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Elementos No. 96         Vol. 21, Octubre-Diciembre, 2014, 23

El último verdugo: duermo bien... mi conciencia está tranquila
La increíble historia de Nata Mullick


Pablo Robledo
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La voz que se escucha en el teléfono es seca, cortante, dura. “Puede venir a visitarme cuando quiera”, dice. El taxi que se interna por los pasadizos de una de las zonas más pobres del barrio de Tollygunge es amarillo; su chofer hace un gesto cómplice cuando se detiene en la dirección indicada. Es el 48 de K. P. Roy Lane, Calcuta, India. El cuarenta y ocho, justo. Pienso en los muertos, si hablaran.
    La casa tiene la puerta abierta. Y no es mucho más que un cuarto amplio de cuatro metros por cinco.
    El hombre que dormita la siesta en kurta, especie de pijama tradicional indio, volcado hacia la pared y en posición fetal, es Nata Mullick, nieto e hijo de verdugos, y él mismo, el último verdugo de Calcuta. Ante la intromisión se incorpora resueltamente. Son 84 años que conservan brazos musculosos y la fuerza de una tenaza en el saludo con apretón de manos. Su cabello es blanco, blanquísimo. ¿Quién dijo que es necesaria alguna estrategia para romper el hielo? Mullick dirige la mirada hacia las fotos que pueblan las paredes, y clava sus ojos profundos en una: “Este era mi padre, ahorcó a más de 600”, dice e invita a tomar asiento.
    Mis ojos van, en cambio, hacia los posters de la cabecera de su cama. Son imágenes de tres de los dioses más significativos de la religión hinduista: Shiva, el destructor, cuyo tercer ojo indica sabiduría; Krishna, que lucha por el bien y combate al mal en todas sus formas, y Kali, la diosa más terrible, la de la gran lengua roja, la sedienta de sangre, la que requiere constantes sacrificios y adorna su cuello con collares de calaveras. Preguntarle a Mullick por su dios o diosa favorito y recibir una mirada descortés y amenazante es todo una misma cosa.


UNA EMPRESA FAMILIAR


La saga familiar y laboral comienza en el siglo XIX, cuando Mishrilal Mullick, cuya gran foto también preside otra de las paredes del cuarto, emigra del estado de Bihar, famoso por sus bandidos, a Calcuta y se establece en el mismo terreno donde ahora su nieto cuenta historias, por entonces solo selva salvaje. El abuelo Mullick fue uno de los tantos verdugos que en esa época trabajaban a tiempo completo al servicio de su majestad, la reina o el rey de turno en el Palacio de Buckingham.
    Tiene una anécdota que lo hizo leyenda, cuando se negó a ahorcar, a pesar de los insistentes pedidos de sus empleadores ingleses, a Khudiran Bose, un conocido revolucionario antibritánico.
    En cambio su hijo, Shiblal Mullick –o sea, el padre de Nata–, no hacía ese tipo de distinciones y quizá por eso ganó fama como uno de los verdugos más temidos del Imperio Británico. Fue el ejecutor de Surya Sen, uno de los independentistas bengalíes más conocidos de su época. La familia dice que los ingleses le ocultaron la identidad del condenado. Como sea, hasta su propia muerte, Shiblal se convirtió en un paria social en la India posindependencia.
    –Y usted, ¿hace distinciones con los condenados? –le pregunto a Nata Mullick en inglés, idioma que entiende y con el que se expresa rudimentariamente.
    –Yo nunca ahorqué a ningún revolucionario ni luchador por la libertad, solo a criminales y asesinos. El destino quiso este oficio para mí y para mi familia, y contra eso no hay nada que se pueda hacer.
    –¿Duerme? ¿Tiene la conciencia tranquila?
    –Mi conciencia está muy tranquila.


LA CANCIÓN DEL VERDUGO

A los 17 años, al mismo tiempo que aprendía los gajes del oficio entre sogas y capuchas y ejercía de ayudante oficial de su padre, Nata Mullick se dedicaba a la música. Recorría las calles de Park Circus en busca de alcohol y amigos y luego se trasladaba a un cementerio cercano donde su refinada voz atraía la atención de los paseantes, que pronto formaban grupos que escuchaban con atención los improvisados conciertos. Allí fue donde conoció a Osman Mian, quien pronto se convirtió en su percusionista, gran amigo y compañero de correrías.
    Quiso el mismo destino del que habla Mullick que, años más tarde, Osman fuera encontrado culpable de violación y asesinato. Y condenado a muerte. Y Mullick fuera su ejecutor. Aún conmovido por saber que debía acabar con la vida de su viejo amigo Osman, escuchó el ruego desesperado al pie del cadalso: “Nata, por favor sálvame”. “No puedo hacer nada”, fue la respuesta, y acto seguido levantó la palanca que mueve el falso piso de metal.
    Cuando le recuerdo el episodio, Mullick prefiere no responder con palabras. Comienza a cantar a capella una vieja canción bengalí, quizá para ahuyentar a través del canto a uno de los tantos fantasmas que le acechan. Su canto tiene el aura de viejos mantras religiosos. El ambiente en el cuarto es claustrofóbico, un reloj de pared de aspecto nuevo y de chillones colores violetas y anaranjados marca el paso de cada segundo. Un calendario, de números grandes, rojos y negros, marca el implacable paso de los días. Aparte de las fotos familiares gigantes, también hay –enmarcados– recortes periodísticos que lo tienen como protagonista, en varios idiomas. Uno de ellos se titula “La cara de la muerte”.
    Miro su cara y no veo en ella la cara de la muerte, sino la de un hombre cansado y desconfiado. La cara del sistema. Mullick responde a mi mirada y por primera vez veo en esos ojos lo que en el folklore urbano se comenta de él: la huella del alcohol, cierta ausencia de sentimientos, un convencimiento feroz de lo justo de su actitud.


VARIEDADES INDIAS DE IMPERIALISMO

En 1498, el año en que Colón emprendió su tercer viaje al Nuevo Mundo, Vasco da Gama “descubriría” el paso hacia Asia a través del Cabo de Buena Esperanza, asegurando el temprano predominio de los portugueses en el comercio entre Europa e India. Serían ellos quienes establecerían las primeras colonias europeas en el subcontinente, particularmente en la región de Goa y el sur de la costa de Malabar, y quienes llevarían consigo productos centrales para la actual cocina india, como la papa, el tabaco, los chiles. En otro ámbito, los primeros jesuitas y misioneros cristianos llegarían a India en navíos portugueses.
    Durante el siglo XVI la presencia europea en India sería mínima, limitada a unos cuantos enclaves comerciales en las costas. Esto cambiaría cuando en 1600 la reina Elizabeth constituyera a la que sería el principal vehículo del imperialismo Británico en el sur de Asia: la Compañía de las Indias Orientales. Al igual que sus contrapartes contemporáneas danesa, francesa y holandesa, la Compañía sería la comisionada por la reina para establecer mediante el uso de la fuerza un monopolio del lucrativo comercio con India para beneficio de la Corona Británica. Entre 1600 y 1750, la Compañía alteraría de manera gradual pero definitiva la dinámica económica de la India, hasta el punto de llegar a comandar importantes ejércitos y regiones enteras a través de la conquista y la alianza con dirigentes locales.
    La conquista abiertamente imperial británica en el subcontinente comenzaría a extenderse en 1757, con la batalla de Plassey, en la que el general inglés Robert Clive vencería al gobernante de Bengala, Siraj ud-Daula, y culminaría con la independencia de India y Pakistán en 1947. Esto implica que, mientras que en México y otras localidades de Latinoamérica se gestaban las insurgencias independentistas, en India se vivía la consolidación y el apogeo del Imperio Británico.
    Desde un inicio, el colonialismo británico en India se diferenció de otras campañas imperiales anteriores de maneras muy significativas. En primer lugar, este fue un colonialismo emprendido no por un estado, sino por una compañía comercial, la cual optó por evitar el conflicto abierto con los poderes locales y gestó estratégicas redes de vasallaje y mutuo beneficio económico. En otras palabras, este nuevo colonialismo no se extendió a base de la conquista militar, sino siguiendo una lógica puramente capitalista. Por otro lado, no hubo colonización de la manera en que hubo en América Latina, el Caribe y Australia. Los británicos que administraron la India a partir del siglo XVIII y hasta mediados del XX fueron funcionarios y burócratas de carrera, que dejaban Gran Bretaña en busca de trabajo y, si tenían suerte, volverían al retirarse con el plan de construirse una mansión en la campiña inglesa. En más de un sentido, ser un funcionario del imperio era el equivalente a ser funcionario de una trasnacional de hoy en día. Hubo pocas mujeres europeas en India durante este tiempo, y aún menos familias. A diferencia de lo que pasó en el Nuevo Mundo, los europeos nunca intentaron hacer de la India su hogar. Esto ha causado que la palabra “colonial” tenga connotaciones muy diferentes en ambas regiones. Mientras que en América, lo colonial remite a un amplio legado urbano, cultural, político e intelectual de mezcla, destrucción y fértil adaptación, en India lo colonial remite a la explotación, el saqueo y la humillación.


FLORES, CINE Y BANANAS

Mullick se corre a su cama doble de madera tallada, varias almohadas y un cubrecamas amarillo y marrón, levanta la parte delantera del colchón y saca un sobre blanco que abre despacio. Es tabaco en polvo. Comienza a mascarlo. Un viejo ventilador de techo ayuda a combatir el calor húmedo de Calcuta. Afuera se escucha el rechinar de las ruedas de los viejos tranvías, los gritos que llaman a los fieles a la cercana mezquita de Anwar Shah Road, el ladrido de un perro.
    La llegada de un vecino que oficia de intérprete agiliza la conversación.
    Le pregunto por la sorprendente cantidad de flores que adornan las fotos familiares. Esta vez, por primera vez, Mullick sonríe. Y cuenta:
    –El trabajo de verdugo no paga todas las cuentas.
    Desde hace mucho tiempo, confecciona arreglos florales para ofrendas en templos, coronas mortuorias, decoración de casas y hasta del refinado Golf Club de Calcuta. Y como el oficio de verdugo tiene un “mercado” cada vez más estrecho, Mullick es también verdugo... en el cine, en varias películas filmadas por la poderosa industria cinematográfica de Calcuta.
    Mullick se encoge de hombros con humildad, como quitando importancia a sus dotes actorales, y pasa a otro tema, “su” gran tema. Señala una caja metalizada gris, debajo de la única mesa del cuarto y hace un gesto rodeándose el cuello con las manos. En esa caja, que ahora abre con lentitud extrema, guarda sus recuerdos más íntimos, entre ellos las sogas utilizadas en los ahorcamientos. Saca una, la muestra en silencio, la alza casi acariciándola.
    Organizaciones que luchan por la abolición de la pena de muerte acusan a Mullick de vender medallones con pedazos de cuerdas a los pobres y enfermos. Mullick se defiende:
    –Está probado que las cuerdas usadas tienen poderes mágicos y milagrosos que ayudan a quienes tienen problemas económicos o rachas de mala suerte.
    El vecino me pregunta si conozco el gran “secreto” profesional de Nata. Y sin esperar respuesta, me lo cuenta: es un brebaje especial que mezcla manteca, puré de bananas, jabón y hierbas, con el que lubrica la soga para que esta se deslice más rápidamente por el cuello del condenado y este no tarde más de un minuto en morir. Mullick asiente. Dice que nunca falla, y que por eso él –todavía– es el mejor. Un escalofrío recorre mi espalda.
    En ese instante entra Mahadeb, el corpulento hijo de Mullick, su ayudante extraoficial en algunas ejecuciones y –para perjuicio de esta entrevista– también manager y portavoz de su padre.

DÍA DE ENTRENAMIENTO


“Sin comentarios”, me dice el último verdugo mirando de reojo a su hijo, cuando trato de discutir alguna de sus afirmaciones que leí en archivos de medios locales. Como que lo que hace lo hace por su país, que las mujeres jóvenes necesitan ser protegidas de los criminales, que la violación seguida de asesinato merece la pena de muerte, que él es solo el ejecutor, que los que condenan son los jueces y el Estado, que él es solo un ejecutor de dichas decisiones y que, sobre todo, a él no le gusta ahorcar a nadie.
    Nata Mullick cobró hasta 1991, y como salario oficial, 5,000 rupias (unos 120 dólares) por ahorcamiento. Ahora el pago se duplicó.
    Para no perder la forma y estar preparado al llamado de sus jefes, Mullick realiza ejercicios físicos con bolsas de arena, complicadas ataduras y desataduras de nudos con sogas de yute (a pesar de que la soga oficial de las ejecuciones es de una calidad llamada de Manila) y periódicos sacrificios rituales de corderos en el templo de la diosa Kali, cercano a su domicilio. Es vox populi en los ambientes periodísticos calcutenses. Mullick también busca confort, tanto físico como espiritual, en el alcohol. Las botellas de brandy McDowell’s Number One vacías y llenas que adornan un estante de su casa parecen alegar en su contra.

A TRABAJAR SE HA DICHO


Una vez que los jueces dictan sentencia condenatoria, y confirman fecha de ejecución, Mullick comienza una serie de pruebas para que nada falle en el amanecer indicado. Prueba los mecanismos de la horca, hace simulacros con bolsas de arena que pesan lo mismo que el condenado, aconseja y prepara psicológicamente a sus ayudantes, que son generalmente miembros de su familia. La noche anterior, confiesa, necesita del brandy para poder dormir.
    En la cárcel de Alipore Central se reúnen dos doctores, un sacerdote, el director del penal, doce guardias armados y Mullick y sus asistentes. A las 4 de la madrugada despiertan al condenado. El director le lee la sentencia, lo identifica oficialmente y lo entrega al verdugo. Sus ayudantes lo atan de pies y manos, lo amordazan, le ponen una capucha negra. Entonces, Mullick ajusta el dogal alrededor del cuello. El sacerdote lee himnos de las sagradas escrituras hindúes y luego, respondiendo a una señal del magistrado, Mullick acciona la palanca que abre el falso piso sobre el que está parado el condenado. Mullick cuenta que evita mirar a los ojos al condenado antes de que le pongan la capucha, y niega terminantemente que esboce un pedido de perdón al oído del reo. Dice, sí, que reza por su alma una vez realizada la ejecución, asiste luego al templo donde realiza baños rituales y realiza una donación de parte de su salario a instituciones de beneficencia de Calcuta.

NACIÓ UNA ESTRELLA


La piel de Mullick, de un color miel tostada, transpira a pesar del aire envolvente que cae del ventilador de techo. Se pone unos anteojos de grueso marco y habla en bengalí con su hijo, que se muestra muy enojado con él. Después me enteraré por qué. El vecino señala los recortes con el episodio que marcó un antes y un después para la fama mediática de Mullick.
    Es el caso de Dhananjoy Chatterjee, un portero de edificio acusado de violación y asesinato de una adolescente de 14 años en 1989. Condenado a muerte en 1991, iba a ser ahorcado por Mullick en 1994, pero en ese momento las demandas monetarias y de otro tipo realizadas por el verdugo obligaron a suspender la ejecución. El verdugo quería mejor sueldo y un trabajo para su nieto como barrendero de la cárcel. Decidido, anunció el abandono de su oficio bajo la estrepitosa frase “Colgué la cuerda”, como los boxeadores cuelgan los guantes y los futbolistas los botines. Reveló que su hijo Mahadeb (ese que ahora está sentado en el cuarto) “se niega a continuar la tradición familiar” y que, en fin, debía intentar transmitir sus artes al nieto, Prahbat.
    Un par de vueltas legales demoraron aún más la ejecución. El portero continuaba sosteniendo su inocencia y reclamando una prueba de ADN finalmente denegada.
    La ejecución se convirtió en un circo mediático y fue la más dificultosa de las 25 que realizó Mullick. El verdugo –que consiguió lo que pedía– sintió mareos, transpiró copiosamente y pidió un tiempo para reponerse. Se repuso, nomás, y ejecutó. Pero inmediatamente se desmayó y fue trasladado en ambulancia a su casa. Los médicos lo declararon fuera de peligro y el mismo Mullick aseguró a quien quisiera escucharlo –y especialmente a los medios que cubrieron el acontecimiento– que el motivo de su indisposición fue la gran tranquilidad que mostró el condenado en los minutos anteriores al cumplimiento de la pena. Medios extraoficiales aseguraban que la causa fue la ingesta de alcohol por parte del verdugo. La opinión pública se dividió entre los que se conmovieron con Mullick y los detractores.
    Fue invitado a gran cantidad de actos sociales e incluso esbozó la idea de comenzar su carrera política. Toda la India tembló ante las impensadas consecuencias sociales que siguieron al evento: en las cercanías de Calcuta una niña de 12 años murió estrangulada cuando jugaba con su hermano de 5 a recrear el ahorcamiento de Chatterjee. En Utar Pradesh un niño de 11 sufrió graves lesiones al realizar el juego del ahorcado con sus amigos. Tres casos similares se registraron en varios estados de la India, pero sin consecuencias fatales. Los chistes de ahorcados y verdugos comenzaron a circular por los teléfonos celulares, gran cantidad de óperas populares llamadas jatras fueron dedicadas al tema, al punto que para las venideras fiestas populares de Calcuta y ante pedido de Mullick y su abogado, el gobierno prohibió terminantemente la utilización de su figura o la del ahorcamiento de Chatterjee como leitmotiv. Mullick y su familia ya se habían convertido en una leyenda urbana de la India moderna.
    La leyenda tiene el cuerpo musculoso de este hombre, sentado a veces a mi lado y otras enfrente, este hombre que ya no me habla y refleja ahora un cansancio infinito en su mirada. Su hijo comienza el poco elegante proceso de presionarme para que colabore con la economía familiar como retribución al tiempo dedicado, sugiriendo que la colaboración tome forma de diez billetes de cien dólares. El vecino, ante el cariz que toman los acontecimientos, se retira sigilosamente. La nota, obviamente, termina allí. En la calle, todo son gritos. De chicos que juegan y pelean, de los altoparlantes de un carromato. Mi cabeza en otro lado. Pienso en ese minuto anterior a la orden. Pienso en qué piensan los condenados, en qué piensa Mullick, en qué pensarán sus dioses. Su mirada, fija, recalcitrante a veces, queda pegada en mis retinas, sus brazos cruzados se mezclan con las baldosas que voy pisando. Da pena. Da pena todo, da pena la muerte.

Pablo Robledo
Periodista independiente
pablorev23@yahoo.com.ar
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