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Elementos No. 111             Vol. 25 Julio-Septiembre, 2018, Página 31

Ranyán:
sobrevivir a la penuria de la vida

Arturo Jorge Sánchez Daza
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Raymundo Rodríguez Ramírez, “Ranyán” (Puebla, 1961)


Estudió artes plásticas en el Instituto de Artes Plásticas del Estado de Puebla, en la Universidad Veracruzana y en el Taller de Diseño Gráfico de la BUAP, posteriormente hizo estancias de trabajo en ciudades de los Estados Unidos como Nueva York, Los Ángeles, Pensilvania, Houston y Hawai, en donde expone su obra. En 1990 Raymundo vive varios meses en Tilyala, Calcuta, hogar del anciano sabio Srii Srii Anandarnurti.
    Su actividad artística se inicia cuando se presenta en una exposición colectiva de estudiantes de arte en 1977 y ya para 1979 participa con un lote de grabados para integrar el Museo de la Gráfica Mexicana en Plovdiv, Bulgaria y en 1981 expone en la V Bienal de la Gráfica en San Juan de Puerto Rico. Siguen varias exposiciones individuales en la ciudad de Puebla, Monterrey, Guadalajara y Zacatecas.


La pintura a manera de tributo a ese mundo de expresión densa, torturada, resquebrajada, en la que el factor figurativo aparece siempre sacudido por las deformaciones de una intensión agresiva y sarcástica.
    Estas pinturas ofrecen a la percepción visual un amplio campo de elementos que rememoran experiencias plásticas de la modernidad occidental y nacional, pero también nos instruyen sobre los senderos por lo que ha transitado el artista, en busca de la construcción de su identidad plástica. El conjunto de su obra esclarece el ir y venir de un mundo expresivo a otro para estudiarlos y experimentarlos, con la clara convicción de que el acto de pintar es un proceso infinito de búsqueda, investigación, exploración, experimentación y síntesis, en la intención de alcanzar una postura propia, una identidad artística congruente a su cultura y tiempo.
    Pero todas estas incursiones en los movimientos vanguardistas, percibidas a través de sus obras, solo nos refieren a la parte formativa del artista y a la parte formal de la obra. En las pinturas también se puede percibir, aunque con mayor agudeza visual, lo que preocupa, problematiza y busca expresar el artista, lo que, en un sentido exclusivamente analítico, podemos denominar “contenido”:

© Ranyán. Carnaval II, óleo/lienzo, 120 x 160 cm, 2004.


    
Ranyán parte de la concepción que percibe al mundo como un caos, al cual habría que darle un orden, asignándole al arte el papel de reflejador de ese caos que constituye lo social-humano, para que este tome conciencia de ello. Por lo tanto, la función social del arte, para Ranyán, es la “expresión sublime de la libertad” que comunica y concientiza una función realista tolstoiana.

Lo importante no es la norma del naturalismo, la exactitud externa, sino la norma del realismo, la verdad interior. El realismo como método crítico y no como un concepto de puro contenido y sentido formal.

        Esa concepción del mundo caótico es un tanto similar a la del surrealista Max Ernst (1891-1976), quien opinaba que el arte debía ser irracional, reflejo del caos que constituye el ser humano.
    En la elaboración de cada obra pictórica, Ranyán transcurre el ciclo vital de la creación-objetivación, la lucha de los opuestos dinámicos fundamentales del arte: figuración-abstracción, conocido-ignoto: técnica-destrucción de la técnica: accionar consciente e inconscientemente, etcétera, contradicciones que se ven sintetizadas en la obra de Ranyán, en una antinomia fundamental: fondo-figura. Antinomia que se ve superada temporalmente al término de cada obra, pero que resurge y se revitaliza en el proceso de gestación de cada una de ellas, como un ciclo infinitamente insuperable. Y este antagonismo se ve reverberado en ese barroquismo (saturación) flguracional de reminiscencia fauvista, lírico, sensual, cargado de ansiedad y/o de un pavor recóndito al vacío, a la nadificación, a la soledad, pero también, dichas antinomias se trasnaturalizan en un barroquismo figuracional alusivo a la danza, la fiesta (temporalidad efímera, de abandono de lo real para trasladarse a lo imaginario. ruptura de lo rutinario, cotidiano y ordinario), al juego y a la risa (sarcástica, ingenua, nerviosa, burlona, etcétera); ese gesto de autoafirmación y entusiasmo del ser social, “especie de justicia poética”, metáforas de la identidad del mexicano, planteadas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad. De aquí que, Ranyán defina al arte como “la sublimación de la libertad”, como la “creatividad de la locura”, pues para él, “el que pinta, ya algo tiene de locura”. También se observa su desvelo por los problemas del ser, la reintegración de la unidad fraccionada, preguntarse acerca del sentido del ser, el sentido de aquello que es el ser. Finalmente, se puede decir que su obra es una exploración del modo de ser del ser, que se desplanta sobre una preocupación histórica y ontológica del quehacer humano y de su cotidianidad intrascendente, para sublimar esa utopía ontológica de la “unidad perdida” que percibe escindida, mutilada, enajenada, y lo realiza a través de un dinamismo cromático cuasi-figurativo mediante ritmos y yuxtaposiciones, interpenetraciones o fusiones de las antinomias. Soluciones efímeras que se ligan unas a las otras para eslabonarse y sobrevivir a la penuria de la vida, que no es otra cosa –nos diría Nietzsche–, que el inicio de la muerte.


© Ranyán. Construcción espacial XVIII, óleo/metal, 24 x 48 cm, 2014.

    “Pensarán que fue todo un sueño”, fue lo que nos dijo René antes de subir; él es Tigre de Zitlala y hace tres años sufrió un accidente cuando subía a la montaña, perdió el conocimiento y tuvo fracturas que pusieron en riesgo su vida. Afortunadamente lograron descenderlo del Cruzco para que recibiera atención. Nos dijo que la santa Cruz le dio oportunidad de vivir y seguiría subiendo a ofrendar a la montaña mientras tenga vida.
     El estado de ayuno, el mezcal, la deshidratación y el cansancio nos generaba un estado distinto en la percepción de la realidad; yo estaba a unos metros delante del grupo y escuché cómo una gran roca venía rodando desde arriba de la montaña, tuve miedo y grité: ¡una roca! Traté de esquivarla cuando esta ya me había golpeado en la parte inferior de mi pierna derecha en el tobillo, caí; miré hacia atrás y vi cómo la misma roca golpeaba en la cara a uno de los tigres que venían en nuestro grupo, el tigre perdió el conocimiento un par de minutos y los otros dos chicos me gritaban que regresara, estaba temblando, traté de regresar y varias rocas se desprendieron, me dijeron que no lo hiciera y en uno de esos intentos resbalé y me golpee la costilla izquierda; sentí un dolor muy intenso en todo mi cuerpo y traté de recuperarme.
    Fue una situación extrema y solo pedía que alguien nos ayudara, José pudo recobrar la conciencia y se puso de pie, su rostro lucía completamente desfigurado por el golpe de la roca, tomaron un pañuelo y le secaron la sangre del rostro y lo dejaron en el mismo sitio donde la roca había golpeado a José, y continuamos subiendo; antes de subir miré toda la sangre que se había derramado en el cerro, un tigre ya había ofertado sacrificio.
    Llegamos a la cueva y en el espacio reducido de la entrada rociaron a José con mezcal para desinfectar la herida. Le sugerí que bajara de la montaña porque el golpe se veía muy mal, pero rehusó. Yo entré con otro grupo de tigres a la cueva; la cueva era fría, húmeda, espiritual. Era otro mundo al de afuera, ya que a esa hora el Sol estaba ya en lo alto y el calor era sofocante. Estábamos dentro del corazón de la montaña y ahí ofrendamos nuestro sacrificio, las flores y las velas y cantamos a la cruz. Estaba en un lugar sagrado y después de la jornada el sueño tomaba forma, tomaba un sentido, ahora mis ojos miraban lo que miran los tigres en su ritual. Y en ese momento... ya se había ofrendado sangre para la lluvia.
    La sangre y la lluvia es un proyecto colaborativo apoyado por la Fundación Magnum Nueva York en colaboración con la New York University y The Henry Luce Foundation sobre el proyecto On religion.


© Ranyán. Me busco en el silencio, acuarela/papel fabriano,
1997.



© Ranyán.
Mujer torbellino, ól
eo/lienzo, 120 x 85 cm., 2012.

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