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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 51

¿Por qué me tomas esta fotografía?

Armando Croda Naveda
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Como mexicano, visitar India es una experiencia con complicaciones que van más allá de lo práctico. La comprensión de lo que se está observando es compleja, apenas estás entendiendo algo que te pasa enfrente cuando volteas atrás y otro frenético acontecimiento ya te está cuestionando nuevamente. Así viví mi experiencia en India, con el cuello torcido. Las diferencias culturales y cosmogónicas son más que las similitudes. Podemos pensar en muchos parecidos, por ejemplo la gastronomía: muchos ingredientes similares y la preparación misma de la comida la podríamos comparar con los muchos moles que tenemos en México. Octavio Paz en su libro Vislumbres de la India nos da un paseo por el camino de las semejanzas y divergencias a través de su experiencia, la historia, la espiritualidad, las rutas mercantiles y los distintos niveles de colonización en ambos territorios. Pero en mi experiencia, las diferencias se llevan de calle a las similitudes. Con este sentimiento constante y punzante a lo largo de nuestro viaje, mi esposa y yo siempre traíamos la cámara fotográfica por delante, para tratar de parar el vertiginoso paisaje e intentar entender, con la distancia y la relativa objetividad de una fotografía, todo lo que nos pasaba enfrente.
        Comenzábamos a entender un poco a través de la lente y, sobre todo, gracias a nuestros increíbles colegas de viaje que tienen el conocimiento para explicar a un par de ignorantes lo que se nos presentaba a tanta velocidad. En los largos viajes de un destino a otro, pasando por hermosos campos de mostaza, hablamos del sistema de castas, de la diversidad espiritual, de que a pesar de tener un hermosísimo Kama sutra, India vive una tremenda represión sexual, la idea inocua de la culpa, la historia de la joven nación, las durísimas cifras de pobreza, la explotación infantil, la corrupción (otro par de similitudes con México que había pasado por alto), la terrible conformidad con la que vive la mayoría en India e, inclusive, un poco de la situación política, pues nos tocó un mítin del recién votado primer ministro Narendra Modi en Varanasi y tuvimos que salir casi de emergencia pues las multitudes amenazaban con confundir aún más mi poca comprensión de lo que estaba viviendo.
    Era muy difícil digerir tanta información pasando de una región a otra en poco tiempo; sentía algo muy parecido a estar viajando por Europa, siempre dentro de un mismo orden pero cruzando fronteras culturales todo el tiempo. Rituales y dioses nuevos constantemente, ciudades nacidas en épocas distintas, nuevas lenguas como el bengalí al llegar a Calcuta y también nuevo orden político, el comunismo. Más confusión.
    Y fue entonces cuando de un momento a otro, a mi esposa Lindsey le comenzaron a pedir que se pasara al frente de la cámara, que alejara su mirada de la lente y posara enfrente de otras cámaras, para otros ojos, para nuevas miradas intrigantes con motivos que no comprendíamos aún. Primero pensé que sería una situación aislada pues Lindsey es rubia, de piel blanca y me parecía obvio que llamara la atención en un país donde la hermosa piel canela es todo lo que hay. Pero esta situación se repetía una y otra vez: jóvenes, niños, familias, abuelitos y grupos de amigos querían tomarse la foto. Mis corazonadas acerca de lo que estaba sucediendo nuevamente se confundían, la inocencia de la gente que se acercaba a pedirnos las fotografías me intrigaba.
    En ese momento no estaba preparado para enterarme que esa inocencia hindú contenía un tremendo estrés y probablemente una confusión aún mayor que la mía. Estábamos siendo testigos de primera mano de una interpretación nueva, al menos para mí, de la imagen que tienen en India de la mujer y el hombre de Occidente.
    Lo primero que pensé fue que a Lindsey, que es antropóloga, le había tocado convertirse en el sujeto de estudio, una idea bien sabida en los campos de la etnografía, antropología e incluso en las andanzas del cine documental en que nos encontramos actualmente. Pero obviamente lo que nos estaba sucediendo era mucho más complejo.
    ¿Estábamos siendo testigos de primera mano de lo que, en el imaginario hindú, es el arquetipo del habitante de Occidente, o nos estaban utilizando por razones pastiches? Era difícil de creer que estando en la era de la información, la gente se sorprendiera tan a la ligera por una piel blanca y un cabello rubio. Fue entonces que, investigando un poquito, me entero de la tremenda carga simbólica y arquetípica que la prolífica y monstruosa industria de Bollywood infunde en el imaginario hindú. Son ya varias generaciones de filmes en los que la mujer blanca occidental representa el deseo, la mujer “fácil” y sexualmente liberada, lo que para muchos en India puede ser interpretado como una amenaza a la preservación de las tradiciones, la virtud y el honor de la mujer como eje de sus creencias. ¿Entonces la mujer libre significa también la mujer fácil o el símbolo del deseo? Para explicarlo tendría que abordar el nefasto tema del control ideológico a través de los medios, pero no es mi intención hablar de esto pues me da roña y creo que es más interesante la resolución a través del experimento que hizo Lindsey y que explicaré a continuación.
    Lo que sí hay que recordar, son los numerosos ataques sexuales a mujeres extranjeras que han generado indignación a nivel internacional en los últimos años. Existen ejemplos terribles como el de la turista suiza que el año pasado fue violada por cinco hombres en Madhya Pradesh mientras vacacionaba con su esposo. Así pues, las fotografías que le tomaban a Lindsey nos volvían vulnerables; sin embargo, en ese momento toda esta información no nos pasaba por la mente y solo estábamos llenos de preguntas y con ganas de hacer algo al respecto. Fue así que Lindsey me pidió que comenzara a tomar la fotografía de la fotografía, lo que comúnmente en términos cinematográficos llamamos “la puesta en abismo”, un ejercicio parecido al de verse en el espejo a través de otros espejos provocando una infinidad de reflejos, una situación en que, si uno se detiene a observar cuidadosamente, la verdad aparece en algún rincón del reflejo.
    Lindsey preguntó a cada persona: ¿Por qué me tomas esta fotografía? Aquí, las respuestas al pie de cada foto:

Porque me gustan los países del extranjero.
Para que mi novia se ponga celosa.
Tu sonrisa es muy bonita y tu cabello es fantástico.
Porque tomarme fotos con extranjeros es mi hobbie.
Porque eres hermosa.
Porque tú tienes dinero del extranjero. Te vi a lo lejos y te seguí.

Armando Croda Naveda
armando.croda.naveda@gmail.com
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