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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 55

India en Paz

Julio Glockner
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En espera de Áruna, quien mucho tiempo después sabrá que viajó con nosotros.


Los años que Octavio Paz vivió en India fueron fructíferos: escribió uno de los libros más bellos en prosa poética: El mono gramático, pero también ese magnífico libro de poemas, Ladera Este y más tarde un libro esclarecedor: Vislumbres de la India, que leí durante este viaje, construyendo un diálogo silencioso con el poeta.
    En 1947 la India se independizó del imperio británico. Cuatro años después, el gobierno de México estableció relaciones con la nueva república enviando como embajador al expresidente Emilio Portes Gil, quien tuvo el tino de integrar en su cuerpo diplomático a Octavio Paz. Fue así como llegó, una madrugada de noviembres de 1951, a Bombay.

Recuerdo –escribió tiempo después– la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también mi impaciencia ante la lentitud con que el barco atravesaba la quieta bahía. Una inmensa masa de mercurio líquido apenas ondulante, vagas colinas a lo lejos; bandadas de pájaros; un cielo pálido y jirones de nubes rosadas.

    Una vez instalado en el hotel, salió a la calle a dar la vuelta y se topó con la insólita vida urbana de la India:

Oleadas de calor, vastos edificios grises y rojos como los de un Londres victoriano crecidos entre las palmeras y los banianos como una pesadilla pertinaz, muros leprosos, anchas y hermosas avenidas, grandes árboles desconocidos, callejas malolientes, torrentes de autos, ir y venir de gente, vacas esqueléticas sin dueño, mendigos, carros chirriantes tirados por bueyes abúlicos, ríos de bicicletas... santones semidesnudos pintarrajeados... batallas a claxonazos entre un taxi y un autobús polvoriento... al cruzar una esquina, la aparición de una muchacha como una flor que se entreabre... puestecillos de vendedores de cocos y rebanadas de piñas, vagos andrajosos sin oficio ni beneficio, una banda de adolescentes como un tropel de venados. Mujeres de saris rojos, azules, amarillos, colores delirantes, unos solares y otros nocturnos, mujeres morenas de ajorcas en los tobillos y sandalias no para andar sobre el asfalto ardiente sino sobre un prado... monos en las cornisas de los edificios, mierda y jazmines, niños vagabundos... la risa de una jovencita esbelta como una vara de nardo, un leproso sentado bajo la estatua de un prócer. En la puerta de un tugurio, mirando con indiferencia a la gente, un anciano de rostro noble, un eucalipto generoso en la desolación de un basurero, el enorme cartel en un lote baldío con la foto de una estrella de cine: luna llena sobre la terraza del sultán... En el cielo, violentamente azul, en círculos o en zigzag, los vuelos de gavilanes y buitres, cuervos, cuervos, cuervos…

    En esta intermitente descripción Paz nos envuelve en la turbulenta sucesión de imágenes que son las calles de la India. Pero le faltaba tocar fondo en ese recorrido, faltaba que sus pies se asentaran con firmeza en algún aspecto de la cultura milenaria de aquel país, y fue en las cuevas de la isla Elefanta, cercana a Bombay, donde tuvo su primera experiencia con el arte sacro de la India. El origen de las deidades esculpidas en estas cuevas se remonta al siglo VI, periodo en el que se produce un renacimiento del brahmanismo ante el declive del budismo. La figura central es una enorme escultura de Shiva mostrando tres cabezas que representan sus diferentes manifestaciones: el rostro central es Shiva el Preservador; las otras dos caras, que miran al Oeste y al Este, significan la eterna dualidad de la creación y la destrucción. Este triple avatar de Shiva simboliza el movimiento cósmico que rige la existencia de todo ser: creación, preservación, destrucción... y otra vez creación. Esta trilogía cíclica forma una rueda existencial que no tuvo principio ni tendrá fin. A ambos lados de esta escultura se hallan dos advocaciones más de Shiva: la del Este lo muestra como un ser andrógino, que simboliza la unidad divina de los opuestos, y al Oeste se le representa ayudando a la diosa Ganga a descender a la tierra bajo la atenta mirada de Parvati, la consorte de Shiva. Paz describe así esta primera experiencia, que despertaría en él un interés perdurable por la cultura India:

Caminamos por un sendero gris y rojo que nos llevó a la boca de la cueva inmensa. Penetré en un mundo hecho de penumbra y súbitas claridades. Los juegos de la luz, la amplitud de los espacios y sus formas irregulares, las figuras talladas en los muros, todo, daba al lugar un carácter sagrado, en el sentido más hondo de la palabra. Entre las sombras, los relieves y las estatuas poderosas, muchas mutiladas por el celo fanático de los portugueses y los musulmanes, pero todas majestuosas, sólidas, hechas de una materia solar. Hermosura corpórea vuelta piedra viva. Divinidades de la tierra, encarnaciones sexuales del pensamiento más abstracto, dioses a un tiempo intelectuales y carnales, terribles y pacíficos. Shiva sonríe desde un más allá en donde el tiempo es una nubecilla a la deriva y esa nube, de pronto, se convierte en un chorro de agua, y el chorro de agua es una esbelta muchacha que es la primavera misma: la diosa Parvati. La pareja divina es la imagen de la felicidad que nuestra condición mortal nos ofrece sólo para, un instante después, disiparla. Ese mundo palpable, tangible y eterno no es para nosotros. Visión de una felicidad al mismo tiempo terrestre e inalcanzable. Así comenzó mi iniciación en el arte de la India.

    La experiencia estética de Paz no se halla desvinculada de la experiencia sagrada. El primer acercamiento del poeta con el arte indio fue simultáneamente un contacto con la otredad radical de esa cultura: la presencia de los dioses en la isla Elefanta. Pocos años después de esta primera experiencia escribiría en su libro El arco y la lira, comentando el fragmento de un poema de Quevedo, que lo sobrenatural se manifiesta, en primer término, como sensación de radical extrañeza. Y esa extrañeza pone en entredicho la realidad y el existir mismo, precisamente en el momento en que los afirma en sus expresiones más cotidianas y palpables... “Todo es real e irreal, los ritos y las ceremonias religiosas subrayan esa ambigüedad”. Recuerda entonces una tarde en Mutra, ciudad sagrada del hinduismo, cuando tuvo ocasión de asistir a una pequeña ceremonia a orillas del río Jumma:

El rito es muy simple: a la hora del crepúsculo un bramín enciende, sobre un pequeño templete, el fuego sagrado y alimenta las tortugas que habitan las márgenes del río; después, recita un himno mientras los devotos tañen campanas, cantan y queman incienso. Aquel día asistían a la ceremonia dos o tres docenas de fieles de Krisna, cuyo gran santuario se encuentra a unos cuantos kilómetros. Cuando el bramín hizo el fuego (¡y qué débil aquella luz frente a la noche inmensa que empezaba a levantarse frente a nosotros!) los devotos gritaron, cantaron y saltaron. Sus contorsiones y gritos no dejaron de causarme desprecio y pena. Nada menos solemne, nada más sórdido, que aquel fervor desmedrado. Mientras crecía el pobre griterío, unos niños desnudos jugaban y reían; otros pescaban o nadaban. Inmóvil, un campesino orinaba en el agua opaca. Unas mujeres lavaban. El río fluía. Todo continuaba su vida de siempre y las únicas que parecían exaltadas eran las tortugas, que alargaban el cuello para atrapar la comida. Al fin, todo se quedó quieto. Los mendigos regresaron al mercado, los peregrinos a sus mesones, las tortugas al agua. ¿A esto se reducía el culto a Krisna?1

    Por su carácter ambiguo, Octavio Paz compara la celebración de una ceremonia religiosa con una obra teatral: Todo rito es una representación –dice–; aquel que participa en un ritual es como el actor que representa una obra: está y no está al mismo tiempo en su personaje. El escenario es también una representación: esa montaña es el palacio de una serpiente; ese río es una divinidad. Pero montaña y río no dejan por eso de ser lo que son. Todo es y no es. Los devotos de Krishna que Paz vio en aquella ocasión llevaban a cabo una representación, pero no lo dice en el sentido de que realizaran una farsa, sino para subrayar el carácter ambiguo de su acto. “El creyente está y no está en este mundo. Este mundo es y no es real.”
    La lectura de D. T. Suzuki, Lévy-Bruhl, Rudolf Otto y Mircea Eliade, está detrás de las reflexiones del poeta, que concluye con esta afirmación: La experiencia de lo sobrenatural es experiencia de lo Otro. En su forma más pura y original la experiencia de la “otredad” es extrañeza, estupefacción, asombro. Esta es quizá la primera vez que se utiliza la palabra “otredad”, que se ha vuelto moneda corriente en el discurso antropológico. Siguiendo el análisis del filósofo alemán Rudolf Otto, en su libro Lo santo, Octavio Paz escribe que la sensación de otredad se manifiesta como un misterio tremendum, “como un misterio que hace temblar”, como lo absolutamente inaccesible, lo que se presenta como algo ajeno y extraño a nosotros. Lo Otro es algo que no es como nosotros, un ser que es también el no ser balanceándose entre la repulsión y la fascinación.
    Maestro en el manejo de las dicotomías, de las oposiciones circulares que giran y se retroalimentan, poeta que ha aprendido las lecciones de los grandes maestros orientales como Lao Tse, Chuang Tsu, el Buda y Nagarjuna, Octavio Paz expone el recorrido existencial y psicológico que se experimenta ante la otredad:

Lo Otro nos repele y a esa repulsión sucede el movimiento contrario: no podemos quitar los ojos de su presencia y vamos hacia el fondo del precipicio. Repulsión y fascinación. Y luego, el vértigo: caer, perderse, ser uno con lo Otro. Vaciarse. Ser nada: ser todo: ser. Fuerza de gravedad de la muerte, olvido de sí, abdicación y, simultáneamente, instantáneo darse cuenta de que esa presencia extraña es también nosotros. Esto que me repele me atrae. Ese Otro es también yo. La fascinación sería inexplicable si el horror ante la “otredad” no estuviese, desde su raíz, teñido por la sospecha de nuestra final identidad con aquello que de tal manera nos parece extraño y ajeno... La experiencia de lo Otro culmina con la experiencia de la Unidad.  

    Todo esto sería mera retórica de no existir, como centro de la experiencia de lo sagrado, lo que Mircea Eliade llamó técnicas arcaicas del éxtasis, refiriéndose a las prácticas chamánicas; o las disciplinas ascéticas del misticismo cristiano, sustentadas en prolongados ayunos y en el castigo del cuerpo, que abren las puertas de la percepción, de las que habló Aldous Huxley; o el trance afroamericano que se produce en las sesiones de vudú en Haití, de la santería en Cuba o el candomblé en Brasil; o el consumo de enteógenos en todo el continente americano, desde el peyote entre los indios del norte, hasta el yagé en la selva amazónica, pasando por los hongos, el san pedro y el ololiuhqui entre los indios mazatecos, mixes, mixtecos, los chamanes peruanos y bolivianos y los indios nahuas, mayas y zapotecos entre muchos otros. A decir verdad la ceremonia que presenció Paz en la India es totalmente irrelevante si la comparamos con estas otras experiencias de lo sagrado. Quiero suponer que él experimentó con alguna planta o sustancia psicoactiva y que sabía de lo que hablaba cuando escribía estas líneas sobre la otredad convertida en mismidad. Su interés en las investigaciones y los textos de Gordon Wasson, Albert Hofmann y Carlos Castaneda así lo sugieren.
    Pero la observación de lo que sucedió en aquella ceremonia a la orilla del río es interesante porque resalta su carácter ambiguo. Algo que se vive comúnmente tanto en la ritualidad india como en la mexicana. Tengo en mente el recuerdo, ya imborrable, de los ritos funerarios que presencié en Varanasi, a orillas del Ganges. Se llega a la zona de las incineraciones al amanecer, navegando en una balsa que avanza silenciosamente en medio de una fría bruma, en momentos tan espesa que apenas deja ver a los peregrinos que bajan al río a hacer sus abluciones rituales, o simplemente a bañarse, lavar ropa o limpiarse los dientes. Al avanzar en esa barca se tiene la sensación de que la conduce un Caronte indio que nos lleva tranquilamente al lugar de los muertos. A la distancia puede verse el resplandor de las piras funerarias y la columna de humo que se alza sobre ellas. A medida que nos acercamos los sentidos se agudizan, la niebla no se ha desvanecido aún y siento su caricia fría en el rostro y las manos. Un olor indescriptible pero no desagradable se esparce en el ambiente. Hay un silencio largo como el Ganges, y la gente habla en susurros. Una profunda tristeza nos envuelve al desembarcar: esos cadáveres que están ahí nos remiten a nuestra propia muerte. Un perro nos recibe meneando la cola. Los cuerpos descienden amortajados en camillas de bambú, cargados por sus familiares para ser sumergidos en las aguas sagradas del río y romper así el ciclo de las reencarnaciones. Eso asegurará que el espíritu del difunto logre la liberación absoluta (moksha). Después, el cadáver se acerca a la orilla para que escurra mientras se prepara la pira funeraria con madera de sándalo. Una vez que el fuego es intenso se coloca al muerto entre las llamas que crecen y se agitan, alimentadas durante horas, hasta consumirlo. Cientos de personas se incineran diariamente, ante el dolor de los deudos y la mirada atónita de los turistas. Finalmente las cenizas serán esparcidas en el río y una corriente mansa las dispersará lentamente en sus aguas. Uno queda atrapado espiritualmente en estas conmovedoras escenas, pero si da mentalmente un paso hacia atrás puede advertir que lo sagrado está permeado por la cotidianidad, por la vida profana de todos los días. Están ahí los perros meneando las colas a los visitantes y sus cachorros durmiendo en las tibias cenizas de las incineraciones, las vacas paseando entre los puestos callejeros y los vendedores de suvenires aguardando el momento oportuno de ofrecer su mercancía. Cuando una de las experiencias más fuertes de la vida está aconteciendo, todo transcurre como si nada estuviera sucediendo, salvo que las cosas más nimias de la vida común adquieren una relevancia extraordinaria al ser consideradas bajo la sombra de la muerte.
    Por decisiones ajenas a su voluntad Octavio Paz fue removido de la embajada en India para ser trasladado a la de Japón. Debieron pasar once años para que volviera, ahora como embajador, a Delhi. En esta ocasión permaneció en el país de 1962 a 1968, cuando renunció a la embajada como protesta por la matanza de estudiantes en Tlatelolco, ordenada por nuestro tirano local, el tristemente célebre Gustavo Díaz Ordaz. Durante esos seis años, el poeta dispuso de tiempo suficiente para sumergirse en la compleja cultura India, viajando, leyendo, conversando, escribiendo y comparando ese mundo fascinante con el suyo, con Mesoamérica, la Nueva España y el México contemporáneo.
    Ante la rica diversidad étnica, lingüística, social, religiosa y cultural del país, Paz se pregunta si la India es realmente una nación, y responde que es una nación en construcción, un territorio bajo el dominio de un Estado regido por una constitución, que comprende un conglomerado de pueblos y culturas disímiles. La India –dice– es en primer término una civilización, o más bien dos: la hindú y la islámica. Cada una fiel a sus tradiciones y cada cual experimentando cambios debidos a diversas influencias, entre ellas las de la técnica y la economía modernas.
    Con la habilidad para sintetizar los aspectos esenciales de un fenómeno, que caracteriza muchos de sus textos, Paz aborda el tema de las relaciones entre tradición y modernidad, equiparando la formación de las naciones estadounidense, india y mexicana:

En Estados Unidos el pasado de cada uno de los grupos étnicos que componen la nación es un asunto particular; los Estados Unidos, en sí mismos, no tienen pasado. Nacieron con la modernidad, son la modernidad. En cambio, la modernización es la parte central del proyecto de nación de las élites indias. En este sentido el parecido con México es notable: en los dos casos estamos ante un proyecto polémico frente a la tradición propia: la modernización comienza por ser una crítica de nuestros pasados. Esa crítica fue emprendida en México por los liberales del siglo XIX, influidos por el pensamiento republicano francés y el ejemplo democrático de los Estados Unidos. En la India los promotores fueron los intelectuales bengalíes, que también en el siglo XIX recibieron la influencia de la cultura inglesa.   

    Dice Octavio Paz que en ambos países la crítica fue y es ambigua, pues se intenta una ruptura con el pasado y al mismo tiempo es una tentativa por salvarlo. En el caso de México creo que esta es una consideración errónea o, al menos, incompleta. En México se ha simulado la pretensión de salvar las tradiciones, en realidad se las desprecia por considerar que son elementos que obstruyen el desarrollo y el progreso de los pueblos en lo particular y de la nación en general. Para ello se ha inventado una indianidad postiza, una indianidad a modo, que pueda presentarse en la retórica política sexenal como una preocupación genuina por el “rescate de nuestras tradiciones”. La infinidad de bailables escolares realizados año con año en todas las escuelas del país, donde los maestros disfrazan de “indios” a los niños indígenas de su localidad; los concursos de danzas, de ofrendas a los muertos, la Guelaguetza y el Atlixcáyotl y la larga lista de ferias regionales, han logrado desvirtuar las tradiciones genuinas que perviven en forma marginal, como una condición para seguir existiendo. Entonces, no es que se haya ejercido una crítica de la tradición desde la modernidad, lo que se ha realizado es una impostura de esa tradición. La crítica en México no ha dignificado la tradición, la ha degradado porque la desprecia profundamente.
    En México –dice Octavio Paz– la civilización prehispánica fue destruida y lo que queda son supervivencias; en cambio, en la India, la antigua civilización es una realidad que abarca y permea toda la vida social. La influencia del pasado ha sido determinante en la historia moderna de la India –añade Paz– y pone como ejemplo a alguien que vio esto con claridad, a Gandhi, un hombre religioso que quiso cambiar su país pero no en el sentido de la modernidad occidental. Su ideal era, más bien, una versión idealizada de la civilización hindú. Así pues –concluye el poeta– el proyecto de nación que es la India se enfrenta, por una parte a realidades que parecen invencibles; por otra, entraña una contradicción íntima: considera al pasado como un obstáculo y, simultáneamente, lo exalta y quiere salvarlo.2
    Paz pensaba, creo que atinadamente, que el hecho de ser mexicano lo ayudaba a comprender de mejor manera las diferencias de la India, aunque, por supuesto, no fueran las mismas. Pero le proporcionaban un punto de vista que le permitía comprender, hasta cierto punto, qué significa ser indio, por el hecho de ser mexicano. Aquí habría que hacer un alto, pues se perfila la silueta del “ser mexicano” del Laberinto de la soledad, libro sugerente e imaginativo que habría que relativizar con la lectura de La Jaula de la Melancolía de Roger Bartra. No se debe leer más el Laberinto sin entrar en la Jaula.  
    Termino con una mención muy específica a un personaje del virreinato: Catarina de San Juan. Después de algunas referencias a las similitudes gastronómicas entre México e India, Paz repara en la historia de esta fascinante mujer expuesta en el libro de Francisco de la Maza: Catarina de San Juan, princesa de la India y visionaria de Puebla.
    Catarina de San Juan era de origen indio. Según sus biógrafos jesuitas había nacido en Delhi, siendo hija del Gran Mogol Aurangzeb, un ferviente musulmán que gobernaba esa ciudad. Siendo niña, entre los 8 y 10 años, fue secuestrada en una incursión pirata en la costa occidental de India y vivió en Cochin una temporada, ya siendo esclava. Después fue a dar a Manila, allí la vendieron y la transportaron a Acapulco, donde fue comprada por una pareja de ricos y devotos poblanos que no tenían hijos, y aunque formalmente era su esclava, tuvieron con ella las consideraciones que se tienen hacia una hija adoptiva. Llegó a Puebla en 1621. Vivió con ellos hasta la muerte de ambos y de algún modo fue guía espiritual de la pareja. Los dichos y los hechos de Catarina –dice Octavio Paz– no revelan un conocimiento de la fe hindú. Tampoco de la islámica. Más bien son una devoción barroca del siglo XVII.
    De la Maza –dice Paz– era un excelente conocedor de nuestra historia colonial, pero apenas tenía noticias de la cultura y las tradiciones de la India. En los relatos de sus visiones, expuestas por sus confesores jesuitas en varios volúmenes, Catarina menciona con frecuencia las visitas que le hace Jesucristo en su pobre habitación, y lo hace como si se tratara de las visitas de un enamorado. Es indudable que ella veía sus tratos con Jesús como una relación amorosa, lo que no es extraño en la tradición católica barroca, pero es imposible –subraya Octavio Paz– no recordar que una tradición semejante –y aún más poderosa y carnalmente más explícita– existe en la India, lo mismo entre los devotos de Krishna que entre los sufíes. Aunque las experiencias de Catarina de San Juan son pedestres, recuerdan inevitablemente los amores de Krishna con una mortal de clase baja, la vaquera Radha.
Dice el poeta que a diferencia del trato amoroso hindú, las descripciones de Catarina no son sensuales sino sentimentales y dulzonas. Sin duda las relaciones amorosas hindúes y cristianas, sean carnales o imaginarias, son muy distintas; sin embargo, Paz no toma en cuenta que las referidas por Catarina han sido escritas por sus confesores, de modo que lo que tenemos como testimonio ha pasado por la consideración y quizá hasta la censura de los jesuitas. A pesar de esta posibilidad, los tres libros que sobre su vida escribió su confesor, Alonso Ramos, fueron prohibidos por el Santo Oficio, considerando que contenían “revelaciones, visiones y apariciones inútiles, inverosímiles... indecentes y temerarias”.3 Con este mismo criterio la Inquisición condenó, un siglo antes y también en la ciudad de Puebla, a la secta tántrica de “los alumbrados”, que durante la segunda mitad del siglo XVI predicó la identificación del creyente con Dios y practicaba lo que el Santo Oficio consideró “relaciones deshonestas” con la divinidad.4
    Paz concluye estas sugerentes reflexiones refiriendo una de las visiones que Catarina comentó a su confesor y biógrafo. En ella aparece la Virgen María para reprenderla por sus intimidades con Jesucristo. Al poco tiempo, Jesús se le aparece y la calma. Le dice que no debe hacer caso de los celos de la Virgen. El hecho de que una diosa padezca de celos –escribe Paz– no parece católico ni musulmán pero sí hindú, y es significativo que la visionaria religiosa más notable del periodo virreinal haya pertenecido a esta tradición.
    El 3 de octubre de 1968 Octavio Paz se enteró de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas; escribió enseguida al Secretario de Relaciones Exteriores, Antonio Carrillo Flores, para presentarle su renuncia como embajador en India. La reacción del gobierno indio fue discreta y amable e Indira Gandhi, entonces la primera ministra, los despidió a él y a Marie José con una cena. El último domingo en India lo pasaron en la isla Elefanta. Al volver al hotel escribió estas palabras de despedida, dirigidas a los dioses que lo conmovieron tanto a su llegada:

Shiva y Parvati:
                            Los adoramos
No como a dioses,
                                Como a imágenes
De la divinidad de los hombres.
Ustedes son lo que el hombre hace y no es,
Lo que el hombre ha de ser
Cuando pague la condena del quehacer.
Shiva:
            Tus cuatro brazos son cuatro ríos,
Cuatro surtidores.
                            Todo tu ser es una fuente
Y en ella se baña la linda Parvati,
En ella se mece como una barca graciosa.
El mar palpita bajo el sol:
Son los labios gruesos de Shiva que sonríe;
El mar es una larga llamarada:
Son los pasos de Parvati sobre las aguas.
Shiva y Parvati:
                          La mujer que es mi mujer
Y yo,
          Nada les pedimos, nada
Que sea del otro mundo:
                                         Sólo
La luz sobre el mar,
La luz descalza sobre el mar y la tierra dormidos.

BIBLIOGRAFÍA
De Mora JM. Tantrismo. Hindú y proteico, UNAM, México (1988).
Grajales A. “La China Poblana: princesa india, esclava, casada y virgen, beata y condenada”, en: México-India. Similitudes y encuentros a través de la historia. Coordinado por Eva Alexandra Uchmany, FCE-ISPAT, México (1998).
Paz O. El arco y la lira, FCE, México (1967).
Paz O. Vislumbres de la India, Galaxia Gutenberg, Barcelona (1997). 
notas
1      Paz (1967).
2      Paz (1997): p. 86-88.
3      Grajales (1998).
4      De Mora (1988).

Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”,
BUAP
julioglockner@yahoo.com.mx
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