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Elementos No. 99         Vol. 22 Julio-Septiembre, 2015, 34

arqueología memoria  

Irene Sepúlveda             Descargar versión PDF

La modernidad zombi que nos circunda ha logrado, ¡por fin!, su objetivo: abolir la realidad, reducir existencias y cosas al presente en curso, desmemoriado, en donde sólo cuenta lo actual. Hay, en lo inmediato, una víctima patente: el pensar rememorante. Pero los artistas y pensadores radicales no olvidan, como el Ángel de la historia de Paul Klee hurgan en el pasado en búsqueda de lo otro que quiere ser liquidado, el exceso, lo inconmensurable e innombrable, los sueños de la humanidad. Quizás algún día, quizás pronto, los mortales recuperemos algo sin lo cual somos nada: la memoria.

Jorge Juanes

Memoria y olvido

La exposición arqueología memoria, con la que iniciaron las actividades de la Casa de la Cultura Contemporánea del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, es un intento de recuperación del “pensar rememorante” del que habla Jorge Juanes, una batalla (mínima y quizás inútil, también hay que decirlo, pero batalla al fin) librada al pie de las murallas de esa plaza aparentemente perdida que es la memoria. Es por eso que la palabra exposición, con su carga de ranciedad decimonónica y su carencia de significado contemporáneo no da cuenta cabal de lo que arqueología memoria es. Porque estamos, más bien, en presencia de una intervención en la que los espacios de una antigua casa en remodelación adquieren una nueva vida albergando objetos que, paradójicamente, son ante todo signos de evocación y nostalgia. Pero por debajo de esta primera impresión hay, desde luego, lecturas más sutiles, y en ello la curaduría de Marcelo Gauchat actúa de manera casi metafísica, mostrando lo que los objetos son y sugiriendo lo que podrían ser, o haber sido o haber llegado a ser o representar, conformando un discurso complejo que se insinúa tenuemente en montajes frescos, minimalistas, desprovistos de cualquier rasgo de pedantería o solemnidad, salpicados aquí y allá con trazos de un humor grácil cuyo esqueleto es un sólido elemento de reflexión
(o mejor: una propuesta de diálogo) que no intenta imponérsele a quien mira la obra, simplemente está ahí, para quien lo quiera ver.