La cercanía del mundo. Reflexiones sobre el decir filosófico
Ángel Xolocotzi Yáñez
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A Ricardo Gibu, con empatía fenomenológica.
LA DIFÍCIL ESCRITURA FILOSÓFICA
De ciclo en ciclo aparecen siempre notas en torno al habla y escritura de los filósofos. Hace algunos años Mario Bunge se refirió a los escritos de Martin Heidegger caracterizándolos como los de un esquizofrénico (2008). Más allá de la unilateralidad de estos juicios, los señalamientos de Bunge reflejan lo que se piensa de la filosofía en múltiples escenarios: que no sirve para nada y que solo se trata de puro “rollo”. Estas ideas se refuerzan cuando se frustra la mínima comprensión de algún texto filosófico. La posibilidad de entender la “utilidad” de la filosofía depende en gran parte de captar el sentido de sus textos, pero si estos son inaccesibles, entonces se cierra todo posible intento de hacer transparente la pertinencia de la filosofía.
Quizás autores como Platón o Nietzsche han tenido éxito porque sus estilos parecen ser más accesibles mediante diálogos o aforismos. Sin embargo, en sentido estrictamente filosófico no podríamos restar importancia a Hegel o Husserl por su modo “oscuro” de escribir tratados. Sabemos que la importancia de un autor no se puede medir por la claridad u oscuridad de lo escrito, sino por la trascendencia de sus impulsos. Así, el socialismo real no se entiende sin Marx y este a su vez no se comprende sin Hegel, a pesar de lo inaccesible que pudiesen parecer sus textos.
Ante esta situación podríamos preguntarnos ¿por qué se dificulta la lectura de textos filosóficos? ¿Acaso no todo texto es solo un determinado orden de palabras? ¿Presenta la escritura filosófica un sentido específico? ¿Cómo podemos entender el uso de las palabras por parte de los filósofos? A continuación llevaré a cabo una aproximación pensante al decir filosófico en su cercanía con el decir poético y en su diferencia con otros modos de escritura.
EL DECIR COTIDIANO Y EL DECIR CIENTÍFICO
Partimos del hecho de que lo que hacemos con las palabras es hablar y las usamos generalmente para comunicarnos. Al salir de una pesada clase puedo dirigirme a mi acompañante y decirle que “tengo tiempo para tomar una copa de vino”. Al oyente le queda claro lo que digo y puede asentir o justificar su negativa. En este ejemplo, el término “tiempo” es entendido sin mayor problema en tal proceso de comunicación. Si uno es estricto, resulta improbable pensar que alguien pueda “tener” el tiempo, pero en el proceso de comunicación se entiende: “tener tiempo” no es captado en sentido literal, sino como el hecho de que uno está disponible para tal o cual cosa. En este caso yo “tendría tiempo”, es decir, estaría disponible para tomar una copa de vino y no para leer alguna tesis doctoral o un artículo para dictaminar.
Sin embargo, también sabemos que si nos alejamos de los giros cotidianos en nuestro proceso comunicador, podemos usar los términos en otros sentidos. Uno de ellos es aquel que busca no comunicar, sino informar: en este caso se trata de emplear un término como “tiempo” con la intención de que este sea aprehendido en un significado concreto u “objetivo”. Ya no se pretende entender el término a partir de su contexto, como es el caso del “tener tiempo”, sino que ahora se busca captarlo desde su contenido significativo; es decir, desde aquello que pueda decir de modo objetivo lo que se indica con el término “tiempo”. No cuesta mucho trabajo diferenciar el uso comunicativo del uso informativo porque en el primer caso nos ceñimos al contexto y en el segundo más bien al texto, al significado de “tiempo”. Un informe científico, en este caso, presupone una idea de tiempo y no tanto su aprehensión a partir del contexto, como puede ocurrir en el lenguaje cotidiano. Si en un artículo científico se dice que el movimiento duró “tanto tiempo”, queda claro que se trata del tiempo cuantificable y cronométrico, determinado con base en la observación de un reloj.
Hasta aquí podría quedar explicitado el sentido cotidiano de las palabras, apegadas al contexto, y el sentido delimitado de las mismas, apegadas al texto, en el caso de una tematización científica. Sin embargo, y para continuar con el apoyo terminológico a partir de Paul Ricoeur (1970), podríamos también abordar las palabras a partir de su pretexto. Es decir, se puede tematizar la palabra desde un ámbito que no remita ni al contexto, ni al texto, sino a su pretexto. Así, la palabra puede ser aprehendida en sentidos diferentes: a partir de un uso circunstancial, un significado determinado o un ámbito previo a la palabra misma. El contexto corresponde al habla cotidiana circunstancial; el texto, al decir significativo de la ciencia, y el pretexto, al lenguaje poético y filosófico. Pero ¿en qué sentido expresa la palabra poética o filosófica el pretexto del lenguaje? Veamos esto.
EL DECIR POÉTICO
En la poesía, la palabra no es aprehendida como lo que significa o comunica, sino precisamente como aquello que abre una dimensión más allá del significado. Para continuar con nuestro ejemplo en torno al tiempo, podríamos recordar unos versos de Juarroz:
Todo es recuerdo.
Y todo recuerdo es cambio,
Salvo el primero,
Que nunca existió,
Porque no había qué recordar.
O lo que había era algo
Que no se somete al recuerdo,
Algo así como una sustancia sin poros
En la que ni siquiera podía penetrar
el agua del tiempo.
(2002, p. 80, cursivas mías).
Más allá de cualquier descripción filológica, queda claro que aquí el poeta no se refiere ni al uso cotidiano ni al científico al nombrar el término “tiempo”. Diríamos que no tiene sentido decir “el agua del tiempo”. Evidentemente
no se trata aquí ni de comunicación ni de información, sino de un desplazamiento que busca eliminar cualquier distancia con la palabra en el lenguaje. La poesía busca captar la palabra como palabra y así mostrar al lenguaje de una manera total. La palabra en la poesía no se subordina al uso comunicativo o informativo, sino que coloca a la palabra como tal. Precisamente uno de los aportes de Martin Heidegger (2006) en este rubro consiste en haber dilucidado el carácter del arte frente a otros modos de manifestación de las cosas: en el arte, la materia lucha contra cualquier subordinación de sentido y se coloca como la materia que es. Así, en la pintura, los colores no se subordinan a un uso determinado para ciertas funciones, como lo blanco para proyectar la luz o lo rojo para destacar; tampoco en la escultura el material se subordina a la funcionalidad de los artefactos, como la tela acolchonada para una silla o la dureza del escritorio. Asimismo, en la poesía la palabra se mantiene como palabra y esta no depende del significado o de los procesos comunicativos.
A pesar de que la palabra en la poesía se identifica con el decir filosófico en tanto que ambos modos de decir se apartan de la comunicación y la información, hay diferencias centrales entre la palabra poética y la palabra filosófica. Las palabras en filosofía no comunican ni informan pero tampoco muestran la movilidad del lenguaje que se da en el poetizar. Más bien se dirigen a una otredad. Desde su inicio, el decir filosófico ha tratado de pensar aquello que no se alcanza a aprehender mediante la simple mirada de la cotidianidad. El escritorio, el agua, el tiempo, el pasto, el vino, el mundo, etc., pueden ser comunicados o se puede informar sobre ello, pero también pueden ser pensados. ¿Cómo piensa la filosofía a partir de la palabra? Si digo que el escritorio está aquí, que hoy tengo tiempo para tomar una copa de vino, que las elecciones tuvieron lugar el 1 de julio o que no hay que pisar el pasto, parece que esta manera de hablar difícilmente podría ser identificada con un decir filosófico. La tradición nos muestra que los filósofos generalmente no hablan de esto y, como decíamos al inicio de este escrito, su lenguaje parece más bien rebuscado y “alejado” de las palabras que nombran lo inmediato.
EL DECIR FILOSÓFICO
En este punto hay que advertir que el posible decir filosófico que piensa las palabras no debe ser confundido con un análisis del “discurso filosófico” o con la disección de cada término empleado. El decir filosófico no debe ser entendido como el análisis “filosófico” de cada palabra. Más bien se trata de un decir peculiar, ya que como hemos anticipado, la historia de la filosofía parece mostrar que no todas las palabras son “filosóficas”. Tenemos términos como “trascendencia”, “a priori”, “categorías” que son usados frecuentemente en textos filosóficos, pero eso, al parecer, no ocurre con “pasto” o “vino”, aunque sí con “mundo”, “tiempo” o “espacio”.
¿Por qué “tiempo” y “espacio” pueden ser pensadas filosóficamente y no así “pasto” o “vino”? Precisamente
lo que inició como filosofar en Grecia fue la posibilidad de pensar la palabra en su divergencia, es decir, en referencia a aquello que la constituye como tal palabra. No se trata del origen de su significado, sino del sentido que adquiere. Y esto inició como la relación de algo con la totalidad: su ordenamiento o, en términos más apegados al griego, su carácter cosmológico (kosmos = mundo en tanto orden). Así, “pasto” o “vino” solo tienen sentido en su carácter relacional con otras cosas: tierra, sol, agua, etcétera. De ese modo, podemos decir que ya el hecho de tomar cualquier palabra como punto de partida, remite, sin saberlo, a otra “cosa”: remite al fondo en donde se inserta tal término. Precisamente lo que ha hecho la filosofía en su tradición ha sido intentar pensar ese horizonte presupuesto, no conocido, y nombrarlo de alguna manera: mundo, ser, trascendencia, condiciones de posibilidad, etcétera.
El hecho, pues, de que la tematización de “vino” o de “pasto” refiera al horizonte en donde se inserta o desde el cual puede ser pensado, parece indicar que la inmediatez de las cosas es abandonada para destacar solo esa otredad mediante un vocabulario propio, quizá con sus significados peculiares. Pero ¿en verdad es así? No, porque tal visión haría del filosofar un modo específico de significar y comunicar. Y eso es precisamente de lo que se tomó distancia anteriormente. La filosofía es un modo de decir que, de entrada, se diferencia del decir comunicativo e informante y, aunque en esta diferencia se une al decir poético, tampoco puede confundirse con este. En el decir poético las palabras no toman distancia de sí porque se muestran como tales; sin embargo, en la filosofía, las palabras son aprehendidas de modo diferente porque son vistas en su respectividad. De esa forma, la palabra no se agota en su significado y por ello no se trata de buscar un origen etimológico o histórico, sino de comprender la palabra. Para eso se requiere entonces la distancia que posibilite la cercanía con la palabra. En la comunicación y en la información, a pesar de la inmediatez de la palabra que nombra cosas, hay un olvido del lenguaje mismo porque la palabra es usada pragmáticamente: el objetivo de la palabra es determinado desde un ámbito ajeno al lenguaje. Se comunica que hoy puedo tomar una copa de vino porque quiero platicar relajadamente con alguien, se indica que no se debe pisar el pasto porque se daña, se informa que el experimento duró tanto tiempo porque se quiere saber los resultados, etcétera. Se trata en todos estos casos de comunicar o informar a partir de objetivos y metas ajenas al decir mismo.
En la filosofía, empero, hay un distanciamiento de lo inmediato para buscar la cercanía. Hay cierto quiebre. Esto ha sido tematizado filosóficamente de diversos modos y resumido bajo el término “método”. Así, la palabra no puede ser olvidada en tanto lenguaje, sino que debe ser tomada como palabra, pero distante de sí misma. El decir filosófico es, pues, una manera de entender aquello en lo que estamos, el mundo, de forma lingüística. Sin embargo, para lograr la cercanía con lo nombrado se requiere, decíamos, un quiebre con el significado determinado. El tratamiento filosófico de las palabras entonces se distancia del significado corriente y determinado para tratar de entender lo nombrado o la palabra nombrante en tanto es tal o cual cosa.
Por eso, el modo de proceder filosófico inicia con la palabra conocida a partir de algún significado frecuente para desde ahí remitir a aquella otredad desde la cual se entiende. De esta forma se puede comprender porqué este tipo de decir puede ser visto como “pretexto”: se trata de una tematización que anticipa, de alguna forma, las posibilidades de cualquier nombramiento hecho por palabras tan comunes como “pasto” o “vino”. En el filosofar partimos de lo cotidiano para desde ahí proceder en dirección a esa otredad cercana en la que estamos y a su vez desconocemos. Ya desde el inicio de la filosofía en Grecia se deja ver el hecho de que aunque estemos en la inmediatez con las cosas, eso no significa que seamos cercanos a ellas. Si no se conoce el horizonte que me permite aprehender lo particular, entonces, como decían algunos presocráticos (Heráclito y Parménides), somos como “ciegos” y “sordos” ante lo que aparece.
CONCLUSIONES
El decir filosófico exige pues un modo de hablar o escribir que no se conforma con lo simplemente nombrado en la inmediatez, sino que busca entender ese ámbito previo desde el cual se entiende lo cotidiano en su ser-nombrado. Y ahí es en donde encontramos las complicaciones terminológicas en los escritos de filosofía. Sin embargo, tal dificultad no remite a una región ajena a lo cotidiano, científico o artístico; sino que se trata de un decir que en sus palabras insiste en advertir lo ya presupuesto en todo comportamiento.
A pesar de que la imagen negativa más difundida del filósofo es aquella en donde Tales de Mileto cae en las zanjas por contemplar las estrellas y parece más bien huir o alejarse de “la realidad”, en ello puede verse también la positividad de su acción al querer entender el mundo, mediante observaciones y mediciones. Estas le permitían ordenar el mundo y así incluso anticipar eventos como los eclipses. Así, Tales “abandonaba” la inmediatez de la zanja, que no percibía al mirar los astros, para obtener la cercanía del mundo (kosmos).
La relación no proporcional entre inmediatez y cercanía, como hemos mencionado a partir de Tales, puede dar pistas para entender lo propio de los textos filosóficos, que no buscan otra cosa que aprehender la cercanía. Así, lo que se debe tener en cuenta al acercarse a los textos es que no se puede “leer” de modo indiferente como si toda palabra tuviese un sentido neutral. Por ello, si se tiene en cuenta el carácter diferenciador de los modos de hablar que hemos anticipado, entonces se debe tomar un texto filosófico o poético de modo diferente al periódico o a un tratado científico. Si esto se hace, se inicia un modo de acceso que nos coloque ante el texto de tal forma que le permitamos hablar mediante una lectura meditada. Y quizás con ello se descubra el papel que, en una época técnica e indiferente, pueda tener todavía el filosofar.
REFERENCIAS
Bunge M (2008). Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico, El País. Recuperado el 4 de abril de 2008. Recuperado de: http://elpais.com/diario/ 2008/04/04/cultura/1207260003_850215.html.Ricoeur P (1970). Freud: una interpretación de la cultura, México, D. F., Siglo XXI.Juarroz R (2002). Undécima Poesía vertical. Pre-textos, Valencia.Heidegger M (2006). Del origen de la obra de arte. Primera versión, Universidad Iberoamericana, Revista de Filosofía 115:11-34.Xolocotzi A (2011). La filosofía, ¿una embalsamadora de ideas? En C. Romano y J. A. Fernández (coords.), Filosofía y educación. Perspectivas y propuestas (pp. 15-23). BUAP, México.Xolocotzi A y Gibu R (2011). Fenomenología, ontología y hermenéutica: las transformaciones conceptuales de Heidegger. En A. Xolocotzi, R. Gibu, C. Godina, J. R. Santander (coords.), La aventura de interpretar. Los impulsos filosóficos de Franco Volpi (pp. 73-91). Eón-BUAP, México.
Sergio Antonio Salazar Lozano
Director Ejecutivo Grupo Lister
ssalazar.lozano@lister.com.mx
