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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 45

Incómodo Hindustán:
una historia de conquistas

Daniel Kent Carrasco
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ENCUENTROS ENTRE EXTRAÑOS


El vocablo árabe “Hind”–del cual se desprenden los términos India, Hindi e Hindú– es una deformación de la antigua palabra “Sind”, que en la literatura clásica en persa y griego hacía referencia al río Indo y a la región por la que este corre desde los Himalayas hasta el Mar Arábigo. Pese a una persistente ambigüedad respecto a su delimitación exacta, el término Hindustán –literalmente, la tierra del Hind– ha sido utilizado para referirse a la Planicie Indo-Gangética, inmensa región que se extiende desde el Punjab en Pakistán hasta Bangladesh. A pesar de su inabarcable y heterogénea variedad, la región ha sido durante siglos reconocida como una unidad territorial y cultural. En palabras de Babur, emperador uzbeko quien, en el siglo XVI lo conquistaría, el Hindustán...

 [...] es, en verdad, un mundo diferente... sus montañas y ríos, su bosques y planicies, sus animales y plantas, sus habitantes y sus lenguas, sus vientos y sus ríos, son de una naturaleza distinta... Apenas se cruza la planicie del Sind (el río Indo) y el paisaje, los árboles, las piedras, las tribus errantes, las maneras y costumbres de la gente, son en su conjunto enteramente del Hindustán.1

    Territorio de enorme riqueza agrícola y elevada densidad demográfica, el Hindustán ha servido de escenario para numerosas conquistas, encuentros culturales y continuos choques de sensibilidades. El registro de la incomodidad y el disgusto de los visitantes –ya sean comerciantes, guerreros, misioneros o viajeros– es común y recurrente en los recuentos escritos de los innumerables encuentros entre extraños ocurridos en la región a lo largo de los siglos. Desde los invasores musulmanes del siglo XVI hasta los turistas de los últimos tiempos, es abundante la evidencia de la confusión, sorpresa y, en ocasiones, el desmedido rechazo generados por el territorio, el clima y las costumbres de la región en sus incautos visitantes.
    Habiéndo dedicado ya algunos años a explorar y reflexionar sobre su historia, población y territorio, he de confesar que he desarrollado un cierto escepticismo respecto a la exaltación y la idealización de la India tan comunes entre los románticos por lo menos a partir del siglo XIX y los adeptos del New Age contemporáneos. El embeleso de Occidente con la India ha sido ampliamente documentado. Este escrito, en contraste, es un breve ejercicio compilatorio de la evidencia de la incomodidad que la India desde hace siglos ha causado a los extranjeros, y un humilde intento por incitar a la reflexión sobre la relación entre el descubrimiento, la fascinación, y el rechazo.


CALOR, ARENA, HUMO Y RATAS


En 1525, Babur, un príncipe guerrero por cuyas venas corría la sangre de la estirpe de Tamerlán y Gengis Khan, irrumpió con un ejército de hábiles jinetes en la planicie del Hindustán desde los pasos montañosos del noroeste. Tras una serie de exitosas campañas militares, Babur inauguraría el reinado de la dinastía Mughal, cuyo dominio sobre la región se extendería hasta el siglo XIX, y bajo cuyo mecenazgo y administración florecería lo que numerosos historiadores han denominado como una verdadera época de oro de la política, el arte y la cultura.
    A pesar de haberse mantenido siempre al margen del celo por la conversión religiosa que impulsó a tantos otros conquistadores musulmanes, y de haber expresado siempre respeto y tolerancia por las creencias y costumbres de la gente del Hindustán, Babur no dudó en dejar registro de su disgusto respecto a las condiciones climáticas y demográficas de la región. En su obra antológica Baburnama, compilada en Persa a finales del siglo XVI, el gran conquistador declara: “Tres cosas nos oprimen en el Hindustán: su calor, sus violentos vientos, y su polvo.” Sin saberlo, Babur estaba inaugurando una larga y amarga tradición de quejas dirigidas al clima del Hindustán, en la cual el calor sería un tema privilegiado. Por el mismo periodo Badauni, importante funcionario de la corte Mughal, describiría la horrenda experiencia de sentir sus sesos “hervirle en el interior del cráneo.” Poco después, el médico francés Francois Bernier se lamentaría de la siguiente forma:

A menudo me he visto aplastado hasta mi última extremidad por la intensidad del calor... Mi maltrecho y marchito cuerpo se ha convertido en una mera sombra, el cuarto de agua que ingiero de un solo trago pareciera en ese mismo momento pasar a través de cada uno de mis poros, incluso en sus rincones más ocultos mi cuerpo entero se halla cubierto de pequeñas ampollas rojas y resquebrajado por el sol...  

    Un comerciante holandés de paso por Agra a mediados del siglo XVI describe su irritación al descubrir cómo el viento de mayo, lejos de traer consigo alivio, incrementaba la temperatura, dificultando la respiración y llegando a ser “tan opresivo que pareciera que su origen se encuentra en los hornos del infierno.”
    Tierra de ininterrumpidas planicies, el Hindustán sorprende también a sus visitantes con el espectáculo de sus tormentas de arena, llamadas andhi, a las que Babur se referiría en tono panteísta como las oscurecedoras del cielo. Al respecto, el explorador holandés Plaesert escribiría angustiado:

El aire se llena de polvo levantado por violentos remolinos que se alzan desde el suelo arenoso, transformando el día en la noche más oscura que jamás hayan visto ojos humanos o creado la imaginación.  

    La temporada de lluvias, o monzón, ofrece un relativo descanso al cuerpo y los sentidos del estresado visitante. No obstante, durante estos meses la violencia del sol y el calor son reemplazadas por la opresión de la humedad y la perpetua ausencia de luz. J. Ovington, británico que visitaría la costa de Surat en el siglo XVII, escribiría una carta a sus familiares en la que relata lo siguiente:

Todo el hemisferio entonces se vuelve dolorosamente oscuro, y el cielo pesado con las más espesas nubes, tanto que la Tierra pareciera rodeada por un enorme océano de agua. El aspecto es tan melancólico, que ofrece la más digna representación imaginable de los terrores de un segundo diluvio universal.

    Por su parte, el emperador Babur dejaría patente su desesperanza al ver cómo la humedad carcomía sus libros, ropas y muebles, así como la irritación que le causaba tener que interrumpir durante meses sus excursiones de caza a causa de las torrenciales lluvias.
    Lejos de cesar, la incomodidad que entre estos visitantes causaría el inclemente clima de los meses de lluvia y calor era incrementada durante el templado invierno por las extrañas costumbres de la población. Refiriéndose al hábito muy extendido entre los pueblos del Hindustán de quemar abono de vaca seco por las noches para ayudarse a entrar en calor, Plaesert se lamenta:

El humo que estos fuegos extienden por toda la ciudad es tal que los ojos se enrojecen y lloran, y la garganta pareciera cerrarse por completo.

    El afán de quejarse del cual son presa estos extraños al Hindustán llega a extremos cómicos en ocasiones, como cuando el francés Bernier, a quien imaginamos como un amante del buen vino, lamenta la falta de apetito por el alcohol que caracteriza a los habitantes de la región:

Escasas personas en estos climas cálidos sienten el deseo de beber vino, y tengo mis dudas respecto a si la feliz ignorancia respecto a sus desgracias pueda atribuirse a los hábitos de sobriedad generalizados entre la gente, o a la profusa sudoración de la que son víctimas perpetuas...

    Más adelante, volviendo a la perene obsesión de los extranjeros con el calor, afirma categórico:

Pero a pesar de que disfrutan de una mayor salud, son menos vigorosos que la gente de clima frío; y la debilidad y languidez de cuerpo y mente, consecuencia del excesivo calor, puede ser vista como una generalizada enfermedad, que ataca a todas las personas indiscriminadamente.

    En cuanto a los seres vivos se refiere, no solo sus hábitos son motivo de angustia y desesperación; lo es también, y en mucho mayor grado, la prodigiosa proliferación de humanos, insectos, roedores, macacos y alimañas. Babur se declara perpetuamente anonadado por el eterno bullicio de las ciudades y el ajetreo de los caminos del Hindustán –que tanto contrastaban con la amplitud y el silencio de su natal Fergana. Por su parte, el clérigo inglés Edward Terry no es capaz de ocultar el impacto que le causa el hecho de que las nubes de moscas sean tan espesas como para obligar al emperador a emplear a un ejército de pajes dedicados solamente a asustarlas durante la hora de la comida, agitando continuamente hermosos pañuelos de seda. La proliferación de ratas era tal, continúa Terry, que por las noches era igual de factible ser mordido por una que picado por un mosquito portador del dengue. En cuanto a los humanos, Bernier remataría afirmando que los pobladores del Hindustán “son tiernos con los animales de todo tipo, exceptuando al hombre.”

COLONIALISMO, ANSIEDAD Y SUDOR


A partir de la segunda mitad del siglo XVIII el cuerpo de evidencia disponible acerca del hastío, la irritación y el rechazo de los extraños en el Hindustán crece gracias a la enorme cantidad de registros escritos creada por la presencia y funcionamiento de la maquinaria estatal y comercial del colonialismo británico. A pesar de la persistente imagen del Imperio como una empresa de implacable dominación guiada por una sobriedad desalmada, numerosas fuentes históricas nos permiten hacernos una imagen bien distinta, marcada por la ansiedad, la soledad y la incomodidad. Hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de los puestos administrativos del Imperio serían ocupados por ambiciosos e incautos jovencitos plebeyos –algunos de ellos menores de edad– para quienes aparecía difícil una carrera exitosa en la burocracia en las islas británicas. El Imperio aparecía ante ellos como una oportunidad de amasar una fortuna que les permitiera, después de 25 o 30 años de servicio, retirarse digna y cómodamente en la campiña inglesa. Estos jóvenes dejaban atrás a sus familias, esposas y amigos, para viajar al otro lado del mundo a servir de autoridad.
    Calcuta, la capital colonial, aparecía ante estos recién llegados como un páramo insalubre plagado de mosquitos donde la enfermedad y la fiebre eran bien recibidas pues traían variación a una existencia tediosa, nostálgica y alienada. Las cartas y diarios de muchos de estos funcionarios dejan patente la prevalente sensación de ansioso desprendimiento con la que enfrentaban la vida cotidiana en el Hindustán. Solos, incapaces de comprender el mundo que los rodeaba, no tenían herramientas para procesar la inmensidad de las cosas en un mundo cuyos límites desconocían. Uno de estos burócratas coloniales, Charles Stachey, comentaba:

Son pocos los sucesos extraordinarios. Cada día es igual al anterior. Nuestros pensamientos se pierden, me llena un sentimiento de vacío, miserable tedio y disgusto.

    Otro inglés, en 1818, escribió una carta desde el Hindustán en la que se describía la manera en la que su estancia en las lejanas tierras lo había transformado en

[...] un individuo melancólico, un hombre que parece haber perdido todas las capacidades que alguna vez poseyó. Me he hundido en una completa apatía respecto a todo lo que me rodea.2

    A pesar del paso del tiempo, el ánimo de los británicos cambiaría poco respecto a la declarada incomodidad de su estancia en el Hindustán que, para el siglo XX, comenzaría a ser llamado la India Británica. Uno de los últimos en irse, Cyril Radcliffe, escribiría en una carta a su hijastro en 1947, enviada un día antes del fin del Imperio:

Pensé que te gustaría recibir una carta de India marcada con el sello real. Después de mañana en la tarde ya nadie podrá usar este sello y llegarán a su fin 150 años de gobierno británico en la India.

    Terminaba su carta con una declaración de hastío y desesperación que podría ser tomada como un adecuado epitafio al colonialismo británico: “He trabajado, viajado y sudado tanto –oh, he sudado todo el tiempo.”3

EPÍLOGO: FASCINACIÓN, RECHAZO Y APRENDIZAJE


A partir del fin del colonialismo, el Hindustán –ahora conocido como India– ha visto la proliferación de visitantes muy diferentes a los que en este escrito hemos invocado que, sin embargo, continúan agregando material al interminable legado de quejas iniciado hace siglos. Basta echar un vistazo a los comentarios registrados en el portal de Internet Trip Advisor por los turistas extranjeros de paso en ciudades como Aurangabad, Agra, Varanasi o Delhi para confirmar que el calor, la proliferación incomprensible de la vida, el polvo y el ajetreo siguen siendo causa de incomodidad para los extraños.
    El historiador del colonialismo Jon E. Wilson ha aventurado una hipótesis respecto al origen de este rechazo que plantea que la incapacidad de procesar la lógica detrás de la dinámica de la sociedad en el Hindustán arrastraba a los británicos decimonónicos a una exagerada introspección y a un distanciamiento mental que inevitablemente generaba hastío, cansancio y disgusto ante la inmensa complejidad del entorno. En otras palabras, el rechazo era generado por un fracaso de interpretación causado por el doloroso descubrimiento de los límites de la imaginación: el Hindustán resultaba apabullante en su diferencia y su extrañeza.
    A riesgo de dejar insatisfechos a quienes afirman que las explicaciones psicológicas son en ocasiones poco más que el resultado del análisis fallido, me gustaría extender la tesis de Wilson. Ante la fascinación causada por la extrañeza, la mente reacciona con un impulso de comprensión y desciframiento que permitan la posesión y el apropiamiento de lo ajeno. Cuando eso que nos fascina aparece como demasiado grande, complejo y rico, cuando nos niega la entrada y nos mantiene alejados, sin devolver nuestra mirada ansiosa, cuando a eso que nos seduce le somos indiferentes, tal vez sea difícil evitar reaccionar con violencia, desprecio y enojo. Igual de fácil es caer del otro lado del recorrido del péndulo e inclinarse por la mistificación y la idolatría que, en todo caso, son formas distintas de violencia. Resulta difícil reconciliarse con la realidad de lo ajeno, pues nos obliga a mirar las limitaciones de lo propio.
    Si bien durante siglos anteriores los viajes a tierras lejanas, y el consecuente encuentro con lo extraño, eran vistos como una obligación, un castigo, o un incierto camino hacia la riqueza y la estabilidad, hoy en día vemos en el viaje una oportunidad de aventura, novedad o entretenimiento. Esta nueva modalidad de viaje, en la cual este es visto como una inversión –de tiempo y de recursos– nos obliga a esperar siempre una gratificación indeterminada pero cuantificable. Si algo hemos de aprender de la siempre creciente antología de reacciones iracundas, confusas e incrédulas a las incomodidades del Hindustán –un género literario en sí mismo– es que no todos los viajes son vacaciones, y que lo diferente, por difícil, enseña mucho más que lo cercano.

BIBLIOGRAFÍA
Eraly, Abraham. The Mughal World. Life in India's Last Golden Age. New Delhi: Penguin, 2007.
Khilnani, Sunil. The Idea of India. New ed., ed. London: Penguin, 2012.
Wilson, Jon E. The Domination of Strangers. Modern Governance in Eastern India, 1780-1835. London: Palgrave Macmillan, 2008. 
notas
1      Los testimonios de Babur, Badauni, y de los viajeros Francois Bernier, Francis Plaesert, J. Ovington y Terry Edward son tomados del libro de Abraham Eraly,The Mughal World. Life in India's Last Golden Age (New Delhi: Penguin, 2007), 3-41. Las traducciones del inglés son mías.
2      Citados en Jon E. Wilson, The Domination of Strangers. Modern Governance in Eastern India, 1780-1835 (London: Palgrave Macmillan, 2008) 67.
3      Citado en Sunil Khilnani, The Idea of India, New ed., ed. (London: Penguin, 2012) 201.
 
Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”,
BUAP
julioglockner@yahoo.com.mx
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