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Elementos No. 98         Vol. 22 Abril-Junio, 2015, Página 63

Libros

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Oliver Sacks
Editorial Planeta Mexicana/Seix Barral
Barcelona
Oliver Sacks (9 de julio de 1933, Londres) es uno de los más prestigiados neurólogos del mundo. Ha escrito importantes libros sobre sus pacientes. Se considera seguidor de la tradición, propia del siglo XIX, de las “anécdotas clínicas” (historias de casos clínicos contadas siguiendo un estilo literario informal). Su ejemplo favorito es The Mind of a Mnemonist (en español Pequeño libro de una gran memoria: la mente de un mnemonista, de Alexander Luria. Se graduó en el Queen's College de Oxford y se doctoró en neurología en la Universidad de California. Vive en Nueva York desde 1965. Profesor clínico de neurología en la Escuela de Medicina Albert Einstein, profesor adjunto de neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York y neurólogo de consulta para las Hermanitas de los Pobres. Ejerce en la ciudad de Nueva York.
    Sacks describe sus casos con poco detalle clínico, concentrándose en las experiencias del paciente. Algunos de los casos son incurables, o casi, pero los pacientes consiguen adaptarse a sus situaciones de distintos modos. En su libro más conocido, Despertares (de uno de cuyos casos se hizo una película, que lleva el mismo título), relata sus experiencias en el uso de una sustancia natural recién descubierta, la L-dopa, en pacientes afectados por la epidemia de encefalitis letárgica acaecida en los años 1920. También fue el tema de la primera película hecha para la serie documental Discovery de la BBC. En otros libros describe casos del síndrome de Tourette y los efectos de la enfermedad de Parkinson. El relato principal de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero versa sobre un hombre con agnosia visual, que también fue el personaje protagonista de una ópera de Michael Nyman presentada en 1987. La historia Un antropólogo en Marte, que forma parte del libro del mismo nombre, trata de Temple Grandin, una profesora con síndrome de Asperger. Las obras de Sacks han sido traducidas a 21 idiomas.
    En febrero pasado el doctor Sacks ha dado la nota al despedirse de sus amigos y lectores con una emotiva aunque pragmática carta sobre su padecimiento de cáncer terminal y el inaplazable fin de su vida, publicada en The New York Times bajo el título de Mi propia vida. A los 81 años, con una vida muy sana que le permitía nadar un kilómetro y medio al día, Sacks se siente agradecido y enfrenta con valor su cercana muerte: “Tengo que vivir de la manera más rica, más profunda, más productiva que pueda”. Que así sea.


Ruy Pérez Tamayo:
ciencia y docencia


Germán Iván Martínez Gómez



Diez Razones Para Ser Científico
Ruy Pérez Tamayo
Fondo de Cultura Económica
México, 2013

Ruy Pérez Tamayo ha conjugado bien su actividad de académico e investigador con su labor de escritor y divulgador de la ciencia. En Diez razones para ser científico, su más reciente libro, relata porqué decidió ser médico y cómo se hizo científico al referir la influencia que recibió de Alfonso G. Alarcón, Raúl Hernández Peón e Isaac Costero:

yo estudié medicina porque mis padres no me dejaron ser músico, porque admiraba y quería mucho al médico de la familia, y porque mi hermano mayor ingresó a esa carrera y yo quería ser como él. Y dentro de la medicina, me hice científico por la influencia de Raúl, un compañero de generación que me enseñó a hacer experimentos, y de un profesor que se transformó en mi modelo y en mi generoso maestro.

    Pérez Tamayo aborda en el libro las razones que defiende para dedicarse a la ciencia y que, dice, fue “reconociendo y apreciando poco a poco”. Durante años, el autor ha argumentado que la ciencia es un quehacer que permite descubrir no sólo qué es el mundo sino cómo funciona y cuál es el papel que nosotros jugamos en él. En Acerca de Minerva había mencionado ya la necesidad de interesar al lector en el quehacer científico e incorporar “la ciencia no sólo a nuestros procesos productivos y a nuestra manera de pensar, sino a nuestra conciencia y a nuestra cultura”. Ahora, en Diez razones para ser científico reitera que la ciencia es una actividad humana creativa que busca la comprensión de la naturaleza; que la vocación (entendida como predisposición y llamado para dedicarnos a algo) es una creencia popular y por tanto no existe; que el científico debe tener autonomía e independencia intelectual; el trabajo científico es exploración de lo desconocido; la investigación científica tiende a ser multidisciplinaria y asunto de grupos y no de personas.
    Por otro lado, frente a los científicos holistas, Pérez Tamayo se reconoce reduccionista pues asegura que la historia de la ciencia muestra que la estrategia de fraccionar un problema en múltiples aspectos susceptibles de estudio, análisis y solución, así como su integración progresiva, contribuye mejor a comprender la realidad. Aprovecha la ocasión para recordarnos que ciencia y tecnología no son lo mismo y que la distinción entre ciencia “pura” y “aplicada” revela una notable confusión. Niega asimismo la existencia de un método científico único pero se pronuncia por algunos principios esenciales en la actividad científica, vinculados con aspectos éticos, teóricos y técnicos.
    Pérez Tamayo sostiene que el científico presupone una regularidad en la naturaleza; que la aventura científica es afán de conocimiento y descubrimiento acompañado de la creatividad, imaginación e intuición del investigador. Éste, añade, es un hombre de poca fe y mucha razón; de ahí que el escepticismo y la actitud crítica sean condiciones esenciales de lo que llama “el espíritu de la ciencia”, que sirve para ordenar nuestra vida “de forma racional y objetiva”.
    Pérez Tamayo sugiere, para que el investigador científico piense por sí mismo, que es necesario evitar ser presa de la revelación, la autoridad y el dogma. Reconoce el subdesarrollo de la ciencia en México y las condiciones adversas que enfrenta en nuestro país la investigación científica; pero su libro es una invitación para hacer de la ciencia un asunto de interés nacional que permita reconocer la labor de los científicos mexicanos y alentar su formación. Para ello será necesario, entre otras cosas, impulsar la generación de una cultura científica y, desde luego, repensar (y reformar) la manera en la que hasta ahora se ha aprendido (y enseñado) la ciencia; actividad, precisa el autor, que le ha permitido, a sus 89 años, no envejecer. Y es que, argumenta,

Mi trabajo es estimulante, divertido, muy variable, siempre hago lo que me gusta, no tengo jefe ni horario de trabajo, nunca he estado aburrido en mi laboratorio, hago el mejor uso que puedo de mi cerebro, no dejo que me tomen el pelo ni los comerciantes ni los políticos, casi todos mis amigos son científicos y hablo con ellos en su mismo lenguaje, y he sido profesor de muchos científicos, no sólo mexicanos sino de otros países. Y por todo eso es por lo que siempre estoy bien contento.


Germán Iván Martínez Gómez
Profesor-Investigador de la Escuela Normal de Tenancingo
german_img@yahoo.com.mx