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               Premio Raúl Dorra              






Raúl Dorra, colaborador de Elementos, recibió el día de ayer la medalla Francisco Xavier Clavijero de manos del rector de la BUAP, Alfonso Esparza Ortiz. Presentamos el discurso de agradecimiento del connotado lingüista.

    Alguien favorecido por una ceremonia como la que aquí tiene lugar no puede experimentar otro sentimiento que el de la gratitud. Cargada de poder simbólico, diríase ritualizada, esta ceremonia se muestra como una irrenunciable invitación a mirar hacia atrás en un sereno balance hecho por la memoria y proyectado por el deseo. Según ese balance que con mucho trasciende el espacio académico y se instala en el espacio de la vida, de acuerdo a lo que la memoria recupera, la memoria que pone frente a frente las experiencias venturosas y las desventuradas, las alegrías y las penurias, los triunfos y los fracasos, uno encuentra que tiene buenas razones para decir: gracias a la vida que me ha dado tanto. En ese don de la vida que es un puro recibir del que agradece, se encuentra desde luego lo que proviene de esta casa de estudios, mi casa. Pero a mí me ha ocurrido mucho más que el puro recibir pues entre lo que he recibido encontré la posibilidad del dar. Y encontré que en el dar está el verdadero recibir, que la riqueza, finalmente, reside mucho más en aquél que en éste. Porque como escribió Antonio Machado con su habitual sabiduría poética: “Moneda que está en la mano/tal vez se deba guardar; la monedita del alma/se pierde si no se da”.

    42 años sirviendo a esta casa de estudios. Todos esos años vienen a mí como en tropel pero debo organizar mi memoria para recuperar con ella más recuerdo que nostalgia. Recuerdo que cuando llegué aquí, en 1976, esta universidad era comparativamente tan pequeña que por ejemplo toda la Escuela de Filosofía y Letras –que entonces incluía la carrera de Psicología– encontraba su acomodo en el antiguo edificio San Jerónimo, de tan austera belleza, y que todos los pequeños y pujantes centros de investigación tenían su asiento en el ICUAP, entonces de reciente fundación. Ocupaba en ese tiempo el rectorado de esta Institución un hombre todo integridad, todo voluntad de avance, don Luis Rivera Terrazas, un visionario que estaba eficazmente secundado por Alfonso Vélez Pliego, a la sazón director de la Escuela de Filosofía y Letras, y Jaime Kravzov Jinich, el primer director del ICUAP. Cómo no recordar la generosa acogida brindada a tantos universitarios de países latinoamericanos que llegábamos a México huyendo de oprobiosos regímenes políticos. Esa acogida de manos abiertas, ese decir, “entra, que aquí hay trabajo para ti”, suponía el ingreso a un proyecto ya en marcha, el proyecto de una universidad democrática, crítica y popular cuyos efectos continúan obrando en nuestro rico presente. Cómo no recordar esos tiempos en que a la vez se vivía la experiencia del desarraigo y la incorporación a un programa que reunía el estudio, la militancia y el fervor. Personalmente, eso me permitió, por un lado, intercambiar experiencias con tantos compañeros exiliados como yo, y, por el otro, hacer amistad con investigadores que trabajaban aquí en otras disciplinas y a través de ellos asomarme con entusiasmo a diversas formas del saber, a diversas maneras de procesar el conocimiento para una finalidad común. Se alternaban entonces el obligado balance de esperanzas frustradas en cada uno de nuestros países de origen, la amistad solidaria de los que encontramos refugio en esta casa, con  la amistad promisoria de los colegas que nos recibían. Hablábamos, intercambiábamos, buscábamos maneras de avanzar en conjunto. Recuerdo que fui miembro de la Casa Argentina de Solidaridad, fundada y dirigida por Noé Jitrik, doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Puebla, y también recuerdo que aquí formé parte de un grupo de investigadores que, nucleados por el entusiasmo del destacado físico Rafael Baquero, se reunía una vez por semana para leer y analizar textos de interés común. Recuerdo que comenzamos con el libro El azar y la necesidad, del eminente biólogo francés Jacques Monod y que más de una vez estuvo presente en esas reuniones Luis Rivera Terrazas, que era un astrónomo siempre activo en la promoción del desarrollo científico. Nuevos y antiguos rostros entonces, nuevas y antiguas voces.

    La evocación de aquellos años reúne lo gozoso con lo conflictivo, lo entusiasmante con lo problemático. Se trata de un tiempo al que uno a veces quisiera volver pero que a veces celebra haber dejado atrás pues su riqueza, en todo caso, consistía en eso: en un impulso hacia adelante. La memoria tiene sus preferencias y también sus olvidos. Creo que en evocaciones de este tipo, o en evocaciones en general, uno debe buscar un equilibrio entre el juicio del melancólico que piensa que todo tiempo pasado fue mejor, y el ingenuo entusiasmo del tecnofílico que cree que la realidad es un ascenso lineal y por ello asegura que el hoy siempre supera al ayer y el mañana será necesariamente mejor que el hoy. En mi caso, yo no podría olvidar que el desarrollo histórico de ese proyecto universitario al que con tanta pasión nos entregamos tuvo sus ascensos y sus caídas, sus diferencias y sus confrontaciones, sus episodios traumáticos y sus períodos aciagos. Los tuvo como los tiene la vida de una persona y no es bueno olvidarlo porque recordando valoramos y aprendemos, nos hacemos mejores y quizá un poco más sabios. Por mi memoria desfilan tumultuosas asambleas en las que defendíamos o refutábamos alguna propuesta con fervor y retrasábamos o apresurábamos el momento en que las manos alzadas en la votación debían corroborar o bien reprobar lo que insistíamos en sostener. El humo que entonces se expandía en el ambiente parecía provenir más de los cerebros que de los cigarros.

    El centro neurálgico de la universidad era entonces la comunidad académica. Durante largos años, aunque con una fuerza declinante, la planeación escolar para el desarrollo de las carreras favorecía la consolidación de las comunidades académicas y con ello su poder, un poder que, moviéndose de abajo hacia arriba, podía discutir y hasta oponerse al otro, el poder institucional que se mueve de arriba hacia abajo. Tal vez había exceso en ello, en esa forma de ejercitar la discusión política; exceso en nuestras alegrías o en nuestras frustraciones pero ése era el modo, entrañable, de habitar esta casa, nuestra casa. En mi carrera académica no me faltaron las oportunidades de cambiar esta universidad por otra del llamado primer mundo. Si rechacé tales oportunidades, esto ocurrió sin duda porque no me entusiasmaba la idea de dejar una institución donde había tanto por hacer y reemplazarla por otra donde todo estaba hecho y yo cumpliría solo una función rutinaria, sometido a horarios y confinado en un cubículo. Aquí he participado activamente de la política interna, fui animador de asambleas y foros, y ello se extendió a la publicación periodística de notas en las que di a conocer mi opinión de manera polémica. Aquí he fundado, o cofundado, carreras, centros de investigación, colecciones de libros y revistas especializadas y he estado siempre cerca de colegas que hacían otro tanto. También he dirigido talleres literarios donde se formaron algunos de los escritores que enriquecen la cultura nacional. Desde luego, ha habido proyectos que no alcanzaron su plena realización o que se interrumpieron, o que se degradaron, pero todo eso cuenta, suma. Es siempre bueno que uno pueda decir: hay un tiempo para avanzar pero también hay un tiempo para detenerse a reconsiderar, incluso hay un tiempo para el fracaso pues tal vez nada enseña tanto como el fracaso o el simple error.

    Sin embargo ese tiempo se fue modificando. Las políticas educativas centralizadas fueron ganando terreno y con ellas las evaluaciones cuantitativas, los criterios estadísticos, la carrera por el puntaje, la atención focalizada en el resultado y despreocupada por el proceso. Así, gradualmente se fue cancelando el período en que había tiempo para cometer un error y corregirlo. A todos nos consta que hoy ya no tenemos  oportunidad para el error y menos para el fracaso no sólo en la producción universitaria sino en la producción de la vida en general. Ansiosos por exhibir resultados, los ideólogos del mundo contemporáneo nos enseñan a cerrar los ojos ante el proceso que ha llevado hasta tales resultados y que es lo que mejor los explica. Ahora se atiende casi exclusivamente a lo que puede describirse como logro, a eso que, con una tortuosa fórmula lingüística, en nuestro medio se conoce como “eficiencia terminal”. Mientras el proceso requiere de observación atenta y comprensiva, la evaluación del resultado se apoya en un censo o en un cálculo estadístico. Cantidad contra calidad. Esa tendencia a evaluar solamente los logros –a veces legítimos pero más de una vez simulados– se hace posible y hasta necesaria en un mundo donde los individuos son sometidos a crecientes controles. Pero estos controles siempre terminan mostrando su ceguera cuando lo que se evalúa tiene que ver con una forma de vida. ¿Cómo evaluar la calidad intelectual y humana de un profesor en el salón de clase, de un investigador inclinado en su laboratorio o en su mesa de trabajo, probando una y otra vez alguna solución que se le niega? Eso lo puede valorar mejor la propia comunidad universitaria y no los formatos o las tablas, pues la comunidad universitaria es representativa de una forma de vida. Las evaluaciones no evalúan el saber sino el grado de obediencia a sus propios criterios, no siempre científicos. Más que el saber lo que con ellas se persigue es el poder.

    Una institución, un proyecto acumula pérdidas y ganancias con el correr de los días. Pero entre las pérdidas y las ganancias siempre debemos apostar a que las segundas superen a las primeras; y que las superen guiadas por una crítica serena, sabia y rigurosa. Y, por qué no, también entusiasta. Así, en medio de tantas transformaciones debemos aspirar, creo, a recuperar o consolidar plenamente la voz de la comunidad universitaria con las características propias de las circunstancias actuales, características referidas tanto a la magnitud y complejidad de nuestra institución, como a las formas de comunicación con las que hoy contamos. Hay una política global de la que no podemos evadirnos, pero también hay opciones locales que es posible aprovechar. Creo que la presente administración es sensible a este respecto y ha buscado moverse equilibradamente en esa dirección aunque sin duda esto no es fácil para una universidad pública de la magnitud de la nuestra, que crece en complejidad hacia adentro y hacia afuera dejando su impronta más allá de los salones de clase. La razón de ser de esta universidad ya no son solamente los estudiantes sino también –y de manera creciente– la comunidad del estado y la región. Sin dejar de ser una institución educativa, la UAP es ahora un decisivo bien de la cultura y nuestra obligación, la de todos nosotros, es asumir conscientemente la responsabilidad que eso significa. Debemos, pues, elaborar un nuevo concepto –más amplio y más complejo– de comunidad universitaria y trabajar para que sea cada vez más una realidad dinámica. Avanzar en distintas direcciones con un objetivo común.

    He aludido en este discurso a la condición de exiliado con la que aquí llegué. Claro que es cierto que habiendo yo tenido un exilio dorado, habiendo sido acogido del modo en que yo lo fui, y consciente de que el mundo moderno se caracteriza por las vastas migraciones de gentes que son arrojadas de sus lugares de origen por el hambre o la violencia, casi yo no tengo derecho a invocar esa palabra que sugiere una experiencia siempre dolorosa y a menudo trágica. Eso es así y, sin embargo, haberse visto forzado a dejar el país en que uno hubiera preferido quedarse es de cualquier modo una torsión del destino, una quiebra que no cesa. Aun afortunado, el exilio no deja de ser una herida silenciosa que sangra en la oscuridad, o una lágrima que siempre está resbalando. Se trata del abandono de un medio social, precisamente el medio de uno; se trata del desprendimiento de afectos, y también de otras cosas. Porque un país no es solo la gente que lo habita sino también paisajes, atardeceres, olores y sabores, sonidos, estaciones y cielos de la noche o cielos del amanecer. Así, el exilio tiende a convertirse en una continua experiencia del equívoco: este sabor que está ahora en nuestra boca en lugar del otro que hemos dejado allá, un sabor con el que a la vez perdemos y recuperamos el sentido del gusto; o este olor que cubre pero también lleva hasta otro; o esta voz que suena así, que dice estas palabras para mí pero a las que escucho con cierta dificultad pues yo tengo en mis oídos otra voz y otras palabras. El exilio es el juego de las semejanzas y de las diferencias. Un país del que nunca se termina de salir y otro al que siempre se está llegando. Y en este tránsito, la patria; ¿dónde queda la patria, mi patria? Una pedagogía del vivir, una pedagogía elaborada por el tiempo ha terminado convenciéndome de que lo que a uno de verdad lo sostiene, de que el espacio donde uno echa sus raíces son los afectos: los que he ganado aquí, los que me siguen llegando desde allá; tanta gente entrañable que me remite a dos países y, a través de ellos, me remite al vasto mundo. Los afectos son quizá la mejor patria y también la más segura, aquella con la que uno se compromete en la felicidad y en la desgracia.

    El 10 de diciembre de 1983 fue jubilosamente restaurada la democracia en la Argentina y desde entonces ya ningún argentino puede decir que sea un exiliado. Así, muchos connacionales se fueron y se reincorporaron a la vida del país con variada fortuna. De entre los que se fueron, no pocos acabaron regresándose pues allá no encontraron acomodo, y otros tantos intentaron vivir un poco aquí y un poco allá. En mi caso, una de las diversas razones que tuve para no intentar esa vía, y no la menor, fue la convicción de que ya nunca iba a terminar de salir de México ni de instalarme en la Argentina pues el pasado siempre pesa pero nunca regresa, y el presente es el tiempo que se impone ya que al cabo es el único tiempo real, el que hemos conseguido construir a lo largo y lo hondo de la vida. De todos modos tuve la oportunidad de viajar allá con frecuencia, dar cursos y dictar conferencias, dirigir tesis, colaborar en publicaciones y apoyar la formación de grupos de trabajo. Curiosamente, mientras no podía regresar sentía que estaba aquí de paso, y cuando pude hacerlo sentí que mi lugar mi conflictivo y fiel lugar era éste, el que yo había podido conquistar en el seno de una comunidad de afectos y de esfuerzos compartidos. Yo soy argentino por nacimiento y mexicano por naturalización y ambas cosas por elección. Y ya no podría ser de otro modo.

    42 años son más de la mitad de los que llevo vividos. No se trata, pues, de la estación de un peregrinaje sino del lugar en que se habita. Que se habita desde 1976, año en que ingresé aquí con una plaza en la entonces Escuela de Filosofía y Letras. De modo que, ya sea como personal académico o más tarde como colaborador, mi labor docente desde su comienzo y hasta hoy ha girado en torno de esa unidad que comenzó siendo Escuela y luego, con la creación de sus posgrados, se convirtió en Facultad. Eran años de gran movilidad, años intensos de fundación de centros de investigación y de carreras pues estaba tomando forma esta universidad tal como la conocemos ahora. En cuanto a mi plaza en Filosofía y Letras, después de un tiempo ella fue reubicada en el ICUAP y posteriormente en octubre de 1991 en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades en cuya creación participé activamente. El estatuto universitario se transformó y las disciplinas fueron tomando su lugar, instalándose en facultades o institutos. También estas unidades académicas fueron distribuyéndose en espacios físicos ubicados en lugares de la ciudad que no dejaron de tener un contenido simbólico. En términos generales, las ciencias se desarrollaron en unidades académicas ubicadas en la Ciudad Universitaria mientras las humanidades permanecieron en el Centro Histórico. En mi caso, yo me he movido siempre entre edificios de una Puebla antigua y siempre remozada, en suntuosos edificios laboriosamente restaurados. Tales desplazamientos físicos y de algún modo mentales, ellos sí, fueron estaciones de un itinerario que, aun transformándose, nunca se alejaban de su origen. De ellos podría decirse que, como ocurre en todo viaje, el andar terminó aproximando el punto de llegada al punto de partida. En julio de 1998, fundado por un equipo que me tuvo a mí como coordinador, se creó el Programa de Semiótica y Estudios de la Significación con adscripción a la VIEP. En este año, en este 2018, entonces, se están cumpliendo veinte años de aquella fundación. Jubilosos veinte años. 20 años dedicados a sostener un trabajo de investigación y de docencia en una disciplina que viene desplegándose desde la segunda mitad del siglo XX como una expansión de la lingüística teórica, aquella que describe la lengua como un sistema de signos. El objeto de estudio primordial de esta nueva disciplina es entonces un proceso semiótico que se expresa en un sistema significante. Consecuentemente, la semiótica general  proyecta el sistema de la lengua sobre otros sistemas los cuales toman de ella sus matrices. Así, el lenguaje visual por ejemplo, o el auditivo o el gestual, o los lenguajes mixtos, tendrían una gramática de base extraída de la gramática de la lengua. Eso se explica porque la lengua tiene, entre todos los sistemas, una propiedad única y decisiva: ella puede hablar de todos los demás y también hablar de sí misma, constituirse a sí misma, mientras ningún otro sistema puede hacer algo semejante. Con la palabra el hombre da cuenta de lo que está ante sí y también de sí mismo y por ello la palabra es lo humano primordial. Mi trabajo como investigador ha estado siempre referido a la palabra en sus diversas manifestaciones discursivas y en sus diversas prácticas sociales. Este trabajo de investigador ha sido complementado por mi trabajo de escritor y ello me ha permitido tener con las palabras un trato tanto intelectivo como sensible. De los géneros verbales creo que es la literatura la que expone de la mejor manera la calidad sensible del lenguaje y, dentro del género literario, es la poesía, tanto en sus manifestaciones cultas como en las populares, lo que lleva esta calidad a su más alta expresión. Creo que esta convicción explica bien mi continua fidelidad a la palabra poética y mi continuo interés por conocerla. De ello dan cuenta los artículos y los libros que he publicado, obras nacidas tanto de los desvelos de un estudioso como de la pasión de un escritor.

    Y bien. Va siendo hora de terminar, hora de cerrar el pequeño viaje que ha significado este discurso, volviendo, como en todo viaje, a su principio. Es hora, entonces, de expresar nuevamente mi gratitud por la distinción con la que hoy se me honra. He dicho que al comienzo de esta distinción se sitúa la generosa iniciativa de la Facultad de Filosofía y Letras. Ahora debo agregar que al comienzo de ese comienzo hay un nombre propio que no puedo pasar por alto pues fue el primero en reclamar públicamente esta distinción para mi persona: Juan Carlos Canales, un amigo, un colega, un intelectual cuya lúcida palabra enriquece la vida universitaria y la cultura de Puebla.

    Pero refiriéndome a esta honrosa distinción pienso que tal vez es hora de comentar, sin falsa modestia, que creo haber sido merecedor de ella por la decisión y la alegría con que he contribuido a desarrollar los valores de la educación pública. Ahora bien; si digo que en mi caso creo tener merecimiento, de inmediato debo agregar que estoy seguro de que hay otros aparte de mí que tienen los mismos o mayores merecimientos y me pregunto por qué no se han entregado hasta el presente más distinciones de este tipo. Con relativa frecuencia la universidad dio doctorados Honoris Causa, pero no ha procedido de la misma manera con reconocimientos destinados a su propio personal. Tal vez sea ésta una oportunidad para reflexionar sobre el tema y revisar el criterio con que se ha venido obrando en esta materia que tanta importancia tiene en la vida universitaria.

    Y mientras eso ocurre quisiera ahora finalizar estas palabras reiterando mi agradecimiento y agregando el deseo de que mis colegas, mis queridos compañeros y compañeras de ruta sientan, como yo, que en esta ceremonia se me entrega un reconocimiento que profundamente los incluye a todos. Muchas gracias.
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