“Solo podía hacerse memoria con recuerdos...” Un escritor en Buchenwald
Raquel Graciela Gutiérrez Estupiñán
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El escritor Jorge Semprún (Madrid, 1923-París, junio de 2011, a los 87 añosa) fue el preso número 44,904 en el campo de concentración de Buchenwald, donde vivió entre los 20 y los 22 años. Se enfrentó a sus memorias del horror en 1963 (casi 20 años después de aquella experiencia). Es muy conocido por su obra memorialística y autobiográfica, a través de la cual escribe cuanto había olvidado o querido olvidar.1 En este sentido, figura entre los escritores-memorialistas que plasmaron en sus obras las vivencias de la “topografía del terror”, al lado de: Ruth Klüger, Primo Levi, Jean Améry, Imre Kertész, Liana Millu, Robert Antelme, Ana Frank, Viktor Klemperer, Wladislaw Szpilman, Elie Wiesel. Al respecto, conviene tener presente que las obras literarias sobre la experiencia de los campos de concentración presentan temas y rasgos que permiten hablar de un “discurso del infierno nazi”. En las obras literarias de estos escritores y escritoras (no hay que pasar por alto las experiencias provenientes de mujeres) se encuentran muchos puntos de coincidencia, como la lucha por sobrevivir, la literatura como forma de escape, la descripción de las múltiples formas de deshumanización, todo lo que llevaba a la nada. Al mismo tiempo, como cada campo de concentración era diferente, se presentan realidades distintas. Junto con todos los documentos sobre el exterminio, que forman un conjunto de datos abundantísimo, los testimonios literarios forman parte de la memoria de la humanidad. De manera que la literatura nos hace accesible una realidad (o una parte de ella) de otra manera incomprensible. Lo que quiero subrayar en estas líneas es que los testimonios plasmados en obras literarias no son menos confiables que las investigaciones históricas. A veces invento personajes. O en mis relatos les doy nombres ficticios, aunque ellos sean reales. Las razones son diversas, pero dependen siempre de necesidades de carácter narrativo, de la relación que hay que establecer entre lo verdadero y lo verosímil. Kaminsky, por ejemplo, es un nombre ficticio. Pero el personaje es en parte real. Probablemente en lo esencial [...] (p.222b). En Viviré con su nombre, morirá con el mío (2001), novela de la que me ocuparé aquí, Semprún reconstruye parte de lo vivido en Buchenwald, en donde se libró de una muerte muy probable –debido a su calidad de intelectual– porque fue inscrito como estucador en lugar de como estudiante. Su conocimiento del alemán también le ayudó a soportar los dos años en que tuvo que llevar en el pecho el triángulo rojo invertido (marca de los presos políticos) y la “S” de Spanier (español). El hilo conductor de la novela es el relato de una estratagema para salvar la vida del narrador mediante el intercambio de nombre con otro prisionero moribundo. Al final la operación no se lleva a efecto porque la familia, buscándolo, logra hacer llegar una carta, en un momento en que la guerra se iba orientando en favor de los aliados. Aquel día, para mi visita semanal, había previsto despertar su interés –o al menos distraerle de la lenta progresión pestilente de su propia muerte– recordándole su ensayo sobre Los marcos sociales de la memoria, que yo leí dos años antes cuando era alumno suyo en la Sorbona (p. 107). La clave de lectura importante es la mención de Los marcos sociales de la memoria, obra de la cual retomamos la siguiente cita: “Si bien la memoria colectiva perdura y saca fuerzas de un grupo coherente de personas, quienes recuerdan son los individuos, en tanto miembros de un grupo”. Precisamente, el narrador de Viviré con su nombre... recuerda en tanto individuo perteneciente a un grupo. Ilustran lo anterior, en esta novela, las numerosas ocurrencias del término “memoria”, o términos vecinos, en frases como las siguientes: • Yo quería reavivar [...] la chispa de la conciencia propia, de la memoria personal (p. 51) En tanto que Bergson distingue una memoria pura (que corresponde a la duración) y una memoria-hábito (correspondiente al espacio-tiempo), para Halbwachs5 la existencia de una memoria pura individual es inadmisible. Para el sociólogo, lo que denominamos memoria colectiva y sus marcos colectivos son también los marcos de la memoria individual. En este contexto se sitúan numerosísimas alusiones en la novela, que corresponden a otros tantos datos sobre aspectos de la vida en Buchenwald, regida por una organización jerárquica formada no solo por los oficiales alemanes (nazis), sino también por los puestos que ocupaban los prisioneros. Al despertarnos, a las cuatro y media de la mañana, antes de pasar lista [...] el Stubendienst [repartidor de comida] nos reparte un vaso de líquido caliente y negruzco al que se llama “café”, para abreviar y hacerse entender por todo el mundo (29). Hay un pasaje muy significativo en el que se puede “palpar” algo de lo que experimentaban los deportados y observar conexión con uno de los aspectos de la memoria. Después de explicar cómo cortaba su rebanada de pan negro en pedacitos, para hacerla durar lo más posible, escribe el narrador: Pero siempre llegaba un momento en el que había tragado todo el pan, y desaparecía hasta la última migaja masticada lentamente. Ya no había más pan. La verdad es que nunca lo había habido. A pesar de todos los subterfugios, las estratagemas y los rodeos, siempre teníamos demasiado poco pan como para recordarlo. Una vez terminado no había manera de acordarse. Nunca había pan suficiente como para ‘hacer memoria’, como se hubiera dicho en español. Y enseguida volvía el hambre, insidiosa, invasora, como una sorda pulsión de náusea [...] Nadie podía acordarse de la sopa del día anterior, ni de la de aquel mismo día –desaparecidas sin dejar huella en olvidados rincones del cuerpo–, pero era posible reunirse para escuchar contar a alguien en detalle el banquete de la boda de la prima Dupont, que se había celebrado cinco años antes. Uno solo podía saciarse en el recuerdo (35). Otros recuerdos se relacionan con mujeres, son recuerdos “con género”. Tenemos el de Ilse Kochd, una mujer que en París le hizo descubrir a Faulkner (94-95), la cantante Zarah Leander (43, 174) cuya voz, difundida por los altoparlantes del campo, hacía soñar a los prisioneros, y el jovencito que se vestía de mujer en las puestas en escena de obras de Lorca (193). Se mencionan los diversos espacios del campo de concentración, pero es especialmente vívida la descripción de las letrinas, como el espacio en el que se manifestaba en su forma más descarnada la abyección en la que los deportados estaban obligados a [sobre] vivir. “[...] podría decirse que la memoria en general depende de él. Esta dependencia de la memoria respecto al lenguaje constituye, además, la prueba manifiesta de que se recuerda por medio de construcciones sociales, pues el lenguaje no se puede concebir sino en el seno de una sociedad”.6 En Viviré con su nombre... el lenguaje, en el sentido que acabamos de evocar, está presente en varios lugares, como testimonio de que la memoria [colectiva] es un proceso activo en la construcción de sentido a través del tiempo4. Veamos unos ejemplos, relativos a la lengua materna. En Buchenwald había prisioneros procedentes de diversos países: españoles, franceses, soviéticos, entre otros; la lengua para comunicarse era la de los directivos, en un pasaje leemos que los deportados. [...] se empujaban en todas direcciones, gritaban en todas las lenguas. Aunque el alemán –reducido, eso sí, a palabras imperativas y a fórmulas de comodín– era el medio de comunicación, es decir, de mando, en Buchenwald, todo el mundo volvía a su lengua materna para expresar la cólera o la angustia, para proferir alguna imprecación (p. 154). Nos hemos referido en párrafos anteriores a las mujeres presentes en las evocaciones del narrador de Viviré con su nombre... Una de ellas es la joven que lo convierte en lector de la obra de Faulkner, en París ocupado por los nazis. Tengamos en cuenta que la novela que nos ocupa fue escrita originalmente en francés (con el título de Le mort qu’il faut, literalmente El muerto que se necesita), lengua de adopción de Jorge Semprún, quien se instaló con su familia en Francia, desde donde practicó la resistencia contra el régimen franquista. Al evocar “el fantasma de aquella joven de ojos azules”, escribe el narrador: [...] de pronto, lamento no poder cambiar aquí de lengua para hablar de ella en español: cómo me gustaría poder evocarla en español, o al menos mezclar las dos lenguas [...] Ahora necesitaría lectores bilingües [...] que pudieran pasar de una lengua a otra, del francés al español y viceversa, no solo sin esfuerzo, sino incluso con placer, disfrutando los juegos idiomáticos. En resumen, si pudiera evocar en español el recuerdo de aquella joven, diría que ‘tenía duende’ [...] (p. 94-95) Esta añoranza de la lengua materna se halla igualmente en otro pasaje, en el que, luego de afirmar que “para mí la lengua francesa era lo único que se parecía a una patria”; escribe que: Evidentemente, no por eso había olvidado el español. Seguía allí, presente-ausente, en una especie de coma, de existencia virtual, privado de valor de uso y comunicacióne [...] Un solo hilo, íntimo y misterioso, unía aún la lengua de mi infancia a la vida real, el hilo de la poesía [...] y creo que el de las cifras y las cuentas. También eso tenía que ver con la niñez, como las canciones infantiles. Siempre me era necesario repetir, aunque fuese en voz baja, las cifras en español para poder recordarlas, para memorizarlas. Números de calles o teléfonos, fechas de citas o de cumpleaños: tenía que repetírmelas en español para grabármelas en la memoria (p. 100-101). Para terminar, me refiero nuevamente a la noción de espacio desde la perspectiva de Halbwachs. Visto así, el espacio ayuda a comprender el valor de las conmemoraciones en los espacios mismos donde sucedieron los hechos. Fue el caso cuando el 11 de abril de 2010 Jorge Semprún acudió a Buchenwald para pronunciar un discurso, el día del 65° aniversario de la liberación del campo. Le quedaba poco más de un año de vida (en este mundo) a un hombre considerado como “una memoria del siglo”. Es por demás significativo el epígrafe –una frase del escritor y autor Roland Dubillardf que eligió para Viviré con su nombre, morirá con el mío: “Estoy seguro de que mi muerte me recordará algo”. NOTAS a En los diarios de distintos países aparecieron muchas notas para dar cuenta del fallecimiento de Jorge Semprún. Todas mencionaban el hecho de su expulsión del Partido Comunista Español, por disidente. Se trata de una personalidad controvertida, primero por haber sobrevivido al campo de concentración, y luego por sospechas de haber denunciado a otras personas, entre ellas a Marguerite Duras. Él siempre lo negó, pero otros lo siguen afirmando. REFERENCIAS 1 Pacheco, J. E. “Jorge Semprún y la memoria del mal”, Proceso, 27 de junio de 2011. http://www.proceso.com.mx/?p=274194 Raquel Graciela Gutiérrez Estupiñán |
