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Elementos No. 112               Vol. 25 Octubre-Diciembre, 2018, Página 56

Naturaleza visionaria

Margarita de Orellana
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Para Artes de México la naturaleza es cultura. Las plantas y los alimentos de los que nos hemos ocupado a lo largo de los años nos hablan de la conformación de las antiguas y actuales culturas de nuestro país, especialmente de las indígenas. En esta publicación, como en otras dedicadas a la flora mexicana, pensamos que una exploración sobre las plantas sagradas, llamadas de forma imprecisa alucinógenas, es indispensable. Estas son parte de un universo desconocido y por lo tanto incomprendido. Se dice que hay por lo menos 100 plantas psicoactivas que han estado presentes, por muchos siglos, en diversas culturas indígenas, que supieron extraer de ellas una sabiduría tanto curativa como espiritual.
    En la medida en que logremos comprender que estas planeas fueron parte de las cosmovisiones de esas culturas y que sus usos curativos y rituales jugaron y juegan un papel importante, podremos desligarlas de su connotación “psicodélica” y dejar de verlas como drogas recreativas. Para lograrlo, los antropólogos las bautizaron como enteógenas, neologismo de raíz griega (en theos genor), que quiere decir engendrar dentro de sí lo sagrado. Es en este tenor que los coordinadores de este número, Antonella Fagetti y Julio Glockner, nos muestran el rico universo ritual de estas plantas sagradas.
    Julio Glockner nos dice que el uso de estas plantas no era un componente del que se pudiera prescindir en épocas pasadas, sino que su uso ritual estaba en el centro de la experiencia religiosa, mágica, adivinatoria y terapéutica de los antiguos mesoamericanos. Nos explica que lo sagrado en las sociedades tradicionales es lo que hace que el hombre se sepa plenamente integrado al mundo y que viva en función de ese concepto, que es difícil aprehender desde nuestro mundo “moderno”. “Y el hecho de entrar en trances extáticos que producen las plantas sagradas son una forma de penetrar ese vínculo del hombre con el cosmos que habita y es habitado por él”.
    Mercedes de la Garza confirma cómo en muchas de las culturas mesoamericanas desde 2500 a.C. se usaron las plantas sagradas para las prácticas chamánicas. Nos señala las diversas maneras en que las deidades de estas plantas se manifestaban al que las ingería. Plantas, hongos y animales psicoactivos formaron parte sustancial de la religiosidad maya y náhuatl.
    Antonella Fagetti nos relata la sesión curativa con hongos de una mujer que, al consumirlos, pudo detectar de dónde provenía su mal. La curandera mazateca doña Teresa, quien la cuidó, conoce a fondo estas viejas prácticas y sigue al pie de la letra ciertas reglas para poder llevar a buen fin sus curaciones. Para ella es peligroso no tener un motivo válido para ingerirlos y se debe respetar su potencial. Por eso comenta que “los gringos lo agarran nomás para saber qué se siente”. Aclara que el empleo negligente de las plantas sagradas en general conduce a la locura.
    Las plantas que exploramos en esta edición como el tabaco, el peyote, el ololiuhqui o Semilla de la Virgen, la mariguana o Santa Rosa, en diversas comunidades indígenas nahuas, huichol, tarahumaras, coras y hñähñus nos revelan cómo sus usos chamánicos tienen un profundo sentido ritual. Nos hablan de cómo forman parte de la construcción de una realidad alterna a la de todos los días pero no separada de ella y cómo transitan de una a la otra. Su concepción de realidad es muy distinta de la nuestra.
    Esta dimensión espiritual y curativa es lo que los autores de este número destacan, ya que por siglos no se supo mucho sobre estas plantas y el sentido profundo de sus usos, obligando a estos cultos a la clandestinidad. Entender esta particularidad nos abre la posibilidad de acercarnos al mundo indígena, conocer una faceta de su medicina tradicional y sus formas de observar su entorno y el universo.
    Las plantas sagradas son un elemento sustancial de la diversidad cultural de México. Reconocerlo mejoraría radicalmente la de un México del futuro, moderno de otra manera, más sano y amante de sus realidades y de los potenciales tanto espirituales como materiales que con frecuencia dejamos de escuchar.


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