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Elementos No. 99         Vol. 22 Julio-Septiembre, 2015, 32

Recoger porcelana allí donde había arcilla enterrada  

Horacio Berra             Descargar versión PDF

Jean Ignace Isidore Gérard Grandville, Le pont des planètes, 1844.

En su ensayo El anillo de Saturno o algunas anotaciones sobre el hierro y la construcción, Walter Benjamin se refiere a una ilustración de 1844 del caricaturista Jean Ignace Isidore Grandville titulada Le pont des planètes la que se muestra a un pequeño duende paseando a lo largo de un puente que conecta distintos planetas entre sí. En su camino por el espacio, el duende se aproxima a Saturno, donde nota “que el anillo que rodea a ese planeta no era otra cosa mas que un balcón circular desde el cual los habitantes de Saturno deambulan durante la noche en busca de aire fresco”.
    La conexión entre el vagabundeo y el planeta de la melancolía no es enteramente una casualidad .Ante el espacio abierto, ese “vacío feliz”, que decía Claudio Magris, los paseantes de Saturno brincan con la mirada de una estrella a otra, de un punto luminoso a una zona oscura, de una esfera en movimiento a una explosión lejana, convocando lo disperso y fragmentario en una reflexión sostenida sobre el paso del tiempo. Italo Calvino lo describió de la siguiente manera: “la búsqueda de lo indefinido se convierte en la observación de todo aquello que es múltiple, etéreo, compuesto por innumerables partículas”. Calvino encuentra el placer de errar una guía hacia la exactitud pues es una manera altamente poética de aproximarse hacia las cosas. Entre la complicidad del objeto y uno, se cuela una forma de compasión activa. Por un lado, al observar los restos, ruinas y trozos de una antigua civilización atestiguamos la máscara pétrea de la muerte; por el otro, una sustancialidad desconocida espera ser reorganizada. La fracturación de una secuencia es el inicio de un nuevo montaje a partir de los materiales que se encuentran a la mano. Aquel que construye, sabe que es la materialidad y no únicamente la referencialidad lo que legitima una estructura. La “objetividad” de una imagen o de una pieza arquitectonica encuentra resonancia en su capacidad de evocar la palpabilidad. Es en su materialidad que “el drama de la creación”, como lo llamó Paul Valéry, cobra sentido.

Al oeste de la prefectura de K’i, a setenta “li” (500 metros o 1,640 pies) de distancia de la subprefectura de Long, existe una gruta llamada La caverna de los dragones y los peces. Adentro de ella se localiza una piedra que a veces es de tamaño grande y a veces muy pequeña. Si uno la rompe e intenta explorar su interior, podrá ver figuras que asemejan a dragones y a peces.
    Aquellos que pasan por esta caverna dejan de hablar. Se dice que escuchan ruidos de truenos y de tempestades y que quedan paralizados por el terror. Ningún hombre entiende estos ruidos (Roger Caillois).

© Gianni Capitani, Esquinas, 2006.

    La memoria y el paisaje activan los sentidos. Como un arqueólogo que se abre paso entre las diferentes capas geológicas trayendo a la luz los más diversos objetos, así el hombre con disposición melancólica asocia lo que le aparece cercano con aquello que se asoma en la distancia, mostrándolo con un brillo distinto, dotándole de un voltaje propio, otorgándole, si vale, una nueva memoria. En el siglo XIX, el geólogo británico Charles Lyell señalo que los fósiles son antiguos monumentos de la naturaleza escritos en un lenguaje viviente, y que la paleontología, al igual que la geología, servían para enseñarle a la gente a leer el paisaje como un libro de historia por todo aquello que podía contar sobre el pasado. El académico Kurt W. Foster, por su parte, ve en los procesos geológicos una metáfora para hablar sobre la memoria. Foster apunta que en el crisol que se encuentra dentro de la corteza terrestre se despedazan y cristalizan moldes bajo el movimiento de continentes enteros que conservan sus microhistorias dentro de piedras congeladas en un proceso extremo de combustión. «Quien sigue las huellas de esta ‘escritura de la naturaleza’, sostiene entre sus manos en forma de joyería lo que bajo condiciones extremas de calor fue triturado en las cámaras de presión de la tierra”. Así se originó el mundo y de la misma manera seguirá transformándose, continúa. De igual modo, el hombre, a partir de los recuerdos (esas microhistorias contenidas en una cáscara aún por cortar, tallar, limpiar) desentierra aquello que permanecía inerme y convierte el acto de la memoria en un proceso de cristalización donde lo oculto vuelve a la superficie bajo una nueva forma y desde otra perspectiva, desde un personal balcón saturnino. El vasto espacio que se le presenta al duende de la caricatura de Grandville es en este proceso de cristalización como una enorme pantalla oscura en la que, tal y cómo sucede en las salas cinematográficas, uno puede observar como las partículas de polvo que flotan en el ambiente van transformándose en imágenes cuando el proyector luminoso comienza a correr.  
    El mundo es el territorio donde le tiempo despliega su sombra y la memoria es la sombra misma sobre la que ese movimiento deja su huella más profunda. Lo que alguna vez se erigió en forma de montaña es hoy un desierto de partículas de arena que no acaban de posarse en algo fijo. Donde antes una ciudad se levantaba, hoy se encuentran diseminados sus restos bajo los cimientos de otra. La combustión, el desbordamiento de las aguas de su cauce, la intensidad del viento y el movimiento telúrico, moldean el paisaje. El reino de los elementos es el capote del tiempo. Cubierto en él, el mundo se expande, contrae, transforma y escapa vertiginosamente. “La luz de Plutón es la oscuridad de Júpiter”, escribió Sir Thomas Browne en el siglo XVII. Y allí donde el espíritu cree haber triunfado sobre la naturaleza, lo que en realidad comienza es el proceso mismo de desintegración de la creación humana. Describir esta caída es describir el paso firme del tiempo, su fugacidad y su carácter inconcluso. De la misma manera, la memoria, ese otro territorio en proceso de erosión, está constituida por folios sobreimpuestos de recuerdos igualmente fugaces y ubicuos. La memoria es lo que dista entre el nacimiento y la muerte. Condenada a la recreación de la vida encuentra, paradójicamente, su mejor aliado en la imaginación. Recordamos lo que podemos nombrar: un evento, un sueño, una emoción. Y, sin embargo, al nombrar las cosas las dotamos de una carga ficticia: un evento se convierte en un drama, un sueño en una batalla épica, una emoción en una fatiga o en un resfriado. Para fijar correctamente algunos de mis recuerdos de infancia, comenta Nabokov, tengo que rastrear cometas y eclipses, tal y como los historiadores lo hacen cuando investigan los fragmentos de una saga.
    La memoria es un archivo dinámico de información y sensación que puede equipararse a una galaxia con sus propios planetas y estrellas. En ella se encuentra no solo el tiempo individual, sino también el tiempo remoto. Como una piedra en bruto, pulir la memoria significa ir más allá de nuestro propio pasado. El tiempo histórico está contenido en el tiempo geológico. Aquél que ha comenzado a abrir el abanico de la memoria nunca llega al final de sus segmentos, escribió Benjamin. No hay imagen que lo satisfaga, pues ha visto que la memoria puede desdoblarse y que es únicamente en sus pliegues donde la verdad reside.

He perdido algo, de ahí que sienta nostalgia. La nostalgia pone en movimiento a los seres humanos. En este sentido, la vida es un fenómeno indirecto y busca algo que se ha extraviado. Como es sabido, los 37 grados de temperatura de los océanos, de cuyas aguas provenimos, se repiten de manera asombrosa en nuestros cuerpos. También el contenido de sal de los océanos corresponde con el contenido de sal de nuestros riñones. Al parecer hay momentos de felicidad que a lo largo de la evolución han sido enterrados y que nuestras células, con una enorme capacidad de memoria, extrañan y añoran sin que nosotros nos percatemos de ellos (Alexander Kluge).