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Elementos No. 115              Vol. 26, Julio-Septiembre, 2019, Página 45

Notas sobre filosofía desde la fenomenología de Edith Stein


Rubén Sánchez Muñoz
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Edith Stein (1891-1942) es una filósofa destacada por su modo de hacer filosofía y de acercarse a una variedad de cuestiones que conciernen a varios campos y disciplinas. Ella perteneció al Círculo Fenomenológico de Gotinga, si bien en su última etapa. Trabajó allí con Adolf Reinch, Hans Theodor Conrad, Hedwige Conrad-Martius, entre otros, y después de que Husserl obtuvo la cátedra en Friburgo y emprendió el proyecto de la fenomenología trascendental, lo siguió a la Universidad de esta ciudad y allí se doctoró con una tesis dedicada al problema de la empatía (Einfühlung) en 1916. Entre 1916 y 1918 fue asistente de Husserl y en 1918 renunció para emprender sus propios proyectos. Luego de su conversión en 1921, se dedicó a estudiar las bases del cristianismo y en 1925 empezó a estudiar el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, de quien llegó a considerarse fiel discípula. En 1932 entró en la orden de las Carmelitas descalzas de Colonia, donde escribió Ser finito y ser eterno entre 1933 y 1936. Luego, hacia 1939 se dedicó a escribir un estudio sobre San Juan de la Cruz: Ciencia de la Cruz. En 1942 fue detenida en el Carmelo de Holanda por la Gestapo y llevada al campo de concentración de Auschwitz donde murió en agosto de 1942. Fue beatificada en 1987 y canonizada por el Papa Juan Pablo II en 1998.
    En este trabajo presentamos una serie de ideas introductorias sobre la idea de la filosofía y la filosofía de la ciencia en esta importante filósofa.


EDITH STEIN Y LA SÍNTESIS DE SU FILOSOFÍA

Edith Stein siguió la fenomenología por presentar un “método objetivo de trabajo”. La exigencia por rescatar la objetividad yendo hasta la esencia de los fenómenos fue una ruptura con la epistemología neokantiana. La fenomenología, en lugar de dirigir la mirada al sujeto, planteaba la necesidad de “volver a las cosas mismas” (Zuruck zu den Sachen selbst), y para hacerlo se valía de la epojé, mediante la cual “ponemos entre paréntesis lo circunstancial en nuestros contenidos de conciencia” y nos quedamos solo con lo esencial. Los primeros fenomenólogos mantenían una actitud realista. “Todos los fenomenólogos, nos dice Edith Stein, eran ante todo deliberadamente realistas” refiriéndose a los integrantes del Círculo de Gotinga.
    La exhortación de Husserl de ¡Volver a las cosas mismas!, significó una salida de la subjetividad y un rescate de la objetividad del conocimiento. Desde los tiempos de Descartes la filosofía había venido encerrada en la inmanencia del pensamiento; la filosofía moderna se encerró en la conciencia y el problema que surgió, primero en Descartes, y luego se extendió a toda la modernidad, fue: ¿cómo salir de la conciencia al mundo?, o el problema de la comunicación entre la res cogitans y la res extensa. En Immanuel Kant puede encontrarse un residuo de realismo ingenuo (como suele llamársele), ya que detrás del criticismo queda presupuesta la existencia del mundo objetivo, real, aunque incognoscible. Para Kant existe algo detrás de los fenómenos, como noúmeno, como cosa en sí, pero no podemos conocerlo tal y como es; los límites de nuestro conocimiento corresponden al campo fenoménico. Los filósofos venían reflexionando entonces sobre la propia conciencia del sujeto, su estructura y sus alcances y el objeto se había desplazado de alguna manera; se pretendía alcanzar un conocimiento seguro desde los inicios de la época moderna, un conocimiento que no condujese a errores. Pero, como diría más tarde José Ortega y Gasset, en el idealismo el sujeto se traga el mundo, el mundo o el objeto queda subsumido en la subjetividad.
    La fenomenología de las Investigaciones lógicas resaltaba la importancia del objeto y lo metía nuevamente a la discusión epistemológico-ontológica. En ello, la labor de Husserl parecía “constituir una nueva escolástica” y el conocimiento se presentaba como una “facultad renovada”; parecía como si el maestro retomara la filosofía medieval al adoptar un realismo que iba en dirección contraria al idealismo desarrollado en aquel tiempo por los filósofos neokantianos.
    Pero luego de ello, tanto a Edith Stein como a los demás integrantes de este movimiento fenomenológico temprano, les pareció que Husserl había dado la vuelta al subjetivismo. Les dio la impresión, no sin justificación, de que Ideas I, que apareció en 1913, era una vuelta al idealismo. Husserl mismo hablaba allí de “idealismo trascendental”. Edith Stein llegó a creer que Edmund Husserl se quedó encerrado en la inmanencia de la conciencia sin poder salir de ella. El lector de ¿Qué es filosofía? –una obra de teatro que Stein compuso en 1929– comprobará el reclamo de la alumna a Husserl, cuando le escribe:

Su camino le ha conducido a poner al sujeto como origen y centro de la investigación filosófica. Todo lo demás está referido a él. El mundo que se constituye en los actos del sujeto es siempre un mundo para el sujeto. Usted no puede –como precisamente el círculo de sus discípulos le objetó una y otra vez– recuperar desde la esfera de la inmanencia aquella objetividad de la que, después de todo, había partido y que se trataba de asegurar.


    Edith Stein se distanció del idealismo trascendental husserliano, pues su interés no consistía en quedarse encerrada en los linderos de la conciencia sino salir de ella; pero cuando vamos a sus obras encontramos una y otra vez el esfuerzo de la filósofa por comprender la postura de Husserl.
    Que esto es así lo muestra el trabajo que Stein realizó con Husserl, primero haciendo su tesis Sobre el problema de la empatía en la que aplica el método fenomenológico de la reducción; en este trabajo también adelanta aspectos del pensamiento filosófico que desarrollará en sus obras posteriores. Como asistente de Husserl en Friburgo se encargó de instruir a los nuevos alumnos; también clasificó, ordenó y seleccionó los parágrafos de las Lecciones de fenomenología de la conciencia interna del tiempo que se publicó en 1928 bajo la dirección de Heidegger y editó Ideas II y III. Pero, sobre todo, entre 1918 y 1922, Stein redactó una serie de escritos tales como sus Contribuciones para la fundamentación de la psicología y las ciencias del espíritu y Una investigación sobre el Estado, donde aplicaba el método fenomenológico de Husserl.
    Más tarde, como apuntamos arriba, se dedicó a estudiar el pensamiento de santo Tomás de Aquino encontrando en el tomismo una gran similitud con la fenomenología. Cabe decir que Stein se ve influenciada no solo por santo Tomás, sino también por san Agustín de Hipona, el Pseudo Dionisio Areopagita y Juan Duns Scoto. Pero ella misma dio un lugar importante a Tomás de Aquino en sus investigaciones. Del aquinate tradujo al alemán las Questiones disputatae de veritate que se publicaron en 1931-1932; se impuso la tarea de confrontar la fenomenología de Husserl con la filosofía de Tomás de Aquino. El primer intento de confrontar esas ideas lo encontramos en una obra de teatro citada anteriormente y la cual fue redactada en honor al septuagésimo aniversario del nacimiento de Husserl en 1929; más tarde, en 1932, realizó un nuevo intento en su estudio Potenz und Akt con la que solicitaba una cátedra en Friburgo y en 1936, formando parte ya de las carmelitas descalzas, redactó Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser, tomando como punto de partida sus investigaciones sobre la potencia y el acto; en la obra nos encontramos ante una fusión de pensamientos.
    Abordemos pues uno de los puntos de encuentro entre santo Tomás de Aquino y Edmund Husserl y que Edith Stein detecta, adopta y justifica. Esta coincidencia está concentrada en la tesis que sostiene que la filosofía es una ciencia estricta.


EL CARÁCTER INTENCIONAL DE LA FILOSOFÍA

Stein considera que la filosofía determina su naturaleza de acuerdo y únicamente en armonía con el objeto al que ella se refiere. Tres son los sentidos que asigna a la voz filosofía en su obra Ser finito y ser eterno. El primero es el que entiende por filosofía una “expresión y formación del  espíritu”; debemos pensar esta idea de acuerdo con la teoría del acto y la potencia de Tomás de Aquino, desde el paso de la potencia al hábito; el filósofo ha sido siempre filósofo, al principio en potencia ya que en su espíritu se albergaba esa inquietud y posibilidad y después, en acto, pues esa posibilidad que había en el espíritu del hombre se hace real y presente y entonces se realiza en su plenitud. En efecto, podemos leer que

El que ha nacido filósofo (pues el verdadero filósofo tiene que haber nacido ya tal) trae consigo al mundo este espíritu como potencia (...) Esa potencia se actualiza si se encuentra un filósofo maduro, un “maestro”.


    Tal vez Edith Stein pensaba en ella misma cuando escribía esas palabras, aunque de hecho lo que pretendía demostrar con ello era la influencia indirecta que ejerció Franz Brentano acerca del pensamiento tomista sobre Edmund Husserl. La potencia, entonces, se puede descubrir y actualizar, pero también podría no desarrollarse e inclusive no ser descubierta. En este caso quedaría atrofiada.
    El segundo sentido de la filosofía Stein lo entiende como «una manera de “conocer, de explorar y de juzgar”» y se refiere a esta vida espiritual en la que entra el filósofo al modo de vida particular del hombre que reflexiona y piensa, aunque también opina que “El filósofo es filósofo aún en los momentos en que no filosofa”, potencialmente existe en su espíritu la facultad para hacer filosofía y puede disponer de ella cuando se lo requiera la circunstancia. De tal modo que, entre el estado actual y el estado potencial, no existe una separación, sino que son los dos lados de la misma moneda. Debemos notar también que ambos sentidos de filosofía están estrechamente unidos por la teoría tomista de la potencia y el acto.
    El tercer sentido de filosofía es el que indica que esta es una ciencia. En el siguiente párrafo, por extenso que parezca, figura un diálogo imaginario en el cual Tomás de Aquino señala a Husserl esta coincidencia entre ambos. Quien está hablando es el filósofo escolástico:


Está claro, pues, que usted y yo estamos totalmente de acuerdo al menos en este punto: en practicar una filosofía como ciencia estricta (tal como usted la ha llamado).
Casi da miedo emplear esta expresión, pues ha tenido la desgracia de ponerse de moda, siendo tergiversada tanto por sus defensores como por sus detractores. Usted y yo pensamos con ella la analogía con cualquier otra ciencia. Queremos decir sencillamente que la filosofía no es cosa del sentimiento o de la fantasía, ni pretenciosa ensoñación, sino asunto de la razón que investiga con rigor y sobriedad. Ambos estamos convencidos de que un λογος gobierna todo cuanto es, de que es posible para nuestro conocimiento descubrir paso a paso algo de ese λογος y de que, siguiendo la máxima de la más estricta honradez intelectual, este conocimiento progresará cada vez más. Naturalmente, es posible que nuestras concepciones discrepen en cuanto a los límites que pueda tener este proceso de descubrimiento del λογος.


    A nuestro juicio Edith Stein hace suya esta tesis y sostiene que la filosofía es una ciencia. La coincidencia en este punto entre sus maestros le sirve a ella para formular su propia concepción filosófica del mundo, su propia metafísica.
    No obstante, si la filosofía es una ciencia, debemos indagar ¿qué tipo de ciencia es?, ¿cuál es su objeto de estudio y su finalidad?, es más, atrevámonos a plantear una cuestión de suyo filosófica: ¿para qué sirve la filosofía?
    Lo primero que debemos saber al respecto es que por medio de la ciencia tenemos acceso a la verdad, de ahí que, en primer lugar, “La ciencia generalmente es la condensación de todo lo que el espíritu humano ha realizado en la búsqueda de la verdad.” Sin embargo, es preciso esclarecer qué tipo de verdad es esa que poseemos en la ciencia. Para hacerlo Stein recurre al análisis de las proposiciones en tanto que en ellas predicamos la verdad. La filósofa sostiene que cuando


se habla de verdades... se habla de proposiciones verdaderas. Es una expresión poco exacta –opina–. La proposición no es una verdad (veritas) sino algo verdadero (verum). Su verdad (en sentido estricto) consiste en estar en conformidad con un ente o significa que le corresponde algo que existe independientemente de ella.



    La influencia de las Investigaciones lógicas de Husserl es clara, pues estamos ante un realismo del que se desprende un sentido de verdad por correspondencia; lo mismo podríamos decir con respecto de Tomás de Aquino quien, dentro de su contexto, afirmaba que veritas est adaecuatio rei et intellectus. Desde el realismo Edith puede sostener que “la proposición no es solamente la expresión de una idea comprensible, sino que es verdadera o que algo le corresponde.”
    Si analizamos la estructura de la proposición, la estructura más simple, distinguimos dos elementos: sujeto y predicado. En el ejemplo que la filósofa emplea: Los cerezos florecen, la proposición es verdadera en la medida en que es “la expresión de estados de cosas existentes”, es decir, ni el sujeto de la proposición (los cerezos) ni el predicado (florecen), por separado, hacen verdadera la proposición que se expresa. En ambos casos lo que tenemos son conceptos. La verdad de la proposición, por ende, se refiere al estado de cosas completo (los cerezos florecen). En otras palabras, las oraciones que formulamos, para que sean comprensibles, deben decirnos algo del mundo al cual están dirigidas desde el acto intencional de nuestra conciencia. Por supuesto que el estado de cosas se funda en los objetos; claro que podemos pronunciar más de una proposición con respecto a un mismo estado de cosas, por ejemplo, podemos decir, además, que las flores de los cerezos son blancas o que los cerezos están en el huerto. Todas ellas se refieren a un mismo estado de cosas y, las tres, serían verdaderas o falsas según sea el caso. En la verdad por correspondencia, ante la cual estamos, el objeto juega un papel fundamental; la epistemología que se sigue de ello, establece una relación mediata entre el sujeto y el objeto. Decimos “mediata” porque, como es bien sabido, no existen en el realismo un conocimiento directo de los objetos, sino que el sujeto necesita de un “intermediario” que es el concepto o la imagen que el intelecto abstrae de las cosas.
    Ahora bien, al analizar el problema de la finitud del ser Edith Stein recurre a la reducción fenomenológica y lleva el problema hasta los linderos de la conciencia; desde allí demuestra que son las expresiones el puente por medio del cual salimos de la conciencia al mundo. Nuestra conciencia es intencional, apunta hacia un objeto; digamos que es ese su principal argumento. La filósofa no quiere quedarse encerrada en la inmanencia del pensamiento y discute en contra del idealismo trascendental husserliano mostrando la dificultad a la que se enfrenta la idea de constitución al intentar dar cuenta de los contenidos de conciencia, esto es del mundo. Por ahora es importante subrayar que la verdad que encontramos en la ciencia, la verdad científica, se tiene en las proposiciones y estas, a su vez, se refieren a estados de cosas. Por ende, cuando el físico o el biólogo, por ejemplo, descubren algo nuevo están develando la realidad, explican, pues, el mundo o una parte del mundo. Evidentemente, Stein pensaba en las ciencias de la naturaleza.
    Las ciencias de la naturaleza tienen como objeto de estudio la realidad, si bien la realidad entendida como realidad natural y cada ciencia particular fracciona la realidad y hace de una parte de ella su objeto de estudio. Mas –y Stein enfatiza en esto–, no existe una sola ciencia que agote la realidad toda, ni siquiera aquella parte de la realidad a la cual se enfoca su estudio. Pues, de hacerlo, estaríamos ante una ciencia ideal.


La ciencia, si se le considera en un momento determinado, es siempre fragmentaria; tiene errores, desviaciones y deformaciones de la verdad a los que está sometido el espíritu humano en el curso de sus esfuerzos.


    Para Stein, la posibilidad de

una multiplicidad de ciencias está fundada sobre la división del ente en una serie de secciones de objetos unidos entre sí por sus características y delimitados los unos con relación a los otros.


    Así, el biólogo, el químico, el físico, etcétera, toman para su estudio una parte de la realidad: la vida, la materia, el movimiento, por ejemplo, y al hacerlo fraccionan lo que existe, lo que está siendo.

Lo que hace de una ciencia un todo que posee unidad interna y coherente, lo que la delimita en relación con las demás ciencias, es su relación con cierta categoría de objetos, y su limitación marcada por esa categoría que prescribe las reglas que deben seguirse.


NOTAS PARA UNA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

En efecto, si queremos saber cuál es la relación entre las ciencias particulares y la filosofía debemos indagar qué tienen de filosófico las ciencias o, más específico, si en algún momento (y en qué momento sería) las ciencias echan mano del saber filosófico. Stein explica que las ciencias modernas trabajan por separado las unas de las otras, pero no opina lo mismo de la filosofía, ya que esta tiene en cuenta los principios, los métodos y descubrimientos de cada ciencia. Así, la filosofía contribuye al desarrollo de la ciencia en determinados momentos

Si el matemático medio o el historiador medio prosiguen su camino completamente en el interior de su ciencia sin darle importancia a la filosofía, a las matemáticas o a la historia, siempre llegará un tiempo en que la ciencia particular tendrá la necesidad de volver a sus bases filosóficas a fin de ver clara su propia tarea. Ninguna ciencia puede proceder arbitrariamente, su método está prescrito por la naturaleza de su campo concreto. Por esto en el origen de las ciencias hay a menudo espíritus creadores que se esfuerzan seriamente por establecer las nociones fundamentales.


    Según Stein “La tarea de la filosofía consiste en esclarecer los fundamentos de todas las ciencias”
–sostiene Stein–, y en ello se vislumbra aún más la relación entre la filosofía y las ciencias particulares. La filosofía tiene que examinar lo que las ciencias particulares reciben del pensamiento precientífico como datos conocidos y naturales. Cuando el científico de una rama particular realiza este trabajo –el matemático que reflexiona sobre la naturaleza del número, o el historiador que piensa en el sentido de la historia– actúa como filósofo.
    Y en esta tarea de la filosofía radica su rigurosidad, pues ninguna ciencia que pretenda fungir como tal, debe omitir el estricto análisis de sus bases filosóficas. Por ello:


La filosofía no se contenta con un esclarecimiento provisional, sino que su meta es llegar a la claridad última: quiere el logon didonai (dar cuenta) hasta los últimos fundamentos que se pueden alcanzar. Ahora bien, si el mundo de la experiencia gracias a la plenitud que ofrece a los sentidos y al entendimiento, estimula el deseo de saber natural, y si nos sugiere puntos de vista para explorar en tal o cual dirección, su fin es penetrar hasta el último elemento comprensible, hasta el ser mismo, hasta la estructura del ente como tal, y hasta la división en géneros y en especies del ente según su estructura; partiendo de allí llegará a temas y métodos de investigación apropiados.


    La filosofía, entonces, investiga al ente como tal, al ente primero. Esto es una propuesta ontológica y metafísica e incluso teológica. La fenomenología de comienzos del siglo XX presenta esta característica, en sus inicios. En este aspecto Edith Stein retoma el pensamiento de la antigüedad con Aristóteles y de la tradición medieval de Tomás de Aquino  para sostener que el pensamiento moderno se ha desprendido de la tradición.

El pensamiento moderno –ha escrito–, desprendido de la tradición, se caracteriza por su insistencia en el problema del conocimiento en lugar del problema del ser, y porque rompe de nuevo los lazos con la fe y la teología.


    Pero la propuesta steiniana va directo al rescate de estos tres factores: la vuelta al ser, a la teología y a la fe, de lo cual se desprende una antropología filosófica (y teológica) que va en contra de la psicología empírica de su tiempo. Para Edith Stein la filosofía adquiere el valor que en su momento ocupó la metafísica en Aristóteles, esto es, como una filosofía primera que es el soporte de las demás ciencias y por estas razones la filosofía es para Stein la ciencia de las ciencias.
    A juicio de Stein,


si un día el trabajo de la filosofía se encontrara terminado y si todas las ciencias particulares fueran constituidas sobre los principios fundados por ella, entonces esas ciencias serían verdaderamente filosóficas y nosotros nos encontraríamos frente a la unidad de la ciencia que correspondería a la unidad del ente.


    Sin embargo, ella misma reconoce la imposibilidad de esa ciencia ideal. El estado de la ciencia en nuestro estado de vida posee un carácter infinito y, por ende, interminable; la ciencia humana no llegará a su fin. “El grado posible de nuestro saber durante nuestro peregrinar terreno está prefijado para nosotros, no podemos remover sus límites.”


COMENTARIOS FINALES

La importancia del pensamiento de Edith Stein radica en haber entablado un diálogo entre el presente filosófico en que vivió con la tradición filosófica medieval y de la antigüedad. Sin caer en una falacia de autoridad reconoce que “a pesar del tiempo y de las barreras constituido por las naciones y las escuelas, todos los que buscan lealmente la verdad tienen algo en común.” Sostiene que “la verdad es una, pero se descompone para nosotros en muchas verdades que debemos conquistar una tras otra.” Por ello, en nuestra búsqueda podemos encontrar respuestas o indicios en las palabras de los maestros del pasado y del presente. En la ciencia encontramos verdades que expanden nuestro conocimiento de la realidad y cada descubrimiento, cada avance científico, amplía nuestra concepción del mundo, y la experiencia, los datos que del mundo nos proporcionan nuestros sentidos, son una fuente de conocimiento que no debe ser desplazada sino evaluada de manera cabal, asumiendo la máxima del compromiso con la verdad. Por estas mismas razones, consideró que el conocimiento científico no es el único conocimiento posible, ya que existe otro camino hacia la verdad y es incluso más seguro. Es el camino de la fe que se da a través de la Revelación, pero reconoció que se trata de un camino oscuro y misterioso.

Bibliografía

Stein E (1994). Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser. México: FCE.
Stein E (2001). ¿Qué es filosofía? Un diálogo entre Edmundo Husserl y Tomás de Aquino. Madrid: Ediciones Encuentro 

Rubén Sánchez Muñoz
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
ruben.sanchez.munoz@upaep.mx



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