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Elementos No. 99         Vol. 22 Julio-Septiembre, 2015, 47

Identidad, memoria y lenguaje en el pensamiento de Rosario Castellanos

Angélica Tornero          Descargar versión PDF

En Mujer que sabe latín, colección de ensayos publicada en 1973, un año antes de su muerte, Rosario Castellanos escribió: “En el momento en que se descubre la vocación yo supe que la mía era la de entender. Hasta entonces yo había identificado esa urgencia con la de escribir”. Más adelante en el mismo ensayo, se lee: “Alguien me reveló que eso que yo hacía se llamaba literatura”.1 La escritora se acercó a la literatura estimulada por la acuciosa necesidad de entenderse a sí misma en relación con el mundo que la rodeaba, fue ese temprano impulso a encontrar respuestas sobre la extraña condición de estar en el mundo, lo que la condujo a buscar afanosamente, y la mediación elegida fue el lenguaje. En los primeros poemas están ya presentes inquietudes metafísicas y ontológicas que permanecen a lo largo de su obra, desde luego, con variaciones formales y temáticas. En un trabajo realizado hace algunos años sobre la poesía de esta autora, señalé que en su trayectoria puede advertirse el tránsito de un yo inicial, en situación existencial primigenia donde la diferenciación está dada por la percepción y la intuición, a un yo consciente que reflexiona sobre su constitución en relación con los otros en un contexto social y político.2 En un comentario autocrítico, Castellanos lamenta haber transitado por esa primera etapa, la cual se refleja en sus dos primeros poemas, “Trayectoria del polvo” y “Apuntes para una declaración de fe” de 1948: “[...] el pecado sin remisión es el vocabulario abstracto”,3 y en relación con la subjetividad, anotó: “Lo que ocurre es que yo tuve un tránsito muy lento de la más cerrada de las subjetividades, al turbador descubrimiento del otro y, por último, a la ruptura del esquema de la pareja para integrarme a lo social, que es el ámbito en el que el poeta se define, se comprende y se expresa”.4 Aun cuando la descripción que la poeta hace en torno a la subjetividad nos parece precisa, no comparto totalmente la valoración que hace de su obra, porque creo que esos dos primeros poemas le dieron un entendimiento de sí misma necesario para continuar construyéndose como escritora y como persona.
    Como sea, el asunto que quiero destacar aquí es la vocación de Rosario Castellanos de entender lo que en su escritura se convierte en formas verbales que le permitan comprenderse en el mundo. Esta vocación de entender, resuelta mediante la escritura, puede ser descrita como aproximación hermenéutica a la comprensión del sí; dicho de otro modo, a la comprensión de su situación como mujer haciendo cosas con otras y otros en un entorno social y político, en el contexto mexicano y latinoamericano; aproximación sobresaliente en su trayectoria poética y presente también en la narrativa, el teatro y los ensayos. En este ensayo reflexionaré brevemente sobre una de las aristas del profuso pensamiento de la autora que se relaciona con el conocimiento de nosotros mismos como mexicanos y latinoamericanos. Para realizar este análisis he elegido abordar, principalmente, los ensayos, artículos y notas sobre la memoria, la identidad y el lenguaje. Me interesa rescatar las ideas de Rosario Castellanos en torno al poder de la memoria y del lenguaje para el entendimiento y la comprensión del sí, como parte de una colectividad. Considero que algunas de estas ideas siguen vigentes y pueden ser retomadas para explorar alternativas para pensarnos hoy, en la compleja era de la globalización.


IDENTIDAD, MEMORIA Y LENGUAJE 


En un artículo publicado el 16 de enero de 1971 en el periódico Excélsior, a propósito de la cohesión del pueblo judío, Rosario Castellanos reflexiona sobre la importancia de la memoria en la formación de la conciencia de lo que somos los humanos en relación con nuestros contextos culturales. De acuerdo con sus apreciaciones, los mexicanos hemos descuidado la memoria en términos de presencia viva de la historia para dedicarnos a borrar hechos, negar acontecimientos aunque acaben de tener lugar, cortar puentes entre generaciones y solazarnos “en el ninguneo como si no fuera una forma velada del suicido”.5 Mientras seamos un país desmemoriado, dice la poeta, seremos un país inculto y corrompido. Inculto porque seguiremos careciendo de términos para establecer comparaciones; corrompido, porque no reconocemos o recordamos ejemplo de conducta y porque no tenemos ninguna esperanza de darlo. “¿Qué más da portarnos bien que portarnos mal si de todos modos los segundo es más fácil y de todos modos va a venir el remolino y va a levantarnos?”.6 Algunos apologistas de la posmodernidad en sus versiones europea y estadounidense podrían calificar este ímpetu historicista y memorioso de Castellanos como actitud reaccionaria, porque precisamente de lo que se trata es de señalar que ni el pasado ni la tradición deben orientar ningún tipo de proyecto o futuro, porque lo que llamamos tradición es un discurso del poder, un ejercicio de retórica y gramática, que ciñe a los sujetos, dejándolos imposibilitados para actuar de manera libre. Quienes viven extasiados con la idea de la ruptura con el pasado, propia de la era de la globalización, aplaudirían lo que la autora de Juicios sumarios rechaza, que “el único núcleo existente [sea] el yo y el único momento seguro [...] este momento”.7 Para Castellanos un pueblo incapaz de reconocerse no tiene futuro, lo cual no implica ni unidad de lengua ni de costumbres, ni siquiera de territorio y tampoco es un problema solo de retórica. De lo que la autora habla es de no olvidar el pasado, de recordar, porque el recuerdo, señala, “es el único vínculo actual cuya vigencia no se pierde”.8 Lo que Castellanos parece indicar es que los sucesos deben ser recordados y el proceso mismo de recordar aquello cohesiona a los que recuerdan, independientemente de las variaciones interpretativas. Es innegable que la memoria se recupera mediante estructuras simbólicas, como son los discursos lingüísticos –entre otros, como los visuales, sonoros, etcétera–, tampoco puede objetarse que estos discursos emplean la retórica y la gramática y contienen valoraciones, posturas morales, éticas y políticas. Sin embargo, estas estructuras en sí mismas no son el mundo, sino una mediación con la que se habla del mundo de los humanos.
    La autora de Balún Canan9 era consciente de que el lenguaje es una mediación con la cual se habla del mundo y que los conceptos deben ser revisados contantemente para no convertirlos en verdades inamovibles. En el prólogo al libro de Susana Francis titulado Habla y escritura popular en la antigua capital chiapaneca, Castellanos considera que el sometimiento de los indios se debe a que los ladinos de San Cristóbal no han modificado sus conceptos: “[los ladinos creen] que sus opiniones, no sometidas al ácido corrosivo de la crítica ajena, son dogmas de validez universal”.10 No obstante, considera también que la memoria, que, como ya se dijo, utiliza mediaciones para realizare, es definitiva para que un pueblo logre identificarse. Así, para Rosario Castellanos, el asunto de la identidad no radica en interpretar lo mismo, no consiste en la univocidad, en crear conceptos universales para comprender quiénes somos, sino de reconocernos a partir de la rememoración de todo aquello que hemos vivido de manera conjunta, como colectividad.
    Una pregunta puede surgir a partir de estas consideraciones, ¿cómo podemos identificarnos a partir del recuerdo, convertido en discurso histórico, de aquello que ha sucedido en nuestro país si no lo interpretamos de la misma manera? La respuesta que Castellanos ofrece es la tolerancia. No podemos pretender responder a la pregunta por la identidad de los mexicanos si la respuesta debe darse a partir de un contenido unívoco; esto conduciría al fascismo. En un artículo sobre esta temática, Rosario Castellanos escribió: “El recto amor a la patria sólo comienza a darse a partir del nivel de tolerancia a la libertad de los otros”.11 Aun cuando considero que el concepto de respeto es más adecuado que el de tolerancia, ya que este último contiene una carga negativa de origen, coincido plenamente en el principio en el que la autora se basa para plantear la posible construcción de una identidad, ya no diría yo nacional, sino en términos de colectividad, que no necesariamente se construye con la unidad de la lengua, ni de costumbres ni de territorio; este principio que se relaciona con la coexistencia solidaria.
    Aun cuando reconoce no haber elaborado investigaciones académicas, utilizando métodos de las ciencias sociales, y tampoco una reflexión del calado de la que realiza Octavio Paz,12 a propósito de la pregunta realizada por Ana F. Aguilar sobre el modo de ser de los mexicanos, “¿dónde está el origen de nuestra falla como pueblo?”,13 Castellanos se anima a lanzar algunas ideas interesantes, como poner en crisis lugares comunes, entre otros, aquel que afirma que los mexicanos somos “peculiares y únicos”.14 Señala la conveniencia de abandonar la autocompasión y la autocomplacencia, así como los recursos con los que se trata de explicar el modo de ser mexicano que son simplemente justificaciones. Desde su perspectiva, casi todos los estudios psicológicos, filosóficos y los escritos líricos sobre la identidad de los mexicanos que se realizaron hasta ese momento, son justificaciones y no ejercicios de configuración y refiguración, es decir, de construcción discursiva y su respectiva interpretación de un modo de ser. La autora resume el procedimiento que se ha seguido así:

El mecanismo es muy simple: aserción de un hecho, explicación de ese hecho gracias a los mitos prehispánicos, a la historia colonial, a los turbulentos años del principio de nuestra época independiente, a la paz porfiriana y a la gesta revolucionaria. Y, por último, señalamiento de lo que ese hecho tiene de estético, mérito que no es deleznable para nuestra sensibilidad.15

    Con ironía, Castellanos ejemplifica este procedimiento con el tópico de la tristeza del mexicano, con la que justifica su apatía, su falta de acción y de responsabilidad. El mexicano es triste porque: “Tezcatlipoca puso de vuelta y media a Quetzalcóatl [...] porque la Malinche traicionó a su raza, porque Cortés lloró bajo el árbol de la noche que en su nombre lleva nuestra característica, porque la conquista se hizo con lujo de fuerza y de crueldad y no como se hacen todas las otras conquistas que es a base de convencimiento [...]”.16
    Una comunidad que no logra expresar, no su esencia metafísica, sino simplemente las acciones, los sucesos que la cohesionan en su presente, está condenada a atomizarse y desaparecer. Castellanos concluye que “Cuando nos atrevamos a conocernos y a calificarnos con el adjetivo exacto y a arrostrar todas las implicaciones que conlleva, cuando nos aceptemos, no como una imagen predestinada, sino como una realidad perfectible, estaremos empezando a nacer”.17 Desde mi perspectiva, este reconocimiento no implica uniformar, subsumir diversidades, sino precisamente rememorar como individuos, en la diversidad interpretativa, sucesos que atañen a la colectividad para constituir un frente público de diálogo y debate, cuyo principio sea mantener el equilibrio, lo cual no implica inmutabilidad, sino seguridad para vivir, en todos los ámbitos.


LENGUAJE, DOMINACIÓN Y LIBERACIÓN


Cuando Pedro González Winiktón, personaje de la novela Oficio de tinieblas (1962), dejó de ser juez en la capital chamula y tuvo que trabajar en una finca para subsistir, aprovechó la oportunidad de tomar las clases de castellano que impartía el maestro contratado por el dueño; asistía y estudiaba con dedicación porque le entusiasmaba descubrir los nombres de objetos y pronunciarlos, escribirlos y “apoderarse así del mundo”.18 En esta misma novela, en el diálogo que sostienen Fernando Ulloa y Leonardo Cifuentes, el primero empleado gubernamental y el segundo finquero, Ulloa plantea que los indios han estado bajo una tutela que se presta a abusos, sin aprender español y sin poder comunicarse. “Pero, dice el personaje, alcanzarán la mayoría de edad cuando sepan leer, escribir, cultivar racionalmente su tierra”.19
    Estas expresiones de algunos de los personajes de la novela indican la clara conciencia del potencial del lenguaje para la liberación, en el cual Rosario Castellanos creía firmemente. Esto no significa que en Oficio de tinieblas no haya también una posición contraria, que más bien entraña la crítica al lenguaje como instrumento de dominio; esta perspectiva abunda, pero no es categórica. En general, en los escritos de la autora se evidencia cierta ambivalencia en torno al poder del lenguaje. Por una parte, somete, pero también, libera.
    Diversas son la razones por las cuales el lenguaje se convierte en elemento de opresión. En un ensayo titulado “Notas al margen: el lenguaje como instrumento de dominio”, publicado en Mujer que sabe latín en 1973, Castellanos critica la malversación que se ha hecho del lenguaje; señala la ineficacia de los misioneros al tratar de incorporar en grandes masas de población autóctona la lengua y cultura europeas y el fracaso rotundo de la pretendida inclusión por medio de la instrucción.20 Lo importante, entonces, escribe a propósito de lo que ocurrió durante siglos, era ostentar signos de distinción que evidenciaran, a primera vista, el rango que se ocupaba en la sociedad: “El color de la piel decía mucho pero no todo; había que añadir la pureza y la antigüedad de la fe y algo más: la propiedad de los medios orales de expresión”.21 Pero esta propiedad no se reducía a la corrección lingüística, sino que era el medio para expresar la posesión de riquezas, para exhibir los tesoros. La desigualdad se instaló desde el primer momento, porque lo que a los ojos del hispanismo pretendió ser una ventaja, reducir la diversidad de los dialectos de las tribus precolombinas para lograr la unidad con el idioma castellano,22 terminó siendo instrumento de dominación y ejercicio tenaz de la violencia.
    Muy pronto, el castellano se convirtió en la lengua de los dominadores nacidos en estas tierras, porque era el idioma de los descendientes de los conquistadores y de los encomenderos. Estos herederos se jactaban de su linaje. Castellanos escribe: “[el] orgullo de su apellido, de su raza, de su lengua, de su religión: he ahí el arma con la que [este grupo] ha dominado, y continúa dominando, sin escrúpulos, a los siervos. Estos son naturalmente los indios”.23 El resultado de la estrategia colonizadora fue desarraigar a los indios de su cultura, desposeerlos de su riqueza histórica, no incorporarlos plenamente al nuevo idioma y a la nueva cultura, no porque los consideraran de segunda, sino porque temían que entendieran y se apropiaran de los que les pertenecía. Como se lee en un pasaje de Oficio de tinieblas, “Indio alzado es indio perdido, decían. Cuando estos tales por cuales sepan leer y hablar castilla no va a haber diablo que los aguante”.24
    En los estudios realizados sobre el habla de San Cristóbal en el siglo XX, dice Castellanos, se advierte la parálisis, el aislamiento. Por una parte, la población no se incorpora a los acontecimientos de la época y, por otra, no opone resistencia.25 La pasividad reina en un lugar en el que se conservan los arcaísmos, las expresiones de dominio del patrón sobre el indio. Aquí, el problema es que los indios y gran parte de la población en general, no entienden el idioma en el que hablan. Es evidente, sobre todo en zonas indígenas, que el español es un privilegio que usan y poseen en plenitud las clases sociales altas, el problema es que de pronto, este idioma resulta lejano:

 “[...] en el momento en que [las clases altas] lo convierten en vehículo de expresión, en un instrumento para manifestar su manera de pensar, de sentir, de ordenar, descubren que el español es una lengua ajena, que es una lengua que no poseen, que ha sido creada por hombres de otros antecedentes históricos muy distintos a los nuestros, de unas circunstancias que tampoco pueden ser paralelas a aquellas en las cuales nosotros nos desarrollamos y vivimos, de un temperamento con el que tenemos pocas afinidades”.26

    A pesar del abuso del lenguaje en posesión de los dominadores, de este manoseo, Rosario Castellanos atisba en él posibilidades de liberación, siempre que, escribe la autora, “las palabras recuperen su pristinidad. Y esa pristinidad, agrega, consiste en la exactitud. La palabra es la flecha que da en “su” blanco”.27 Podría pensarse que la autora, en tiempos de posmodernidad y posestructuralismo, apela a consideraciones poco vigentes en torno a la relación entre las palabras y la referencia, entre las palabras y aquello que se nombra, en suma, apela a cierta dimensión ontológica del lenguaje. No obstante, considero, hay un aspecto medular en su reflexión que vale reconsiderar: las palabras no deben ser usadas gratuitamente. Como es sabido, las aproximaciones críticas de las últimas décadas proponen deconstruir discursos hegemónicos que nos sujetan, evidenciar formas de dominio a través de los discursos institucionalizados, la misma Rosario Castellanos lo subrayó constantemente en sus críticas al lenguaje, sin embargo, la autora propone también la reconstrucción, necesariamente. Además de criticar y deconstruir, es preciso trabajar para hacer patente en cada instante el sentido de las palabras. No se trata ya de debatir si hay mundo real o no independientemente del lenguaje o qué entenderemos por referente, sino de saber trasvasar nuestras prácticas a los idiomas, español, tzotzil, tzeltal, náhuatl, maya, apropiarnos del mundo, renovarnos con palabras que nos permitan mirarnos con mayor cercanía y profundidad para, así, interpretarnos en relación con nuestras prácticas cotidianas. Rosario Castellanos ha observado que nuestros pueblos y de manera contundente los pueblos indios, han tenido una larga costumbre de callar, por no conocer la lengua oficial o por no comprenderla cabalmente, y esta costumbre de callar, “entorpece la propia lengua”28 y, agregamos, obstaculiza la comprensión de nosotros mismos en relación con el contexto en el que vivimos. Es preciso reconocer que en décadas recientes, en México se han hecho esfuerzos importantes para hablar “más alto y más fuerte” en distintos idiomas, prueba de ello es lo que ocurre entre los grupos indígenas en el sureste. Sin duda, estas valiosas iniciativas, surgidas de la población misma, apuntalan procesos de entendimiento y de lucha por la dignidad. Sin embargo, en otros ámbitos, hay retrocesos alarmantes, como la incompetencia de la población mestiza en el idioma español, que constatamos diariamente en un número importante de estudiantes de todos niveles en el país y de la población en general. Estas carencias nos conducen a no entender y, por lo tanto, a callar, a no luchar y a no innovar. Cabe señalar que no es la intención aquí defender un discurso único, el verbal, y que este comentario se hace extensivo a otros discursos. También se requieren competencias para interpretar discursos visuales, auditivos, corporales y otros.
    Las consideraciones sobre el lenguaje realizadas por Rosario Castellanos se relacionan con la construcción de la identidad individual y nacional. Un grupo humano que ha vivido mudo, que no comprende de lo que habla, porque usa con imprecisión el idioma, que abusa de las palabras manejándolas sin sentido, difícilmente puede saber algo sobre sí mismo. No se trata aquí de volver a posturas románticas que aboguen por la pureza de las razas ni de las lenguas, no es el caso proponer la autonomía de los indios y una pretendida esencia. Evidentemente los indios, los mestizos, los criollos que vivimos en esta región del mundo estamos condicionados por los que nos rodean y la complejidad es mayúscula, por lo que la comprensión no es fácil. Pero, como señala Castellanos a propósito del reconocimiento que hace José María Arguedas sobre su falta de entendimiento en torno a la complejidad de la población del Perú, “sin entender, ¿cómo es posible hablar? y ¿cómo es posible vivir?”29  
     La rememoración creadora que resucita lo muerto y que anticipa lo que todavía no nace, es una tarea indispensable para pensarnos, sí, con lenguaje, no, con formas manidas, gastadas y manipuladas que no dicen nada, que han perdido su poder innovador en todos los idiomas de la región. El reto es, entonces, con el dominio de estos idiomas recomponer, renombrar, reconocer, reconstruir, entre las ruinas que dejaron ayer los conquistadores y entre los fragmentos de nuestro mundo actual complejo y globalizado, un sentido de colectividad; abandonar el silencio por no entender, lograr la competencia para el diálogo y la discusión, que nos permita recuperar el espacio público para la defensa del derecho a vivir con dignidad.
    Para terminar, comparto estos versos del poema titulado “Silencio cerca de una piedra antigua”, en el que Rosario Castellanos insiste en la preocupación por la relación entre el idioma y el entendimiento de lo que somos. Al inicio, se lee: “Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras/como con una cesta de fruta verde, intactas. [...] De las bocas destruidas/quiere subir hasta mi boca un canto [...]. Pero soy el olvido, la traición [...]”.30 Y al final, dice: “Pero yo no conozco más que ciertas palabras/en el idioma o lápida/bajo el que sepultaron vivo a mi antepasado”.31 

Referencias

1        Castellanos R (2014). Si “poesía no eres tú”, entonces ¿qué? En Mujer que sabe latín (p. 159). Fondo de Cultura Económica, México.
2        Tornero A (2010). Expresiones de la subjetividad en la poesía de Rosario Castellanos. En Rosario Castellanos. Perspectivas críticas, P. Popovic y F. Chávez, coords., México, M. A. Porrúa.
3        Castellanos R. Si “poesía no...”. En Mujer... op. cit., (p. 160).
4        Ibid., p. 158.
5        Rosario Castellanos, “La otra memoria: conciencia de lo que somos”, en Mujer de Palabras II, México, CNCA, 2006, p. 632.
6        Ibid., p. 633.
7        Ibid., p. 632.
8        Idem.
9        Novela publicada en 1957.
10       Susana Francis, Habla y literatura popular en la antigua capital chiapaneca, México, Instituto Nacional Indigenista, 1960, p. 8.
11       Rosario Castellanos, “Nacionalismo y tolerancia”, en Mujer de palabras III, México, CNCA, 2007, p. 89.
12       Idem.
13       Rosario Castellanos, “Indagación sobre el ser nacional: la tristeza del mexicano”, en Mujer de palabras II, México, CNCA, 2006, p. 644.
14       Idem.
15       Idem.
16       Idem.
17       Ibid., p. 646.
18       Rosario Castellanos, Oficio de tinieblas, México, Joaquín Mortiz, 1990, p. 58.
19       Ibid., p. 150.
20       Rosario Castellanos, “Notas al margen: el lenguaje como instrumento de dominio”, en Mujer que sabe latín, op. cit., p. 137.
21       Idem.
22       Idem.
23       Rosario Castellanos, “El idioma en San Cristóbal de las Casas”, en Juicios sumarios, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1966, pp. 131-132.
24       Rosario Castellanos, Oficio..., op. cit., p. 56.
25       Rosario Castellanos, “Prólogo a...”, en Historia... op., cit., p. 83.
26       Rosario Castellanos, “La degeneración del lenguaje”, en Mujer de palabras II, op. cit., p. 503.
27       Ibid, p.140.
28       Rosario Castellanos cita a Mariano José de Larra. Ibid. p. 502.
29       Rosario Castellanos, “José María Arguedas y la problemática indigenista”, en El mar y sus pescaditos, México, Secretaría de Educación Pública, 1975, p. 178.
30       Rosario Castellanos, “El rescate del mundo”, en Poesía no eres tú, México, FCE, 2006, p. 65.
31       Ibid, p. 66.


Angélica Tornero
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
atorneros@prodigy.net.mx