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Elementos No. 111               Vol. 25 Julio-Septiembre, 2018, Página 35

Una mirada desde la prensa:
México, la gota de sangre y la construcción de la reputación

Rosalina Estrada Urroz
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Cómo pensar en las mujeres y su reputación si no consideramos la sexualidad como un elemento constitutivo. Pullen sostiene que el estigma de prostituta se convierte en un freno para la expresión de la sexualidad femenina. Pasar a esta categoría, traspasar el umbral, depende de una gota, la gota de sangre que la hace apta para el matrimonio y confirma la virginidad o la pérdida de la honra para aquellas que después de ser “engañadas” ya no pueden aspirar a una vida que no sea de perdición. Prostitutas y actrices aceptan el estigma, lo vuelven propio y construyen sus narrativas de manera particular.1 Dos tipos de mujeres se encuentran separadas por una débil frontera, la virtuosa y la prostituta parecen diferenciarse solo en la contención de la sexualidad. La virtuosa, según el imaginario de la época, se halla siempre al borde del precipicio; la prostituta, después de traspasado el umbral de la virtud, se encuentra con el vicio del que ya no puede salir. La diferencia entre una y otra es tenue; el término “prostituta” incluye una gama amplia de significados, desde aquellas que son simplemente promiscuas, hasta las que se casan por seguridad financiera, o reciben dinero o regalos a cambio de realizar el acto sexual.2
    Los discursos sobre la mujer proliferan en el siglo XIX y tienen continuidad durante las primeras décadas del siglo XX; crónica, literatura, fotografía y cine nos la devuelven, ora inmersa en la virtud, guardando el buen nombre de la familia, ora en la abyección más terrible. El control social se manifiesta en distintos ámbitos, de esto son partícipes las autoridades a través de diferentes instrumentos legales, y la población que, con distintas iniciativas se constituye en un agente de vigilancia y control de la reputación femenina.3 En el caso de las mujeres, el paso de lo sublime a lo abyecto se realiza en un instante: cuando la pérdida de la gota de sangre es provocada por canales prohibidos.
    En los diferentes discursos la imagen de la mujer es ambivalente. Dios la habría dotado de alma y naturaleza para ejercer influencia y actuar a favor de la virtud y la moral. De naturaleza pura, elevada en sus sentimientos y aspiraciones. Pero, ¡ay! de ella si se “desvía” de ese camino y cae en el “abismo de la corrupción”. El papel de madre la introduce en el mundo de lo sublime, pues educa a los hijos con sus principios y ejemplo: “Con una sola generación de madres todas virtuosas, puras y cristianas se obraría la regeneración completa de la humanidad”.4
    Los archivos judiciales nos restituyen la mirada de la ley y de la población sobre las mujeres como víctimas y victimarios. Los hechos consumados revelan el desenlace de una historia compuesta de múltiples detalles: en el inicio aparece la acusación, sin embargo, la realidad tiene otra secuencia que descubre los componentes del acontecimiento, sentimientos y razones que, desde una mirada oblicua, permiten comprender los actos femeninos desembarazados de perfidia. Muchas, abandonadas y en la miseria, con antecedentes de maltrato, se encuentran orilladas a transitar hacia la prostitución.
    Editoriales de algunos periódicos ponen énfasis en la perdición que priva en la ciudad. Comparan los vicios con el estiércol y el lodo, “úlceras que hierven en gusanos produciendo materias de un hedor insoportable”. La prostitución es caracterizada como:

[...] un calor que esteriliza las fuentes de la vida; un fuego que penetra hasta las médulas del hombre; convirtiéndole en fragua de deleites sensuales; un virus emponzoñado que se transmite de generación en generación, dejando en cada una de ellas, los rastros del libertinaje; una sed insaciable de concupiscencias que nunca se apaga y que anticipa en vida la podredumbre del sepulcro [...]. El prostituido lleva sobre sí mismo un yugo de perpetua e insoportable esclavitud; su sangre negra y corrompida corre por sus venas y se precipita al corazón como un río de aguas pestilentes al fondo de un abismo; su pensamiento lleno de tinieblas es apenas alumbrado por los fugaces resplandores del apetito carnal, y su vida despeñándose entre innumerables precipicios rueda al seno de la muerte.
La prostituta es un vaso de inmundicias que corrompe la atmósfera e infesta cuanto le rodea; su corazón es un nido de serpientes donde se abrigan todos los males que degradan a la humanidad; su alma es un cáliz de abominaciones en el que se fermenta el pecado; y su cuerpo es la materia que destituida de efímeros atavíos, será arrojada más tarde o más temprano al anfiteatro de un hospital.
El juego, la ebriedad y la prostitución forman los puntos confluentes del simbólico triángulo del libertinaje. En el centro de ese triángulo se unen las pasiones desenfrenadas, los crímenes, los delitos alimentando las úlceras del cuerpo social, sin que haya una autoridad enérgica que las cauterice a fin de evitar el contagio de la parte sana de la enfermedad. (M. Palacios Roji).5


MURALLAS SOCIALES, MURALLAS CORPORALES


La ciudad de Puebla vive un tiempo de redefinición de los espacios. Si bien la fisonomía con su trazo permanece, se constituye una geografía de preservación al construir muros de negación y de segregación. Las murallas se erigen desde dos lugares: el cuerpo mismo que no debe acoger la embriaguez, y desde la mirada del otro, el cual, según su condición social, rechaza el entorno. En la ciudad hay espacios que tienen vocación de “malsanos”, destino construido desde una mirada y una temporalidad; espacios dotados de vicio, insalubres y pobres; la población crece y los rumbos se habitan de manera desordenada, es “tiempo (entonces) que se vuelve espacio”.6 A pesar del trazo correcto y de sus usos recorridos, se construye una tercera realidad que no tiene relación con la geometría y la cuadrícula perfecta, sino con las sinuosas curvas de lo pernicioso, expresadas de manera temprana en una ciudad que presume de ser trazada por los ángeles.
    Sobre la urbe no existe sola una mirada, las diversas formas de vislumbrarla tampoco tienen una oposición obligada; sin embargo, iguales anhelos corresponden a necesidades distintas. La vecindad se plantea como gran problema. Residentes del mismo espacio y por generaciones “propietarios” de calles, callejones, plazas e iglesias, ven transformado su entorno y protestan. Con su crecimiento, la ciudad se reconforma. Nuevos habitantes transitan en busca de “juerga” y son considerados “un peligro social”.
    La Angelópolis se limpia de todo lo que pueda parecer vicio o degeneración. Prostitución y alcohol no caben en la construcción de una sociedad civilizada en la que se elimine la barbarie. Estas dos actividades son restringidas por leyes y reglamentos, los cuales no solo controlan los cuerpos. El movimiento de hombres y mujeres que venden y compran estos servicios se encuentra limitado a ciertos ámbitos de la ciudad, se constituye así una geografía restrictiva cuyo objetivo es preservar a la población del espectáculo “inmoral” y nocivo que provocan estas prácticas. Aunque estos dos problemas son abordados de manera distinta, las disposiciones ocasionan el traslape de los espacios del “vicio”. Todas las medidas tienden a segregar o apresar este mundo: primero se veta la ocupación de ciertas zonas, después se limitan a un radio restringido. Así, la vigilancia se ejerce algunas veces con eficacia y otras con la laxitud que permite los escapes del cuerpo y el espíritu. Es un mundo cambiante, aumentan las restricciones para la ocupación de lugares con el fin de construir una ciudad y una vida alejada de aquello que propicie la “barbarie”.
    Desde el discurso moral y las disposiciones reglamentarias se construyen murallas de contención para que el vicio no prolifere, para que no se vea. La sociedad cuida que se evite el contacto con “mujeres de mala vida”, también vigila y llama la atención de las autoridades para que las “pelanduscas holgazanas” que habitan en el callejón de Jesús y la calle de Santa Mónica no ofendan la moral de los vecinos. Ellas se encuentran en las calles, en zaguanes, ventanas y balcones, “formando corrillos y chacoteando entre sí”. Se busca que su actividad permanezca intramuros, sin abrir puertas y lejos de ventanas que den a la calle, para que las personas honradas gocen de libertad.7
    La búsqueda de una nación civilizada pone énfasis en la moralidad pública. Los diferentes sectores vigilan el cumplimiento de costumbres, reglas y leyes; a padres de familia, maestros, ministros de culto y periodistas les corresponde “propagar y difundir entre las masas los sanos principios de la moral” y además ponerlos en acción. Sin embargo, se considera que en las postrimerías del siglo XIX las costumbres no son moderadas, “el germen de la inmoralidad” abusa de la prensa, de la novela, del libro y “de todo lo que contribuye a la propagación de las ideas y de las imágenes". Así como llegan los niños de París, también parecerían venir de allí las “costumbres licenciosas”. En la capital se observa

[...] la desvergüenza con que las mujeres de mal vivir lucen en los boulevards y en las grandes avenidas sus mórbidas y tentadoras formas, insultando con su presencia a las damas de la sociedad honrada. 

    Sin embargo, en Puebla, “la prostitución no luce en público sus repugnantes galas”. Las damas no tienen contacto con mujeres públicas sino de manera excepcional, pues se encuentran relegadas; a este “grupo ponzoñoso de la sociedad” apenas se le permite recorrer las calles, las plazas y los paseos públicos. Se evita así que las señoritas vean “la figura repugnante de la mujer desenvuelta”.8
    Los cronistas reiteran: “los vicios más repugnantes se apoderan de los individuos, y los apetitos desenfrenados del corazón no reconocen término ni medida". Las pasiones viven una constante condena, el linaje humano aparece como “embriagado con el vino de la maldad”. Se observa el avance de la prostitución y la autoridad es impotente “para poner un dique al desbordamiento de los placeres sensuales”. La tolerancia es vista con recelo, el sistema francés ha permitido la prostitución libre, donde la mujer “tiene derecho para vender su voluptuosidad y ponerle precio a sus caricias”; ella “se exhibe como mercancía” en el teatro, en el paseo, en la calle y en los parajes públicos. En la ciudad de Puebla existen calles en las que, después de las oraciones de la noche,

[...] no se oye otra cosa que la algaradaza desenfrenada de las mesalinas, los cantos lúbricos de los adoradores de Venus y el estruendo estrepitoso producido por la orgía.

    La presencia de estas mujeres se adereza con su “lujo insolente”, “su aparente riqueza”,

[...] sus blondas, encajes y joyas, además de sus habitaciones donde las eminencias políticas que las visitan, son un eterno y terrible incentivo que deslumbra a las jóvenes incautas y las arroja el día menos pensado al pudridero de la prostitución. El lamento viene de la ausencia de instituciones que se impongan el rescate [...].
Ellas, una vez puestas en la pendiente, ruedan hasta el fondo del abismo, impulsadas por el vértigo sin encontrar manos piadosas que las detengan en su caída.

    Con la ruptura de los “lazos del decoro”, no tienen otra salida que la de correr “enloquecidas al placer”; su destino inexorable, las “húmedas galeras del hospital”.9
    El riesgo de caer en esta vida amenaza a las mujeres de toda condición, el escándalo propaga noticias a tomar en cuenta:

[...] una hija de familia o la esposa de un hombre honrado, rompiendo las barreras del respeto solas y alucinadas por el atractivo que ofrece la vida orgiástica de las mesalinas, han inscrito su nombre en el libro rojo de la prostitución pública. Así si una mujer casada solicita patente para ejercer la prostitución, la autoridad política, en lugar de perseguir a la adúltera, castigando su crimen, le da permiso para que pueda vivir holgadamente en el cieno. Las costumbres severas del pasado parecen haber desaparecido, mueren entre los hombres que ejercen el poder público.10

    La crónica también se ocupa de la mujer en su condición de trabajadora, de sus dificultades para encontrar un empleo honesto y bien retribuido. La mayoría de los oficios son mal pagados: los jornales oscilan entre 50 y 62 centavos. No debe extrañar entonces que “ante la perspectiva de mayor miseria, la mujer en un acto de exaltación, mal aconsejada tal vez, e ignorante, se subleve y llegue al mayor exceso”.1


EN EL UMBRAL DEL PECADO: LA BUENA ESPOSA, LA BUENA MADRE

El retrato de la mujer virtuosa se reitera en periódicos, católicos y laicos, liberales y conservadores, y el pudor como valor intrínseco se destaca en múltiples ocasiones:

Una mujer verdaderamente pudorosa, es el encanto de cuantos la tratan. Amable sin coquetería, tierna sin fingimientos, y casta sin melindre, la joven con pudor es el modelo de la decencia y de la afabilidad, de la ternura y del verdadero amor.

    Se compara con los exquisitos vinos: mientras se mantienen puros conservan su perfección, pero al combinarlos con los de mala calidad “pierden su virtud y se avinagran”. Al perder la vergüenza, todas las otras cualidades desaparecen.12 La crónica sitúa a la mujer siempre en el umbral de la posible perdición, el matrimonio no las sujeta a

[...] la miserable condición de esclavas, sino que os elevó a la sublime dignidad de esposas; estrechó los límites que os pertenecían en la sociedad, pero dilató las expansiones del amor en el codiciado recinto del hogar. Vuestro imperio está reducido, en relación con las frivolidades del mundo; más dilatado, respecto de los cariñosos lazos de la familia.13

    Las cualidades femeninas, entre las que figura la seducción, deben dirigirse solamente al marido, al amado habrá que “llenarlo de dulces complacencias” y al concederle el “derecho para que despoje la frente virgen de la blanca corona de azahares”, su espíritu de sacrificio se encuentra comprometido con el esposo, aunque sea el “martirio”. El pudor y la modestia deben acompañarla, sencillez y ternura son sus cualidades, verdad y pureza habitan su cuerpo y conforman su voluntad. Pero en el comportamiento de la esposa se encuentra la santidad de la familia, desde el momento que ella aparta del matrimonio sus fines verdaderos, este “no es un objeto de placer” sino un medio para “soliviar el peso de las amarguras de la existencia”. El amor del esposo debe provenir de fuentes sublimes, no de la

[...] correcta belleza de vuestras formas, ni por la dulce amabilidad de vuestras facciones, no por el aterciopelado color de vuestro rostro, ni por los relámpagos ardientes de vuestras miradas, ni por la dulzura de vuestras sonrisas, ni por la grata fruición de vuestras caricias; pues todas esas cosas son perecederas, y cuando hayan desaparecido, él llevará sus pensamientos y sus afectos a otro lugar.

    Son otras las razones por las cuales se debe ser amada, y se relacionan con la modestia de la mujer, la “pureza de su alma”, la santidad de su corazón, su esclavitud al deber... finalmente estas cosas no estarían sujetas a los “vaivenes del tiempo”. La resignación femenina es la característica más preciada, los recuerdos gratos deben ser sepultados para evitar reproches. El pensamiento, los recuerdos siempre deben ser controlados, pensar en el pasado, considerar que se hubiese sido más feliz con otro hombre es “el principio del adulterio” y la “mujer adúltera está maldita de los hombres y maldita de Dios”. El adulterio no se perdona, pues es “despreciado y vilipendiado por los hombres”. Así ella se convierte en “una copa de prostitución de cuyo borde se desprenden los miasmas más asquerosos que corrompen al mundo”. La fidelidad destaca como valor fundamental. La mujer debe resguardar su corazón del vicio, pues siempre estará en el umbral de los “inmundos pantanos” si su pensamiento se desliza por impurezas. Los “ángeles del hogar” velan por la “esposa casta”, pero corren avergonzados cuando “el deleite sensual y los placeres de la materia son llamados por ella para sustituirlos”. Según esta concepción, el pecado amenaza a la mujer con cruzar el umbral después de la gota de sangre; así, se le aconseja ser humilde para ser amada, ser casta para ser buena madre, temerosa de Dios, y resignada, prudente y virtuosa “para perfeccionar el mundo”.14
    El retrato de la buena esposa no es total si no se complementa con el de buena madre. Aquí también se cometen excesos, pues fomentan la coquetería de sus hijas, la misma con la que ellas se ven amenazadas. El coquetismo tiene “tres fuentes principales: frivolidad, vanidad y ociosidad”. Esta última “acumula sombras en su alma, y en su corazón fermenta la hipocresía, como los vinos”. El articulista señala que las mujeres virtuosas son escasas:

¿Habéis contemplado, allá de tarde en tarde en la tersa superficie del cielo y entre un reguero de estrellas la elegante cauda de un cometa? A este viajero puede compararse en la actualidad el hallazgo de una joven virtuosa, humilde, modesta y recatada;

en cambio, abundan vanidosas y coquetas, sobre todo por el “disimulo pernicioso”. Triste condición la de la madre que se hace ignorante “para fomentar las malas inclinaciones de su hija” porque educarla implica evitar el coquetismo, pues “la sed de lujo es semillero que produce esposas infieles y madres desnaturalizadas”.15
    A pesar de estas consideraciones sobre la posible perversión femenina, siempre existe admiración hacia la labor de la mujer como esposa, amiga y madre. Su caracterización en relación con la del hombre se repite: él es “fuerza, pasión y luz”, ella “delicadeza, sentimiento y amor”, él juzga, ella cree. Así sufre el desengaño.16
    La maternidad incrementa sus deberes, la viudez las amenaza, los legisladores discuten su capacidad jurídica, para el articulista hay que rendirles culto en vez de exigirles resignación como a los esclavos y envilecerlas. La mujer sería, en fin, un misterio, pues a la vez que vive en la rutina “se ve sometida al prestigio de lo desconocido, su curiosidad la empuja hacia la aventura, y su desconfianza la tiene en las fronteras del apetito”.17 Siempre se señala el peligro de su futuro, amenazado por el posible desvío de su perfeccionamiento. En la adolescencia aparecen “los primeros relámpagos de pasiones ardientes, preludios de la tempestad que se cierne su cabeza”.18
    Así empieza a experimentar

[...] una tendencia hacia lo hasta entonces desconocido, un deseo que inflamando su corazón esclarece sus pensamientos, un vacío que poco a poco se ensancha y que ya no puede llenarse con las satisfacciones de los juegos infantiles; toda esa mezcla de afecciones que estremeciendo sus fibras despierta nuevas concepciones en su entendimiento de lo bello, la aspiración del idealismo que acompaña a la mujer hasta el umbral del sepulcro.

    En ese periodo es un espejo de pureza, pero

¡ay de ella si la que llevó en sus entrañas pone ante sus ojos los vicios repugnantes, porque los inmundos vapores que éstos exhalan empañarán para siempre el codiciado cristal!

    Finalmente, la corrupción de las menores es responsabilidad de las madres porque les permiten gustar de “manjares que las enardecen” y las llevan a formar un

[...] paladar extenuado y desgastado, las impulsan al deseo vago e indeterminado de apetitosos deleites que aún ignoran. Hacen que su pecho no respire otro aire que el enfermizo de los salones, esa atmósfera emponzoñada que convidando a la molicie debilita los nervios; acostumbran su vista a que no vea otra luz que los destellos de las bujías, los cuales poco a poco van apagando y consumiendo el brillo de los ojos virginales.

    Otra vez, la gota de sangre será la diferencia. El recreo controlado es parte de la educación femenina; las madres deben inculcar principios morales, conocimientos religiosos y sociales, en una lucha constante contra el mal. El llamado es claro:

Madres de familia: haced de vuestras hijas un precioso búcaro de flores escogidas que derramen en el hogar doméstico el dulcísimo perfume del sentimiento y en la sociedad los ricos aromas de la virtud; haced de ellas una fuente de aguas saludables donde los hombres al recibirlas para esposas se regeneren, y procurad que su corazón sea un santuario donde habite el amor, pero ante cuyos muros se estrellen las impetuosas olas de las pasiones repugnantes.19

    La mujer con todos estos defectos, además, tiene que conservar su belleza. Su juventud es condición para que figure en sociedad y pertenezca a un círculo social digno de su presencia; algunas parecen afearse con el tiempo, pero es culpa de ellas mismas. Unas son bellas, otras muestran “huellas de la decadencia” por causas físicas y morales, se le reprochan las emociones, que pocas veces logran controlar, “la expresión del semblante será reflejo de la pena o del disgusto que impresiona al corazón, que afecta y hiere a la sensibilidad”, lo cual no contribuye con la belleza femenina. La vieja concepción que considera como par bondad y belleza, se recrea, como lo diría Platón: “¿Qué es lo bello? El resplandor de lo verdadero”. La emoción debe ser controlada para no permitir que se refleje en el rostro de la mujer, el medio: “la resignación cristiana frente a las desventuras de la vida”. Cuando avanzan en la edad descuidan los medios para conservar su belleza, la cual requiere cuidados más frecuentes aplicados con inteligencia; los higienistas sostienen que

[...] los baños, por ejemplo, fríos, templados o calientes, según la complexión de las personas, contribuyen a mantener la frescura de la piel, y la mayoría de las mujeres no necesitan un baño diario para lograr un resultado tan excelente, sino dos o tres cada semana.20
Pero ¿cuántas mujeres luego de cierta edad siguen usando ese desagradable medio de cuidar su cutis, si es que lo usaron en la juventud, lo cual es dudoso?
Sin embargo, en el momento en que se observa en su rostro la indicación, nada más la indicación de una arruga, acuden de inmediato a los polvos mal llamados de arroz, a los cosméticos, a los afeites de todas clases, que son siempre nocivos, siempre fatales a la tersura y brillantez del cutis.21

    La falta de tino femenino para cuidarse se sitúa en lociones misteriosas que solamente tienen beneficios momentáneos como la belladona. Lo mejor es lo natural, bañar los ojos con agua fresca o quebrantada; según el temperamento no se debe trabajar con luz artificial, un buen descanso conserva los ojos limpios y brillantes. El cabello debe conservarse natural, la mala costumbre de teñirlo, al poco tiempo lleva a las mujeres a usar pelucas, lo mejor es lavarlo, cepillarlo bien, y no apretarlo con sombreros ni cofias de dormir.22
    El desenfreno se manifiesta en cualquier sector social, los hombres que se distinguen socialmente

sofocan los instintos de su avaricia y con notable desprendimiento derraman el oro de sus arcas, para preocuparse por efímeras satisfacciones de placer, entregándose a los goces de la mesa y a las voluptuosidades del baile.

    Así, en casas de moda, talleres de modistos y en joyerías, madres e hijas se abalanzan para satisfacer sus deseos y el “patrimonio ganado con el sudor de la frente se convierte en inútiles atavíos que duran solo una noche”. De las mujeres más distinguidas se apodera una “especie de fiebre", sacrifican a maridos y padres y les hacen contraer deudas para satisfacer sus deseos. Así, las damas no cesan en su empeño e incumplen con sus deberes, no practican la religión, ni sus sentimientos de piedad.

Su corazón y su inteligencia, su memoria y su voluntad, no tienen otro objeto que el arreglo de los adornos, a cuya confección consagran cuanto son y cuanto poseen.

    El día llega y el deseo toca límites, si tienen un contratiempo lo ocultan, el anhelo de aparecer bellas ante los ojos masculinos

[...] rompe el freno de los respetos a la familia, y entonces es cuando en los secretos de tocador, las madres y las hijas en afanoso consorcio, se estimulan a disfrazar sus rostros, encendiendo sus labios y sombreando sus cejas con los afeites comprados a precio de oro. ¡Oh madres insensatas! ¿Nunca habéis reflexionado sobre el tremendo juicio de Dios si las llamara a su presencia, en el momento mismo en que procuráis que vuestras hijas den a sus semblantes una hermosura que no tienen, para encender con ella el fuego de las concupiscencias, en los corazones de los hombres, a cuyos brazos queréis conducirlas vosotras mismas?

    La madre, apreciada y también “enloquecida”, trasmite a las hijas, “pudorosas vírgenes”, escotes, transparentes vestidos, propiciando en la concurrencia “lúbricas miradas”. El padre también hace que regresen con “los cendales de la virgen hechos jirones”, “¡llevando al precipicio a los seres que ama!” En ese camino, la hija, niña o joven
difícilmente pensará en “sus deberes para con Dios” y en su castidad. “El local donde se van reuniendo los hombres y las mujeres, ávidos de placer y sedientos de goces, presenta un golpe de vista fascinador”. Se narran los excesos, el lujo con cristales resplandecientes, luces multiplicadas, etc., que convidan a la sensualidad. Abrazos entre ellos y ellas, ahí se confunden alientos, se apartan de su familia y entran a “la multitud y al vértigo de los sentidos... y a esto se le llama sencillamente comenzar el baile”. En este murmuran palabras excitantes, que al compás de la armonía se convierten en “serpientes” que invitan al mal, y “os veréis, como Eva, devoradas por el deseo y manchadas por el pecado”. De ahí es natural que se caiga en “el lodo de las pasiones”, empañando el “cristal de la pureza”. La esposa se convierte en criminal al dejar que otro hombre escuche los latidos de su corazón y observe atento los movimientos de su seno. El deseo se propicia: en esos espacios se da la lujuria y no se hace nada para evitarla. Más tarde la concurrencia se entrega a “los deleites de la mesa”, saborean el champagne, se exaltan ahí las imaginaciones, “padres insensatos” y “madres infelices”, los cerebros se entorpecen a medida que transcurre el tiempo y desaparece la inteligencia.

¡Desgraciados los pueblos donde la sociedad se entrega al frenesí de los festines; pero más desgraciadas las naciones, donde los gobernantes no pueden vivir si no respiran la atmósfera que respiraban los magnates en el alcázar de Babilonia! (M. Palacios Roji).23

    Por su lado, el periódico católico reseña aquello que las “buenas madres” deben enseñar a sus hijas: las tareas domésticas y la cultura, leer, contar y preparar comidas sanas, coser, planchar, zurcir la ropa y hacer pan. Además, manejar las finanzas de la familia y gastar menos de lo que se gana, e inculcar la lucha contra la vanidad, educar en la religión y la virtud, sin olvidar que las novelas, bailes, cinematógrafos y teatros no las hacen modestas ni recatadas, sino distraídas, mundanas, y sin sentido común.24
    La esposa tiene limitadas sus posibilidades de tránsito: el viejo adagio pulquero se repite en todas las capas sociales: “Para ir a beber, no lleves a tu mujer”. La nota periodística insiste en que la infracción del adagio causa que a los incautos les vaya mal: en la pulquería “La montaña rusa” se hallaban Francisco Caballero y su mujer en compañía de otros individuos, tomando y brindando alegremente. Después de un rato, el alcohol comenzó a hacer efectos y el esposo notó ciertas miradas que uno de aquellos dirigía a su mujer, por tanto, para evitar con prudencia lo que pudiera suceder, le dijo a ella que ya era hora de retirarse. La mujer no quiso obedecer la orden del marido y los acompañantes se desataron en insultos contra este; salieron del lugar y cinco hombres lo atacaron, uno con navaja y otros con piedras. Caballero, con herida en el brazo y el cuerpo magullado, fue llevado al hospital.25
    La “buena mujer” se distingue por su comportamiento y también por sus olores. En un artículo titulado “Señoras que huelen y mujeres que apestan”, El Presente reproduce una discusión que considera que aquellas que huelen son las señoras y las que apestan son escuetamente mujeres. La queja es contra

[...] el almizcle que martiriza, que ahoga, que causa quién sabe cuántas enfermedades; el almizcle que empalaga, que fastidia y que es el único creador de la perfumería moderna,

perfume que no es propio de las damas elegantes, quienes, aunque se perfumen, aunque algo pongan de esta sustancia no se percibe; se insiste en que el sueño dorado de los grandes perfumistas es huirle a tal producto porque repugna a las personas de buen gusto. La fortuna de Roger & Gallet viene de ahí, de que encontró una base para fijar sus extractos que no es el almizcle y que los químicos no han podido descubrir por más que se han devanado los sesos; esa “Piel de España” de Gallet, comprada con las imitaciones de otros perfumistas es prueba de esto. La mujer elegante no gusta de perfumarse con esencias fuertes; rechaza los extractos compuestos de almizcle o de patchoulí, y rodea su cuerpo con suaves aromas, como la rosa, la violeta de Parma, las lilas de Francia, el heliotropo blanco y el de reciente aparición compuesto de flores de azahar. Aquellas que tienen un olfato poco cultivado buscan perfumes fuertes que no se disipan, que tienen como base el amizcle. En suma, el periódico, que se quejaba del pertinaz y molesto hedor de esa sustancia, ha exagerado un poco “porque jamás una dama elegante se permite el lujo de los menjurjes almizclados que se venden bajo el nombre de perfumería corriente”.26
    El comportamiento femenino es reiterado en periódicos de cualquier índole, los cuales se refieren a las virtudes que debe tener toda mujer. Una muestra de los imaginarios sobre su comportamiento es el Decálogo de la esposa:

1. Ama el hogar sobre todas las cosas y a tu esposo como a ti misma.
2. No le ocultarás ninguno de tus pensamientos y tratarás de adivinar los suyos.
3. En los conflictos de la vida doméstica, defiende o disculpa al que no tenga razón, pero sin dársela.
4. Vigila, sin espiar, sé activa, sin estrépito; ama, sin zalamerías, y en vez de castigar, perdona.
5. Haz por compartir las grandes penas de tu esposo, sin hacerle partícipe de tus nimias contrariedades.
6. Destruye los celos en cuanto aparezcan en tu corazón, con el amor y la confianza.
7. Quiere a tus padres políticos como una verdadera hija; procura que los tuyos quieran a tu esposo como un hijo predilecto.
8. Jamás, ni en broma, permitas que se desconozca en tu hogar la autoridad conyugal.
9. Si tienes hijos, esfuérzate porque el padre sea tan querido y respetado como la madre; y si no los tuvieres esfuérzate por reemplazar los gorjeos de los niños por incesantes y sanas alegrías.
10. No olvides nunca que la buena esposa, para ser feliz ha de saber regir su casa con economía y prudencia y cuidar de los suyos con incansable y amoroso celo, logrando ver en cada dolor un necesario contraste a la fugaz dicha humana, y en el bienestar un suave preludio a las mil contrariedades y tristezas de la propia vida.27 (Manual de Carreño).

    A las futuras esposas se les dota de múltiples consejos, desde escoger el nido donde van a establecerse, hasta ubicar el lugar de este para propiciar que la vida de la familia sea placentera; solo las familias que tienen altos ingresos pueden darse el lujo de vivir fuera de la ciudad, ello trae mayores gastos, además se les aconseja el Este para vivir, o por lo menos el Sur, donde las piezas tendrán buena ventilación y luz. También ellas deben preocuparse por las reglas de higiene: es necesario sacrificar el lujo en pos de la salubridad. A su vez, son las encargadas del embellecimiento del hogar, el cual será un paraíso atractivo, confortable y sencillo, si impera el amor.28
    La victoria sobre la serpiente infernal encarna a la mujer, quien fue vista con respeto al quebran-
tar la cabeza de dicha serpiente. Sin embargo, la diosa Juno, madre de los dioses de la mitología griega, esposa de Júpiter, fue suspendida de sus cabellos por todo un día. Diosas semejantes, lejos de contribuir a que la mujer fuera respetada, no hacían sino envilecerla y degradarla más. Con el cristianismo aparece en “celestial belleza” la figura de la virgen María, y se inicia así la rehabilitación de la mujer, contrariamente al paganismo que la consideraba como un ser impuro e indigno. Con el misterio de la Encarnación del Verbo Divino, “en las purísimas entrañas de una virgen inmaculada”, se quitó a la mujer la marca de ignominia que el pecado de Eva había puesto sobre su frente y la elevó hasta colocarla muy cerca de la Divinidad, asociándola a la redención. Cómo podía ser impuro el sexo entonces, si se había elevado a la mujer a la Divinidad. El misterio de la Encarnación y el culto a la virgen María han ejercido poderosísima influencia en la rehabilitación de la mujer y en el desarrollo de la civilización. Las familias más cristianas rezan unidas el rosario, ahí la esposa es auténtica madre y compañera y es agente de la “verdadera civilización”, que produce la felicidad social. He aquí por qué “los pueblos católicos son los verdaderamente civilizados”. En los países protestantes, en donde “la virgen María es vista con desdén”, la mujer es también observada con indiferencia, y si en ellos no se llega a la degradación de la mujer pagana, se debe a la influencia que aún ejerce la creencia en el misterio de la Encarnación y en el alumbramiento virginal de María.

En los pueblos que aún permanecen en las sombras del paganismo, y en donde aún no penetra la luz de la Estrella de los Mares, de la Virgen Madre, la mujer yace sumida en la más completa degradación.29

    La proliferación de discursos sobre la frivolidad femenina se justifica desde muchas miradas. La naturaleza femenina y la educación se contradicen, pero, finalmente, esta última encuentra un campo fértil para propiciar que la mujer se desbarranque: al perder la virgnidad, su camino parece estar trazado. El Abogado Cristiano, órgano de la Iglesia Metodista, se manifiesta al respecto con distancia al sentido común. Reconoce como infundado cargo considerar a la mujer “frívola por excelencia”, aunque es muy difícil comprobar tal afirmación. El articulista se pregunta si se encuentra en la esencia femenina esta frivolidad y cómo sería posible demostrarlo al estimar que hombre y mujer pertenecen a la misma especie. Pero nada más injusto para él, y se pregunta:

¿Se me podrá indicar el órgano que produce tal defecto? ¿Se me podrían señalar en su organismo, las funciones que determinan esta falsa y absurda necesidad? ¿Qué hay en su constitución física y moral, que motive una propiedad tan poco halagüeña?

    Sin embargo, acepta que las mujeres son frívolas: 

Ello será lo que se quiera en la región de las ideas, de las abstractas especulaciones, pero en el terreno de la realidad, de los severos hechos, esto resulta nada más, ¿y contra la evidencia de los hechos qué podréis oponer? Nada.


    Acepta entonces que las mujeres son frívolas, y se pregunta nuevamente de dónde procede esta característica. A quién se imputa la falta. Qué educación reciben, cómo se las prepara para la juventud:
¿Qué medios pusisteis para que así no sucediese? ¿Cómo preparasteis el terreno de su alma para que produjera las balsámicas flores del pudor, de la modestia, de la humildad de la pureza, de la caridad? ¿Qué cultivo disteis a su inteligencia para que pudiese apreciar en lo que valen los tesoros de las ciencias y de las artes, los beneficios de la civilización y de la cultura?


    Pero, al entrar en la pubertad, joven, bella, llena de ilusiones se sumerge en un ambiente de amor y pasión, parece subyugada por estos sentimientos, y no distingue el “amor sensación del amor sentimiento”, el influjo de la pasión la turba, y fácilmente caerá ante las miradas provocativas e intencionadas, acciones que ahuyentan con su presencia el pudor y la modestia,

[...] unas lágrimas se derraman por despecho o quizá por capricho, y no pocas veces fingiendo el sentimiento y pesar que no se tiene, unos requiebros en fin, que proceden de la más refinada galantería.

que, según “un escritor contemporáneo, ordinariamente suele ser el trabajo de zapa que el vicio usa para minar la virtud”. El desengaño es la fuente de la desgracia, pues al “marchitarse las flores es natural que marchite el amor en ellas depositado”. Tampoco se encuentra preparada para el matrimonio, que no es, como algunas creen, la “transición de un estado de agitación y fastidio a otro de reposo y bienestar”. El matrimonio es nobleza, “la fusión de dos almas amantes que se atrajeron mutuamente por el poderoso imán de una irresistible simpatía”; dos personalidades que son la una para la otra. La joven que contrae matrimonio ingresa a él como si se tratase de un acto sin importancia, la falta no viene de ella, sino de la sociedad, de la educación que no ha recibido.30
    La educación es un elemento ponderado para evitar la frivolidad femenina, porque la mujer es instruida pero no educada, entonces pesa sobre los hombres la educación de los hijos; ella tiene una educación moral descuidada como lo exige la moda, no distingue el bien y el mal, aunque pueda vencer al hombre en discusiones científicas. Con respecto a la moral, “camina a tientas”; así, los maridos se empeñan “en enderezar al árbol torcido”. La “inteligencia cultivada es dócil a la voz de la razón”, el corazón no tiene importancia, “la primacía que se da a la inteligencia, distancia corazón y razón”. La mala educación arranca el pudor y la ternura de la mujer, la moda la lleva a abandonar estas cualidades, dando cabida al egoísmo y la indiferencia. Los esposos que quieren transformarlas se encuentran con dificultades, otros aceptan la situación y se conforman. Pero existen esposas que actúan conforme a la moralidad y no siguen la moda.31
    Los discursos analizados padecen de grandes limitaciones para reflejar la realidad femenina. La voz profunda de ellas rara vez aparece, es la masculina la que califica y se convierte en norma, haciendo caso omiso de la violencia simbólica que representa. La mujer es considerada pérfida y hasta desechable en el umbral del pecado en donde se centra la representación; esta es compartida también por aquellas que se apartan entre sí y se diferencian de “la pecadora”; no se trata de las voces veladamente radicales que solo aparecen a través de cuerpos desafiantes, que trascienden la norma, que empuñan su anatomía, se “masculinizan” y revelan cierto orgullo en su condición y lo demuestran a través del grito y el gesto; son pequeños atisbos de lo que ellas quieren para sus cuerpos, cuando las vemos moverse, gesticular y pelear. La performatividad se revela de varias maneras: en el grito, en las palabras, en la embestida y en la defensa de su quehacer, que no les parece “vergonzoso”, sino se trata de un oficio del que podrían estar orgullosas.
    A pesar de que los discursos analizados representan el imaginario moral y legal, por lo general masculino, no dejan también de habitar el cuerpo femenino, que a la vez se siente en la cloaca, en el lodo. El cine siempre da una salida de bondad, porque la mujer no puede ser tan mala: Santa termina con el ciego Hipólito, agradece su amor ante la muerte, prefiere permanecer en el lodo para que su hermana sea doctorada y casada. Las representaciones sobre la mujer que tienen el sentido de ellas mismas, quizá se encuentren en formas que no corresponden al discurso, tal vez la fotografía sea una de las pocas que revela los cuerpos sensuales de lo que se quiere ser, pero se hallan fuera de la norma; los discursos patriarcales inhiben la representación autónoma de la mujer, habrá que trascenderlos, como señala Elizabeth Grosz.32
    Hoy se llama a las mujeres que ejercen la prostitución “sexo-servidoras”, un sinónimo desposeído del viejo concepto ambivalente donde se incluía otras posibilidades que iban más allá del sexo. El vocablo se ha despojado de toda posibilidad de enunciar lo romántico y lo sublime.

NOTAS

1    Kirsten Pullen, Actresses and Whores, On Stage and in Society, Cambridge University Press, Cambridge, 2005, pp. 1-2.
2    Ibídem, p. 4
3    Véase Norbert Elias, “Ensayo teórico de la relación entre establecidos y marginados. La Civilización de los Padres", Erving Goffman, Estigma. La identidad deteriorada. Miguel Ángel Isais Contreras, "La fama pública. Un concepto útil para entender la justicia penal en Jalisco durante el siglo XIX", ponencia.
4    “La temperancia y la mujer”. Discurso pronunciado por la señora Isabel Siberts en el aniversario de la Alianza Evangélica de Temperancia, celebrado el 28 de octubre de 1890.
5    El Presente, 7 de febrero de 1893, p. 1. Editorial “Las úlceras pes
tilentes”.
6    Slavoj Zizek, Living in the End Times, Verso, London. New York,
2010, p. 245.
7    El Presente, 9 de julio de 1892, No. 471, p. 2.
8    El Presente, 16 de abril de 1891, No. 108, p. 1. Boletín de “El Presente”.
9    El Presente, 10 de febrero de 1891, No. 55, p. 1. Boletín.
10    Ídem.
11    La Paz Pública, Año IX, No. 56, 23 de octubre de 1894, p. 2. “El trabajo de la mujer”.
12    El Presente, 28 de agosto de 1891, No. 218, p 1, INSERCIONES.
13    El Presente, año II, No. 601, 17 de diciembre de 1892, p. 1.
14    Ídem
15    El Presente, 1 de julio de 1893, No. 758. p. 1.
16    El Presente, Año II, No. 541, 2 de octubre de 1892, p. 1. Variedades. “Las mujeres”.
17    Ídem.
18    El Presente, año 1, No. 68, 25 de febrero de 1891, p. 1.
19    Ídem
20    El Presente; Año II, No. 574, 13 de noviembre de 1892, p. 1.
21    Ídem
22    Ídem.
23    El Presente, 8 de agosto de 1891, No. 202, p. 1. Boletín.
24    El Amigo de la Verdad, tomo I, año 5, No. 24, 31 de enero de 1912.
25    El Presente, 5 de julio de 1892, No. 467, pp. 2-3.
26    El Presente. 31 de mayo de 1893, No. 734, p. 2.
27    El Amigo de la Verdad, Tomo I, No. 58, año 5, 12 de marzo de 1912, p. 3.
28    El Amigo de la Verdad, Tomo I, año 5, No. 39, 18 de julio de 1912.
29    El Amigo de la Verdad, tomo I, No. 97, año 5, 2 de mayo de 1912. Sección del Hogar: “La Virgen María rehabilitó a la mujer”.
30    El Abogado Cristiano. Órgano Oficial de la Iglesia Metodista Episcopal de México. Tomo IX, No. 1, abril 1885, pp. 2-3. “Frivolidad Femenil”. Artículo firmado por Emilio Fuentes y Betancourt.
31    “La educación de la mujer. Apuntes para los maridos”. Escrito expresamente para la Exposición de Chicago. Por Beatriz Casas Aragón. El Presente, año II, No. 604, p. 1. 21 de diciembre de 1892.
32    Elizabeth Grosz, Volatile Bodies, Toward a corporeal feminism, Indiana, 1994, pp. 188-189.


Rosalina Estrada Urroz
Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades
BUAP
restrada@siu.buap.mx


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