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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 37

Masala Chai

Antonella Fagetti
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Bajamos las escaleras del hotel cuando todavía estaba oscuro. El día anterior habíamos acordado con un lanchero que nos llevaría a un recorrido por el Ganges. Queríamos ver el amanecer. La lancha se deslizaba silenciosa río abajo hacia los principales ghats de Varanasi. Desde que salimos del Asi Ghat, notamos una especial efervescencia en la margen oeste del río, donde se erige la ciudad. Grupos de mujeres llegaban envueltas en sus coloridos saris; caminaban a buen paso sosteniendo en la cabeza sus pertenencias y cantaban. Venían en peregrinación desde lugares lejanos –caminando día y noche– para bañarse en las aguas sagradas del Ganges y recibir los primeros rayos del sol. Según el hinduismo, las abluciones y las plegarias matutinas ante el sol naciente limpian los pecados y dejan atrás el sufrimiento de generaciones. Había hombres y mujeres de todas las edades; con el torso desnudo, se zambullían varias veces en el agua; otros llenaban sus vasijas de metal, las ofrecían al sol y vaciaban el contenido sobre la cabeza o tomaban sorbos del agua purificadora.
    Pasamos frente a varios ghats, los espacios que ocupan las escalinatas por las cuales se desciende a las plácidas aguas del Ganges en tiempo de secas. El disco rojo del sol comenzó a elevarse –empañado por la bruma del amanecer– en la otra orilla del río, donde las abundantes y lodosas aguas alimentadas por el monzón se extienden a sus anchas durante el verano. Cerca de uno de los ghats, nuestro lanchero indicó que allí se ubicaba el crematorio de gas, donde son incinerados por tan solo quinientas rupias los pobres, cuyas familias no cuentan con el dinero para pagar la leña de la pira funeraria. Bajo la construcción, de donde sobresalía una gran chimenea, esparcidas en diversos niveles, vimos también unas hogueras. Se distinguían varios túmulos que seguramente habían ardido durante la noche.
    Continuamos el viaje mientras la tímida luz del sol iluminaba la orilla. Callábamos; solo se escuchaba el chasquido de los remos en el agua y los disparos de las cámaras. Nuestro guía se acercó a una lancha y un hombre le entregó pan, un envoltorio pequeño hecho con hoja de betel que encierra una mezcla de tabaco y especias. Se llenó la boca y masticaba lentamente. Si le hacíamos una pregunta nos contestaba levantando el mentón, un gesto propio de los consumidores de pan, que les permite hablar sin que se les caiga de la boca entreabierta su contenido.
    De pronto, el lanchero nos pidió que guardáramos la cámara, porque no estaba permitido tomar fotografías; habíamos llegado al Manikarnika Ghat, el otro sitio de incineración de los cadáveres, mucho más grande e imponente, donde se notaba mucha actividad, aun en las primeras horas del día. Había gente trabajando en las escalinatas y alrededor de varios túmulos. Vimos varias barcazas repletas de la leña que se emplea para quemar los cuerpos. La lancha se acercó a la orilla y descendimos. Apoyé el pie derecho con cuidado encima de la tierra húmeda de la orilla, revuelta con basura, con un poco de repulsión y con miedo a ensuciar mis tenis de tela. Me así de la mano de quien sería nuestro guía en tierra firme. Él nos saludó amablemente y comenzó su explicación mientras caminábamos hacia arriba. Pasamos juntos a lugares donde las hogueras ya se habían consumido hacía varias horas, pero seguían humeando. En otro espacio, unos hombres estaban recogiendo las telas color naranja con el borde dorado que cubren el cadáver y los palos de bambú que sirven para transportar al difunto, que no se queman porque están todavía frescos. Amontonaban todo a la orilla del río. Escuchaba algunas de las palabras del guía y a veces no lo entendía. Estaba interesada en sus explicaciones, pero al mismo tiempo demasiado atraída por lo que aparecía ante mis ojos.
    Unos perros estaban plácidamente dormidos en un claro donde la ceniza había sido recién removida, aprovechando –en una mañana bastante fría– el suelo todavía tibio. Muchas personas, decía el hombre, esperan la muerte en Varanasi, anhelan morir y ser incinerados aquí; otros, que mueren lejos, son transportados en avión o en tren y son acompañados por sus familiares –encargados de cumplir su último deseo– a su destino final. Al arrojar al río de la ciudad de Shiva los restos de su cuerpo consumido por el fuego, aseguran su redención, la liberación del ciclo imperdurable de vida, muerte y reencarnación, y la posibilidad de alcanzar el moksha: la absolución eterna. Varios esa mañana ya iban navegando río abajo; habían logrado romper la interminable cadena de las reencarnaciones y no volverían a nacer, vida tras vida, para redimir sus culpas. Aseguró que los leprosos, los niños antes de los doce años y los sadhus, hombres que han renunciado a todo y viven de limosna, no deben ser incinerados, sus cuerpos son entregados al Ganges para que sea el río el que se encargue de sus exequias.
    Día y noche, sin descanso, cientos de cadáveres son quemados en las piras funerarias, a veces hasta cuatrocientos por día, decía. ¿146,000 al año? Tal vez no tantos, pero miles cada año, aun en tiempos de lluvias, porque cuando sube el nivel de las aguas las hogueras se encienden lejos de la margen del río.
    A unos cuantos metros, un grupo de hombres rodeaba a un difunto; el cuerpo, envuelto en una sábana de manta, yacía sobre la leña apilada. La leña más fina –y más cara– es la de sándalo, porque desprende al quemarse el olor que agrada a los dioses. De la elección de la madera y los adornos depende el precio de la ceremonia, que varía entre cinco y diez mil rupias. La preparación del cadáver para la cremación requiere de mucho cuidado. El cuerpo es lavado y ungido con aceites perfumados. Una vez que es colocado encima de la pira, lo untan abundantemente con ghee, la mantequilla que acelera la combustión, y lo cubren con aserrín de maderas también aromáticas. Un hombre semidesnudo, con la cabeza rapada y una manta enredada alrededor de la cintura se acercó con un manojo de paja ardiendo, con el cual prendió fuego a la leña. En pocos minutos, las llamas rodearon el cuerpo. Me parecían los restos de una persona joven, a juzgar de los pies, blancos y aseados; eran pequeños, pensé que tal vez eran de una mujer.
    El grupo de parientes que acompaña al muerto, suele permanecer en la ciudad. Al terminar el rito, todos los participantes deben afeitarse la cabeza en señal de luto. Dejan sus cabellos ahí mismo, en las cubetas que los encargados de esta tarea llenan con rizos de color negro azabache. Después de varios días ofrecen una comida y –purificados– regresan a sus casas.
    En otro punto del recorrido, dos hombres hurgaban entre la ceniza tibia en busca de algo: las piezas de oro que el fuego abrasador no consume. Las joyas que atavían y embellecen a las mujeres, que en la vida y en la muerte son distintivo de género y las diferencia de los varones, no son lanzadas al agua con las reliquias. Anillos, aretes, pulseras, cadenas, tobilleras de oro que las acompañaron hasta el último momento de su existencia, ya son propiedad del dueño del ghat, quien las revende en el mercado.
    En ese momento bajaban las escaleras dos hombres sosteniendo un cadáver envuelto en una tela amarilla, acostado sobre una camilla de bambúes. Llegaron a la orilla y sumergieron varias veces el envoltorio en el Ganges. Una última vez, el cuerpo exangüe se bañaba en las aguas redentoras; quién sabe en cuántas ocasiones lo había hecho en vida; cuántas veces había ofrecido sus plegarias y se había sumergido en el cuerpo de la diosa Ganga. O quizá era la primera vez, el momento esperado durante toda una vida. Empapado, fue recostado sobre los escalones para que el agua escurriera antes de ser colocado sobre la pira.
    El guía nos tenía reservada una noticia: el fuego que enciende las piras funerarias se había prendido por vez primera tres mil años atrás; mil años antes del nacimiento de Cristo. Las llamas primigenias habían ardido desde entonces sin apagarse. Podríamos admirar el fuego eterno si lo seguíamos hasta arriba, en el edificio que lo resguarda. Me encantó la idea de conocer algo que había existido desde hace tanto tiempo, pero la fascinación se esfumó cuando estuvimos ante el bracero –donde ardían unos troncos de gran tamaño– y se presentó el encargado del fuego eterno. Tomó la palabra para explicarnos que nos encontrábamos en un lugar sagrado, donde nuestras culpas se disolverían por las plegarias que ellos, vigías del fuego, elevarían a los dioses a cambio de nuestras contribuciones, entre mil y dos mil rupias por persona. La solemnidad y el respeto que infunde un lugar donde las almas de los difuntos emprenden su último viaje hacia la eternidad, quedan purificadas de todas las faltas cometidas y absueltas del círculo de las reencarnaciones, se diluía ante la petición del encargado, quien se dirigió a cada uno de los presentes, acorralados contra la pared, con un tono cada vez más amenazante, pues veía que de nuestra cartera solo había salido un único billete de quinientas rupias. Mi hija no tenía dinero y lo dijo; entonces, yo, preocupada, extraje rápidamente otro billete para ella. Totalmente inconforme, no quería dejarnos ir. Con firmeza dijimos que no estábamos dispuestos a dar más dinero y nos fuimos atrás del edificio, acompañados de nuestro guía que se había mantenido al margen de la discusión. Vimos montones de troncos apilados en espera de cumplir con su tarea y se nos indicó que podíamos tomar fotografías, pero no había mucho que fotografiar y emprendimos el regreso a la lancha.
    Consideraba las quinientas rupias como una cooperación forzada, una suerte de pago de un boleto para un espectáculo que me parecía sumamente interesante y atractivo para alguien tan ajeno al culto hindú de los muertos. Un espectáculo que se desplegaba en un escenario donde actuaban su propio y auténtico drama autores genuinos, ensimismados en su propio duelo, quizá un poco fastidiados por la presencia de forasteros mirones, pero finalmente acostumbrados a la curiosidad totalmente ajena a lo que allí se representa. Sin aflicción, sin sentimiento, si acaso con un poco de simpatía y empatía con el difunto y hacia aquellos que presiden un rito que en el fondo –en su exotismo extremo– no es tan diferente. En todo caso, me pareció más sugestivo conocer Manikarnika Ghat, que asistir al espectáculo de danza –montado también para turistas– al cual, con la misma intención, fuimos llevados en Kayuraho por nuestros amigos Kaloo, experto conductor de un rikshaw que alquilamos durante nuestra estancia en el pueblo, Sachim y Hamman.
    El cuerpo que dejamos esperando su turno en los escalones, ya estaba envuelto en llamas. ¿Cuánto tarda en carbonizarse un cadáver? ¿Dos, tres horas? ¿El mismo tiempo que se requiere en un horno de gas? Al parecer, la intensidad del fuego –gracias a su eficaz combustible: la madera y la grasa de la mantequilla– arrasa con todo. En la margen del río, los trabajadores vacían los recipientes que transportan sobre la cabeza llenos de la ceniza que retiran del lugar de la incineración. Los familiares del difunto también vierten los restos pulverizados que se disuelven en el agua. Flotan pequeñas cantidades, llevadas por la corriente hacia Kolkata, donde el río desemboca en el gran océano. En el camino, las lluvias veraniegas multiplican el caudal, que desborda en los campos y fertiliza la tierra. Pienso que no es más que otra forma de regresar a la tierra, como los muertos que entre los pueblos indígenas de México cierran el ciclo de la vida y la muerte nutriendo a la tierra y devolviéndole lo que recibieron en vida a través de los alimentos cultivados.
    Continuamos el recorrido, pero ahora a contracorriente y nuestro guía tenía que remar con más fuerza para poder avanzar. Era el momento de encender nuestras pequeñas velas que les compramos a unos niños antes de iniciar el viaje. Cada uno dejó que el río se llevara la suya, en un platito de aluminio, rodeada de las flores naranjas que en México llamamos cempasúchil. Había varias flotando a la deriva, algunas no resistieron el embate del viento y se apagaron pronto. Había una gran cantidad de visitantes, a juzgar por el número de aquellas que andaban navegando. Había también un buen tráfico de lanchas de varios tamaños con turistas japoneses que nos saludaban alegres y nos tomaban fotos. Nosotros les respondíamos de la misma forma. También pasaban botes pequeños cargados de peregrinos.
    Miraba el agua verdosa; no solo flotaban las velas, también había pequeñas manchas que se desplazaban con lentitud. Me imaginé que eran cúmulos de cenizas de los muertos consagrados al Ganges. De hecho, me pareció que el río estaba más limpio antes de los dos ghats donde se incineran los difuntos. Pensaba que quizá hubiera entrado al agua si no hubiera hecho tanto frío. Veía a la gente entregarse confiada a sus abluciones no siempre con el fin de obtener bendiciones: ¡la gente aprovecha el río! Se entrega al rito del baño, pero también se lava y lava la ropa. Se quita la suciedad simbólica y la visible. Cepilla los dientes y hace buches con el agua del río; río arriba y río abajo, antes y después de que las cenizas se incorporan al caudal. Pequeños grupos de hombres lavan ropa, la golpean con fuerza contra una piedra: pantalones, sábanas y toallas de los hoteles, que son puestos a secar en los muros y escalones de la orilla. ¡El sol también purifica!
    No me parecía tan sucio el río, sin embargo, en la comitiva había quien aseguraba que es de los ríos más contaminados del mundo. Otro sostenía que es el río que más se oxigena durante su largo trayecto, pues nace en los Himalayas occidentales y discurre por 2,510 kilómetros hasta desembocar en el golfo de Bengala. Seguramente, el monzón barre con todo, incluyendo la basura, que lleva al mar.
    Desafiando la plácida corriente, el barquero nos condujo a la orilla del Asi ghat. Habíamos acordado que el pago era por persona y por hora. Nos presentó a un pequeño de brazos, su último hijo, nacido después de tres niñas. Se sentía orgulloso y satisfecho, en cambio, estaba preocupado por la onerosa dote que los padres deben pagar para poder casar a sus hijas. El niño tenía los párpados contorneados con líneas negras pintadas con kajal, que resaltaba la profundidad de sus ojos. Estaba protegido contra el mal de ojo, la “mirada fuerte”, que en India, en México, en el Mediterráneo, como en muchos otros países, constituye una amenaza para los más débiles.
    Subimos a la terraza del hotel cansados, todavía aturdidos por la experiencia y con hambre. Pedimos, como todas las mañanas, masala chai, el reconfortante y delicioso té con especias y leche –ordeñada de las vacas sagradas– que unifica a todos, fuereños y locales, e introduce a todos al corazón de India.

Antonella Fagetti
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”,
BUAP
antonellafagetti@yahoo.com.mx
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