Entre arrozales y rascacielos: Vietnam hoy




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Aún no estaba cerca el amanecer. Habíamos llegado de noche, exhaustos, pero el bullicio que subía desde la calle nos empujó a saltar de la cama y mirar por el ventanal. El reloj marcaba las 4:35 de la madrugada y estábamos justo en el centro de Hanoi.

     Cinco pisos abajo, sobre las aceras enmarcadas por una retahíla interminable de estrechos edificios franceses del siglo XIX, había una asombrosa cantidad de vendedores: algunos apoyados en sus bicicletas, otros apostados en el suelo, todos con sombreros cónicos de arroz sujetos a la cabeza o colgados sobre los hombros. Ofrecían verduras, frutas, carne y algo de pescado. Pese a la oscuridad, la calle estaba sorprendentemente animada.

     De manera casi asombrosa, todo acabó como hora y media después. Los campesinos que habían traído sus productos desde las márgenes del Río Rojo recogieron lo que les quedaba, y los compradores, en su mayoría dueños de casas cercanas y empleados de los hoteles circundantes, se marcharon con sus compras. Por unos instantes, la calma volvió a cubrir las calles de la capital.

     Con la entrada de los primeros rayos de sol, comenzó la siguiente algarabía. Esta vez, proveniente de la circulación de autos y de una cantidad ingente, descomunal, de motocicletas. Ninguna grande, pero casi todas con tres, cuatro, ¡y hasta cinco pasajeros!

 

     A veces con niños pequeños, mamás con bebés en brazos y perros en perfecto equilibrio. Todos inmersos en un coordinado y frenético transitar que no se detenía jamás. Y es que en Vietnam el tráfico es como el fluir de los peces en el agua: no paran nunca y no se tocan jamás.

     La historia de este país, que hoy se reinventa entre sus tradiciones y la llegada del desarrollo económico, parece estar marcada por sus numerosas guerras. Los chinos los dominaron por casi mil años. Los mongoles intentaron conquistarlos al menos en tres ocasiones. Hacia 1850, llegaron los franceses para apropiarse de sus recursos naturales. Al terminar la Primera Guerra Mundial, fueron invadidos por los japoneses. Más tarde, para apoyar a los franceses, llegaron los norteamericanos, lo que dio lugar a la famosa “Guerra de Vietnam”. Después, esta nación entró en una guerra civil, y luego sostuvo otra guerra con Camboya y, finalmente, otra una más con China.

     Aunque celebran como día nacional la fecha en que lograron tanto su independencia de Francia como su reunificación, las guerras e invasiones no terminaron sino hasta entrados los años ochenta, hace apenas cuatro décadas.

     Si se pudiera describir con una palabra a este pueblo, esa palabra sería resiliencia.

     En una callejuela del centro de Saigón nos encontramos con un anciano en una silla desvencijada, junto a una bandera del Việt Cộng. Llevaba puesta su gorra militar. Nos pidió que le hiciéramos una fotografía.Quería nos lleváramos su imagen. Eso y nada más.

     Quienes hoy son abuelos pasaron la juventud luchando por su independencia y su identidad; seguramente vieron padecer, sufrir y morir a muchos de los suyos y, sin embargo, consciente o inconscientemente, han decidido no transmitir ese dolor a las nuevas generaciones. Ninguno se asume como víctima. Al contrario, los ancianos vietnamitas son alegres y amables. Se les ve enteros; tan contentos, que cuesta entenderlo. Aunque es cierto que algunos ocultan algo insondable en la mirada, un no sé qué que conmueve. Como aquel hombre mayor que, instalado bajo una choza del río Mekong, tocaba con su viejo Đàn Bầu –instrumento parecido a una guitarra– canciones tristes y alegres de la guerra.

     Es justo a partir de ese difícil y aguerrido pasado que esta nación definió la filosofía que hoy guía su política exterior, la llamada “Diplomacia del Bambú”, que puede resumirse con la expresión “raíces firmes, troncos fuertes y ramas flexibles”. Esa conducta internacional explica la habilidad de Vietnam para resistir los embates de su difícil ubicación geopolítica sin quebrarse, adaptándose a las tormentas y sin perder su esencia. Me contaron que esas ideas se traducen en cuatro reglas básicas: 1) Vietnam no se unirá a ninguna organización internacional militar; 2) no cooperará con país alguno en contra de otra nación; 3) no usará la fuerza en sus relaciones internacionales; 4) no permitirá el establecimiento de ninguna base militar en su territorio.

     Así es como Vietnam ha convertido su vulnerabilidad histórica en una fortaleza estratégica. Es así como pasaron de ser un país pobre, aislado y con escasez de alimentos, a convertirse en un actor emergente que hoy comienza a brillar en la arena internacional.

     En los últimos años, la economía de Vietnam ha recorrido una impresionante trayectoria hacia el desarrollo; ha pasado de ser un país agrícola y devastado por las guerras, a una economía dinámica, con alto grado de apertura e integración a la cadena de valor global.

     Pese a la inestabilidad económica mundial y al aumento de las tensiones geopolíticas, la economía de Vietnam ha tenido un crecimiento destacado. En 2024, la tasa de crecimiento fue de 7.09 %, en 2025 llegó a 8.02 % y en 2026 apunta al 7.1 %.

     Pero, aun en medio de ese vertiginoso crecimiento, este país parece estar decidido a no olvidar aquello que lo ha mantenido en pie durante siglos: sus tradiciones y su identidad. Fue una sorpresa descubrir que, al igual que en México, una de sus costumbres más arraigadas es el culto a los muertos. Las tradiciones ligadas a esta conmemoración juegan un papel crucial en la vida de los vietnamitas, pues creen que los antepasados interceden por ellos desde el “más allá”. Por eso, se les construyen altares escalonados con adornos y comida, similares a los nuestros; les hacen ofrendas de todo tipo, y realizan múltiples ceremonias en su honor, que incluyen la quema de ropa de papel y de billetes falsos de euros, dólares y dongs vietnamitas, en pequeños braseros que colocan en la calle. Esa es la forma tradicional de enviar bienes a sus ancestros y mantenerlos felices.

     Quizá la segunda tradición más importante en Vietnam es el Festival del Tết, que se celebra a fines de enero o principios de febrero y que marca el inicio del Año Nuevo Lunar, coincidente con el calendario chino. Durante esos días se realizan numerosas actividades como limpiar la casa y los negocios, decorar todo con flores de ciruelo o árboles de naranjas chinas –muy típicas–, encender inciensos, preparar comidas especiales para la ocasión y también recordar a los antepasados.

     Otra maravilla es su tradición culinaria, reconocida en todo el mundo por su sabor fresco y perfumado. Algunos de los platos más populares son el pho, una especie de sopa de fideos de arroz con carne de res o de pollo que se puede desayunar, comer o cenar; y también el banh mi, un sándwich vietnamita que combina cerdo asado, verduras encurtidas, mayonesa y cilantro fresco en un baguette crujiente. Pero hay muchísimos platillos más, la mayoría preparados con arroz, todos exquisitos y sumamente sanos. Poco hay que discutir a esto cuando, a primera vista, lo que destaca en los vietnamitas es su saludable delgadez, junto con la tersura de su piel.

     No se borra de mis recuerdos el momento en que entramos en la antigua Hoi An, con más de dos mil años de historia. Esta ciudad fue uno de los puertos comerciales más importantes del sudeste asiático y punto fundamental de la Ruta de la Seda. Comerciantes japoneses, indios, chinos, persas y europeos convergían en un ambiente comercial y cosmopolita que, pese al paso del tiempo, aún vibra en sus calles. Además, hoy existen ahí decenas y decenas de sastrerías en las que se puede ordenar la confección de una camisa de playa o de un vestido de novia, en unas cuantas horas, y todo, a precios módicos. Es de no creerse.

     Sin embargo, quizá lo que más me sorprendió fue la profunda conexión cultural que existen entre México y Vietnam. Además del respeto a la memoria de nuestros muertos y el evidente parecido de ciertos dragones con Quetzalcóatl, los vietnamitas también preparan una especie de tamal envuelto en hoja de plátano, solo que hecho con masa de arroz; enhebran techos de palma que resisten la lluvia; ordenan sus mercados igual que nuestros tianguis; preparan y venden una extraordinaria variedad de comida callejera y, aún hoy, elaboran tejidos en antiquísimos telares de cintura, idénticos a los de nuestras culturas mesoamericanas. Además, también comparten con nosotros una historia marcada por nuestras independencias, por la capacidad de sobreponernos a la adversidad y por un profundo sentido de comunidad, rasgos que siguen vivos en nuestras tradiciones y en la manera en que los vietnamitas y los mexicanos celebramos lo que fuimos y lo que somos.

     Aunque quizá la verdadera cercanía entre Vietnam y México se encuentra en esos gestos cotidianos que sobreviven al paso del tiempo: en la comida compartida, en los mercados llenos de vida, en las manos que aún tejen igual que hace milenios, en el respeto por quienes nos precedieron y en la convicción de que siempre es posible volver a empezar. Coincidencias que no borran nuestras diferencias, pero que sí recuerdan que pueblos lejanos podemos reconocernos unos en otros.

     Viajé a Vietnam esperando descubrir un país distante y milenario. No obstante, regresé con la sensación de haber encontrado, entre arrozales inundados, edificios modernos, mercados, telares de cintura, sonrisas, comida fresca y miradas rasgadas, una cálida cercanía que nunca imaginé.

 

RAFAEL PAREJA

En 1994 encontró una cámara en el armario de su hermano. Era una Yashica modelo Minister-D. En la universidad, compró una cámara Canon. Sus primeras tomas fueron de paisajes naturales y urbanos. Comenzó como autodidacta, y ya en la era digital estudió en el Centro Internacional de Fotografía y Cine, EFTI, en Madrid, donde adquirió no solo conocimientos sino, sobre todo, pasión por la fotografía.

     Aprendió que, a veces, menos es más; que la mirada del fotógrafo es única; y que lo más importante no es hacer fotografías “bonitas”, sino conseguir que la imagen no deje indiferente al espectador. Algunas de sus fotos han sido publicadas en la revista Voices of México, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México y en el. En este número de Elementos, presentamos su serie Vietnam.

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