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Elementos No. 99         Vol. 22 Julio-Septiembre, 2015, 59

Ruy Pérez Tamayo:
ciencia y docencia

Germán Iván Martínez Gómez           Descargar versión PDF

DIEZ RAZONES PARA SER CIENTÍFICO
RUY PÉREZ TAMAYO
Fondo de Cultura Económica
México, 2013 

Ruy Pérez Tamayo ha conjugado bien su actividad de académico e investigador con su labor de escritor y divulgador de la ciencia. En Diez razones para ser científico, su más reciente libro, relata porqué decidió ser médico y cómo se hizo científico al referir la influencia que recibió de Alfonso G. Alarcón, Raúl Hernández Peón e Isaac Costero:

yo estudié medicina porque mis padres no me dejaron ser músico, porque admiraba y quería mucho al médico de la familia, y porque mi hermano mayor ingresó a esa carrera y yo quería ser como él. Y dentro de la medicina, me hice científico por la influencia de Raúl, un compañero de generación que me enseñó a hacer experimentos, y de un profesor que se transformó en mi modelo y en mi generoso maestro.

    Pérez Tamayo aborda en el libro las razones que defiende para dedicarse a la ciencia y que, dice, fue “reconociendo y apreciando poco a poco”. Durante años, el autor ha argumentado que la ciencia es un quehacer que permite descubrir no solo qué es el mundo sino cómo funciona y cuál es el papel que nosotros jugamos en él. En Acerca de Minerva había mencionado ya la necesidad de interesar al lector en el quehacer científico e incorporar “la ciencia no solo a nuestros procesos productivos y a nuestra manera de pensar, sino a nuestra conciencia y a nuestra cultura”. Ahora, en Diez razones para ser científico reitera que la ciencia es una actividad humana creativa que busca la comprensión de la naturaleza; que la vocación (entendida como predisposición y llamado para dedicarnos a algo) es una creencia popular y por tanto no existe; que el científico debe tener autonomía e independencia intelectual; el trabajo científico es exploración de lo desconocido; la investigación científica tiende a ser multidisciplinaria y asunto de grupos y no de personas.
    Por otro lado, frente a los científicos holistas, Pérez Tamayo se reconoce reduccionista pues asegura que la historia de la ciencia muestra que la estrategia de fraccionar un problema en múltiples aspectos susceptibles de estudio, análisis y solución, así como su integración progresiva, contribuye mejor a comprender la realidad. Aprovecha la ocasión para recordarnos que ciencia y tecnología no son lo mismo y que la distinción entre ciencia “pura” y “aplicada” revela una notable confusión. Niega asimismo la existencia de un método científico único pero se pronuncia por algunos principios esenciales en la actividad científica, vinculados con aspectos éticos, teóricos y técnicos.
    Pérez Tamayo sostiene que el científico presupone una regularidad en la naturaleza; que la aventura científica es afán de conocimiento y descubrimiento acompañado de la creatividad, imaginación e intuición del investigador. Éste, añade, es un hombre de poca fe y mucha razón; de ahí que el escepticismo y la actitud crítica sean condiciones esenciales de lo que llama “el espíritu de la ciencia”, que sirve para ordenar nuestra vida “de forma racional y objetiva”.
    Pérez Tamayo sugiere, para que el investigador científico piense por sí mismo, que es necesario evitar ser presa de la revelación, la autoridad y el dogma. Reconoce el subdesarrollo de la ciencia en México y las condiciones adversas que enfrenta en nuestro país la investigación científica; pero su libro es una invitación para hacer de la ciencia un asunto de interés nacional que permita reconocer la labor de los científicos mexicanos y alentar su formación. Para ello será necesario, entre otras cosas, impulsar la generación de una cultura científica y, desde luego, repensar (y reformar) la manera en la que hasta ahora se ha aprendido (y enseñado) la ciencia; actividad, precisa el autor, que le ha permitido, a sus 89 años, no envejecer. Y es que, argumenta,

Mi trabajo es estimulante, divertido, muy variable, siempre hago lo que me gusta, no tengo jefe ni horario de trabajo, nunca he estado aburrido en mi laboratorio, hago el mejor uso que puedo de mi cerebro, no dejo que me tomen el pelo ni los comerciantes ni los políticos, casi todos mis amigos son científicos y hablo con ellos en su mismo lenguaje, y he sido profesor de muchos científicos, no sólo mexicanos sino de otros países. Y por todo eso es por lo que siempre estoy bien contento.

Germán Iván Martínez Gómez
Escuela Normal de Tenancingo
german_img@yahoo.com.mx


NOTA: Por un error involuntario en el número 98 de Elementos omitimos el nombre del autor de este texto. Lo publicamos nuevamente ahora con el crédito correspondiente.