Entre el miedo y la fascinación: repensar nuestra relación con la fauna local



Iván Flores-Santiago, Martha L. Baena
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¿Cuántos de nosotros, al ver por primera vez a un animal desconocido, lo consideramos peligroso solo por su aspecto? La forma, el color o incluso el movimiento pueden despertar miedo o rechazo. Este tipo de reacciones generalmente se debe a la influencia de la información proveniente de los medios masivos que privilegian especies carismáticas (tigres, elefantes, hienas, entre otras). Sin duda, estas especies de animales, también conocidas como fauna silvestre, despiertan admiración, pero eso opaca el conocimiento de las especies locales. Es sorprendente saber que, en un país megadiverso como México, se encuentran alrededor de 5,700 especies entre mamíferos, aves, reptiles y anfibios; muchas de estas especies son endémicas, o sea, que solo se encuentran en México (Mayani-Parás et al. 2021). Conocer esta diversidad se traduce en un acto de descubrimiento y también de reconciliación con nuestro entorno, y cuando tenemos información sobre dónde viven, cómo se alimentan, cómo se reproducen o si realmente representan un peligro, transformamos la ignorancia en respeto.

 

CONOCIMIENTO, PERCEPCIÓN Y PRÁCTICA: TRES PILARES PARA LA CONSERVACIÓN

 

El conocimiento sobre la fauna de un determinado lugar y su relación con los humanos ha sido importante para la conservación, ya que es más difícil cuidar lo que no se conoce (Balmford et al., 2002). Por lo que el conocimiento puede permitir a las personas una mayor comprensión de la biodiversidad local (Nima et al. 2025). Mediante el conocimiento se pueden comprender aspectos fundamentales sobre la fauna local, como identificar por sus nombres a las especies, saber sobre su origen, las interacciones con otras especies, su distribución y conocer cómo ciertas actividades pueden derivar en funciones ecosistémicas. Por ejemplo, algunos animales como el coatí de la especie Nasua nasua se alimentan de frutos y semillas que, al defecarlas, son dispersadas, por lo que promueve el flujo genético de las plantas cuando el coatí se mueve entre fragmentos de bosque y zonas perturbadas (Alves-Costa et al. 2007).

Se ha planteado que el conocimiento depende de factores como la edad, la educación y el contacto que las personas tienen con la naturaleza (Bjerke y Østdahl 2004). Un estudio en una escuela rural de la Selva Maya en México confirma que el mayor nivel de conocimiento se alcanza en la escuela primaria, pero disminuye con la pubertad en la secundaria, quizá porque las preocupaciones y motivaciones están enfocadas en el uso de computadoras y teléfonos inteligentes, invirtiendo más tiempo en redes sociales y videojuegos que en estar en contacto con la naturaleza (Pérez-Flores y López-Martínez 2025). La desconexión con la naturaleza ha sido estudiada bajo la hipótesis del síndrome de “línea base cambiante”, que consiste en la amnesia generacional sobre la pérdida de la diversidad. En este sentido, la degradación de las condiciones ambientales es percibida como “normal” en cada generación sucesiva, lo que lleva a una subestimación de la verdadera magnitud del cambio ambiental a largo plazo a escala global (Jones et al. 2020). Este breve panorama descrito sobre el conocimiento nos permite entender que el conocimiento es complejo y no puede aplicarse universalmente, debido a la gran diversidad cultural y étnica de las regiones rurales en todo el mundo (Shawon et al. 2025).

En cuanto a la percepción, esta influye en las actitudes y valores hacia los animales y las iniciativas de conservación. Si percibimos a un animal como peligroso o inútil, será casi imposible desarrollar empatía hacia él. Finalmente, las prácticas –como proteger hábitats, reducir la caza, mitigar los conflictos entre los seres humanos y la vida silvestre o participar en iniciativas de conservación– surgen como consecuencia de cómo pensamos y sentimos respecto a las demás especies. De ahí que la actitud afectiva de las personas hacia la naturaleza es crucial, ya que se plantea que puede ser más influyente que el conocimiento en la participación de las personas en la conservación de la biodiversidad. Este es un reto complejo porque abarca aspectos sociales, educativos, culturales y religiosos (Shawon et al., 2025), pero cuando se logra integrar el conocimiento, la percepción y la práctica, la convivencia entre humanos y fauna es posible. Además, estos tres componentes pueden generar cambios importantes para el futuro de la gestión y conservación sostenibles de la vida silvestre (Figura 1).

 

MITOS QUE OSCURECEN LA REALIDAD

 

Los mitos, cuentos y leyendas han acompañado por siglos nuestra relación con los animales. En ellos, la fauna suele representarse con cualidades mágicas, malignas o heroicas, muchas veces exagerando su ferocidad o toxicidad. Todo esto contribuye a construir imaginarios que se alejan de la realidad biológica. Un caso crítico es el de las serpientes. Por ejemplo, la víbora de coral (género Micrurus) es objeto de mitos como el que “pica con la cola”. En realidad, poseen una dentición proteroglifa (colmillos pequeños y fijos en la parte delantera de la mandíbula) y su comportamiento es predominantemente elusivo.

Otro caso emblemático es el de los murciélagos, que suelen ser estigmatizados como vectores de enfermedades, pero la mayoría no se alimentan de sangre, sino de insectos o frutas. De acuerdo con estos hábitos de alimentación, los murciélagos son considerados como controladores naturales de plagas agrícolas y polinizadores de plantas de importancia económica y de sistemas naturales, procesos que son vitales para la resiliencia de los ecosistemas. Incluso en nuestros hogares habitan los gecos caseros (Hemidactylus frenatus), conocidos en algunas regiones como “besuconas” (Cupul Cicero et al. 2019). Aunque frecuentemente son rechazados por su aspecto translúcido, estos reptiles son depredadores de insectos domésticos, integrándose en una red trófica que reduce la presencia de organismos molestos sin necesidad de químicos.

 

HACIA UNA CULTURA CIENTÍFICA DE LA CONVIVENCIA

 

Nos encontramos en una época marcada por la pérdida acelerada de la biodiversidad, pero entre las soluciones a este problema se contemplan varias alternativas. Por un lado, existe apoyo de gobiernos e iniciativas privadas en la creación de áreas como santuarios, parques o reservas naturales y urbanas, con la finalidad no solo de proteger la fauna sino también de mantener una reconexión humano-naturaleza.

Lo anterior es apoyado por la investigación científica que, al brindar información precisa, amplía el conocimiento de la fauna local y su relación con el entorno. Otras formas de solución comprenden enfoques transdisciplinarios que integran la ciencia, el arte y la diversidad cultural para promover esfuerzos de conservación inclusivos y sensibles al contexto (Zhu y Rozzi, 2026). También los problemas de conservación a menudo requieren una amplia participación ciudadana. En este sentido, la educación informal es una vía importante para involucrar al público en la concientización de la naturaleza, y suele tener lugar en museos de historia natural, zoológicos o acuarios. Adicionalmente, la ciencia ciudadana permite vincular la observación, la documentación local y la acción informada de los participantes. Al registrar la fauna, el ciudadano se vincula activamente con su entorno para generar datos que ayudan a entender la biodiversidad local (Forrester et al., 2017). Cualquiera de estas soluciones puede generar respeto y comprensión de la complejidad de la vida.

 

Referencias

 

Alves-Costa CP and Eterovick PC (2007). Seed dispersal services by coatis (Nasua nasua, Procyonidae) and their redundancy with other frugivores in southeastern Brazil. Acta Oecologica 32(1):77-92.

Balmford A, Clegg L, Coulson T and Taylor J (2002). Why conservationists should heed Pokémon. Science 295(5564):2367-2367.

Bjerke T and Østdahl T (2004). Animal-related attitudes and activities in an urban population. Anthrozoös 17(2):109-129.

Cupul Cicero V, Aguilar Cordero WDJ, Chablé Santos J y Sélem Salas CI (2019). Conocimiento etnozoológico de la herpetofauna de la

comunidad maya de Santa Elena, Yucatán, México. Estudios de Cultura

Maya 54:285-314.

Forrester TD, Baker M, Costello R et al. (2017). Creating advocates for mammal conservation through citizen science. Biological Conservation 208:98-105.

Mayani-Parás F, Botello F, Castañeda S et al. (2021). Cumulative habitat loss increases conservation threats on endemic species of terrestrial vertebrates in Mexico. Biological Conservation 253:108864.

Nima P, Dorji T, Rana MS and Dorji T (2025). Knowledge, attitude, perceived threats and conservation challenges of the critically endangered white-bellied heron (Ardea insignis) in Bhutan. Global Ecology and Conservation 58:e03484.

Pérez-Flores J and López-Martínez JO (2025). Understanding wildlife biodiversity awareness: rural children’s knowledge, attitudes and perceptions of conservation in the Selva Maya. Diversity 17(3):152.

Shawon RAR, Rahman MM, Dandi SO et al. (2025). Knowledge, perception, and practices of wildlife conservation and biodiversity management in Bangladesh. Animals 15(3):296.

Zhu D and Rozzi R (2026). Biocultural communication: arts and sciences for conserving biological and cultural diversity. In Rozzi R (Ed.), Linking arts with biocultural conservation, restoration, and communication (pp. 1-22). Switzerland: Springer Nature.

 

Iván Flores-Santiago

Martha L. Baena

Instituto de Investigaciones Biológicas

Universidad Veracruzana, Xalapa

mbaena@uv.mx

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