elementos
logo-BUAP
Elementos No. 111              Vol. 25 Julio-Septiembre, 2018, Página 11

Martín Ramírez y el arte en el destierro 


Anamaría Ashwell
    Descargar versión PDF

I

Martín Ramírez nació en 1895 en un rancho llamado Rincón de Velázquez del municipio de Tepatitlán, Jalisco. En un paisaje “suavemente ondulado” de parajes “poco agraciados por la naturaleza” como los describe un estudioso del lugar.1 Región “ranchera clásica” agrega otro,2 donde la vida transcurría por caminos transitados a caballo entre aisladas y pequeñas poblaciones en una región con vocación rural, sin una sola población que demográficamente clasificara como urbana. Y más importante aún, en una región con predominio absoluto de la propiedad privada; no hubo cultura indígena ni comunidades indígenas ni sus tradiciones de tierras inalienables y colectivas que instruyeran otra relación de los pobladores con la tierra. Por eso mismo, debido al “sentido agudo de la propiedad privada” que profesaban los pobladores de los Altos de Jalisco y a que esa tenencia de la tierra conllevaba una “marcada propensión a extenderse”, fue “maltratada”, como dice don Luis González con algo de razón,3 por el grueso de los antropólogos.4 No menos también porque esa cultura del pequeño propietario enseñaba que todos los recursos obtenidos del trabajo de los alteños se destinaban a comprar terrenos o expandir las propiedades y, por eso mismo, fue impulsor de la migración regional masiva a finales del siglo XIX y comienzos del XX hacia mejores salarios en Estados Unidos.5
    Una añeja cultura ganadera arraigaba, sin embargo, a los pobladores en esa amplia región que extensiva desde los Altos de Jalisco, desde el siglo XIX, incluía territorios del sur, del oeste y también del norte y noroeste de México.6 Don Luis González estuvo entre los primeros estudiosos de esa “cultura ranchera rústica” y de las “costumbres” que alimentaban las ambiciones de todos los estratos y clases sociales en ese escenario rural. Peones de grandes haciendas, ricos criollos hacendados o mestizos pobres, con o sin propiedades, arrendatarios también compartían esa cultura ranchera dominada ciertamente por una elite criolla terrateniente pero que abrazaba a pobres, medianos y ricos. Una cultura compartida e instruida por el catolicismo franciscano que salpicaba incluso el habla regional saturándolo de arcaísmos, a veces con palabras en latín recogidas de los sermones en las misas y muchos refranes y frases intercaladas con pasajes o citas bíblicas.7
    Martín Ramírez nació y se hizo hombre en un rancho, jinete diestro también y hábil cazador de venados y liebres en los montes y cerros. Tenía 15 años cuando la revolución agrarista prendió en esa región y con su padre y hermanos se las tuvieron que ver, como todo el peonaje sin tierra, para sobrevivir la violencia. Había peligros al transitar los caminos habituales porque todos andaban armados; sorteando las sequías que hicieron escasear el maíz y sobreviviendo el año de la gran gripe española en 1917 que trajo más miseria y hambrunas. Buscar el sustento para una familia en los años entre 1910 y 1924, los de la movilización armada en la región alteña, cuando escaseaban trabajos asalariados para el peonaje en las haciendas ganaderas, debió ocupar todo su tiempo, y el de su padre y sus hermanos. Martín Ramírez creció afrontando con su familia más de una razonable dosis de carencias y zozobras. Nada indicaría, por eso mismo, que la experiencia de injusticia y hambre en carne propia no le inclinó a sentir afinidad por la rebelión contra el gobierno. El desafecto por los gobiernos era casi una condición del ranchero pero muchos más entre esos “mestizos arrinconados” como Martín Ramírez.8 Nada indicaba tampoco que dejaría de ser un ranchero que se avecindaba a los jaripeos, a las peleas de gallo y hasta terminar tirando él mismo, en borracheras, algunos tiros al aire. Se hizo hombre, ciertamente, en el desorden que instauró la revolución maderista en los Altos y que había sembrado en la región, como cuenta don Luis González,9 una buena dosis de culto desmedido por la fuerza física, desdén por la ley y el orden y “amor por las diversiones antisociales”. Tiros al aire, bravuconadas, robos de mujeres, riñas y borracheras acompañados por una devota y rigurosa participación en servicios y rituales católicos fue la vida ranchera por igual para los pequeños propietarios, parceleros, ganaderos criollos y también para el peonaje mestizo, en los ranchos y en el tiempo cuando cabalgaba por ahí Martín Ramírez. Las enseñanzas claves que construyeron su arraigo, sin lugar a dudas, estuvieron ancladas como las de todos los alteños: entre la religión católica y la organización productiva en torno a la cría de ganado y el cultivo del maíz bajo régimen de propiedad privada. Con una mínima educación que muy probablemente no pasó de unas pocas instrucciones primarias cuando aprendió a leer, escribir y contar, posiblemente también con religiosas, Martín Ramírez atado a la religión como a su tierra no tuvo otra ambición mundana que procrear una familia y juntar dinero para adquirir su propio rancho. En 1918, con 23 años, recién casado con María Santa Ana Navarro de 18 años, se dirigió al sur, hacia los llanos más cercanos a San José de Gracia en Michoacán para establecerse en Tototlán. Había conseguido, quizás, arrendar un pedazo de tierra o trabajo arriero en un rancho llamado “El Venado” donde nació su primera hija Juana. Dos años después estuvo trabajando en otro rancho, “La Puerta del Rincón”, donde nacieron sus otras dos hijas, Teófila y Agustina. Hasta que en 1924, Martín Ramírez finalmente trasladó a su familia a un rancho propio en tierras fértiles en las cercanías de San José de Gracia y Totonilco. Había adquirido a crédito veinte hectáreas que incluían un solar de adobe y piedra y un huerto. Como explicaba un estudioso del lugar “poseer tierra ha sido, históricamente, una de las consignas más arraigadas en la región alteña”.10 Martín Ramírez parecía haber logrado el sueño de todos los alteños cuando se parcelaron apresuradamente las haciendas en la región por miedo a la reforma agraria y él, entre aquellos que sentían “desdoro en pedir regaladas las tierras ajenas”, como correspondía a su cultura ranchera, accedió a la compra de esos terrenos, seguramente a un precio módico también y que pagaría en abonos anuales en dinero o especie.11 Durante un año Martín Ramírez logró adquirir algunos animales, alguna o algunas vacas lecheras y cosechas del huerto que llevó a vender con su familia a la plaza pública en San José de Gracia. La región no se reponía de la lucha agrarista y se sentían ya los primeros brotes de agitación contra el gobierno por el odio al clero del general Plutarco Elías Calles. La pobreza se extendía en los ranchos entre sequías, lluvias y heladas y unos salarios de hambre. Eran tiempos, como explica don Luis González, cuando “no todos comían bien pero era raro el que carecía de pistola”. Un acentuado sentido del honor también volvió entonces la pobreza más aguda e insoportable entre aquellos que como Martín Ramírez debían pagos para mantener su propiedad. Ir a ganar buenos dólares en Estados Unidos para retornar al terruño y solventar deudas o comprar propiedades tenía una larga tradición en la región y ese fue el camino que emprendería Martín Ramírez, seguramente motivado también cuando supo que Santa Ana, con tres meses de embarazo, le daría un cuarto hijo. Encomendó a su familia con su hermano Anastasio y con tres amigos (después de encomendarse él mismo quizás a la Virgen de la Inmaculada Concepción porque asistió a misa en la parroquia en San José de Gracia) partió el 24 de agosto de 1925 en tren desde Atotonilco hasta El Paso, Texas. Era una apuesta y una aventura por una estadía laboral del otro lado de la frontera buscando mejorar las condiciones de vida de su familia y para ampliar su rancho; además con la certeza y la promesa de que sería un exilio solo temporal.


II


Martín Ramírez cumplirá sus 31 años trabajando como peón al lado de otros alteños en el ferrocarril del otro lado de la frontera. Las labores que les asignaban a los mexicanos inmigrantes eran las más duras y peligrosas, las que los nacionales no estaban dispuestos a realizar. Entre “compas” vivir y trabajar en condiciones tan extremas y adversas, más bien se sobrevivía; el cansancio se aguantaba, la poca comida no se disfrutaba y para soportar la añoranza del terruño y la familia lejana, se compartía el alcohol que los transportaba al hogar con cantos y llantos.
12 Pronto a todos les empezaron a llegar noticias alarmantes desde los Altos. El 31 de Julio de 1926 el gobierno federal mandó cerrar los templos y se iniciaba la persecución de los sacerdotes. Los primeros levantamientos armados se dieron al día siguiente de que las autoridades iniciaban inventarios en los templos. Entre agosto y diciembre la insurrección armada de un ejército cristero para combatir al gobierno se extendió desde Los Altos al oeste de México. Y para 1929 había más de 50 mil combatientes en armas en 17 estados de la República. En Los Altos se incorporaron diestros jinetes rancheros como Martín Ramírez a la guerra cristera y organizaron una caballería que el ejército federal, en los años que se mantuvo la rebelión armada, nunca pudo doblegar. El 17 de marzo de 1929 en el centro mismo de Tepatitlán, a donde el gobierno había reconcentrado a la familia de Martín Ramírez desde el año 1927, el cura José Reyes Vega al frente de cuatro mil cristeros alteños, entre ellos seguramente vecinos, conocidos y familiares de Martín Ramírez, derrotaron a 500 soldados y 4,000 agraristas bajo el mando del general Pablo Rodríguez y Saturnino Cedillo. No faltaban hombres y mujeres dispuestos a pelear pero, como documentó Jean Meyer, fue desesperada la urgencia de municiones y armas para enfrentar a un ejército que los combatía con artillería pesada y aviones. La ofensiva cristera tuvo que vencer también la escasez de maíz porque las milpas se abandonaron o porque el ejército saqueaba los ranchos y se comían no solo el maíz sino los animales. Hambrunas y una terrible epidemia de viruela no logró, sin embargo, quebrantar la resistencia cristera contra el gobierno. Brigadas de alteños se organizaron rápidamente para recaudar dinero entre los migrantes en Estados Unidos mientras los familiares les aconsejaban que era de más utilidad enviar dinero a los combatientes y para el sostén de sus familias que retornar a pelear. Martín Ramírez y sus amigos pospusieron su retorno y se dirigieron a un trabajo aún más arduo que el del ferrocarril: se fueron al norte de California a trabajar en las minas. Él pudo así seguir enviando dinero a su hermano Anastasio para la manutención de su familia en Tepatitlán. Sus animales y las cosechas, el rancho mismo, se perdió cuando su familia fue obligada a esa reconcentración. Su perseguido hermano Anastasio le envió esos años noticias confusas sobre su familia: que Santa Ana se vio obligada a traicionar su fe poniéndose del lado del gobierno. Martín Ramírez debió colmarse de penas y culpas. Por su hondo catolicismo tenía la certeza que su Dios no era ni arbitrario ni caprichoso como enseñaban los sermones de los padres en las misas domingueras a las que religiosamente asistió durante toda su vida alteña. No podía tampoco poner en duda el designio divino que desató una destrucción y una violencia como la que tiñó de sangre y odio su tierra alteña. Solo podía aceptar los sucesos como un castigo porque los hombres habían errado y pecado en el camino. Cuando supo de la traición de Santa Ana, Martín Ramírez debió sentir culpa porque no estuvo presente para proteger a su familia y debió iniciarse entonces su descenso a un lugar desesperanzado y a un sentimiento de derrota.
    Cuando en junio de 1929 se llamó a la pacificación del país los Altos era tierra desolada. El gobierno se comprometió a reabrir los templos, a cesar la persecución de los sacerdotes y ofreció amnistía, salvoconducto y dinero a los cristeros que entregaran sus armas. La mayoría de los alteños retornaron a sus hogares sin rendir sus cartucheras y cananas y desconfiando; y otros continuaron combatiendo desde los montes porque el gobierno prontamente deshonró los acuerdos. Cuando se abrieron los templos los pueblos entre Tepatitlán y San José de Gracia no vieron otra salida, sin embargo, que resignarse al indulto. 250 mil muertos fue el saldo trágico de esa guerra que el gobierno inició y nunca ganó. La pobreza, la injusticia y los “malos sentimientos”, como cuenta don Luis González, fue lo que cosecharían los alteños con ese indulto pactado entre Iglesia y Gobierno que nunca les pidió opinión a los combatientes vivos ni honró a sus muertos. La pacificación cristera no llegaría sino hasta 1935 ya con Lázaro Cárdenas.


III


El 9 de enero de 1931 la policía recogió a Martín Ramírez mientras deambulaba entre edificios abandonados en Los Ángeles, California. Llevaba quizás un año o más desempleado. Y es de asumirse que también recibiendo todo tipo de desprecio y agresiones racistas, sufriendo hambre y desamparo mientras vivió abandonado y solo en las calles. En esos años decenas de miles de mexicanos estaban siendo deportados y entre ellos los amigos alteños que habían cruzado ilusionados con él la frontera apenas hacía unos pocos años. La crisis económica, la Gran Depresión de 1929, había exacerbado la xenofobia en Estados Unidos y todo aquel mexicano que se encontraba “vagabundeando” era arrestado y deportado. No son claras las razones ni las justificaciones legales a las que recurrió la policía para encarcelar a Martín Ramírez y no proceder a deportarlo. Sino, más bien, con una orden de la corte la policía le recluyó en el hospital estatal Stockton para enfermos mentales. Allí los médicos lo único que pudieron diagnosticarle después de una revisión sicológica, y eso después de varios meses encerrado, fue que sufría de una aguda depresión y que estaba profundamente confundido, incapaz de cuidarse a sí mismo y que cantaba y reía. Nueve doctores mediante un intérprete le sometieron a un primer interrogatorio y solo cinco entre ellos tuvieron la honestidad de guardarse un diagnóstico definitivo y adujeron que Martín Ramírez padecía solo una profunda “confusión”. La confusión era más bien de ellos porque si Martín Ramírez estaba deprimido y desempleado en esa tierra extraña y había sufrido un colapso emocional, los solos sucesos vividos por su familia en los Altos explicaban y hasta justificaban su estado mental. Martín Ramírez, ciertamente desorientado en ese interrogatorio en inglés, no pudo dar razones de su vida religiosa y alteña; ni de su familia y sustento sacrificados estando él ausente cuando todos se vieron obligados a defender a “Cristo Rey”. Pasó un año y medio de incomprensión y encierro cuando intentó escapar la primera vez del encarcelamiento. Razonablemente, dos días después, retornó al hospital por su propia voluntad. ¿Dónde encontraría refugio, sin dinero y sin trabajo, solo, y profundamente desmoralizado? Le sometieron a nueva evaluación definitiva otros siete médicos, sin intérprete mediante, y le endilgaron esta vez un diagnóstico unánime y definitorio: “demencia precoz y catatónica”. Martín Ramírez lo único que insistió en decirles en ese interrogatorio es que no hablaba inglés y que él era “no loco”.
13 Haría tres intentos más por escaparse pero alrededor de 1935 Martín Ramírez, todo lo indica, tomó la decisión de protegerse en ese entorno hostil e inhóspito y simplemente enmudeció. Y él, que nunca había agarrado un lápiz ni un papel excepto para escribirles cartas a su familia, empezó a enviarles dibujos quizás porque ya no pudo enviarles dinero. Pero también porque Martín Ramírez valoró estéticamente esos dibujos y quiso que estuvieran en posesión de su familia. Ninguno de estos dibujos de sus últimos años en Stockton, sin embargo, se salvaron de la destrucción. Pero en 1948, con 43 años, después de catorce años de encierro, fue trasladado al hospital DeWitt para incurables enfermos mentales y tuberculosos. Allí empezó a producir una cuantiosa y elaborada obra pictórica. Esa es la obra de alrededor de 450 dibujos y collages sobre papel, que otros se apropiaron y difundieron, que conocemos y le habría de sobrevivir a su muerte en 1963.


IV


En esa obra de Martín Ramírez, en más de cien dibujos y collages aparecen jinetes casi siempre con cananas y pistola en mano. Otros motivos recurrentes son también los trenes y las vías del ferrocarril, los ciervos, conejos y otros animales que evocan a los que él cazaba en los montes o cuando invadían su milpa. Los paisajes de sus cuadros reproducen también los surcos de los campos arados previos a las lluvias; y el encandilamiento y arrobo que provoca la prolongada y repetitiva observación de la milpa mientras maduran las mazorcas en sus tallos. Sus paisajes se antojan áridos y a veces algún ganado asoma entre biznagas verdes. Martín Ramírez todo lo encuadró en nichos, como los que protegen a los santos y a la Virgen en las iglesias coloniales alteñas. Esos nichos resguardan las figuras, trenes y coches también, que se adentran en ellos como si fueran túneles al más allá e hipnotizan la mirada porque parecieran un espejismo interminable, una forma reflejada en un espejo que se refleja en otro espejo y en otro espejo hasta el infinito. A veces colocó en nichos cerrados a la Virgen de la Inmaculada, su “reina”, con todo y serpiente, cabalgando como en el ánimo del luchador cristero de los Altos. Pero también la ubica en paisajes entre rurales y modernos que reproducen escenas desde la remembranza nostálgica y desde la observación en su morar en tierra extraña. Ofrendó también a su reina flores de biznagas, le extendió un rebozo entre los brazos o le acomodó unos huaraches para que ella no pisara descalza el frío mundo. Le dibujó siempre una sonrisa y como son todas las de bulto en sus nichos en las iglesias mexicanas, o como enseñaban los padres franciscanos a rezar el Padre Nuestro, ella siempre tiene las manos extendidas y las palmas recogiendo el cielo. 



Martín Ramírez. Sin título, grafito, tempera, crayón y collage/papel, 32 x 60 1/2" (81.3 x 152.4 cm.), Circa 1950. Colección privada.

    Los materiales que Martín Ramírez utilizó para producir esta asombrosa obra entre figurativa y abstracta fueron esenciales. El soporte de sus dibujos y pinturas fue el papel. Fumador, Martín Ramírez guardaba el papel para enrollar el tabaco, el que no quemaba fumando; recogía papeles descartados por las enfermeras en papeleras; hábil pepenador acopiaba las tarjetas que los enfermos recibían de familiares, los periódicos y las páginas que lograba arrancar a libros; ningún vaso de cartón desperdiciaba y hasta servilletas de papel le sirvieron para convertirlos en el soporte de sus dibujos. Estos papeles los pegaba con una pasta gomosa que preparaba con harina de papa, la miga del pan y su propia saliva. 


Martín Ramírez. Sin título (Galeón sobre el agua-c.1960-63), gouache, lápiz de color y grafito sobre papel pegado, 33 x 24". Ricco/Maresca Gallery, New York. 

    Y para dibujar trituraba los crayones, los lápices de color y las acuarelas hasta lograr un medio líquido que aplicaba a la superficie de papel con el palito de un cerillo o también con las paletas depresoras de la lengua que descartaban los médicos. El papel lo extendía casi siempre sobre el piso y pintaba de pie. Subido a una mesa valoraba si lograba la perspectiva adecuada o si la composición se equilibrada en el espacio cedido por el papel. Una extraña sensación de vacío, de tristeza también, transmitían sus composiciones cuando recurría a una infinidad atiborrada de líneas diagonales, verticales y curvas para llenar la superficie que pintaba. El trabajo diario agudizó y fue perfeccionando su habilidad para acomodar en el espacio del papel, siempre de diversos tamaños, todas las figuras. No tenía ninguna regla fija qué obedecer, ningún entrenamiento previo para construir sus perspectivas y solo como sentía la luz cuando iluminaba en sus ojos le aconsejó al acomodar sombras y tamaños a sus figuraciones. Pero la composición del papel y sus instrumentos para pintarlo fueron decisivos. Al no utilizar pinceles que pueden cubrir toda la superficie el papel mismo se volvió no solo parte integral sino parte decisiva de sus cuadros: le impuso, se puede decir, un estilo. Cada vez que se abocó a cubrir esa superficie con pintura, por ejemplo, ese soporte de papel impresionó en todo lo que Martín Ramírez dibujaba y aplicaba. Y él le fue dejando, por fuerza al no utilizar brochas ni pinceles, participar en el cuadro y contribuir con textura y color a la calidad estética de la obra concluida. 



Martín Ramírez. Izquierda. Sin título, paisaje abstracto incompleto con figuras,
aguada y grafito/papel, 28 1/2 × 16", 1960. Ricco/Maresca Gallery, New York.
Derecha. Sin título, crayones, lápices de colores, lápiz, tempera y collage/papel,
35 x 50", Circa 1950.
    
    Resonancias de una memoria fueron quizás el inicio del contenido figurativo en su obra.
    Él tenía alrededor de 40 años de edad cuando empezó a pintar y nunca antes había mostrado inclinación o habilidad artística. Pero nada puede explicar, ni vale la pena merodear razones, la obra maestra que asomó como si fuera algo que se le agregó cuando insistió, entregado y consumido, a la experiencia de la pintura como si estuviera persiguiendo con urgencia realizarse en lo que creía ver.


V


Lo único que se alcanza a decir con certeza de la obra maestra de Martín Ramírez es que se creó en el destierro.
14
    El destierro siembra en el espíritu, quien lo duda, una irreprimible desesperanza. Es un largo y arduo trajinar inhóspito por senderos lejos de lo acostumbrado que va dejando dolencias porque la vida pasa, como dicen los rancheros, sintiéndose uno en corral ajeno. Quizás Martín Ramírez pintando, durante su prolongado e injusto encierro, creyó arribar al lugar más íntimo de su identidad y al que sus carceleros no podían acceder ni arrebatarle: los Altos de Jalisco. Quizás fue su camino para mantener la esperanza salvífica en su Dios en tierra extraña. Hasta el día de su muerte estuvo cautivo 32 años. Inevitablemente el desarraigo, la tierra de su cautiverio, introdujo también sus aportes figurativos en su obra. Pero pintando pareciera que se fue instruyendo también en los límites de una correspondencia imitativa con solo aquello que la nostalgia le dictaba. ¿Cuándo fue que ya no bastaron los recuerdos y la pintura le empezó a exigir algo más? La obra de Martín Ramírez en sus últimos quince años de vida es una obra auto contenida, una recreación saturada de mundo en sí misma. Martín Ramírez parece solo su muy improbable, nostálgico y casi accidental autor.

NOTAS

1    Ver Cabrales Barajas, Luis Felipe (1993). Los rancheros y la engorda de las tierras flacas. En coord. Esteban Barragán López, Odile Hoffmann, Tierry Linck, David Skerritt, Rancheros y sociedades rancheras. CEMCA. El Colegio de Michoacán. ORSTM.
2    Brading, David (1992). El ranchero mexicano: campesinos y pequeños propietarios. En coord. Ricardo Palafox, Las formas y las políticas del domino agrario. U. de Guadalajara.
3    González y González, Luis (1999). Pueblo en vilo. Clío. El Colegio Nacional.
4    Ver Barragán López, Esteban (1997). Con un pie en el estribo. Formación y deslizamientos de las sociedades rancheras en la construcción del México moderno. El Colegio de Michoacán.
Barragán López, Esteban, Linck Thierry (1997). Los rincones rancheros de México. Cartografía de sociedades relegadas. En rancheros y sociedades rancheras.
5    Cabrales Barajas, Luis Felipe (1992). La distribución de la propiedad y pequeños propietarios. En Las formas y las políticas del dominio agrario: homenaje a Francois Chevalier. U. de Guadalajara.
6    Fuente imprescindible para estos temas de haciendas y ranchos es Chevalier, Francois (1975). La formación de los latifundios en México. FCE.
7    Las entrevistas a antiguos cristeros realizadas por Jean Meyer son una fuente inagotable para acceder a este lenguaje regional. Recojo los datos de su obra pionera que generó investigaciones posteriores: La cristiada editada en cuatro tomos por siglo XXI en 1977 y re-editado con fotografías por editorial Clío en 1999. Las películas de charros y rancheros de los años 1940s recurren a este lenguaje popular, así como las canciones rancheras y los corridos. Ver Luis González y González. La vida ranchera en la literatura, el cine y la historia y Herón Pérez Martínez, El vocablo rancho y sus derivados, génesis, evolución y usos. En rancheros y sociedades rancheras. Op. Cit. Sobre la cultura ranchera recupero también mis experiencias como antropóloga entre comunidades de campesinos totonacas en una región ganadera en la Sierra Norte de Puebla en la década de los años ochenta.
8    Brading, David. Ibid.
9    González y González, Luis. Pueblo en Vilo. Op. Icit.
10    Cabrales Barajas, Luis Felipe. Los rancheros y la engorda de las tierras flacas. En Rancheros y sociedades rancheras. Ibid.
11    A esperas de conocer los términos precisos del origen de la propiedad de la cual se parceló el rancho que adquirió Martín Ramírez, la investigación de don Luis González (sobre la formación de ranchos y rancherías con la parcelación de las cuatro mil hectáreas de la hacienda del sabino en la inmediaciones de San José de Gracia) resulta útil para conocer cómo lograron los lugareños avecindados en San José de Gracia adquirir sus ranchos. Ver González, Luis. Pueblo en Vilo. Op. Cit.
12    La bibliografía es abundante sobre la vida de los inmigrantes alteños en Estados Unidos. Ver Gamio, Manuel (2002). El inmigrante mexicano: la historia de su vida. Entrevistas completas 1926-1927. Ed. Porrúa, México.
13    Toda esta información está resumida, y en algunos casos citada de la investigación de Víctor M. Espinosa y Kristin E. Espinoza. Aunque la interpretación de esos datos es solo responsabilidad mía.
14    Omito discutir por eso mismo y rectifico mi propia interpretación en ensayos anteriores, que su obra se inserta en algo así como el “arte hispano”, “outsider”, “marginal”, “brut”, etcétera.

Anamaría Ashwell
aashwell@gmail.com



Ir a inicio de: Elementos