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Elementos No. 111              Vol. 25 Julio-Septiembre, 2018, Página 61

Otro lobo estepario

Ruben Budelli
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© Raúl Cardoso. Dibujo. Circa 1981.


In memoriam Ruben Budelli 
Ruben Budelli (1951-2018) fue un destacado investigador de la neurociencia latinoamericana con aportes tempranos a las teorías de sistemas dinámicos aplicadas al estudio de redes neuronales, al estudio de los sistemas sensoriales y a la investigación en percepción. Entre 1981 y 1987 fue profesor en lo que es hoy el Instituto de Fisiología de la BUAP, y desde 1993 fue docente en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, Uruguay, además de fundador y miembro activo del Centro Interdisciplinario en Cognición para la Enseñanza y el Aprendizaje. Desde Elementos le rendimos este pequeño homenaje y lo recordamos con cariño y agradecimiento.
Soy un tipo gregario. Una única vez me senté a comer solo en un restaurant y disfruté menos el churrasco con langosta que me sirvieron que los espaguetis que el día anterior había compartido con una muchacha con cara de caballo. Cuando viajo solo, prefiero comer parado en un bar, compartiendo el mostrador que de alguna manera imprecisa me une a parroquianos y otros comensales fortuitos. Me gusta estar rodeado de gente, inclusive cuando estudio o medito.
    Sin embargo, cuando trabajo soy un solitario: un lobo estepario. Mi trabajo consiste en armar rompecabezas; parece ridículo, pero hay una gran cantidad de gente que se dedica con entusiasmo y recibe buenos salarios por realizar esta tarea. No se trata de los rompecabezas que usan los niños con una serie de piezas preestablecidas y con instrucciones escritas en el fondo de la caja. En mi caso las piezas debe irlas juntando uno mismo: alguna aparece en un libro o en una revista especializada, otra nos la facilita algún compañero de trabajo. Pasamos mucho tiempo jugando con las piezas que hemos ido juntando, hasta que en algún momento descubrimos (o creemos descubrir) que algunas de las piezas ajustan. A partir de ese momento nuestra actividad cambia: debemos continuar el armado del rompecabezas a partir de ese núcleo primario: desechamos la mayor parte de las piezas que habíamos juntado y nos quedamos con un reducido número, que suponemos que podrán servirnos. Seguramente nos faltan muchas: salimos a buscarlas. Releemos algunos libros y trabajos, comenzamos a leer otros a los que antes no habíamos prestado atención. Discutimos con colegas. En algún caso descubrimos que necesitamos una pieza nueva y nos ponemos a fabricarla.
    Ustedes pensarán ¿qué gracia tiene armar rompecabezas con piezas que nosotros mismos podemos construir? Donde aparece un agujero, construimos una pieza que ajuste perfectamente y ya está. La gracia de los rompecabezas es que las piezas vienen dadas. Bueno, no es así. En primer lugar, construir una pieza de la calidad necesaria lleva mucho tiempo, y uno no puede perder mucho tiempo cuando se dedica a una actividad tan competitiva como el armado de rompecabezas. En segundo lugar, tanto el armado como la construcción de piezas nuevas está regulado por reglas y normas muy estrictas y complejas; y suele suceder que tratamos de construir una pieza faltante y terminamos obteniendo una que no ajusta en absoluto en el hueco que queríamos llenar.  
    Me imagino que a esta altura ustedes se preguntarán: ¿cuáles son esas malditas reglas? Lamentablemente no puedo darles una respuesta precisa: las reglas no están escritas en la caja del rompecabezas ni en ningún otro lado. Uno las va aprendiendo, viendo cómo colegas con más experiencia las usan. Al leer reportes especializados donde se relata como se armó un rompecabezas determinado, uno va descubriendo cuáles fueron usadas por los autores. Los libros, en general, describen el armado de rompecabezas ejemplares, donde es más fácil intuir cuáles fueron las reglas empleadas. Pero el problema crucial reside en que no podemos usarlas todas: como en el caso de las piezas, debemos elegir cuáles vamos a usar y cuáles reservaremos para tareas posteriores.
    Tendríamos que precisar que hay dos clases de reglas: las que se usan para hacer nuevas fichas y que habitualmente llamamos normas, y las que se usan en el armado y que llamamos reglas en sentido estricto. Sin embargo a veces es difícil saber si estamos frente a una regla o una norma. A los armadores (con ese nombre nos reconocemos) no nos importa mucho esa indefinición. Tampoco nos importan los nombres que ponemos a las cosas, siempre que quede claro a qué nos referimos cuando usamos un determinado nombre. En esta actividad, como en todas las tareas complicadas como la nuestra, hay especialistas. Hay algunos que se dedican fundamentalmente a la fabricación de piezas y que llamamos construccionistas. Otros, al armado: los ensamblistas. Yo pertenezco a estos últimos.
    Los construccionistas usan distintas técnicas para lograr darle a cada pieza una forma precisa, con el color y la textura adecuada. Lo primero que deben hacer es elegir el material y las tinturas que van a usar, ya que no existen recetas precisas para hacer piezas, y que las mismas substancias determinan de una manera no predecible con exactitud las cualidades de las piezas producidas. Sin embargo, una vez que el construccionista decidió cómo hacerla es cuestión de poner manos a la obra, y el resultado será seguramente una pieza. Es muy probable que el producto no sea el que se intentaba construir; puede ser que, incluso, no sirva para nada. Pero, en general, se obtiene una pieza que si no se puede utilizar en el rompecabezas que se estaba armando, podrá servir para la realización de otros, quizás muy distintos. Vale la pena destacar que pueden construirse piezas sin pensar en el armado de un rompecabezas específico, pero la experiencia indica que, en general, estas piezas son completamente inútiles.
    Dadas las características de su trabajo, el construccionista ya formado trabaja en equipo con especialistas en distintos aspectos de la fabricación y acabado de las piezas, y con jóvenes que intentan formarse en la profesión de armadores. Instalan grupos de trabajo, que constituyen verdaderas escuelas.
    El trabajo de los ensamblistas es completamente distinto: no existe un trabajo rutinario que pueda usarse como ejercicio en la formación de los nuevos técnicos. En contadas ocasiones he trabajado con colaboradores que estaban en su etapa de formación: Enrique, Miguel... ahora Leonel, muy pocos más. Pero toda tarea complicada necesita de escuelas para la formación de nuevos profesionales que le den continuidad a través del tiempo. ¿Cómo se forman los ensamblistas? En primer lugar necesitan una formación básica general: matemática, física, química, historia, sociología. Luego deberán cursar materias más específicas: teoría de la forma, la textura y el color; matermanismo, que estudia la forma en que nuestra acción sobre los materiales incide en la forma y la textura que estos tomarán, y cómo esas deformaciones de los materiales influyen en nuestros conceptos sobre los rompecabezas; y muchas otras.
    Esta formación es necesaria, pero no es suficiente. Y no hay recetas que indiquen cómo seguir, excepto que ¡hay que armar rompecabezas! A veces alguien con experiencia puede proporcionar al estudiante algunas piezas con las que cree que puede armarse un rompecabezas interesante. Pero en ningún caso hay un camino seguro.
    Para que nuestra profesión se conserve, los ensamblistas tratamos de dejar testimonio de nuestro trabajo: escribimos informes que se publican en revistas especializadas, damos conferencias, organizamos exposiciones de los mejores rompecabezas que logramos armar, organizamos seminarios y cada mucho tiempo escribimos un libro en el que intentamos recopilar lo que creemos hemos aprendido. Como un lobo, consciente de su herencia, vamos dejando huellas en la estepa, con la esperanza de que algún lobezno recién independizado de los cuidados de su madre las encuentre, las reconozca de una manera muy íntima, y decida seguirlas. De la misma manera que Hermann Hesse (seguramente un lobo estepario de cuya vida no sé nada) dejó escritas algunas novelas para que mi compañero de liceo, Carlos, las encontrara empolvadas en la biblioteca de su tío y las trajera para compartirlas conmigo, dándose cuenta que ahí estaban las huellas que hacía tanto estábamos buscando.

Ruben Budelli


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