El aparecer del cuerpo propio: ¿cómo es que nos apropiamos de cierta habilidad?



Rubén Sánchez Muñoz
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El tema de este texto es el de la constitución del cuerpo propio, es decir, el cuerpo vivo personal, mi cuerpo (y el cuerpo de cada uno de nosotros de manera individual). Sin embargo, lo tomaremos como punto de partida para abordar la pregunta: ¿cómo es que nos apropiamos de cierta habilidad y qué sentido tiene esta apropiación? En la base se halla lo siguiente:

1. Nuestro modo de ser en el mundo es corporal (aunque ello no signifique que solo habitamos corporalmente en el mundo, sin la intervención de otros elementos constitutivos de nuestro ser personal); y

2. A lo largo del tiempo, en el despliegue de nuestra existencia, vamos adquiriendo ciertas habilidades que nos abren un universo de posibilidades; por ejemplo, la de crear e introducir cosas nuevas en el mundo y formar parte de la cultura, pero que tienen un impacto inmediato en nuestra biografía. Tienen un sentido existencial.

     No se pueden pasar por alto los campos de aplicación del método fenomenológico a casos como el lugar del cuerpo ante la enfermedad y la discapacidad (Escribano y Trilles-Calvo, 2018), en las neurociencias o el transhumanismo (al tratar el problema de la vejez, la prolongación de la vida, la lucha contra la muerte y la aplicación de la tecnología para el tratamiento de la pérdida de capacidades y el biomejoramiento humano, etc.) (Diéguez, 2021). Pero, por muy interesantes que resultan estos temas, nuestro trabajo no intenta discutir estas cuestiones. A lo largo de este ensayo descriptivo, nos centraremos fundamentalmente en responder esta pregunta que parece sencilla, pero que en realidad esconde una multiplicidad de problemas. La finalidad será esclarecer algunos de ellos. Se trata de reflexionar y poner en cuestión aspectos que normalmente no cuestionaríamos. A este momento en el que algo aparentemente obvio se torna cuestionable, lo llamaremos filosofía (aunque el término tenga mayor amplitud y profundidad). Por ejemplo, a pesar de que vivimos y habitamos corporalmente en el mundo, solemos pensar poco en lo que significa esta corporalidad vivida. A lo largo de este trabajo el concepto de constitución juega un doble papel: por un lado, se refiere a la manifestación del sentido de algo y, por otro, tiene un sentido biográfico. La razón de esto último es que la formación de las habitualidades o habilidades también se manifiesta como sentido vivido para el sujeto que se apropia de dicha capacidad. Esa apropiación modifica su modo de ser en el mundo, hace que su propia vida aparezca de otro modo en cada momento. La historia de esta subjetividad, o sea la narración de su vida, daría cuenta de ese proceso. ¿Hasta dónde el desarrollo de la persona depende de cómo puede ella misma disponer de su cuerpo?

     En efecto, parece tan obvio que nuestro modo de ser es corpóreo que olvidamos preguntarnos por su sentido y su presencia. En efecto, como decía Joaquín Xirau, este cuerpo vivido es para nosotros “presencia inseparable, cobijo u obstáculo, aliciente y enigma” (2010, p. 87). Estamos más bien orientados a pensar nuestra corporalidad en relación con la experiencia que tenemos del mundo; por ejemplo, lo que nos llega a través de los sentidos.

     Sin duda, hay una base sensible de nuestra experiencia en la que nuestro modo de ser corporal está referido a las cosas que nos rodean. Pero también podemos tener experiencia de nuestro ser corpóreo; se nos pasa que toda experiencia posible está referida y fundada en esta corporalidad. Dice Joaquín Xirau (p. 88):

 

Yo soy mi cuerpo. En algún sentido, mi cuerpo es mi alma encarnada. ¿Qué sería yo sin él? En él y por él deseo y anhelo. Amo y detesto, palpito de gloria y tiemblo de miedo. El corazón se me hace pequeño o se me ensancha. Sin el cuerpo, no me sería posible reír ni llorar. ¿Y qué sería yo sin risa ni llanto? Es la fuente de la vida, del hambre y del amor.

 

     Así, el método que seguiremos es el fenomenológico, lo que significa que llevaremos a cabo un trabajo descriptivo que nos permita comprender el modo o los modos en que las cosas aparecen a nuestro alrededor. Lo que ocurre es que nuestro cuerpo también aparece; por tanto, el cuerpo propio también es fenómeno (aparecer). Pero intentemos ver esto más de cerca y con mayor detalle.

 

LA ACTITUD PERSONALISTA

 

Husserl expuso a lo largo de su obra que no se puede hacer filosofía si de algún modo no abandonamos cierto modo de vivir al que estamos acostumbrados, y en el que suele transitar nuestra vida diaria: lo llamó “actitud natural”. Para no confundirla con una actitud naturalista –que consiste en una naturalización del mundo y de las cosas, pasando por la defensa de una ontología material impersonal en la que todo lo que hay y existe es material (y así lo describe Miguel García-Baró, 1999–, lo que encontramos en Husserl es el término: “actitud personalista” (2005).

     En efecto, en las mismas coordenadas de Husserl respecto a esta crítica radical de la actitud naturalista, Maurice Merleau-Ponty escribió en su obra El ojo y el espíritu:

 

La ciencia manipula las cosas y renuncia a habitarlas. Construye modelos internos de ellas y, operando sobre esos índices o variables las transformaciones que permite su definición, se confronta solo de lejos con el mundo actual. La ciencia es, siempre lo ha sido, ese pensamiento admirablemente activo, ingenioso, desenvuelto, esa resolución previa de tratar todo como objeto en general, esto es, a la vez como si no fuera nada para nosotros y se encontrara no obstante predestinado a nuestros artificios. (Merleau-Ponty, 2013, p. 17.)

 

     El mundo de la ciencia, como lo presentan los científicos, es un mundo impersonal, con el sentido de un mundo material en el que todo es tratado “como objeto en general”. En cambio, esta actitud personalista vendría a ser una toma de postura en la cual el mundo aparece con sentido siempre, y en cada caso, para una persona. El mundo como fuente de sentido vendría a ser lo propio de un mundo espiritual; este es, en efecto, el mundo propiamente humano, y por ello llega a tener el sentido de la cultura.

 

EL APARECER DEL CUERPO PROPIO

 

En el campo de la fenomenología, las investigaciones sobre la corporalidad ocupan un lugar importante. Edmund Husserl desarrolló importantes aportaciones a este tema en un libro que ya tenía revisado hacia 1918, pero que no se publicó sino póstumamente hasta 1952: Ideas II. Dentro de estas descripciones, encontramos las bases para el desarrollo de este trabajo. Una de ellas es la que se refiere a la constitución del cuerpo vivo. Es decir, dentro del horizonte de cosas, objetos o realidades que se van develando y apareciendo, se encuentra el cuerpo que vivimos y que somos. La constitución se refiere, fundamentalmente, al “proceso que permite la manifestación y significación de las cosas” (Escudero, 2011, p. 158). Y así, el cuerpo cobra sentido en su manifestarse, y como una de las formas de manifestarse es a través de lo que hace, este hacer llega a ser habitual; las habitualidades así entendidas también aparecen y están sujetas a un proceso de constitución.

     Algunas preguntas problemáticas son: ¿cómo nos apropiamos de ciertas habilidades?, ¿cómo es que, por ejemplo, andar en bicicleta pasa de ser algo desconocido para convertirse en algo que hacemos nuestro?, ¿en qué momento adquirimos habilidades tan importantes como leer o escribir? No es tan sencillo como decir simplemente que hay que ir a la escuela, etcétera.

     En el momento mismo de escribir estas líneas estoy usando un teclado diferente al que uso habitualmente. En esta experiencia me tengo dado a mí mismo (y lo puedo extender a toda vivencia). Descubro varias dificultades para escribir porque la distribución de las teclas, así como el tamaño del teclado y su modo de estar en contacto con los dedos, es diferente. Es un problema muy sencillo, pero exhibe el sentido de una experiencia que no es solo corporal. Me interesa en este momento que, con el teclado (y en general con esta computadora), tengo dificultades. Lo curioso es que estas mismas dificultades son menores conforme avanzo. Alguien podría decir que no se trata de un problema o de una dificultad mayor, sino del desconocimiento del teclado y de ciertas habilidades para escribir. Supongamos que tiene razón. Pero esta dificultad inicial la puedo llevar a cualquier ámbito y actividad de la vida en la que uso un artefacto por primera vez o inicio una actividad nueva.

     Otro ejemplo sería este: estoy habituado a cocinar en la cocina de mi casa. La conozco, tengo una relación con sus cosas: sé dónde están o dónde deberían estar. Y cuando no aparecen donde espero y aparecen en otro sitio o no aparecen, cambia mi modo de hacer las cosas. Eso me dispone a actuar de otro modo: tardo más tiempo, me irrito o renuncio a hacer lo que pensaba. La dificultad es mayor si tengo que cocinar en casa de unos amigos, porque allí también hay una cocina, pero ¡no es mi cocina! ¡No la conozco! Ello no quiere decir que ignoro del todo lo que hay en ella. Pues reconozco las cosas cuando las veo, sé para qué sirven y cómo podría apoyarme en ellas para realizar mi objetivo. Y, sin embargo, no sé qué hacer, no sé por dónde empezar. Ajustarme a ella puede llevar su tiempo.

     Así pues, lo que noto a través de estos ejemplos es que me tengo que poner en movimiento para realizar las tareas. Este cuerpo vivo que soy, con todas las dificultades y aclaraciones y matices que tendrían que hacerse para esclarecer el sentido que ello tiene, se mueve. Lo muevo = me muevo. Este movimiento no es algo externo o ajeno, que ocurre en otro sitio. Soy yo en movimiento. Mi cuerpo kinestésico = órgano de movimiento. Que mi cuerpo vivo sea un cuerpo en movimiento, constituido por órganos de sensación (como los sentidos y sus campos de sensaciones), no significa que tenga o haya tenido para mí siempre el mismo sentido. He tenido que apropiarme de ello. El teclado está ahí, al igual que la cocina (como una unidad de sentido compuesta de sus partes), pero debo entrar en una relación con ellos para poder escribir o cocinar. Y mi cuerpo está también, pero no ahí o allá, sino aquí. No puede estar en otra parte. Es el “centro de orientación” o “punto cero” de las coordenadas espaciales. Husserl lo llama “aquí central último” (2005, p. 198).

     Pero el dominio y apropiación de mi cuerpo vivo es algo que también tiene que ser constituido. La dificultad que puedo experimentar en la manipulación y uso de cualquier objeto o al realizar cualquier actividad es la dificultad con la que inicialmente vivo mi corporalidad, aunque de hecho no lo recuerde. Hay muchas cosas que sé, habilidades que domino, pero ocurrieron en un tiempo inmemorial (como mi propio nacimiento). Están marcadas en mí, son parte de mí, pero no sé bien cómo pasaron. Es decir, veo cómo pasa en otros y pienso que eso mismo pasó conmigo. Cuando otro tiene dificultades o yo mismo, me da la impresión de que mi cuerpo es un obstáculo. Opone resistencia. Por más que quiera correr velozmente, llega un momento en el que ya no puedo más. No hablo aquí del cuerpo del atleta olímpico que tiene una vida profesional y domina esta habilidad, aunque no deje de ser esta resistencia verdad también para él.

     Decir que somos sujetos de habitualidades es un modo de decir algo verdadero que se puede constatar en las cosas mismas. ¿Cómo nos apropiamos de la lengua materna? La lengua no estaba originariamente en nosotros, pero algo en nosotros que podemos llamar capacidad permite que la asimilemos y la hagamos nuestra. Por ello, decir que los seres humanos somos seres de capacidades es una descripción correcta, y pensarnos como sujetos que pueden y deben desarrollar capacidades, como propone Nussbaum (2012), es igualmente acertado.

     Entonces, a lo largo de la vida voy constituyendo muchas cosas que llegan a formar parte de mi modo de ser y que, con el tiempo, me permiten desarrollar un estilo personal. Yo mismo conquisto para mí capacidades que se quedan marcadas como un sello en mí. Constituyen mi modo de ser, es decir, mi ethos (ἦθος) o carácter. Hablar, caminar, correr, escribir, nadar, andar en bicicleta, jugar fútbol, etc., son todas ellas habilidades adquiridas, que no son solo mías, ya que también los demás las hacen; pero yo las realizo a mi modo, las hago mías. Ello no significa que estén adquiridas de un modo adecuado. Podrían mejorarse. En resumen, estas habilidades: 1) Son adquiridas; 2) están sujetas a una mejora constante, y 3) no son solo mías.

     Siempre puedo saber más de mi lengua, o aprender una nueva receta, o correr un poco más lejos y con una técnica adecuada, etcétera. En todo caso, son habilidades de las cuales no disponía antes y ahora sí. Pensarlo de otro modo también es acertado: hay habilidades de las que podría disponer y no dispongo. Nadar es importante aun en aquellos momentos en los que no estoy nadando. Es una habilidad de la que puedo disponer cuando se necesite o requiera. En todo ello, en un fondo que lo sostiene, nos hemos estado refiriendo a habilidades en las que está en juego el papel del cuerpo gracias a su capacidad de movimiento, pero sobre las cuales pueden dejarse venir en cascada una serie de reflexiones más amplias. Indiquemos solo algunas.

 

FINALIDAD, SENTIDO CULTURAL E HISTORIA

 

Las habilidades que hemos descrito tienen una finalidad: se hacen por una razón, por y para algo. Llevo la mano a la alacena para sacar un vaso y tomar agua porque tengo sed; me inscribo a un equipo de fútbol para correr detrás de un balón y anotar goles. Pero no solo requiero ponerme en movimiento corporal, tengo que querer hacerlo y disponerme a ello. Y por ello me experimento como sujeto de voluntad. La finalidad es comer, y por ello es que entro a la cocina y preparo comida. Necesito hacer ejercicio porque es bueno para la salud y me dispongo a correr, a escalar una montaña, a bailar o subir a la bici. ¿Para qué y cuál es el fin de algo? Ello dependerá de un contexto más amplio, de unas razones que nosotros mismos hemos definido o que otros, congéneres o predecesores, dejaron establecidas. Ello no quiere decir, de ninguna manera, que yo mismo o los otros no puedan cambiar ese modo de ser o de hacer las cosas. Puedo siempre, con ayuda de la imaginación y la fantasía, y echando mano de la creatividad, hacer modificaciones e incluso puedo introducir cosas nuevas en el mundo. Está dentro de mis posibilidades.

     Lo que considero que son mis habilidades, porque yo las constituyo al apropiarme de ellas (con esfuerzo, trabajo, disciplina, etc.), resulta que no son solo mías. Aparecen en un horizonte intersubjetivo. Voy a la escuela a aprender ciertas cosas, como leer y escribir. Pero leer y escribir pueden tener una multiplicidad de fines. Esos sentidos van apareciendo en la medida en que avanzo. Porque logro ciertas cosas, luego puedo aspirar a lograr otras, pero siempre en el seno de una cultura, en medio de otros sujetos que también lo aprenden y también lo hacen. Algunas de esas habilidades devienen en competencias de menor o mayor alcance. A ellas se puede uno dedicar de manera profesional. Algunas personas se dedican de modo profesional a los deportes y hacen de ello un estilo de vida e imponiendo a los otros ciertos modelos y prototipos.

     ¿Qué es lo que aparece cuando me dispongo a aprender algo? Me doy cuenta de que ocurren muchas cosas. Una de ellas es que me encuentro con ciertos artefactos que puedo conocer y manipular. Esos artefactos son creaciones humanas y por ello son artificiales = creados. Artificiales, pero útiles. Sirven, en principio, para resolver cosas (como preparar, colocar y manipular la comida, o escribir textos), para realizar algún deporte (como ciclismo) o, quizás también, para entretener y dejar pasar el tiempo (como la película que vemos en la pantalla). No son los únicos sentidos posibles y abundan los ejemplos.

     Veo también que se trata de objetos, actividades y habilidades que se desarrollan en el seno de una cultura, es decir, en un mundo de la vida espiritual adaptado y creado para vivir humanamente. Es en la cultura donde la vida llega a ser humana, donde se pasa de una vida meramente biológica a una vida biográfica (Ortega, 2006b) en cultivo y cuidado de sí. Pero el cuerpo también tiene este sentido cultural. Porque pertenecemos a grupos y en ellos tenemos tradiciones, costumbres, lenguaje, instituciones, valores, modos de ser y de aparecer ante los demás. Lo que hago, entonces, al apropiarme de estas habilidades es, en gran medida, ingresar en una cultura, en un espacio intersubjetivo: monto una bicicleta que otro inventó y que muchos otros fabrican, venden, distribuyen, etcétera. Cocino una receta que heredé de mi abuela y que forma parte de una tradición familiar (muchas personas ganan premios nacionales o internacionales en concursos gastronómicos, etc.). Mi mundo no es solo cultural e intersubjetivo, sino también histórico (véase Carr, 2017).

     Aquí podríamos tomar como base y referencia una indicación de Alfred Schutz y Thomas Luckmann, a saber: “que un individuo nace en un mundo histórico social” y que, al ser de ese modo, “su situación biográfica está, desde el comienzo, delimitada por elementos sociales dados que encuentran expresiones específicas” (2009, p. 236). Si a esto se le quisiera objetar que esas condiciones, por ser históricas, no tienen por qué ser como son y pueden –y en algunos casos hasta deben– ser cambiadas, no vemos ningún problema en ello. Lo que pasará es que, al ser modificadas, tendrán que ser reemplazadas por otras, surgirán nuevas prácticas o estilos y, con el tiempo, eventualmente, podrían ser cuestionadas y sujetas al cambio también. Los individuos que entren en el mundo social de la vida establecido en ese lapso de tiempo adoptarán, de manera más o menos acrítica (por un momento, por lo menos), el status quo de su tiempo. En este sentido, también el mundo social llega a ser el que es a través de un proceso de constitución. ¿Quiénes lo constituyen? Los individuos que lo conforman y que llevan a cabo ciertas prácticas. La vida tiene un sentido performativo (Vargas, 2019), que deviene en el desarrollo de habilidades. Con ellas actuamos y nos constituimos, habitamos el mundo cultural, heredamos tradiciones y creamos nuevas formas de dar sentido. Por ello, “ni yo mismo comprendo todo lo que soy”, como dice san Agustín.

 

CONCLUSIONES

 

En este proceso de constitución de mi corporalidad, ¿qué es lo que descubro?

1. Descubro que, en el proceso de asimilación de una habilidad, mi subjetividad es constituida en el mismo proceso de constitución.

2. Que la experiencia que tengo de mi propia subjetividad se da a través de mi cuerpo y en relación con otras personas.

3. Que ese mundo en el que nos encontramos no es solo naturaleza, es también, y sobre todo, mundo cultural (es decir, un conjunto de creaciones humanas en las que habitamos).

4. Que tanto el mundo cultural como mi propia corporalidad son realidades históricas, esto es, se constituyen y llegan a ser como son a través de un proceso temporal que supone un antes y un después.

 

REFERENCIAS

 

Carr D (2017). Experiencia e historia. Perspectivas fenomenológicas sobre el mundo histórico. Buenos Aires: Prometeo Libros.

Diéguez A (2021). Cuerpos inadecuados. El desafío transhumanista a la filosofía. Barcelona: Herder.

Escribano X y Trilles-Calvo KP (2019). El dolor de los otros y su expresión dramática: fenomenología y performance. Isegoría (60):147-167. DOI: https://doi.org/10.3989/isegoria.2019.060.09.

Escudero JA (2011). Anexo: Notas aclaratorias. En Husserl E, La idea de la fenomenología (pp. 155-167). Barcelona: Herder.

García-Baró M (1999). Vida y mundo. La práctica de la fenomenología. Madrid: Trotta.

Husserl E (2005). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Libro segundo: Investigaciones fenomenológicas sobre la constitución (trad. A. Zirión). México: UNAM-FCE.

Merleau-Ponty M (2013). El ojo y el espíritu. Madrid: Trotta.

Nussbaum M (2012). Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano. Barcelona: Paidós.

Ortega y Gasset J (2006b). Pidiendo un Goethe desde dentro. En Obras completas V (pp. 120-142). Madrid: Taurus-Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón.

Schutz A y Luckmann T (2011). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.

Vargas G (2019). Fenomenología y performance. Bogotá: Aula de Humanidades.

Xirau J (2010). Presencia del cuerpo. En VVAA, Cuerpo vivido (pp. 87-98). Madrid: Encuentro.

 

Rubén Sánchez Muñoz
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla

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