro el que resucita cada vez que sale al ruedo.

 

EL TORERO Y EL TORO

 

En el largo y desolado poema de Óscar Wilde que se titula Balada de la cárcel de Reading, hay una sentencia que regresa como duro estribillo: “Los hombres matan lo que aman” (All men kill the thing they love). ¿Ama el torero al toro que quiere matar? El torero trata de burlar al toro, hace alarde de superioridad, lo desafía, se acerca despacio hasta unos centímetros de sus cuernos, aleja la capa de su propio cuerpo y se queda mirándolo, tenso, altanero, como obligando al toro a bajar la cabeza. Luego vuelve a mirarlo, se acerca ahora un poco más y golpea su testuz con la palma de la mano, gira hacia el público, da su espalda a ese gran animal y saluda, ampuloso, exhibiendo su montera mientras se inclina fingiendo una modestia cortesana. El torero hace figura. Se comporta como un bailarín que ha modelado su cuerpo en la gimnasia y puede ofrecerlo así, no ya como un cuerpo sino como una figura, una pura obra de arte. El cuerpo ha desaparecido en ese traje y en esos movimientos ambiguos, turbadores, que al cabo muestran formas, solo forma, trazos tensos, redondeces, nada más que figura. El torero es un narcisista versátil, teatral: ¿podemos decir que ama al toro? Su relación con él es compleja. El torero existe por el toro, nada sería sin ese animal formidablemente real al que aparenta humillar con sus pases por la razón de que tiene que matarlo cuidadosamente; pero su vida entera sin el toro sería un gran vacío, ha vivido, se ha sacrificado por este único momento, por este semidiós que la suerte ha puesto ante él. La relación del torero con el toro –arte y naturaleza– es única, no puede compararse con ningún tipo de confrontaciones, salvo las que leemos en los tratados sobre mitología: Teseo y el minotauro, el rapto de la ninfa Europa. Por eso el espectáculo que dan es también único. ¿Puede decirse que el público que grita en este espectáculo está ganado por el morbo? ¿Puede decirse que acude a esas fiestas solo para ver una muerte, esa muerte, que esa muerte lo excita, que la visión de un toro cayendo con la espada clavada, un toro cayendo hasta ser un amasijo de carne y de sangre moviliza en él un erotismo salvaje? ¿Estamos hablando de una multitud de sádicos?

      Veamos. Prácticamente todas las culturas tuvieron como práctica las ejecuciones públicas de animales, pero sobre todo de hombres. Podemos pensar en lo atroz de esas ejecuciones cruentas y en sus devastadoras consecuencias psicológicas entre los egipcios o entre los incas. O en las tumultuosas crueldades del circo romano. O, en otro extremo, podemos pensar en un pasaje de las Memorias de Giacomo Casanova donde este autor cuenta cómo la dama a la que acompañaba a ver una ejecución en la plaza, ambos cómodamente sentados y rodeados de un público ruidoso, tuvo un orgasmo secreto bajo sus finas faldas. ¿Es el toreo una ejecución pública? ¿Va el público a ver una matanza de toros en el ruedo para participar de un orgasmo colectivo? ¿Va a exigirle al torero que liquide al toro o a exigirle al toro que se lleve entre sus cuernos al torero? ¿Puede decirse siquiera que el toreo es un espectáculo violento?

      Todo me hace suponer que no. El público, aun los menos entendidos, supongo, quieren un espectáculo verdadero, suerte tras suerte, una lidia tensa pero virtuosa, un torero valiente y leal, un toro bien hecho, un toro bravo. El público aplaude al torero por su habilidad y precisión y lo aprecia cuando sabe sacarle al toro sus cualidades más nobles. La muerte del toro es algo que el torero debe alcanzar y merecer con su faena. El torero, su arte, su valor, su finura y su resistencia mental están puestos a prueba bajo el sol. El toreo es una fiesta en el sentido que Octavio Paz ha seleccionado para este término: un juego con la vida y con la muerte, una alegría trágica. Teniendo en cuenta este sentido, y volviendo al poema de Óscar Wilde, tal vez pueda decirse que, al matar al toro, el torero ha matado aquello que ama.

      El toro es ese oscuro deseo que sin pausa lo ha traído hasta este momento en que la corrida pone en escena a su modo, único, el eterno relato del amor y la muerte. El torero sostiene un coqueteo con el toro, un juego peligroso, lo provoca, lo burla, pone su cuerpo para que el toro embista pero sobre todo para que se equivoque. El torero no está ahí donde el toro lo busca; el cuerno perfora el aire pues el torero le ha hurtado su cuerpo con el movimiento ágil y preciso de un bailarín; le ha negado su cuerpo vestido de luces. Es una danza que bordea la tragedia. De equívoco en equívoco el torero va encaminando al toro hasta el momento en que, ya sin recursos para embestir, aquella bestia fatigada, inerme, se quede mirándolo. Mirando, nos hace recordar los tres últimos versos de un soneto de Miguel Hernández:

Como el toro te sigo y te persigo
y dejas mi deseo en una espada
como el toro burlado, como el toro

     Aun muerto, el toro es el centro y el origen de esa fiesta ritual. De esa fiesta que empezó en el instante en que el toro apareció furioso en el ruedo y la gente sintió la descarga. El toro abre el tiempo ritual con su aparición y con su muerte lo cierra. A mí siempre me ha llamado la atención que en referencia a estos espectáculos se hable más del toro que del torero. En la carta que le escribí a mi amigo Horacio Reiba –y que él finalmente puso como prólogo de su libro–, le recordaba ese romance de García Lorca que describe a un gitano que “con una vara de mimbre / va a Sevilla a ver los toros”. No va el gitano a ver a los toreros sino a los toros. He leído novelas que describen la fascinación que producen los encierros de toros, los muchachos ansiosos que se llegan a esos encierros en la noche para ver cómo duermen los toros, para oír cómo braman o respiran. Antes de conocer México y de sentirme próximo a las corridas, mucho antes, he oído cantar el Romance del toro y la luna. He sabido de la relación íntima y fecunda de Picasso con los toros. Los toros en el arte. Hay que reconocer que los toros le han dado gloria a la cultura española y también a la mexicana, así como a la de otras naciones que nos son próximas. Quien no lo reconozca, quien haga de las corridas de toros un triste espectáculo donde se mata animales sin razón y con saña para júbilo de gente zafia, es que no quiere ver o no sabe ver, o que ve con mala leche.

 

CONTRIBUYENDO A UNA REFLEXIÓN

 

Desde luego, el toro sufre, y aun con todo el respeto que se le dedica no deja de ser una víctima; así como el hombre carga con el animal, nosotros hemos de cargar con el sufrimiento de este animal sufriente. Con sus pases y su coqueteo el torero representa el oscuro temor, el oscuro deseo humano de matar al animal, de despojarse de él. El hombre y el animal implicados en una trágica relación de amor y de muerte. Hay que pensar en eso y en el sufrimiento. Quizá necesitamos que sufra, que sea una víctima para respetarlo y valorarlo. Podríamos alegar que el toro en el ruedo no sufre más –o que sufre incluso menos– que el ganado bovino en los rastros bajo el cuchillo del matarife. Pero no, recurrir a la comparación como quien busca una salida es un gesto débil, innoble. Tal vez habría que reconocer que esa escena que nos muestra la profundidad del animal –del que está ahí y nos mira y del que somos– resulta ya demasiado insoportable para nosotros, ahora. Ahora que se expande y hasta tiende a generalizarse el tema del sufrimiento de los animales habría que reflexionar sobre el sufrimiento de los toros de lidia.

      Yo creo que el del toro es otro sufrimiento. Creo también que lo que ha cambiado es nuestra sensibilidad y eso nos hace leer los mensajes de otra manera o nos hace dejar de leerlos. El papa Francisco ha explicado hace poco que él no permite que le besen el anillo para evitar la acumulación de saliva y evitarle así a los feligreses el peligro de un contagio. Por otra parte se puede visitar en la Capilla de la Ciudad del Vaticano una estatua en bronce de San Pedro, famosa porque uno de sus pies está deformado –es una especie de muñón– a causa de la saliva de los feligreses que, día tras día, año tras año, siglo tras siglo, hacen fila para besarlo. La estatua es del siglo XIII. Mucha es la saliva que se mezcla en ese pie, seguramente mucha más que la que podría formarse en el anillo de Francisco a lo largo de todo su papado y sin embargo San Pedro, fundador de la Iglesia, sigue imperturbable ofreciendo su muñón a tanto labio piadoso, a tanta fe de la de antes. El gesto de Francisco, o la explicación que dio tal vez por humildad, parecen sugerir una fe ligera, alivianada, actualizada. Los feligreses besadores que en nuestros días van de un papa a otro, del muñón al anillo o del anillo al muñón, se mueven a la vez en el tiempo circular y en el tiempo lineal. Cada vez que besan el promiscuo muñón aseguran la recurrencia de un gesto ancestral, confirman una fe de piedra como ordena San Pietro, y cada vez que amagan besar el higiénico anillo de Francisco toman consciencia de que vivimos otras épocas y que la fe no tiene por qué arriesgarnos a contraer enfermedades difíciles u obligarnos a mezclar nuestra saliva con la de otra gente que ni siquiera sabemos a qué siglo pertenecen. Igual que los feligreses besadores, las corridas de toros transitan entre un tiempo y otro.

      Vivimos un cambio en muchas cosas y entre ellas en la sensibilidad con que nos relacionamos con los animales, sobre todo en los espacios urbanos. Las mascotas han pasado a ser, en muchos casos, una parte de la familia y hasta un elemento de unión o de conflicto entre sus miembros. Las sociedades protectoras de animales son cada vez más fuertes y numerosas. En Buenos Aires, en 2014, un juez concedió un habeas corpus gestionado por una de estas sociedades a favor de una orangutana mantenida en un zoológico en condiciones insalubres. El juez asignó a la orangutana el estatuto de “sujeto no humano” y ordenó llevarla a otro espacio con garantías para su bienestar.1

      Dicha decisión obliga a replantear nuestra relación con el animal; a preguntarnos: ¿qué es un animal? ¿Qué derechos tenemos sobre él? En estas circunstancias no es extraño oír protestas por la muerte de toros en el ruedo. Desgraciadamente, en muchos casos tales protestas están hechas siguiendo una especie de rutina: la misma gente que protesta aquí y allá, hoy por una cosa y mañana por otra o por todas a la vez como si todo fuera lo mismo: peleas entre animales, cacerías, animales expuestos en ferias o en circos, corridas de toros. Por ese camino se va a protestar también contra el sacrificio de cabritos o de pavos para ser comidos en la cena del Nacimiento donde se ejecuta el modesto ritual de las doce uvas que se llevan a la boca con las doce campanadas del reloj. Pero no. Las corridas de toro son otra cosa; tienen otra naturaleza y acontecen en otro tiempo, se asocian a otros eventos. Son, además de una lección sobre nuestra propia naturaleza más profunda, un singular ingrediente en el patrimonio cultural de una nación. En esta rutina de la protesta, el que la hace deja de ver la profundidad y se queda mirando una superficie donde los eventos se confunden y desnaturalizan. Se trata en muchos casos de una miopía autoimpuesta semejante a la de los que tan aparatosa y tan ciegamente se oponen a una legislación para la práctica del aborto.

      Yo creo que estas cosas van a ser decididas según el estado de la sensibilidad colectiva, según sus complejas transformaciones que a la larga obedecen a razones profundas a pesar de sus modas y caprichos de corta duración. La sensibilidad es el resultado de las emociones, las pasiones, los modos de ver y los modos de evaluar de un colectivo. Sensibilidad para lo que se transforma y también para lo que retorna. Además, como dije al comienzo de este artículo, la confrontación con el animal, con un ser que tiene ojos y puede mirarnos, siempre nos resultará en alguna medida insoportable y eso hay que asumirlo. Ubicadas entre el muñón de San Pedro y el anillo de Francisco, dentro de los procesos evolutivos las corridas de toros se mueven según su propio ritmo. Las temporadas regresan pero también se van gastando con el uso. Recordemos que en los eventos ligados a la temporalidad lo que se transforma lo hace a través de sucesivos retornos. Si miramos con más calma, creo, estas cosas se irán viendo. Mientras tanto, me parece que sería preferible un poco más de atención y un poco más de madurez para juzgar cosas tan serias.

 

NOTAS

 

1 En el número 103 de Elementos he publicado un artículo sobre este tema con el nombre: “Alteridad y projimidad”.
 
Raúl Dorra
Programa de Semiótica y Estudios de la Significación
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
rauldorra@yahoo.com.mx

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