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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 29

Viajando en India

Julio Glockner
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En espera de Áruna, quien mucho tiempo después sabrá que viajó con nosotros.

IMAGINANDO EL APOCALIPSIS


El trayecto del aeropuerto a Delhi en una pequeña vagoneta con el equipaje en el techo no tuvo nada de particular, salvo el cambio del volante al interior del auto y la circulación cargada a la izquierda, lo que no deja de desconcertar a nuestro sentido del orden. Pero de pronto abandonamos las modernas vías rápidas, pasamos por debajo de un puente y se abrió ante nosotros, de golpe, un mundo realmente sorprendente. Las escenas cotidianas que veíamos a través del vidrio nos sorprendían una tras otra, era como si el mundo hubiese sido devastado el día anterior y la gente saliera a la calle a buscar la manera de sobrevivir.
    Según los criterios del urbanismo occidentalizado (y conste que llegábamos de México) estábamos ante el más completo caos, es decir, sin delimitaciones precisas de los espacios para que el tráfico se ajustara a nuestra lógica. En vastas zonas de la ciudad las banquetas no existen, y cuando las hay, están invadidas por comerciantes, mendigos, animales durmiendo y artesanos de todo tipo trabajando, de modo que se camina por la calle, donde circulan, casi siempre en doble sentido y de un modo hábilmente arbitrario, autos, camiones, vacas, motocicletas, chivos, autobuses, cebúes, bicicletas, búfalos, peatones, perros, carretas, miles de motonetas techadas que sirven como taxis. Todos avanzando, nadie retrocede un poco ni cede el paso, todos tocando el claxon. Esta situación, descrita así, parece infernal, no lo es. No hay escenas de histeria ni enojo por los congestionamientos, hay un ambiente de serenidad y prudencia a pesar de todo. En medio de ese enredo se pueden ver las escenas más insólitas, como una familia de cinco miembros montados en una moto, con la madre amamantando a un bebé; un tipo en motocicleta balanceándose por el camino porque lleva a su amigo sentado en el asiento de atrás ¡cargando otra motocicleta!; una vaca trepada en la parte trasera de un triciclo-motoneta convertido en un altar móvil; jóvenes musulmanas cubiertas con burkas por las que solo asoman sus hermosos ojos, pedaleando afanosamente sus bicicletas... Los olores callejeros son penetrantes y se alternan los de orines y excrementos con los aromas de las especias, el polvo, el smog y ocasionalmente un perfume. También se pueden ver monos sentados en los filos de las bardas o colgados de las ventanas. La multitud es fascinante por su infinita variedad de rostros, vestimentas, ademanes y actividades que atraen la mirada constantemente: todo es fotografiable en las calles de India. Además están las deidades, que no están solo en los templos, sino en las esquinas, al pie de los árboles, pintadas en los muros, en el interior de las tiendas y locales, en nichos en medio de la calle, por todos lados aparecen sus imágenes asombrosas, benefactoras, protectoras de la vida diaria de millones y millones de indios. Todo en India es abundante, incluyendo los años de historia que se cuentan por cientos de miles.
    Los arqueólogos han distinguido ya dos grandes áreas culturales, una, llamada Madrás-Achelense, al centro y sur de la India; otra, llamada Soan, al noroeste, ambas con 500 mil años de antigüedad. Medio millón de años de evolución bajo nuestros pies y a la vista, al alcance de la mano. 


EROTISMO RELIGIOSO 

Después de estar en la majestuosa sobriedad del Taj Mahal, uno de esos días en que la serenidad del ambiente entra en nosotros por las puertas de los sentidos y de pronto adquirimos la simplicidad del mármol, la ligereza de una nube que pasa o la tranquilidad del río por el que se desliza silenciosamente una barca, viajamos toda la noche en tren hasta la pequeña ciudad de Kayuraho, construida entre los siglos X y XI. Viajar en tren en la India es toda una experiencia, como lo fue en México hace muchos años. Al despertar, de madrugada, me asomo por la ventana y veo, en medio de la bruma, una escena que remite a los tiempos más arcaicos: un grupo de personas sentadas en torno a una fogata. No vuelvo a la cama, me quedo pegado al vidrio mirando un país que despierta en escenas que se suceden lentamente.
    Kayuraho es una población que se mueve a pie, a la velocidad de las bestias y las bicicletas. Apenas rebasa los 40 mil habitantes y sus calles desembocan en los campos de cultivo de mostaza, nabos, trigo y verduras. Hicimos buena amistad con tres jóvenes que se ofrecieron como guías, dos de ellos musulmanes y, el más pequeño, creyente en el espíritu del dios-mono que habita en los árboles. En ese pueblo, relativamente aislado, se encuentra el conjunto ceremonial más importante de la tradición hinduista. Ahí encontramos por primera vez, en todo su esplendor, la fascinante cosmovisión hindú esculpida en los templos dedicados a Visnú, Shiva y Parvati, a la diosa Kali y a otras deidades menores, así como templos jainistas con la sencilla y potente figura de Mahavira, contemporáneo del Buda. Ambos tuvieron como antecedente la práctica del yoga, que Campbell sintetiza diciendo que es la detención intencional de la actividad espontánea de la sustancia mental. Esculturas de estas dos grandes figuras de la espiritualidad humana se encuentran dispersas en vastas regiones del norte de India, casi siempre sentadas, en posición de loto, evocando la quietud casi mineral que debieron tener en vida.
    Hablar de hinduismo requiere una breve explicación. Dice Agustín Pániker que es un término que se refiere a una cantidad imprecisa de corrientes filosóficas, grupos religiosos, fraternidades espirituales, asociaciones de culto, tradiciones locales y una gran variedad de rituales que nos hace pensar en una efervescente anarquía que ha funcionado durante unos 3 mil años. El hinduismo es un término acuñado apenas el siglo XIX por los colonialistas británicos para designar todo lo que no comprendían bien a bien, es decir, todas aquellas tradiciones que no eran islámicas ni budistas, ni judeocristianas, pero tampoco profesaban el zoroastrismo, ni el jainismo, ni el sikhismo ni las religiones tribales. A todos esos otros, que escapaban a las categorías más o menos reconocidas por los ingleses, los denominaban hindoos, término que sustituyó gradualmente al despectivo gentoos, con el que se referían a los “paganos”. Hinduismo, entonces, comprendía las tradiciones védicas, vishnuistas, shivaistas, shaktistas, smartas, tribales de castas subalternas, el neo hinduismo, el nueva era hindú, etcétera. Cada una con sus textos sagrados, divinidades, mitologías, linajes de santos, clérigos, sectas, filosofías, axiología y sobre todo prácticas rituales, es decir, el hinduismo es una inmensa macro religión o familia de religiones.1
    En el conjunto ceremonial de Kayuraho la exuberancia de ornamentos floridos y formas geométricas acompaña a la multitud de figuras humanas y animales, deidades y seres mitológicos labrados en piedra en los templos, representando escenas festivas, rituales y orgiásticas que simultáneamente muestran y ocultan una visión del mundo que no ha sido del todo dilucidada. Las escenas sexuales representadas en los altorrelieves son desconcertantes para la mente occidental (los guías de turistas lo saben muy bien y dicen que se trata de escenas del Kama Sutra) cuya tradición judeocristiana estableció una tajante separación entre cuerpo y espíritu, entre religión y erotismo. Hay cientos de bailarinas, sacerdotisas y ninfas celestiales danzando sensualmente. Sus hermosos cuerpos han sido esculpidos con tal cuidado, con tal refinamiento, que uno tiene la impresión de que en cualquier momento van a moverse. Los actos sexuales entre parejas de amantes (maithuna) en los que no está excluida la sodomía o la zoofilia, crean cierta perplejidad en el visitante moderno, que no está acostumbrado, en absoluto, a presenciar escenas semejantes en lugares de culto religioso, no obstante tener un largo antecedente histórico. El erotismo –dice Georges Bataille– escapa a quienquiera que no considere su aspecto “religioso” y, recíprocamente, el sentido de las religiones en general, escapa a quien olvide el vínculo existente entre estas y el erotismo. Según el filósofo francés está en la esencia de la religión el oponer a los otros los actos prohibidos, de modo que la prohibición religiosa confiere un valor a lo que evita. A veces es posible, o incluso está prescrito, violar lo prohibido, transgredirlo. Pero ante todo, lo prohibido impone el valor de lo que rechaza, un valor en principio peligroso, como el “fruto prohibido” del libro del Génesis. Este valor predomina en las fiestas, en las cuales está permitido lo que ordinariamente se excluye. Y es precisamente una fiesta, donde reina la alegría, la música, la danza y el desenfreno, lo que vemos en los templos de Kayuraho, donde ocupan un lugar central el lingam y el yoni, símbolos sexuales emblemáticos del dios Shiva y su consorte Parvati. Las escenas eróticas de Kayuraho son eminentemente transgresoras. La transgresión en tiempo de fiesta –escribe Bataille refiriéndose a las bacanales dionisiacas– es precisamente lo que da a la fiesta un aspecto maravilloso, el aspecto divino... divino en el sentido de que rechaza las reglas de la razón.2
    La perplejidad del hombre moderno ante estas escenas, en que el erotismo y lo sagrado van de la mano, tiene quizá una explicación en el hecho de que la cultura occidental los ha escindido al rechazar el aspecto erótico de la religión, convirtiéndola en una simple moral utilitaria, mientras que el erotismo, al perder su carácter sagrado, se convirtió en algo inmundo y obsceno. A ese nivel de degradación han llegado los criterios del hombre masificado en las sociedades modernas. Habría que recordar aquí la alusión que hizo Henry Miller a la Epístola de san Pablo a los romanos (XIV; 14):

Yo bien sé, y estoy seguro, según la doctrina de Nuestro Señor Jesús, que ninguna cosa es de suyo impura, sino que viene a ser impura para aquél que por tal la tiene.3  

    Es decir, la obscenidad no existe en ninguna obra, es solo una propiedad de la mente que la contempla.
    Qué afortunados los hombres y mujeres jóvenes que alcanzaron la madurez en la India de hace 2 mil años –dice Charlotte Hill– cuando el sexo no era pecaminoso, se hablaba de él abiertamente y el sabio Vatsyayana acababa de escribir el Kama Sutra. Esta gran obra cotejaba toda la sabiduría sexual de siglos anteriores y la presentaba como una guía fácilmente comprensible. Vatsyayana escribió el libro en sus últimos años como un deber religioso: su intención era capacitar a los jóvenes para evitar las conmociones y peligros del sexo y disfrutar de sus maravillas. Incluía orientaciones sobre todos los aspectos de la relación entre hombres y mujeres, junto con un manual de instrucción sexual nada absurdo que lo abarcaba todo, desde morder y arañar hasta la felación y posturas amatorias. Aunque algunos especialistas rechazan categóricamente cualquier relación de las escenas eróticas de Kayuraho con el Kama Sutra, la interpretación de los guías locales, en estos y otros templos, insiste en ese vínculo para referirse a una antigua pedagogía sexual: “Es la educación sexual” nos dijo el encargado de un templo en Udaipur.
    Los vasos comunicantes que enlazan erotismo y sacralidad en Kayuraho son evidentes y misteriosos a la vez. Los tenemos a la vista pero no los comprendemos plenamente. Sabemos que los constructores de Kayuraho, miembros de la dinastía Chandela, pertenecían a la secta tántrica de los Kapalika, cuya tradición considera que la relación sexual (maithuna)4 constituye un medio idóneo para superar la polaridad en que está escindida la existencia y, de esta manera, conseguir la reintegración de la consciencia, o mejor dicho, acoplar la consciencia con su propia fuente para así alcanzar la unión con lo divino. María Angelillo refiere varias hipótesis de los estudiosos de estas fascinantes escenas eróticas, que comprenden desde la atribución de facultades protectoras ante eventuales calamidades como rayos y mal de ojo, según lo establece la tradición popular, hasta significados esotéricos que sólo los iniciados en el tantrismo pueden descifrar, sin dejar de considerar las antiguas tradiciones chamánicas vinculadas con rituales orgiásticos propiciatorios de la fertilidad.5
    Según Octavio Paz, aunque las maneras de acoplarse son muchas, el acto sexual dice siempre lo mismo: reproducción. El erotismo es sexo en acción pero, ya sea porque la desvía o la niega, suspende la finalidad de la función sexual. En la sexualidad el placer sirve a la procreación: en los rituales eróticos el placer es un fin en sí mismo o tiene fines distintos a la reproducción.6 En Kayuraho, ¿estamos ante un erotismo sublimado hasta alcanzar la sacralidad?, como propone el tantrismo, ¿o estamos ante una sexualidad que busca la activación de las fuerzas genésicas de la humanidad y el cosmos?, como sugiere la hipótesis chamánica... O quizá la distinción del poeta es una idea moderna y en la antigua ciudad india presenciamos una feliz conjunción de erotismo y sexualidad.


LA VACA METAFÍSICA


Un mito de origen referido en los textos védicos de los Upanishads menciona que en el principio este universo no era sino el Yo en la forma de un hombre. Ese Yo miró a su alrededor y no vio nada excepto a sí mismo. Por eso su primera exclamación fue “Soy Yo” (esta afirmación la repetimos siempre que alguien pregunta por nosotros). En seguida, ese Yo primigenio sintió temor, pero hizo este razonamiento: “Si no hay nada excepto yo mismo ¿qué es lo que hay que temer?” Y el miedo desapareció, porque el temor solamente se refiere a otro. El Yo primigenio advirtió después que carecía de placer por estar solo. Entonces deseó a un segundo y se dividió a sí mismo en dos partes y fue un hombre y una mujer. Así surgió la humanidad. Pero la parte femenina hizo esta reflexión: “¿Cómo puede él unirse conmigo, que he sido producida de él? Entonces me ocultaré”... y se convirtió en vaca. La parte masculina se convirtió en toro y de ahí surgió el ganado. Ella entonces se convirtió en yegua, burra, cabra, oveja, y Él en caballo, burro, macho cabrío y carnero. Fue así que surgieron todos los animales existentes, hasta los más pequeños, como las hormigas.7
    El ocultamiento de Ella en las diferentes especies y el alcance unificador que Él le da para crear en cada salto una pareja de animales, es un juego amoroso guiado por un deseo sexual que no carece de orden y jerarquía. No es casual que la vaca y el toro hayan sido creados inmediatamente después de los humanos. En ellos están simbolizadas las dos actividades fundamentales de las antiguas civilizaciones, la ganadería y la agricultura: la vaca como proveedora de leche y todos sus derivados, y el toro como la fuerza motriz que permite cultivar la tierra con el arado.
    En los templos más antiguos de la historia humana, construidos hace aproximadamente seis mil años al sur de Mesopotamia, se han encontrado evidencias de la diosa-vaca y el dios-toro como símbolos de la fertilidad. El templo de Obeid, en Irak, estaba dedicado a la diosa-vaca Ninhursag y sus murallas construidas en forma ovalada han sugerido la idea de que se trata de un símbolo de los genitales femeninos. Los mosaicos descubiertos en Obeid, aun con restos de colores, muestran a un grupo de sacerdotes dedicados a la sagrada tarea de ordeñar vacas así como filtrar y almacenar la leche. En la India –dice Joseph Campbell– los templos dedicados a la diosa-madre tienen un santuario interior con la forma del órgano femenino simbolizando la fuerza generadora de la naturaleza por analogía con la capacidad de dar vida y amamantar de la mujer. En sus recintos ovales no solo se encontraban los aposentos de los sacerdotes, sino también establos para el ganado. En la actualidad, al visitante de estos templos se le sigue ofreciendo arroz con leche o algún otro producto lácteo.8
    Al entrar la leche y sus derivados en el circuito ritual, en calidad de ofrendas, se establece una conexión mística entre la vaca común y la vaca mítica, deificada y convertida ya en emblema de fertilidad, mantenimiento alimenticio y bienestar. Esta conexión se puede expresar en una simple ecuación: vaca lechera más vaca metafísica igual a vaca sagrada. Pero la vaca no agota sus cualidades como proveedora de alimentos. En un libro sobre costumbres religiosas, publicado en Ámsterdam en 1729, su autor, Picart, relata cómo los brahmanes alimentaban con trigo una vaca sagrada para luego buscar en su estiércol los granos consagrados por la digestión. Los extraían, los ponían a secar y los daban después a los enfermos, no solo como medicina, sino como una sustancia sagrada que tenía efectos benéficos en la persona que los consumía. En la India y en el Tíbet el valor purificador del estiércol y de la orina de vaca es sumamente significativo. Casi un siglo después del libro de Picart, en 1810, se publicó en Londres un libro sobre el panteón hindú, en el que el autor explica que la orina de vaca figura entre las más importantes y convenientes sustancias purificadoras:

Las imágenes sagradas son rociadas con ella. Ningún individuo, por más indiferente que sea en el aspecto religioso y escrupuloso en su limpieza, pasaría por un lugar donde una vaca está orinando sin recoger en su mano el sagrado fluido y beber algunas gotas.9   

    En el sacrificio llamado Poojah los brahmanes preparan la habitación purificándola con estiércol sagrado de vaca y las paredes y el suelo son rociados con la orina del mismo animal. El ritual consiste en derramar leche de vaca sobre el lingam, que es un objeto sagrado que representa la fusión de las energías masculina y femenina. El lingam tiene una forma fálica y está rodeado por la yoni, que lo circunda como los labios vaginales lo harían en el acto sexual. La leche (o el agua del Ganges, la orina de vaca o cualquier otro líquido consagrado) vertida sobre el lingam, escurre por su cuerpo y circula por un pequeño canal que forma parte de la yoni, hasta derramarse por un pequeño conducto que remata su cuerpo para que el líquido pueda ser recogido en un recipiente. El líquido así santificado será cuidadosamente conservado y algunas gotas de él pueden ser suministradas a los enfermos y agonizantes. La unión del lingam y la yoni nos remite, evidentemente, al mito de origen mencionado en los Upanishads.
    Hoy en la India circulan plácidamente vacas, toros, cebúes y búfalos por las estrechas calles, las grandes avenidas o las autopistas. Lo hacen con una despreocupación y una serenidad envidiables, en medio de la consideración y el aprecio de los habitantes de las aldeas y las grandes ciudades. Es una maravilla toparse con estos animales en cualquier callejuela. A veces sus cuernos ocupan prácticamente todo el espacio para transitar, entonces uno se detiene, para esperar su reacción, con un remoto temor de que algo peligroso pueda suceder. Ellos nos miran también detenidamente, quizá algo sorprendidos por nuestro titubeo y luego toman la iniciativa para pasar tranquilamente a nuestro lado, contoneando armoniosamente esos enormes cuerpos, como diciendo: no te preocupes, que me he ocupado por el bienestar de tu especie desde hace miles de años.

BIBLIOGRAFÍA
Angelillo M. India. Tesoros de las grandes civilizaciones, Editorial Numen, México (2008).
Bataille G. Las lágrimas de Eros, Tusquets, Barcelona (1981).
Bataille G. El erotismo, Tusquets, Marginales N° 19, Barcelona (1979).
Bataille G. Mitos de la luz. Metáforas orientales de lo eterno, Marea Editora, Argentina (2008).
Campbell J. Las Máscaras de Dios. Mitología Oriental, Alianza Editorial, Madrid (1991).
Campbell J. Las extensiones interiores del espacio exterior, Atlanta, España (2013).
Eliade M. Erotismo místico en la India, Kairós, Barcelona (2001).
Hill Ch y Wallace W. Erotismo. Antología universal de arte y literatura eróticos, Evergreen-Taschen (2006).
Miller H y Lawrence DH. Pornografía y obscenidad, Argonauta, Barcelona (1981).
Pániker A. El sueño de Shitala. Kairós, Barcelona (2011).
Paz O. El arco y la lira, FCE, México (1967).
Paz O. La llama doble. Amor y erotismo. Seix Barral, Biblioteca Breve, México. (1994).
notas
1      Pániker (2011) p. 46-53  
2      Bataille (1981) p. 84.
3      Miller (1981).
4      El maithuna sirve, en primer lugar, para dar ritmo a la respiración y facilitar la concentración. La yoguini es una joven instruida por el gurú y por lo tanto su cuerpo está consagrado. La unión sexual se transforma en un ritual mediante el que la pareja humana se convierte en divina... durante el maithuna se logra la inmovilidad, la supresión del pensamiento, la suprema gran felicidad, la identidad de goce y el descubrimiento de la Unidad (samarasa). Eliade (2001).
5      Angelillo (2008) p. 171.
6      Paz (1994).
7      Brhadaranyaka Upanishads: 1.4. 1-5.
8      Campbell (1991). 
Julio Glockner
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, BUAP
julioglockner@yahoo.com.mx
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