Demografía: una ciencia para contarnos
Guadalupe Fabiola Pérez Baleón
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COMPOSICIÓN DEMOGRÁFICA DE LA POBLACIÓN MEXICANA
¿Te has preguntado alguna vez cuántas personas han habitado el planeta Tierra desde que el primer hombre y la primera mujer existieron hasta nuestros días?, o cuestiones como ¿es cierto que a cada hombre le corresponden siete mujeres?, o ¿qué es más probable que nazca: un niño o una niña? Estas y otras cuestiones pueden ser contestadas por la demografía.
La demografía es un área interdisciplinaria de las ciencias sociales encargada, entre muchas otras cosas, de contabilizar a la población, determinar sus entradas, es decir cuántos nacimientos o cuántas inmigraciones se registran en un periodo de tiempo y en un lugar determinado, así como sus salidas, esto es cuántas personas fallecen o emigran de ese lugar, Además de proponer explicaciones del porqué de estos aspectos, que si bien son demográficos, tienen un gran impacto en la vida social.
Para lograrlo, la demografía recurre a diferentes fuentes de información, entre las que destacan los censos. En México, estos son aplicados cada diez años por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y permiten conocer el número de personas que hay en el país, determinar cuántos hombres y cuántas mujeres hay, así como su edad, a lo cual en conjunto se le nombra la estructura por edad y sexo. Esta información comúnmente es presentada en una gráfica llamada pirámide poblacional.

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Figura 1. Estructura por edad y sexo de la población mexicana en 1970 (Fuente: elaborada con base en el IX Censo General de Población), 2005 (Fuente: elaborada con base en el Conteo de Población y Vivienda), 2020 (Fuente: elaborada con base en el U.S. Bureau, Population Division). Con esta información, la cual no es la única que se recolecta, pero sí es una de las más importantes, puede saberse cuánta población hay en cada estado y municipio del país y tener un estimado de cuántas escuelas y hospitales deben ser creados o mantenidos. Permite, además, determinar cuánto gasto público debe ser destinado a rubros de desarrollo social y cuántos empleos deben ser generados para mantener a una población que, a diferencia del pasado, actualmente se encuentra mayormente en edades productivas. Y es que anteriormente México era un país eminentemente joven, como se aprecia en la primera pirámide poblacional del año 1970 (Figura 1); en ella se observa que la base de la gráfica, la cual se refiere a las personas que se encontraban entre los 0 y los 14 años de edad, incluía a los grupos de la población más numerosos de aquel entonces, en tanto que la punta de la pirámide, donde se encontraban las personas de 65 años y más de edad, era muy angosta, lo que significa que habían muy pocas personas que llegaban a vivir más allá de estas edades. Sin embargo, para el año 2005 la pirámide poblacional ya había cambiado notablemente a causa de la disminución de la mortalidad, pero sobre todo debido a que las personas comenzaron a tener cada vez menos hijos al implementarse el uso intensivo de los métodos anticonceptivos, por lo que desde los años setenta las familias fueron cada vez más pequeñas. Así por ejemplo, para 1974 la tasa global de fecundidad (TGF), que es el promedio de niños que nacerían vivos durante la vida de una mujer en el caso de que todos sus años de reproducción transcurrieran conforme a las tasas de fecundidad por edad de un año determinado,9 era de 6.1 hijos, en tanto que para el año 2000 esta cifra se situó en los 2.5 hijos.1,6 Como consecuencia, hoy tenemos un menor número de hermanos de los que solían tener nuestros padres y abuelos. De igual forma, ha aumentado la esperanza de vida. Es decir, cada vez es mayor el número de años que las personas pueden esperar llegar a vivir, lo que ha permitido que en la actualidad exista en las familias la posibilidad de conocer y convivir con varias generaciones, como pueden ser los abuelos, hijos, nietos y bisnietos. Este tipo de cambios ha impactado tanto la estructura familiar como la social. En la figura 1 se muestra también la estructura por edad de la población para el año 2005; en ella puede apreciarse que si bien la población infantil y juvenil continuó creciendo, no lo hizo en la misma magnitud en que lo había venido haciendo en décadas pasadas.Por el contrario sí aumentó el número de personas en edades activas, entre los 15 y los 29 años. Lo que ha significado, entre otros aspectos, una mayor demanda en la creación de escuelas del nivel medio superior y superior, así como de empleos y de viviendas para esta población. Asimismo, el número de personas de 65 años y más creció considerablemente como consecuencia de la disminución en la mortalidad a todas las edades y, por ende, del aumento de la esperanza de vida, de ahí que, en conjunto, la pirámide sea mayor en las edades productivas, es decir entre los 15 y los 64 años. Cierto es que conforme las predicciones se hacen a muy largo tiempo, se está en posibilidad de tener una estimación menos certera. Aun así, este tipo de ejercicios nos dejan saber cuántos seremos en un futuro cercano, hablando de 10, 20, o hasta 50 años y, por tanto, a los gobiernos y a la sociedad les permite tomar medidas para planear los servicios y los gastos que se necesitarán según sean las edades en las que mayormente estará concentrada la población. Por ejemplo, el Consejo Nacional de Población (CONAPO)5 estima que para el 2020 seremos 122, 106 672 mexicanos, siendo el 49.5% hombres y el 50.5% mujeres, ubicados en su gran mayoría en las edades productivas. Situación que puede ser visualizada en la gráfica de la figura 1. Sin embargo, actualmente este indicador ha disminuido notablemente. A esta situación se le ha denominado “ventana demográfica” o “ventana de oportunidades”, ya que bien aprovechada se podría lograr que el país creciera económicamente al promover el ahorro de los trabajadores al no tener estos que mantener un gran número de personas, tal como ha sucedido en los países asiáticos. Aunque, en la realidad el riesgo que se corre es que esta situación pudiera pasar de ser una ventana a una pesadilla demográfica, caracterizada por la crisis e inestabilidad financiera, que no ha permitido la generación de nuevos empleos que den abasto en la actualidad al cuantioso contingente de jóvenes de todas las edades que día con día requieren incorporarse al mercado de trabajo. Y en el futuro esa situación empeorará más, ya que si durante la juventud y la adultez no se cuenta con un trabajo, o si este es precario o mal pagado, las personas no estarán en posibilidad de ahorrar para su vejez y por tanto el destino que enfrentarán será muy difícil, ya que una proporción considerable de personas llegará a la tercera edad sin contar con pensiones ni seguro médico y demandará servicios de seguridad social para ellos, a la vez que tendrán menos hijos que puedan estar en posibilidad de hacerse cargo de ellos y de afrontar sus gastos. Para el caso de las mujeres esta situación será aún más problemática, debido a que por cuestiones sociales, familiares y de género no siempre realizan trabajo fuera de casa durante su vida adulta, y sí en cambio se quedan en casa efectuando las labores domésticas, lo cual no les permite contar con una pensión, ya que para ello requerirían haber estado insertas en un trabajo estable por una cantidad considerable de años. Aunado a ello, en todas las poblaciones del mundo las mujeres tienden a vivir más años que los varones. En México, la esperanza de vida al nacimiento para el año 2010 fue de 77.8 para las mujeres y de 73.1 años para los hombres, con una esperanza para el total de la población de 75.4 años.4 Por tanto, ellas llegan en mayor medida a la tercera edad. De ahí que se diga que la vejez es pobre y tiene rostro de mujer. Esta situación se presenta en cualquier población humana del mundo y es medida a través del índice de masculinidad, mismo que indica el número de varones que nacen por cada cien mujeres. Para México este indicador ha variado en el tiempo entre los 102 y los 104 niños por cada 100 niñas.5 Sin embargo, los varones a cualquier edad están más expuestos a fallecer que las mujeres. Durante la adolescencia y juventud esta probabilidad es especialmente fuerte por causas atribuibles a accidentes automovilísticos asociados a la velocidad y manejo en estado de ebriedad, así como a las riñas callejeras con armas blancas o de fuego. Esta situación tiene su referente en la concepción de la masculinidad, es decir en lo que la sociedad juzga como atributos propios de lo que debe ser y hacer un varón, al cual se le permite una mayor libertad para salir de noche, manejar y beber alcohol. Así también, se le alienta a defender su hombría cuando esta es cuestionada, lo que lleva a que, en conjunto, se generen muchas más situaciones de riesgo para ellos, las cuales cada año cobran la vida de cientos de jóvenes. A esta situación se añade el tema de la migración, sobre todo internacional, principalmente dirigida hacia Estados Unidos, ya que tradicionalmente esta ha sido realizada por varones, y no ha sido sino hasta hace poco que las mujeres han ido incrementando la proporción en la que migran. En algunos estados de la República Mexicana, donde la emigración es especialmente alta, se ha presentado una descomposición de los mercados matrimoniales, lo que significa que existe un mayor número de mujeres que de hombres en edades casaderas por efecto principalmente de la migración masculina, pero también de su mayor mortalidad. Como consecuencia de ello, pudiera haberse generado la percepción de que hay más mujeres que hombres. Sin embargo, de los 112,322,757 de habitantes contabilizados en el censo del 2010, el 48.9% fueron varones y el 51.2% mujeres, por lo que el excedente de mujeres, si bien existe, no alcanzaría para que cada hombre tenga siete mujeres, al menos no al mismo tiempo y sin tener que compartirlas.4 Aunado a ello, dado el crecimiento poblacional que les caracteriza, el gobierno ha implementado desde hace años la práctica de tener un solo hijo por familia urbana y dos por familia rural si el primero es niña, castigando severamente a aquellos que se atreven a romper esta imposición. De ahí que las personas den prioridad a tener hijos varones, y con ayuda del ultrasonido lleguen a tomar la decisión de abortar el producto si este es femenino. Situación similar se manifiesta en la India, donde si bien el gobierno no ha normado sobre el número de hijos que se pueden tener, sí existe un fuerte sistema de castas y la costumbre de dar dote al novio por parte de la familia de la novia, por lo que las hijas son consideradas como una carga económica, en tanto que los hijos son vistos como un seguro para la vejez de sus padres, lo que lleva a que muchas familias prefieran abortar si el resultado del ultrasonido revela que el bebé será niña. Esto a todas luces es discriminatorio contra la mujer y provoca, entre muchos otros problemas, una grave descomposición del mercado matrimonial, ya que no se cuenta con un número similar de mujeres con las cuales los hombres puedan emparejarse, lo que a su vez conducirá a la generación de problemas sociales de muy diversa índole. Así, se conjetura que para el año cero de la era cristiana eran apenas 30 millones de seres humanos los que habitaban nuestro planeta, cifra que para 1750 ascendió a 791 millones y que en el 2010 se estaría ubicando alrededor de los 6.79 mil millones de personas.7 Sin embargo, no existe una respuesta única y satisfactoria que dé cuenta del número exacto y total de personas que han pasado por este mundo. ¿Qué dices, te animarías a calcularlo? AGRADECIMIENTOS G.F. Pérez Baleón agradece a la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco por la beca posdoctoral otorgada durante la elaboración de este artículo y a Evelyn Pérez Baleón por la elaboración de la figura. REFERENCIAS
1 Aboites L. “El último tramo, 1929-2000” en Escalante Gonzalbo P. et al., Nueva Historia Mínima de México. El Colegio de México, México (2006) 262-302. |
